Gracias por la confianza

El 1 de enero de 2015 Orar con el corazón abierto comenzó su andadura de ofrecer diariamente una meditación basada en las experiencias personales vividas en mi vida espiritual y junto otras personas. Han sido cuatro años ininterrumpidos tratando de abrir el corazón para ofrecer a los miles de lectores que reciben diariamente estos textos elementos de meditación, oración, espiritualidad, reflexión… Las numerosas cartas y correos electrónicos recibidos agradeciendo el bien que estos textos hacen me ha servido para dar gracias a Dios por este apostolado, cuyo único mérito es del Espíritu Santo que ha inspirado en mi corazón aquello que llevaba a la oración diaria. Sin embargo, debido a la imposibilidad de continuar diariamente por mis obligaciones profesionales y personales ofreciendo textos inspiradores me obliga a poner fin a esta aventura cotidiana.
Hoy se cierra la última página de este blog en cuanto al envío de una meditación diaria agradeciéndoles a todos los lectores su confianza y, sobre todo a Dios, la inspiración para escribir durante cuatro años ininterrumpidos aquello que me dictaba el corazón.
La página permanecerá abierta para quienes deseen utilizar las meditaciones para su encuentro personal con Cristo y con el prójimo en su oración. Que el Dios de la misericordia llene a todos los lectores de amor y que este año que se inicia mañana sea para todos los lectores un año lleno de paz, de amor, de compromiso cristiano, repleto de salud, de esperanza y que cada uno con el corazón abierto sea capaz de dar a los demás lo mejor de sí mismos.
El equipo de oración de intercesión seguirá activo para todos aquellos que deseen enviar sus peticiones, más de una decena diaria. Las miles de peticiones de intercesión recepcionadas en este tiempo demuestran la necesidad del hombre de buscar consuelo en los hermanos y, quienes formamos este grupo y rezamos por ellos, hemos observado como las súplicas elevadas al Padre, por medio de Cristo, de María y del Espíritu Santo han ido dando sus frutos cotidianos. A quienes se han dirigido a nosotros y lo seguirán haciendo agradecerles su confianza y darle por encima de todo gracias a Dios porque con sus manos benevolentes ha cogido con amor y misericordia las peticiones de sus hijos.
¡Que Dios bendiga a todos los lectores que han permitido que esta página sea un rincón sencillo de oración cotidiana!

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Termino con la oración insignia de este blog, que nos invita a ser instrumentos de paz:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando, como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna. Amén.

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El capítulo final del 2018

En este último domingo del año escribiré un capítulo más en la historia de mi vida, previo al fin de año de mañana. Lo que haya redactado con absoluta libertad en las páginas de este libro, en la que soy el único protagonista, no podré borrarlo. Dios me lo entregó para que lo fuera cumplimentando y como cada año mis notas diarias habrán dejado su impronta. En lo escrito no caben borrones ni enmiendas. No es posible corregir nada. Ahora, esa parte del libro sólo pertenece a Dios… y a mi conciencia. Este capítulo de mi vida forma parte de la eternidad. El día del juicio final lo releeremos juntos, Dios y cada uno de nosotros, con todas sus consecuencias.
Antes de que concluya el año es la oportunidad de sentarse frente al Señor, con el libro abierto en el capítulo “2018”. Habla de mi mismo. De mi historia, la que he escrito personalmente. Es recomendable leerlo despacio, en conciencia. Saborear los momentos alegres y dar gracias por ellos. Recordar las páginas más amargas y dolorosas, y elevar también nuestras gracias al Padre. Deleitarse con los pasajes más hermosos y tratar de corregir en nuestro corazón aquello de lo que nos arrepentimos.
Las páginas que hay que leer con más atención son aquellas de las que no me siento orgulloso. Las que más duelen. Las que más me avergüenzan. Las que mas producen dolor. Intentar arrancarlas es inútil. Serán sustituidas por las nuevas páginas que escribiré en el año que comienza.
Es el momento de recrear también con aquellos pasajes en los que el Señor está presente. ¡Que bellas son las escenas en las que Dios se nos muestra con su amor y misericordia!
Cuando decida cerrar el libro, lo tomaré entre las manos y lo entregaré al Padre pronunciando tan sólo dos frases muy simples: “Gracias, Dios mío” y “Perdón, Padre bueno”. Dios, que es amor, siempre perdona y abre nuevos caminos a mi esperanza. Y me permite escribir con toda libertad un nuevo capítulo de mi vida. Si lo que escriba va acompañado de su mano y de su corazón tal vez al final del año que comienza me sienta orgulloso de mi mismo. Para ello, la primera frase de este nuevo capítulo podría ser esta: “Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía”.

