Orgulloso de los hijos

Hoy es un día inmensamente feliz. Mis dos hijas mayores, diferentes en su estilo y su carácter, cumplen años. Fue una casualidad que nacieran el mismo día, pero así lo quiso Dios. Hoy elevo mi corazón a Dios, en acción de gracias, porque miro 24 y 22 años atrás y recuerdo con alegría aquel acontecimiento mágico de su nacimiento y todo lo que he vivido junto a ellas durante estos años. Dos jóvenes que me han hecho inmensamente feliz por su alegría, por su esfuerzo, por su coraje, por su generosidad, por su cariño, por su gran corazón. 

Amo y adoro a mis hijas. Las encomiendo cada día a Dios Padre, Padre también de ellas, que nos los entregó en custodia para guiarlas hacia la santidad cotidiana. Los hijos son un regalo de Dios, nacidos de un amor humano pero también de un amor divino que emerge de la eternidad. Mi deseo es que crezcan en gracia, que enderecen su camino hacia el bien, que peregrinen en la esperanza de la vida. Quiero ayudarlas a vivir según los principios del amor. Los pongo también en manos de María, su Madre en el cielo, que no desatiende nunca mis súplicas. Y le pido al Espíritu Santo que les guíe por los senderos, no siempre fáciles, de la vida iluminándolas con su gracia y sus santos dones.

No puedo más que dar gracias a Dios por el don recibido de mis hijas. No solo las quiero, las admiro más que por sus talentos y capacidades por su corazón grande, por su alegría que hace latir inmensamente mi corazón. Las amo sin límites porque uno suele amar aquello que ha engendrado con esfuerzo, sacrificio y con dificultades, alegrías y esperanzas, con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Mis hijas me hacen ser mejor persona y cada día, gracias a ellas, sigo aprendiendo a ser padre. Me obligan a ser ejemplo de coherencia de vida.

Hay algo que he aprendido de mi relación con ellas. La necesidad de ofrecer cariño de calidad, de manera que se sientan siempre muy amadas. No siempre ha sido así porque la vida no es fácil pero si siento que ellas son capaces de devolver con amor el amor recibido. 

Veo en ellas la importancia que dan a la vida, como la viven plenamente. Observo su personalidad, la solidez de sus principios, el coraje con el que han enfrentado y enfrentan los obstáculos de la vida. Contemplo su crecimiento, como tratan de resolver las cosas que les ofrece la vida. Veo como se corrigen cuando se equivocan y como saben pedir perdón por sus errores. Lo más bello del amor es que permite el perdón. Me gusta como aceptan nuestros consejos para mejorar y corregirse. Me gusta esa alegría que desbordan. Me gusta como viven su espiritualidad y como transmiten su fe entre sus amigos. Me gusta este sentimiento que tienen para generar esperanza. Me gusta como acuden a sus padres para apaciguar sus inseguridades. Admiro su ética, su compromiso con la sociedad, sus sentimientos de darse a si mismas. Me gusta la plenitud de sus valores. La laboriosidad con la que enfrentan sus estudios y su trabajo. Uno podría afirmar que son unas jóvenes perfectas. Tienen como todos sus defectos, sus imperfecciones, sus altibajos de carácter y sus errores pero yo las veo con los ojos del amor. Y las contemplo desde los ojos de la gracia. Todo don de Dios es un regalo tan valioso que merece ser cuidado y preservado. ¡Gracias, Padre, por dármelas en custodia!

¡Padre de amor y de misericordia, te doy gracias el gran regalo de los hijos! ¡Concédeme la gracia de amarlos plenamente, con intensidad, con generosidad; dame la sabiduría para saber orientarlos, guiarlos, encauzarlos; dame la capacidad para instruirlos, dame la capacidad para ser ejemplo de coherencia para acostumbrarlos a hacer siempre el bien! ¡Llénalos, Señor, de tu amor infinito; dales el don de la humildad y la sencillez para entender que sin Tu presencia en su corazón nada son! ¡Ábreles, Señor, el corazón para que sepan aceptar los consejos, para que aprendan a descubrir sus errores, a enderezar su fallos, a aceptar las sugerencias; enséñales a pedir perdón y enmendarse cuando dañen a otros! ¡Dales, Señor, la capacidad para ser siempre libres, vivir con dignidad su vida cristiana, que aprendan a levantar la voz ante cualquier injusticia, a respetar al prójimo, a defender los derechos de sus prójimos, a estar dispuestos a servir por amor, a defender la verdad y a ser coherentes en su vida de fe! ¡Ábreles, Señor, el corazón para nunca se acomoden y luchen con valentía para afrontar los retos que les presenta la vida! ¡Dales la sabiduría para formarse debidamente, para no verse sometidos al consumismo, el individualismo y el hedonismo que propone el mundo actual! ¡Dales un corazón abierto al amor para ser personas entregadas al prójimo! ¡Concédeles la gracia de parecerse a Ti! ¡Y te pido para mi que me otorgues la humildad para aconsejar, la entrega para servir, el amor para darme, la fuerza para ayudarles y la sabiduría para inculcarles valores! ¡Gracias, Señor, por el regalo de mis hijos, son un don que quiero custodiar con todo mi amor!

¡Qué gran regalo es el sacramento de la Reconciliación!

¡Padre, he pecado contra el Cielo y contra Ti! Este es el verdadero movimiento que mueve a la conversión. Los pecados que cometo golpean a Dios, dañan mi relación con Dios y, por lo tanto, afecta a mis hermanos y a la Iglesia. Sí, el pecado me daña mientras la vida me invita a imitar a Jesús, a acercarme a él, a amarlo y seguirlo. Convertirse es apegarse a Cristo, dejarse sorprender por la acción de Dios.

Cada vez que acudo al sacramento de la Reconciliación me acuerdo de la parábola del hijo pródigo. Me siento como el hijo que abandona la casa del Padre, este Padre que me ha dado la vida y me espera con los brazos abiertos.

El Padre me concede siempre lo que le pido: la parte de la herencia. ¡Cuántas veces pienso que tener es ganar autonomía, convertirme en adulto! ¡Cuántas veces me siento fuerte dependiendo de los bienes materiales pero cuando flaquean me convierto en esclavo del miedo, de la inseguridad, de la incertidumbre! Quiero volver con el Padre porque sé que quienes están bajo se protección tienen pan en abundancia.

Frente a esta actitud pecaminosa de apartarme de la autoridad del Padre, miro a Jesús que viene al mundo para hacer la voluntad de Dios. Jesús, el Hijo amado, también tuvo hambre en el desierto. Nos dijo que el hombre no vive solo de pan, sino de la Palabra de Dios, de la confianza, la amistad, las relaciones… y por supuesto de la Eucaristía. Este sacramento es el alimento del Reino, anunciado en la fiesta del Evangelio. ¡Sí, el Padre da a expuertas!

El Padre todo lo ve y siente lástima. ¿Qué hace el Padre? ¡Espera! Dios no parece tener prisa. Mientras espera mi conversión, Dios no hace nada. Me quiere, nos quiere para Él, con Él. En nuestro camino, envía a Jesús. Jesús es el hermano que ha cobrado vida de una manera única. Crucificado por nosotros, resucitado por amor a nosotros, Jesús es fuente de vida, llena nuestros corazones y cambia nuestra visión del mundo.

Sí, hay una urgente necesidad de cambiar el mundo, marcada por la indiferencia, la violencia, el derroche, el desorden… Hay una urgencia de vivir en la confianza, en el amor y de servir a los necesitados.

Jesús nos invita a las bodas del Cordero. A cada uno, el Padre le dice, como al hijo mayor: ¡tú, hijo mío, estás siempre conmigo! ¡Todo lo que es tuyo es mío! Esta es nuestra herencia: la vida de Dios, su santidad, su amor. ¡Cuánta riqueza!

En la parábola, por dos veces el Padre sale al encuentro. Al arrojarse a los brazos de su hijo menor y calmar la ira del hijo mayor. ¡Qué prueba de amor! Cuántos padres y educadores han vivido estas dos actitudes: consolar a los que se reconocen pecadores, que se han equivocado y regresan, y curar a los que están cerrados a la alegría, a la conversión. ¡Cuántos viven en la amargura, en la tristeza, sin creer en este amor fiel del Padre, en el posible perdón!

Pero Él siempre sale al encuentro. Él es el buen pastor que viene a buscarnos. Él es el Cordero de Dios que carga con nuestro pecado. Jesús no solo lleva su cruz, nos lleva a nosotros, nos levanta, nos sana con su Espíritu Santo que nos hace murmurar: ¡Padre, he pecado contra el cielo y contra ti! Y sales del confesionario lleno del amor de Dios, sintiendo su abrazo amoroso, su perdón, su misericordia, su fidelidad, su espera silenciosa. ¡Qué gran regalo es el sacramento de la Reconciliación!

¡Señor, me he dejado engañar, de mil maneras he huido de tu amor, pero estoy aquí una vez más para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Redímeme de nuevo Señor, recíbeme una vez más en tus brazos redentores! ¡Padre, he pecado contra el Cielo y contra Ti! ¡Señor, abre mi corazón al perdón que es la llave que permite entrar en mi corazón la paz interior! ¡Señor, Tú que en la cruz perdonaste a quienes te ofendieron enséñame a perdonar a quienes me han hecho sufrir! ¡Dame, Señor, muchas dosis de humildad y misericordia para perdonar! ¡Concédeme la gracia de reconocerme un auténtico pecador! ¡Quisiera, Señor, tener un corazón semejante al tuyo! ¡Que sepa poner siempre en práctica las palabras que nos enseñaste en el Padre Nuestro: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»! ¡Envía tu espíritu, Señor para que esté abierto siempre al perdón y exclamar de verdad: En el Nombre de Jesús: te perdono; en el nombre del Corazón de Jesús: te perdono; en el nombre de la Misericordia de Jesús: te perdono, te bendigo y desato cualquier lazo de rencor que haya entre nosotros! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de corazón para no guardar rencor a nadie y saber perdonar sus fallos! ¡Que no olvide nunca, Señor que tengo que perdonar, para que tú me perdones!

¿Cuál es mi respuesta al ven y sígueme?

Vivo en la misma ciudad en la que nací. Mi vida se ha desarrollado en la misma ciudad, con algunas excepciones en que he vivido en otros lugares, pero me siento arraigado a la urbe donde reside mi familia, mis amigos, mi comunidad de oración… Nazaret.  Esta es la ciudad donde creció Jesús, donde vivió en silencio, donde permaneció en oración durante treinta años; en la escuela de San José, Jesús aprendió su oficio de carpintero. En la escuela de la Virgen María, Jesús aprendió muchos de los ritos y las costumbres del judaísmo y se formó como persona. Lo mismo hicieron mis padres, me formaron en valores, me ayudaron a crecer en la fe y en mi espiritualidad, moldearon mi formación humana. 