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En cualquier caso, Padre mío, ¡te pido que me llenes de tu bondad y de tu alegría, de tu claridad y sabiduría, de tu amor y tu misericordia, de tu bondad y tu optimismo, de tu fuerza y tu prudencia, de tu magnanimidad y tu clarividencia para iniciar el año nuevo con energías renovadas! ¡Regálame un año feliz y enséñame a repartir felicidad!

¡FELIZ AÑO A TODOS LOS LECTORES DE ESTAS MEDITACIONES!

Y lo celebramos con la cantata 171 de Bach para final de año:

Asombrado ante el misterio del pesebre

Último sábado del año, con María en el corazón. El saludo del Ángel a la Virgen —«¡Alégrate!, Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios»— me dibuja la manera de cómo debería contemplar el Pesebre hoy. Aunque allí veo a la Virgen y a san José con el Niño recién nacido, en este humilde pesebre se me ofrece un misterio incomprensible para una mente tan racional y humana.
Dios se hace Niño para salvar a los hombres —¡para salvarme! — y elige para Su Encarnación el seno virginal de «la Llena de Gracia», de la «Llena de Santidad y Perfección», de la «Llena del Amor de Dios», de la «Llena del Espíritu Santo» y de la «Llena de Pureza». ¡Qué hermoso es el hacer de Dios!
Emociona comprender que la Virgen se convierte por voluntad de la Santísima Trinidad en un Paraíso Terrenal para Cristo en la tierra, para que la Segunda Persona, en su Encarnación no extrañe el Paraíso Celestial que es el seno inmaculado y puro de Dios. Un Paraíso el de María repleto de amor, de alegrías, de cantos, de alabanzas, de gozos, de júbilo y de gracias. De ahí surge el «¡Alégrate!» del Ángel a la Virgen que no es más que la alegría de ese Dios que iba a encarnarse en el seno virginal de María.
Y el día que Cristo es encarnado en el seno maternal de Nuestra Señora no sentirá diferencia alguna entre la pureza inmaculada de la Virgen y la pureza inmaculada de Dios Padre. Y de aquí surge el canto del ángel: «¡Llena de gracia!».
Y para que Cristo al llegar a este mundo manchado por el pecado y la malicia que surge del corazón del hombre, y en el que los desprecios, la indiferencia, la soberbia, el egoísmo, la aridez… están al orden del día, la Santísima Trinidad nos dio a María, inmaculada desde su Concepción, llena del mismo amor que Dios profesaba por su Hijo desde la eternidad. ¡Qué bellas haces las cosas, Señor! Y para que el Dios hecho Niño no sintiera un abismo entre el amor eterno del Padre en el cielo y el amor de la Madre en la tierra, el Ángel anuncia a María que «el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra» para que nada corruptible, profano, impuro, humano, impregnado de pecado, manche una vida tan inmaculada.
Contemplo el pesebre y no puedo más que asombrarme por el misterio que encierra el Niño abrazado por su Madre. Sí, Señora: «¡Alégrate! Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios».

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¡Dios te Salve, Madre de la Vida, Madre digna de amor, madre del Amor Hermoso! ¡Enséñame, María, a amar a Dios y mis hermanos como los amas Tú! ¡Haz, Señora, que mi amor a los demás sea siempre paciente, generoso, benigno y respetuoso! ¡María, Causa de nuestra alegría, ayúdame a captar cada día la alegría cristiana, la alegría de la fe, la aceptación de la renuncia y del dolor, la unión con Tu Hijo! ¡Ayúdame, Señora, a que mi alegría sea siempre plena y auténtica, que sea capaz de comunicarla siempre a los que me rodean! ¡Ayúdame a no quejarme, Señora, imitando tu ejemplo de aceptación y de renuncia! ¡Ayúdame, María, a creer de verdad como creíste Tu y que mi fe en Dios y en Tu Hijo, en la Iglesia y en los hombres, sea una fe valiente y generosa! ¡A pocos días del nacimiento de Tu Hijo, te pido por aquellos niños que no van a nacer, a los que se les va a impedir la vida, a los que tienen dificultades en su día a día, a los que son víctimas de la pobreza, de la persecución, del esclavismo y de la indiferencia!

De la Misa en do menor de Mozart nos deleitamos hoy con el Incarnatus Est:

Defender la vida, condenar el aborto

El día de hoy recordamos a los Niños Inocentes que el sátiro Herodes ordenó asesinar tras el nacimiento de Cristo. Un día de reflexión sobre todos los niños y niñas que sufren con Jesús la santa inocencia de Cristo… Fueron estos infantes inocentes los primeros cristianos santos de la Iglesia. Por eso se les asegura, desde tiempos inmemoriales, su lugar de privilegio en el calendario de los Santos. Tuvieron el honor de ser los salvadores de nuestro Salvador. Aquellos niños no sólo murieron por Cristo, lo hicieron en su lugar. Recordamos hoy también el sufrimiento martirial de tantos niños en el mundo que han sido abortados, el mayor genocidio consentido en nuestra sociedad desde hace varias décadas. La gravedad de estas muertes aceptadas por la sociedad ha menguado progresivamente en la conciencia de tantos hombres y mujeres, muchos de ellos cristianos. El aborto es un crimen que no permite distinción entre el bien y el mal porque lo que se dilucida es el derecho fundamental a la vida. Seamos siempre valiente a defender el derecho a la vida y no giremos la mirada nunca la mirada por razones de interés o por engañar nuestra conciencia.

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¡Dios mío, enséñame a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada!

Recordamos a los Santos Inocentes con este canto del Aleluya: Laudate Pueri Dominumdedicado a ellos:

Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

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¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

¡Nochebuena! ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida!

Esta noche nacerá un Salvador: el Mesías, el Señor. ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida! Que Dios se hace niño para permanecer entre nosotros. Hoy Dios entra en el mundo para acompañarnos.
Hoy quiero sentirme un humilde pastor de Belén, una alma sencilla, haciendo vela, dispuesto a dormir al raso, siendo un testigo privilegiado del nacimiento de Dios. Se lo decía a nuestras hijas ayer noche. A pesar de los problemas, de las dificultades, del sufrimiento pesan más las cosas bonitas que nos han ocurrido este año sabiendo que Cristo está a nuestro lado cada minuto de nuestra vida y que lo hará hasta el final de los tiempos.
Y me siento un pastor presuroso a reaccionar al anuncio del ángel. Y lo que vamos a vivir esta noche no quiero que me deje indiferente. Por eso quiero caminar hacia Belén, decidido y alegre, conmovido y expectante. Quiero alejar de mi corazón las preocupaciones, los problemas de mi trabajo diario, mis cansancios… Quiero responder a la llamada del ángel, que susurra en mi corazón. Quiero que hoy el Señor me encuentre velando, orando, meditando este acontecimiento tan importante en nuestra vida. Quiero aparcar mi rebaño que se manifiesta en vivir encerrado en mi propio yo, en mis egoísmos y mis intereses, en mis medianías, en mi soberbia y mis tonterías, en mis pegas y excusas cuando se trata de las cosas del Padre.
Quiero que esta noche me coja bien despierto, con los ojos bien atentos, con el corazón predispuesto. Quiero estar en comunión con el Señor; sentirlo vivo en mi corazón; escuchar los susurros del Espíritu Santo; dejarme guiar por la voluntad del Padre; actuar, pensar y vivir de acuerdo con lo que espera de mí; poner las cosas de Dios en mi vida como algo prioritario; no dejarme oprimir por las urgencias de la vida cotidiana…