Jesús actuaba según la costumbre de su tiempo. Así lo hacemos nosotros. En Nazaret, Jesús santificó el tiempo, el trabajo, la amistad, la vida cotidiana. Nuestra vida, aunque esté hecha de rutinas, de repeticiones, tiene sentido pese a que nuestras sociedades atraviesen una profunda crisis a todos los niveles. Pero es un tiempo que necesita de mucha santificación en lo personal, social y profesional.

Por eso seguir a Jesús Resucitado es una alegría, una misión, una aventura. Seguir a Jesús de Nazaret a Jerusalén en el Evangelio, en la liturgia, en la Palabra… es una auténtica revolución.

Cuántas veces podemos escuchar esta frase demoledora: “No te necesito”, podemos prescindir de ti que eres pequeño, débil, frágil,  enfermo, con una discapacidad. Nos deshacemos de los que “estorban” socialmente. En la tarde de Su Resurrección, Jesús abre la mente de sus discípulos a la comprensión de las Escrituras e ilumina los ojos y el corazón de los discípulos de Emaús. Les explica lo que le preocupa en toda la Escritura. Jesús envía su Espíritu Santo para que los Apóstoles recuerden sus Palabras y se conviertan en valientes testigos de su Buena Nueva. Para acoger a todos sin importar su origen, su raza, sus creencias, su fe, su enfermedad, su fragilidad, su personalidad…  

Necesitamos leer las Escrituras, la historia de la salvación, la historia de la intervención de Dios en el mundo. Jesús es nuestro guía, nuestro Maestro. Escuchar las maravillas de Dios, dejarse transformar por esta Palabra de vida, por el Evangelio y la enseñanza de Cristo. No es posible aislar de nuestra vida la predicación de Jesús, sus signos, su Pasión y su resurrección. ¡Por nosotros y por nuestra salvación! Por amor a nosotros, para saciar nuestra sed en la fuente de la vida, por el don del Espíritu Santo. 

Nunca dejamos de descubrir a Jesús que está consagrado por la unción, por el Espíritu Santo. Él es Dios, nacido de Dios, concebido del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María. Cristo sigue vivo y lo recibimos en la Sagrada Eucaristía, le rezamos, le escuchamos, le adoramos. Nos ayuda a crecer.

Jesús se hace presente con la fuerza del Espíritu. Viene a anunciar la Buena Nueva a los que sufren, a los que necesitan de Dios, a los que anhelan la luz de Su Palabra, a los que son esclavos de sus adicciones, incapaces de salir de su egoísmo, de sus preocupaciones. Jesús viene a decir que todos somos amados por su Padre. A través del Bautismo nos hemos sumergido en esta fuente vivificante de Amor, ardemos en el fuego del Amor de Dios y participamos en la misión de la Iglesia…

Jesús nos dice en cada momento: “Necesito que prolongues mi reinado, para que la predicación del Evangelio cuide a los frágiles, a los que sufren, a los esclavos de sus pasiones”. ¡Ven, sígueme! ¡Actúa en mi nombre! ¡Transforma el mundo! ¡Cambia los corazones de los que te rodean! ¡Abre tu corazón y llena de amor tu entorno! ¡Vivifica con tus gestos, palabras, sentimientos, acciones a tu prójimo! Y ante este reto sublime… ¿Cuál es mi respuesta? ¿El silencio o la acción?

¡Señor, no soy quien te he elegido sino que eres Tu el que cada día te acercas a mi, el que me llamas por mi nombre, el que me invitas a seguirte, el que quieres que comparta lo pequeño y lo grande contigo, el que me ofrece la cruz, el que me señala el camino de la esperanza! ¡Señor, no soy yo quien toma la iniciativa, sino que eres Tu el que primera me tiende la mano, el que me ayuda a seguir adelante, a creer en tu Palabra, en tu Buena Nueva, en tu Evangelio, el que me invita a amar, a entregarme al prójimo, el que me invita a permanecer muy unido a Ti! ¡Señor, no soy yo el que toma la iniciativa de ser tu discípulo sino que eres Tu el que me llama cada día, el que me envía la gracia del Espíritu para que ilumine mis pasos, mi mente y mi corazón! ¡No soy yo, Señor, el que tiene la iniciativa sino que eres Tu el que me lanza el reto de evangelizar en mi entorno, el que está llamado a proclamar la Buena Nueva de tu verdad! ¡Señor, no son mis fuerzas las que me permiten avanzar sino es la fortaleza que viene de tu Santo Espíritu la que me da la fuerza para seguirte, la sabiduría para entender lo que quieres de mi, la que me hace rechazar el mal, la que me invita a entrar por la puerta estrecha del reino renunciando a lo que no me conviene! ¡Señor, tu eres el Mesías, el Maestro, el Salvador, el Redentor; necesito, Señor, que te hagas muy presente en mi vida porque quiero ser testigo de tu misión, quiero ser discípulo de tu Evangelio, quiero ser instrumento de tu Palabra! ¡Señor, me invitas a seguirte y yo acepto el reto con alegría, con fe y con esperanza!

Unido a la Madre dolorosa

La Iglesia celebra hoy la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. Es una jornada para estar muy unido a María, nuestra Madre. Lo hago con el corazón abierto imaginándome a la Virgen a los pies de la cruz, llorando desconsolada de dolor cuando su Hijo colgaba del madero santo. Esta poderosa escena es muy inspiradora para mi vida cristiana. Observo a Cristo con los brazos extendidos en cruz, abrazando a la humanidad entera, muerto para cumplir por amor la voluntad del Padre. Este cuerpo desgarrado y magullado marca la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Cristo aprendió la obediencia a través de los sufrimientos de su Pasión. El Siervo sufriente, Hijo de María, da su vida por el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios para liberarlo del pecado.

Este cuerpo lacerado, sin aliento, desfigurado es el que María formó en su carne durante nueve meses. Es una realidad viva. Una escena profundamente dramática. Es ella misma la que permanece junto a la Cruz. ¿Puede una madre ver a su hijo tratado de esta manera sin sentir un dolor extremo, sin convertirse en una «madre dolorosa»? Es una escena que abre el nacimiento de una nueva esperanza.

Me imagino la escena y se me desgarra el corazón. Suenan de fondo, en este momento, el cántico de los ángeles aquella noche en Belén: «Te ha nacido un Niño. Se te ha dado un salvador». Es en estos momentos cuando el Hijo de María se convierte realmente en el Salvador de una multitud de hermanos y hermanas vivificados por el amor, el amor fiel y misericordioso de Dios que llega al encuentro de la humanidad a través del Cuerpo y la Sangre derramada de quien está en la Cruz. De este cuerpo atravesado por la lanza del soldado saldrá sangre y agua y nacerá un pueblo nuevo, una multitud inmensa en los cuatro confines de la tierra. El pueblo cristiano del que me siento tan feliz de pertenecer.

Ésta es la belleza de esta escena en la que, al pie de la Cruz, la Madre de los dolores se convierte en Madre de la Iglesia, de este nuevo pueblo de bautizados. «Mujer, aquí está tu hijo». Jesús nos la entrega como Madre. Por eso siento tanta devoción por María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. «Aquí tienes a tu Madre». Se lo dice a Juan pero me lo dice también a mi y a todos nosotros. 

Pero este episodio no se queda aquí. Del sepulcro surge glorioso y luminoso el cuerpo lacerado por los látigos de la flagelación, la corona de espinas, las manos y los pies crucificados, atravesado por la lanza, el del Salvador que fue el instrumento que utilizó Dios para ver cumplida su voluntad. Cristo ha resucitado; se ha hecho poderoso para salvarnos. Nacimiento en el dolor al pie de la Cruz, nacimiento en la gloria de la Pascua cuando Cristo resucita a la vida. Cristo está vivo y así lo sentimos los creyentes.

Es por eso que, en cada Eucaristía que celebramos en asamblea alrededor de la Cruz, es posible asociarlo todo a María y a los testigos que estuvieron en el Gólgota; es por eso que podemos tomar en nuestras manos, compartir y comer el Cuerpo de Cristo. Y es por esto que puedo decir deseando que se inscriba profundamente en mi vida: «Oh Cristo, me das y formas en esta Eucaristía tu Cuerpo magullado y resucitado… Aquí vengo, como tú, hacer la voluntad del Padre, que no tiene otra voluntad que la de que toda la humanidad se salve».

En cada Eucaristía me uno a Cristo pero también a la Madre de los Dolores, la que permaneció al pie de la cruz, lo que te permite acudir a Ella para que me ayude siguiendo su ejemplo a que mi vida sea un «sí» absoluto de entrega a la voluntad de Dios.

¡Madre, Nuestra Señora de los Dolores, me uno hoy a ti con el corazón abierto; quiero aprender de Ti la entrega amorosa, la serenidad profunda, la fortaleza viva, el amor incondicional a los pies de la cruz junto a tu Hijo! ¡Te doy gracias, María, por tu enseñanza, por tu ofrecimiento como corredentora del género humano! ¡Me siento muy unido a Ti, Madre, y te doy gracias por acogernos a todos cuando asentiste antes las palabras de tu Hijo del «¡Ahí tienes a tu Madre!» ¡Quiero recibirte en mi corazón, en mi vida, en mi hogar como hizo Juan cuando asintió ante las palabras de Tu Hijo: «¡Aquí tienes a tu Madre!» ¡María, Señora de los Dolores, acudo a Ti y te entrego todas mis necesidades, mis sufrimientos, mis fragilidades, mis angustias, mis desesperanzas para que las acojas y las sanes! ¡Dame mucha fe para aceptar las cruces que se me presentan y ayúdame a mirar siempre a Tu Hijo para acoger con amor el sufrimiento que me sobrevenga! ¡Concédeme la gracia,  María, de ver mas allá del sufrimiento y de la muerte y ayúdame a abrir siempre el corazón para seguir amando y sirviendo en medio de las dificultades y de las pruebas!  

La Cruz, icono de la obra de Cristo para el hombre y para el mundo.

Hoy celebramos la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. La Cruz en el centro de nuestra historia. Desde una realidad histórica, la Iglesia nos revela la inmensidad del designio divino de toda la Santísima Trinidad, un plan enteramente injertado en la salvación del mundo por el poder de la Cruz.

La Cruz se nos revela como el eje del mundo y de la Historia porque fue santificada por la Sangre del Hijo de Dios, del Verbo Encarnado, hombre de dolor condenado a muerte por nosotros y nuestros pecados. En la misión de Cristo, la Cruz preexistió antes de la Creación y no ha dejado de brillar desde entonces en la eternidad del Reino.

Durante su vida terrenal, a Cristo la cruz se le presentó desde el bautismo en el Jordán. Más allá de su pasión, la crucifixión y la muerte, la cruz lo acompañó desde el descenso a los infiernos hasta su elevación al cielo. Hoy veneramos esa Cruz y la glorificamos como el lugar y el momento en que, en la historia, Cristo cumplió para nosotros la justicia de su Padre, tomando sobre Sí el cáliz de la muerte para llamarnos a todos a compartir con Él el misterio de Su resurrección triunfante.

La Cruz es la culminación máxima y la realización más perfecta de la obra de Cristo por nosotros y eso es inseparable de Su Persona. De alguna manera exaltamos y veneramos la Cruz como la representación más perfecta del propósito de la Santísima Trinidad para con la humanidad. La Cruz es el icono de la obra de Cristo para el hombre y para el mundo.

Este icono exalta ante nosotros el precio que Cristo pagó por nuestra salvación. La Cruz recapitula sus sufrimientos y su muerte. Pero sobre todo, proclama el triunfo de su resurrección. Cruz dolorosa de la Pasión; Cruz triunfante de la resurrección. Pero en Cristo, la Cruz es una. Así debe ser también para mi en mi vida presente. Es importante que la Cruz no se convierta en una simple imagen piadosa. Su contemplación me permite entrar en el misterio y, en la medida de mi fe, compartirla y vivirla, para darla a conocer al mundo.

Jesús tomó la cruz sobre sí mismo porque solo Él podía y tenía que tomarla. Pero su obra de redención también debe realizarse en nosotros. Jesús quiere que seamos uno con Él, en lo más profundo de Su obra de salvación: “El que quiera ser Mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Cuanto más medito estas palabras más las coloco en mi corazón, de mi persona y mejor la acepto y la pongo en práctica, como una exigencia tan dulce como imperiosa.

La Exaltación de la Cruz se ha de convertir en el centro de nuestra vida y de nuestra persona; debe ser la marca de nuestra fe, el motivo de nuestra presencia en el mundo, la justificación de nuestra existencia y, sobre todo, el corazón de nuestra esperanza.

Yo amo la Cruz porque es aquí donde me encuentro de bruces con el Resucitado. Aquí es donde aparco mis sufrimientos. En ella reside toda mi esperanza, la certeza de lo que espero y la visión de lo que anhelo. A través de la Cruz, el Cielo se abre ante mi, siento que la Gloria del mundo venidero se derrama sobre mi corazón. En ella y con ella, mi corazón se redobla de alegría y gozo. Por eso, en un día como hoy no puedo dejar de exaltarla repitiendo con auténtica devoción: “¡Ante Tu Cruz, me postro, Señor, y ante Tu Santa Resurrección, te glorifico. Que no me acostumbre a verte crucificado!”.

¡Señor, en este día de la Exaltación de la Santa Cruz, te suplico con todo mi corazón y con toda mi alma que me concedas la gracia para exaltar tu Cruz Santa y me ayudes a llevar una vida nueva! ¡Ayúdame a mirar la Cruz en base a mi historia personal, mirarla desde la perspectiva de tu amor, para comprender todo lo que has hecho por mi, para comprender este misterio tan grande que es morir por mi, para acercarme a Ti para darte gloria y alabarte! ¡No permitas, Señor, que tenga miedo a cargar la cruz de cada día, a hacerlo siempre con sentido sobrenatural! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que llevar la cruz con amor es signo de victoria! ¡Que cada vez que me persigne, Señor, sea consciente de que estoy marcando tu presencia en mi! ¡Que cada vez que contemple tu cruz sea ungido por tu presencia! ¡Que cada vez que contemple tu cruz mis ojos se centren en Ti, levantado en lo alto, exaltado por Dios, triunfante ante el dolor, el sufrimiento y la angustia, vencedor de la muerte y del pecado! ¡Concédeme la gracia de tomar la cruz y seguirte sean cuales sean las circunstancias de mi vida! ¡Que sea capaz de entender que tus brazos abiertos en la cruz son un signo de acogimiento y de amor, que esta apertura es para esparcir sobre mi los beneficios de la redención y de la santificación, don de Dios! ¡Te exalto, te bendigo y te glorifico, Señor, porque viéndote en la cruz no puedo más que dar gracias por tu testimonio de amor! ¡Gracias, Señor, por tanto amor, por tanta misericordia, por tanta generosidad! ¡Que tu cruz, Señor, me una más a Ti! ¡Que no me acostumbre a verte crucificado, Señor!

Colaborador de Dios

Todos los seres humanos somos colaboradores de Dios, llamados a cooperar en Su obra de creación, Pero, también, debemos ser creadores. ¿Cómo hacerlo? ¿Podemos, como Él, crear ex nihilo, crear de la nada? Ante esta imposibilidad podemos cooperar con Dios haciendo fructíferos sus dones, llevándolos a su pleno desarrollo.

El gran don de Dios es la gracia del Espíritu Santo. Es un don puro, pero depende de nosotros, colaboradores de Dios, para que dé sus frutos. Dios nos ha creado con amor pero quiere que actuemos en cooperación con Él, en sinergia, para guiarnos hacia Su gran meta: la salvación. En la Iglesia entendemos la salvación como glorificación, como deificación. Es voluntad de Dios que todos los hombres nos salvemos y entremos en la alegría del cielo.

¿Cómo puedo cooperar con Dios y asegurarme de no recibir la gracia de Dios en vano? Guardando los mandamientos de Cristo con amor y luchando contra el pecado que me aleja de Dios y paraliza la obra de la gracia que obra en mi. Actuando con amor por fidelidad a Cristo, siendo constante en las tribulaciones, en la fatiga, en las vigilias, en los ayunos; viviendo con pureza de espíritu, practicando la caridad y la paciencia, la bondad y la entrega, actuando con honor y honestidad y apartando la deshonra; manteniendo siempre la alegría pese a las dificultades, aceptando el sufrimiento con esperanza…, uno puede pensar que todo esto es la exhortación dada a un novicio durante su profesión monástica. Pero no es el caso, es la invitación al propósito de Dios en medio de las debilidades humanas. Dios no requiere de nadie para alcanzar su propósito, pero ha decidido emplear a los seres humanos para el cumplimiento del mismo. Es una muestra más de su infinita misericordia y de la grandeza de su gracia. Y sabedor de la realidad y fragilidad del hombre, Dios ha decidido correr el riesgo de valerse y confiar en nosotros para la transformación y evangelización del mundo y la edificación del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Pero esto no es posible lograrlo solos, con nuestras propias fuerzas. Se necesita para ello llenarse del Espíritu Santo, dejarse moldear por el quehacer divino, convirtiendo nuestra vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo; una vida impregnada de amor.

Todo colaborador de Dios tiene un sello especial, una manera de comportarse, de vivir, de ser. La manera de hacerlo es con amor porque esta es la manera con la que actúa y hace las cosas Dios. Sin amor nada es posible. Sin amor no se siguen los caminos de Dios. Sin amor no es posible transformar nada.. Este amor lo cambia todo. Es un amar antes de esperar ser amado. Esta es la razón por la cual el amor de Dios es tan perfecto, porque Dios no ama por lo que soy, lo que hago o dejo de hacer sino porque ya decidió amarme antes de mi propia creación. 

Ser colaborador del Dios Creador es trabajar con Él en la obra de salvación a la que todos estamos llamados.  Es un invitación a impregnarlo todo de amor pues el amor es la manera más natural  para colaborar en la obra de Dios en la vida de los que me rodean. ¡Le pido al Espíritu Santo la capacidad de amar, la capacidad de entregarme, la capacidad de vivir en espíritu con Él para convertirme en un auténtico colaborador de Dios!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, me postro ante su presencia y te pido la gracia de amar al prójimo, de amar a Dios, de amar a Cristo, de amarte a Ti, de ser un discípulo del amor para llevar el Evangelio a mi prójimo, a mi familia, a mis amigos, a mis colaboradores en mi trabajo, en mi grupos de oración! ¡Anhelo ser, Espíritu divino, un auténtico colaborador de Dios, con todo lo que soy y lo que tengo, con mis flaquezas y fragilidades, con mis competencias y virtudes! ¡Espíritu de Dios, he sido creado por el Padre para amar, para vivir en santidad, para llegar al cielo; concédeme la gracia de vivir cada día acorde con su voluntad, impregnándolo todo de amor, de entrega y de generosidad! ¡Espíritu de verdad, tomaste posesión de mi el día de mi bautismo y me has convertido en templos vivos donde tu presencia es verdadera, llenas mi corazón junto con el Padre y el Hijo; haz que la plenitud de tus dones me permitan vivir cada día desde la verdad de Hijo de Dios siendo testimonio vivo de coherencia cristiana!  ¡Ayúdame a vivir acorde con las enseñanzas del Evangelio, llenándolo todo de amor! ¡Concédeme la gracia de ser un verdadero colaborador del Dios Creador contribuyendo a la obra de salvación a la que estoy invitado! ¡No te alejes de mi corazón, Espíritu de Verdad, y santifica mis alegrías y endulza mis sufrimientos y dificultades; ilumina siempre mi mente con los dones de sabiduría y entendimiento para actuar según los criterios de Dios; en los momentos de oscuridad, dudas, incerteza y de confusión asísteme con el don del consejo para saber como actuar; no permitas que me abandone en los momentos de debilidad y en el trabajo concédeme la fortaleza que viene de Ti; que mi vida interior y mi vida familiar esté impregnada en cada momento con el espíritu de piedad y de amor; y que cada instante de mi existencia me mueva un temor santo! ¡Moldea mi vida, Espíritu Santo, para convertir mi vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo, en una vida impregnada de amor!

Pronunciar con amor el Santísimo Nombre de la Virgen

Segundo sábado de septiembre con María, la Mujer del Santo Nombre, en lo más profundo de mi corazón. Hoy celebramos una fiesta hermosa: la del Santísimo Nombre de la Virgen. Este venerable Nombre lo honramos los cristianos desde hace muchos siglos. Es hermoso venerar el nombre de María pues el suyo es un nombre glorioso, acogedor, tierno, repleto de amabilidad. De origen hebreo Miriam significa Doncella, Señora, Princesa aunque para los cristianos el nombre de María tiene también otros importantes significados: “la elegida de Dios”, “la madre de Dios” o “la amada del Señor”.

Lo esencial de este nombre tan bendecido es que fue inspirado por el mismo Dios a los padres de la elegida por Él para ser Madre de su Hijo y que el día de la Anunciación fue pronunciado con reverencia y amor por el Arcángel Gabriel. Desde el día de su sí a Dios todas las generaciones cristianas lo repetimos con afecto y cariño a todas horas del día: “Ave María…” 

Exclamar María es encomendarse a su valiosa intercesión, a su omnipotente protección, a su gracia maternal, a sus indiscutibles beneficios, a su amor.  Ella vino al mundo para ser Madre de Dios y Madre nuestra.

¡María! Para mí decir el nombre de la Virgen es sentirme acogido en su regazo, es sentir su cercanía, su amor, su ternura, su protección, su confianza, sus gracias, sus dones, su misericordia, su cariño… Es sentir que estoy en la manos de la Madre del Dios vivo; es sentir la luz que me guía porque es Madre de la Luz Eterna; es sentirse acogido por la principal obra de Dios, moldeada para ser su Madre; es sentirse amado por la amada de Dios; es sentirse consolado por la Virgen Inmaculada; es sentir toda su belleza porque Ella es la más hermosa de entre todas las mujeres; es esperar siempre porque Ella elimina las tinieblas de la vida; es sentirse arropado en todo porque Ella es la casa de Dios; es hacerse presente en el sí de la Creación porque Ella es el altar de la Divinidad; es sentirse cubierta de su manto porque Ella es la que abraza siempre como abrazó al Niño Dios; es sentirse guiado porque Ella es la que reposa en la Sabiduría Eterna; es ver como endereza mi caminar porque Ella es la Estrella del Mar; es consolar mis tribulaciones porque Ella supo sufrir y comprende los sufrimientos pues fue traspasada por una espalda de dolor; es aceptar la cruz de cada día porque Ella mostró el valor de la cruz estando a los pies del madero santo; es sentir su consuelo porque Ella es la consoladora por excelencia; es sentirse hijo de la Iglesia, porque Ella Reina de la Iglesia Triunfante… Tantas cosas puedo decir de María, tantas glorias cantarle, tanto piropos decirle: María, Reina de la Misericordia, del Amor, de la Esperanza, hermosa como la luna, coronada con doce estrellas, brillante como el sol, mi esperanza, mi dulzura, mi alegría. María, Reina Santísima, ante la sola mención de este nombre solo puedo exclamar: ¡Todo tuyo, María!

Hoy mi oración es la hermosa plegaria de San Alfonso María de Ligorio dedicada al Santo Nombre de María: Oh María, llena de gracia, haced que vuestro nombre sea la respiración de mi alma! No me cansaré jamás de acudir a Vos, repitiendo constantemente: María! María! Qué inefable consuelo, qué dulcedumbre, qué ternura experimenta mi alma! Oh María!, amable María, cuando pronuncio vuestro nombre, doy gracias a Dios por haberos dado para mi felicidad nombre tan dulce y amable.

Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

Invitado a amar al prójimo

¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Esta pregunta es consecuencia de otras preguntas que se le hicieron a Jesús: «Maestro, ¿dónde te alojas?» ¿Se aloja en mi corazón?; «Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?», ¿me la formulo y actúo en consecuencia como el joven rico para alcanzar el cielo prometido?; «¿Qué es la verdad?», ¿la busco realmente o se queda en una mera pregunta como Piloto?; «¿Cómo se va a ser esto posible?», ¿creo como María en la Anunciación?; «¿Por qué tus discípulos no se lavan las manos?», ¿pongo por delante el amor sobre las normas?; y así una larga retahíla de preguntas que van conformando mi vida cristiana… 

A todo esto, Jesús enseña y responde con paciencia. Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

El primer mandamiento es escuchar a Dios que habla, que se revela. En el libro del Éxodo, Dios le entrega la ley a Moisés: se revela en el Decálogo de los mandamientos. ¿Cuál es la diferencia entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere diálogo. La palabra, en cambio, es el medio esencial de relación como diálogo… Dios se comunica en estas diez Palabras y espera nuestra respuesta.

Puedo leer la Biblia desde este ángulo: Dios habla y espera mi respuesta. Pienso en la Virgen María el hermoso día de la Anunciación. El ángel Gabriel le pide que sea la Madre de su Hijo. Y María responde: «Soy la esclava del Señor». El «Sí» de María hace posible la venida de Dios a nuestro mundo y te descubre que si Dios te impone mandamientos es para mi felicidad porque nos ama.

El Decálogo comienza con la generosidad de Dios. Dios nunca pide sin dar primero. Nunca. Primero salva, primero da, luego pide. ¡Nuestro Padre es así! El amor que Dios espera de nosotros no puede ser solo externo: se trata de amar a Dios más allá de los sacrificios y holocaustos, más allá de los rituales. La vida cristiana, nuestra vida de bautizados, es descubrir el amor infinito del Padre: «Como el Padre me amó, yo os he amado». Jesús no ofrece sustitutos, sino vida real, amor real, riqueza real. Al dar su vida en la Cruz, ¡nos lo dio todo!

Por eso es para mi tan importante la Misa cotidiana, me abre de par en par a esta gratitud. Es acción de gracias, un agradecimiento al Padre por Jesús, el Salvador. Y también es un acto de gracia, es decir, del amor de Dios en nosotros. Es un dejarse amar por Dios, un dejarse transformar por el Espíritu Santo. ¡Y a tu prójimo como a ti mismo!

En el Antiguo Testamento, este segundo mandamiento es el colmo del amor, porque reconozcámoslo, nos amamos, cuidamos de nosotros mismos, de nuestras necesidades, de nuestra comodidad… Durante su última ágape, durante la Eucaristía, Jesús ofrece el nuevo mandamiento: ¡amaos los unos a los otros, como yo los he amado! Amar con el amor de Jesús… ¡este Amor es el Espíritu Santo! Jesús viene a cumplir la ley. Lo perfecciona.

La señal de la cruz nos recuerda estas dos dimensiones del amor, el amor que viene del Padre y el amor por nuestros hermanos. Y Jesús en el centro. ¡Qué invitación tan hermosa a hacerlo siempre con adoración y gratitud!

¡Te pido, Señor, que Tú mismo seas mi santidad!  ¡Que en todo momento, Señor, toda mi vida esté impregnada de amor, de entrega, de servicio, de generosidad, de caridad! ¡Que en cada momento de la jornada sea motivo de entrega al prójimo! ¡Muéstrame, Señor, a mi prójimo para que pueda amarle, dar lo mejor de mi! ¡En mi trabajo, en mis labores cotidianas, en mi oración, en mis momentos de asueto, durante mi tiempo libre, durante la Eucaristía, muéstrame, Señor, a mi prójimo para que pueda amarle! ¡Que mi mirada, Señor, no se aparece de las personas que me rodean, que no ignoren sus llamadas de necesidad o de amor, que no ignore sus necesidades, que no sea indiferente a sus historias personales! ¡Muéstrame, Señor, a mi prójimo en el que tu vives en su interior y enséñame a amarlo con el corazón abierto, amarlos en sus sufrimientos y alegría, en sus angustias y esperanzas, en sus tristezas y gozos, de manera que su dolor y su deleite sean también parte de mi vida! ¡Enséñame, Señor, a amar como tu amas! ¡Que mi vida sea un descubrir permanente el amor infinito que sientes por mi y no permitas que me acostumbre a verte crucificado! ¡Y en la Misa de hoy, permíteme abrirme de par en par a esta gratitud tuya de amor infinito! ¡Concédeme la gracia de sentir plenamente el amor de Dios, el dejarme transformar por el Espíritu Santo y llenar mi vida de amor para irradiarlo a los demás!  

«Y el que me acoge…»

«Y el que me acoge…». ¡Sí, yo quiero acogerte, Señor! Acogerte en mi familia, en las personas que amo, en mi corazón, en el seno de mi trabajo, en mis grupos de oración. Acogerte, en definitiva, en el sí de mi vida. 

¡Atrevámonos con el Espíritu! ¡Atrevámonos a caminar con Jesús! ¡Atrevámonos a interrogar a Jesús ante el misterio de su muerte y resurrección! ¡Atrevámonos a avanzar a pesar de nuestras disputas y nuestros deseos de ocupar el primer lugar!

Jesús no nos prohíbe ser los primeros, ofrecer actividades de calidad en la familia y entre los amigos, preparar encuentros pastorales sólidos y exigentes, poner nuestras habilidades profesionales al servicio de la misión y del Evangelio. Jesús muestra el camino: convertirse en siervo.  

«Y el que me acoge…». Quiero escuchar a Jesús que enseña, Este conocimiento no es solo intelectual, es un camino, una educación. Esta figura de Jesús que enseña, que educa, me es querida. Lo logro abriendo el corazón en la oración, en la escucha de la Palabra, en la participación de los Sacramentos. En el silencio de mi interior en ese encuentro hacia el Señor. Su Palabra golpea mi corazón y lo transforma.  

«Y el que me acoge…». Estas palabras también son un invitación a la misión y al servicio. Seguir a Jesús, caminar con Jesús, el Hijo de Dios, es dejarse transformar y cambiar. Es el momento de la misión, del servicio. Formarse para servir, dejarse convertir por el Espíritu Santo para cambiar este mundo, dejar una huella en nuestra historia. Los campos de misión son enormes. Y el mundo necesita cristianos comprometidos, abiertos a la transformación del mundo para llenarlo de amor, bondad y esperanza.

«Y el que me acoge…». Sobre todo es vivir de Jesús en la Eucaristía. Acoger a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía, dejarse atraer por Jesús que se nos entrega y nos transforma. La Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de él, estar con Dios y nuestros hermanos. Ese es un gran anhelo interior: que Cristo actúe en mis obras, que sus pensamientos sean mis pensamientos, sus sentimientos los míos, sus elecciones mis elecciones.

Aspiro a la santidad, de la que tan alejado estoy, pero necesito cada día recurrir al Amor con el que soy y me siento profundamente amado. La santidad cristiana es imitar lo que hizo Cristo .¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo!

¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de un corazón sencillo, amoroso, generoso, misericordioso, tierno, amable, caritativo; envía tu Espíritu de Amor para hacer de mi una persona buena, entregada a la misión y al servicio, para que me ayudes a tener criterios y actitudes semejantes a las tuyas! ¡Señor, te pido que transformes mi corazón porque quiero acogerte en mi interior, necesito que cambies mi corazón duro como de una piedra para que lo transformes en un corazón de carne! ¡Hazme sensible a la realidad del mundo, y no dejes que me considere superior a los demás, que la soberbia me supere, que la tibieza me venza, que el pecado se instale en mi! ¡Señor, tu conoces lo profundo de mi corazón, mis fragilidades e imperfecciones, tu te sentaste con pecadores; hazme humilde en todo momento y compasivo como lo fuiste tu con todos los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de un corazón abierto a la alegría y a la esperanza que sea capaz de abrazar a todos con amor y mucha ternura! ¡Ayúdame a llevar adelante mi misión con alegría y mi servicio con generosidad! ¡Quiero, seguirte Jesús, caminar contigo, y dejarse transformar por ti!