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¡Quiero amarte Señor! ¡Quiero sentirte, Niño Jesús! ¡Quiero abrazarte con el mismo mimo que tu Madre, la Virgen María! ¡Quiero arroparte con telas dignas que cubran tu desnudez divina y oculten la desnudez de mi alma humana, Niño Dios! ¡Quiero, Señor, deshacerme de esos pañales ásperos y sucios producto de mi miseria y mi pequeñez y arroparte con trapos de hilo que cubran también mi alma sedienta de Ti!
¡Que nazcas de nuevo en mi vida, Niño Dios, y que en el pesebre de mi interior se renueve mi pobreza espiritual, mis infidelidades hacia ti y mis amores tantas veces egoístas e interesados! ¡Te quiero, Cristo Niño, porque contigo hoy en mi corazón veré la vida con optimismo, confianza, esperanza y alegría! ¡Renueva y transforma mi alma, Niño Jesús, para que pueda caminar siempre a la luz de Dios! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz un corazón semejante al tuyo!

Veni, Veni, Emmanuel entonamos hoy con alegría:

Rodeado de ángeles en Navidad

Mañana es Nochebuena que, en toda su esencia, es la Navidad convertida en dulzura del espíritu, alabanza que cantan los ángeles del cielo.
Una Navidad sin ángeles ignora el inmenso misterio de la Encarnación, esta unión única entre la naturaleza divina de la Palabra y la naturaleza humana. Dios, que es espíritu puro, se une a la condición carnal del hombre para que el hombre descubra la vida espiritual y reciba, a partir de la Navidad, la revelación. Así como el ángel le anunció a María y, más tarde, a José este gran misterio, en Navidad es nuevamente un ángel el que anuncia a los pastores —en el que todos estamos representados— que ha nacido un Salvador.
Los ángeles están entre nosotros, especialmente en el día de Navidad. Los ángeles son, esencialmente, los reveladores del mundo invisible: revelan a Dios, nuestra alma, la divinidad de Jesús. La dulzura de la Encarnación en María es dulzura angelical, como en el momento supremo en que Dios se unió a Ella con un cuerpo real y un alma real, los espíritus puros de los ángeles deben recordarnos que tanto el camino recorrido por Dios para unirse a la carne como la carne del hombre toma todo su significado en la vida del espíritu en el contacto real de Dios. Porque solo el espíritu sabe y ama, y ​​el conocimiento en amor con Cristo es el secreto de la dulzura. Navidad, entonces, es esta vida espiritual hecha accesible de nuevo, la dulzura de la gracia. La comunión entre los hombres, los ángeles y su Dios es la dulzura de la Navidad. Para ello, la Encarnación tendrá que ir al final de la noche y amar durante la Pasión, la violencia de la Cruz, del pecado y de los ángeles malos.
Mientras tanto, esta dulzura de la Nochebuena la cantan los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra para los hombres que ama el Señor”. Para hacer que el hombre vuelva a ser amigable y libre de amar, Dios ha inventado esta dulzura extrema de la noche de Navidad que se suaviza con la delicadeza de un Dios que habita entre nosotros.
Dulce encarnación del Salvador, gentil bajada de nuestro Dios, dulce paz en los corazones. Dulce noche, santa noche para todos los lectores de esta página.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Oración para encender la cuarta vela de Adviento

Al encender esta cuarta vela, en el último domingo de Adviento, pensemos en la Virgen, Madre de Jesús y nuestra Madre. Nadie le esperó con más ansia, con más ternura, con más amor. Nadie le recibió con más alegría.
Tú Señor, te encarnaste en Ella, como el grano de trigo se siembra en el surco. Y en sus brazos encontraste la cuna más hermosa. También nosotros queremos prepararnos así: en la fe, en el amor, y en el trabajo de cada día. ¡Maranatha, ven, Señor, Jesús!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María: