Presentarse ante Dios como María

En la Iglesia celebramos hoy una festividad hermosa, la de la presentación de la Virgen María en el Templo. Esta escena de la vida de Nuestra Madre no aparece en los Evangelios pero a la tradición no se le puede privar de su verdad.
Esta fiesta permite entrar con alegría en la intimidad del corazón María, ese corazón puro tan unido a Dios. María, en aquel día que acudió con sus padres al templo abrió su corazón al Padre y, en ese acto, se abandonó por completo a la gratuidad absoluta del amor divino. La Virgen con aquel paso dio una respuesta absoluta y plena a la voluntad de Dios.
Este acto sencillo pero profundo de María me remite a un elemento sustancial en mi vida cristiana, el de cuestionarse qué significa presentarse ante Dios. Es detenerse pausada y humildemente en su presencia y darse con lo que uno es, con su pobreza y su nada, confiando plenamente en Él. Es hacer voluntad de Dios.
María se presentó en el templo para entregarse a Dios pero esa misma joven de Nazaret fue morada de Dios, Madre del Cristo y templo del Espíritu Santo. Y esa experiencia la vivió secretamente con un intenso amor.
Hoy es un día que me acerco a María para tratar de adentrarme en ese secreto, para observar su vida desde el prisma de la fe, profundizando en su vida oculta y obtener de ello los frutos de un corazón abierto a la grandeza de Dios. Y desde la sencillez de este acto, pedirle al Señor que me conceda la gracia de ser también templo del Espíritu Santo ¡para poderle acoger con pureza, verdad y amor!

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¡María, Madre de Bondad y Misericordia, quiero imitarte en todo para llegar a ser un buen hijo de Dios! ¡Acógeme, Señora, en el templo espiritual que es tu Corazón Inmaculado para impregnarme de la sabiduría de Dios y donde el corazón crece cada minuto en el amor a Dios y a los demás! ¡Sagrado Corazón de María me entrego a Ti y al Sagrado Corazón de Tu Hijo! ¡Te encomiendo también a aquello que no conocen a Dios, cuyas almas están muertas y sus cuerpos magullados por el dolor, por aquellos que viven en la desesperanza, por los que no tienen fe, por los que están atrapados por el materialismo y el consumismo, por los que pasan por situaciones de oscuridad espiritual, por los que no tienen esperanza! ¡Entra en su corazón! ¡Y en este día, especialmente, quiero dar gracias al Señor por mis padres que fieles a su fe me presentaron en el templo el día de mi bautismo para que, en el caminar de mi vida, cumpliera la voluntad de Dios y mi cuerpo se convierta en morada del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, por este regalo que me diste! ¡Te ofrezco a mi mujer y a mis hijos! ¡Hazlos tuyos, María! ¡Protégelos siempre, Señor! ¡Te pido también por todos los consagrados y consagradas del mundo entero y, especialmente, aquellos y aquellas que están cerca de mi corazón, para que sean fieles a Dios y al mensaje del Evangelio que testimonian con su vida y su ejemplo!

Oh Dios que has querido que la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo, fuera presentada en el templo, concédenos, que por su intercesión, merezcamos ser presentados al templo de tu gloria, nos invita la Iglesia a rezar hoy. Y para honrar este día, lo cantamos con este bellísimo Ave María a cuatro voces del compositor suizo Johann Baptist Hilber:

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Cultivar y cuidar el jardín de la Creación

La fotografía que ilustra este texto la hice hace unos días mientras viajaba al atardecer por una zona montañosa en el centro de Asia Central. Más de seis horas de viaje, junto a dos ingenieros uzbekos y mi traductor, en un silencio envolvente y absoluto. De una belleza extraordinaria. Esa quietud me impulsó a dar gracias a Dios por disfrutar de ese instante de tanta hermosura como es la creación. Y por poder disfrutar de un instante de tanta quietud en Su cercanía. En momentos como estos uno toma conciencia de que es administrador de la creación de Dios.
En las primeras páginas del primer libro de la Biblia se nos presenta a Dios como el Señor todopoderoso del universo. Lo reafirmamos en el Credo. De la nada, utilizando unas simples palabras, Dios dio existencia al mundo. Lo creó como su reino y su templo, el espacio en el que se hace presente su presencia santa, el espacio en el que puede recibir un culto de amor.
Al séptimo día, como colofón a su obra creadora, Dios creó al hombre y a la mujer. Los situó en el centro de su creación invitándoles a participar en su gran obra con la finalidad de convertir el mundo en su templo y su reino, el lugar donde habitar para darle gloria.
El programa que nos encomienda no es baladí: cultivar y cuidar el jardín de la creación, ser fructíferos y multiplicarse y tener dominio sobre las criaturas del mundo. Es decir, administrar la tierra.
Todo cristiano sabe que gobernar implica servir. Los seres humanos estamos invitados a gestionar la creación de Dios con equidad, santidad y justicia. Todo lo que hay en la tierra y todos los que habitamos en ella formamos parte de la obra de Dios y somos propiedad suya. Es nuestro deber proteger la creación: la naturaleza y la vida.
Los hombres no somos propietarios de la creación, somos sus meros administradores. En su plan divino, todas las cosas buenas de esta tierra están pensadas para el disfrute del hombre. Por eso, a través de nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, Dios quiere que imitemos su mismo trabajo creativo, empleando todos nuestros talentos y recursos para desarrollar  y transformar con armonía, belleza y equidad todos los bienes que nos ofrece la naturaleza. Los seres humanos, desde el momento mismo de la creación, estamos hechos para sustentar la obra creadora de Dios, ser sus colaboradores en la creación y eso incluye preservar la vida humana, ayudar a crecer la familia, extender su reino hasta los confines de la tierra y crear un mundo donde la verdad y la justicia, el amor y la caridad, el servicio y la santidad sirvan para glorificar al Creador.
En nuestra identidad de hijos de Dios cada hombre y mujer está predestinado a ser administradores y mediadores entre Dios y el mundo creado por Él. Y eso te sitúa ante una realidad extraordinaria: ¡Darse cuenta de lo que uno es! ¡No despreciar lo que es admirable en mi! Ni los cielos, ni las aguas, ni la luna ni el sol, ni los valles ni las montañas, ni los ríos, ni los árboles, ni las flores… nada lo que se puede contemplar en la creación ha sido hecho a imagen de Dios como lo soy yo. Nada de todo lo que existe es más grande que mi propia creación. La persona humana es la gran obra maestra de Dios. ¿No es este motivo suficiente para darle gracias al Creador?

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¡Gracias, Señor, por la obra maestra de tu creación! ¡Gracias por que en cada rincón del mundo es posible testificar tu obra grandiosa que es la naturaleza! ¡Gracias también, Padre, por tu obra que es el hombre! ¡Cuando miro al cielo azul veo la obra exquisita de tus manos, las nubes que has creado, la silueta de las montañas que ahí has colocado, el esplendor de la luz del sol… todo coronado de gloria y esplendor, porque todo lo que tu haces es perfecto! ¡Gracias, Padre, por regalarlos tantas cosas hermosas, tantas maravillas, tanto que disfrutar y gozar! ¡Gracias, Padre, por todo lo que existe que es obra tuya, todo lo que nos rodea que es causa de tu amor! ¡Gracias, Padre, porque cada elemento de la creación es causa de alabanza! ¡Gracias, Padre, por abrirme los ojos a la hermosura de tu obra creadora, mis oídos a escuchar los sufriros del viento en esta tierra que me permiten sentir tu voz suave y tierna, por mis labios que pueden aclamar y alabar tu obra santa! ¡Gracias, Padre, por disfrutar de momentos tan hermosos y bellos! ¡Gracias, porque me sostienes con tu amor y me abres cada día las puertas de tu bendición, de tu misericordia y de tu amor!

Orar, orar, orar…

Tengo necesidad de orar por el prójimo. Por mi familia. Por el cercano. Por el amigo. Por el necesitado. Por el compañero de trabajo. Por el alejado de la Iglesia. Por el que me ha hecho daño. Por el que yo le he hecho daño. Por el que quiero. Por el que me ignora. Por el tiene el corazón roto y herido. Por el que odia. Por el que busca venganza. Por el que es generoso con los demás. Por el tibio. Por el que no quiere saber nada de Jesús. Por el que critica a la Iglesia. Por el que sirve sin esperar nada a cambio. Por el generoso. Por el que me ayudado cuando lo necesitaba. Por el que me tiene en sus oraciones. Por, por, por….
Orar por la humanidad entera. Es una apremiante necesidad de rezar por todos. Ser alma de oración, imperfecta, pero orante. Orar para que todos se salven. Para que nadie se quede en el camino. Para que todos podamos alcanzar la vida eterna, esa vida llena de felicidad infinita.
Orar con el corazón abierto. Abierto al amor y a la misericordia de Dios. ¡Te invito a hacerlo conmigo!

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¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de la oración sencilla, humilde, suplicante, con el corazón abierto! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a convertir mis quehaceres cotidianos en una oración constante! ¡Ayúdame, Espíritu de conversión, a que no pierda mi precioso tiempo en menudencias sino que todo sea para convertirlo en una oración de alabanza y acción de gracias a Dios! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de oración, de orar por todos para que su camino sea el del cielo y no el del engaño del demonio! ¡Concédeme, Espíritu de gracia, de ser alma de oración, un alma que rece con confianza ciega, con esperanza cierta, con fe irreprochable, con alegría cristiana! ¡Dame la gracia, Espíritu de verdad, de ser perseverante en mi oración diaria y firme en la intensidad de mi amor a la oración! ¡Obséquiame, Espíritu de sabiduría, con el don de la oración viva para ser alma de oración unida al corazón de Jesús y al corazón Inmaculado de María! ¡Concédeme, Espíritu de fuego abrasador, que mi oración esté impregnada de las llamas del amor para llevar a la conversión de los que tengo cerca! ¡Abro mi corazón a Ti, Señor, con la humildad del pecador, con el que espera compasión de Ti, con la alabanza por todo lo que recibo de Ti, derramando el perfume de mi esperanza con el fin de recibir de Ti para el mundo y para mi infinitas gotas de tu misericordia!

Caminando hacia el Adviento

Varios lectores de esta página me han escrito para comentarme que en la oración del viernes que acompaña a la meditación hacía mención al tiempo de Adviento que ahora comienza cuando en realidad este dará comienzo el domingo de 2 de diciembre. Es cierto. Efectivamente, estamos llegando a los estertores del año litúrgico y hay que estar preparados para el tiempo de luz que se avecina hasta el nacimiento de Cristo. Esa luz que nos envuelve y nos hace ponernos de pie ante el Señor.
El Señor viene y nuestra esperanza nos lleva al Mesías-Señor; y hay que estar preparados para el tiempo de Adviento que se avecina. Las semanas previas al Adviento son buenas para hacer balance: ¿qué he hecho? ¿He querido que Dios me acompañe ahora que durante 24 días voy a preparar su venida? ¿Le he dedicado tiempo a Dios al que recibiré de nuevo en mi vida el 25 de diciembre? ¿Me he impregnado por la buena nueva del Evangelio y me he dejado llenar por su gracia? A cada una de estas preguntas, la respuesta puede ser favorable pero siempre surge un pero que es la constatación de la claudicación de nuestra alma; la respuesta también puede ser un no rotundo o frágil acompañado del justificativo “…aunque” ¿por qué siempre hay algún por qué para no dedicarle tiempo a Dios por las dificultades, la falta de horas, las preocupaciones de la vida…?
Estas dos semanas antes del Adviento son días llenos de esperanza. Días para vivirlos como una gracia para ir al encuentro de Cristo en los sacramentos. Para confesarnos si no lo hacemos, para comulgar si no vamos regularmente a Misa… Sin esta esperanza antes del Adviento que anhelamos, ¿cómo puedo vivir yo la Navidad y la preparación de la venida de Cristo en condiciones? Cristo ya exhorta a mantenerse despierto y orar en todo momento: para que tengamos la fuerza para escapar de todo lo que va a suceder, y pararnos frente a Él.
De mano de la Madre de Dios que contemplará junto a nosotros en el portal de Belén al Niño recién nacido, que la Virgen nos ayude a guardar en el corazón nuestras esperanzas y vivificar estas dos semanas que quedan para el Adviento como un tiempo de gracia y preparación para la llegada de Dios a nuestro corazón y nuestras vidas.

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Carlos, un lector fiel a esta página, me sugiere esta oración al escribirme ayer con los comentarios sobre la meditación del viernes. Siguiendo su ofrecimiento, comparto la oración que tan amablemente me ha enviado:

En tu presencia, Padre, abro ante ti mi alma, y reconozco que sólo a la fuerza soy un caminante, sólo a la fuerza. Si por mí fuera, yo haría detenerse el tiempo, pararía mi vida en un lugar agradable, quizá entre la juventud y la madurez, con bastante salud y algún dinero, con amigos, en paz, me plantaría así, que nada cambie. No me hace falta más, no necesito más promesas.
Pero ese no soy yo, y la vida es cambiar, lo sé, lo siento simplemente cuando a solas oigo a mi corazón que es el reloj que cuenta los segundos de mi vida y me dice que avanzo, que camino y no puedo pararme, porque vivir es eso.
Llegar. ¿A dónde llegaré? ¿Cuál es el término? Llegar a tener mucho, a disfrutar mucho, a mandar mucho… pero esto no es llegar, que todo pasa, lo que pasa no es fin, sino camino. ¿A dónde va el camino del tener, del disfrutar, a dónde va?
Eres el mar, me llamas, siento que me llamas. Pero a veces camino tierra adentro, me lleno los bolsillos de tierra, cada vez más tierra, y corro tierra adentro y moriré llenos de tierra los bolsillos y la boca y el alma lejos de ti, mi mar, y allí se pudrirá mi vida.
¡Qué alegría cuando me dicen: vamos caminando, que lo nuestro es pasar, se pasa todo, menos la certeza de caminar seguros hacia casa, la Casa del Señor, la casa de mi Padre!
Y llegaré. Un árbol brotará de esta bellota ciega que es mi cuerpo. Y de este huevo opaco y encerrado en sí mismo volará el pájaro que soy, al aire, a la luz, que es lo mío.Caminante de noche; desconoces que la Ciudad te espera, que estás cerca del Mar, que tienes una Casa preparada … ¡Qué alegría cuando escuches, si escuchas, algún día,
que vas, aunque no quieras, caminando a la Casa del Señor!

Confiando con María

Tercer fin de semana de noviembre con María en el corazón. De la vida de la Virgen poco sabemos pero sí tenemos conocimiento de que era una joven humilde de una humilde aldea de Israel. Una más en Nazaret. Con toda probabilidad fuese una joven que, a pesar de su belleza exterior y, sobre todo, interior, pasaría desapercibida para la mayoría de sus vecinos. Además, teniendo en cuenta la circunstancias del rol que desempeñaba la mujer en aquel tiempo, no sería tenida muy en cuenta en la comunidad. Y esa mujer invisible a los ojos de los hombres fue la escogida por Dios para ser Su Madre. Con la elección de esta sierva humilde, esta esclava del Señor, Dios quiso iniciar el plan de la salvación humana.
¿En qué se fijó Dios para escoger a un joven doncella de Israel? ¿En sus virtudes? ¿En su belleza? ¿En su simpatía? ¿En sus talentos? Podríamos formular cientos de preguntas, pero la respuesta es única. Dios vio en ella la confianza que María tenía depositada en Él.
Nadie puede poner su vida, sus anhelos, sus expectativas o sus esperanzas en nadie en quien no confíe. Sin confianza, unida al amor, no hay vida. Y Dios vio en María una confianza ciega, inquebrantable, auténtica. Y por esa confianza la escogió para transformar el mundo.
Hoy le pido a María unirme a Ella en su confianza al Padre. Llenar mi vida de confianza ciega. De una confianza que despierte en mi el desprendimiento hacia la voluntad de ese Dios que se derrite con la humildad del que confía. Mi confianza en Él siempre ha estado muy unida a María pero, hoy, especialmente, no quiero olvidar que esa confianza es camino de salvación eterna.

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¡María, quiero de tu mano fortalece mi confianza en tu Hijo, tomar conciencia también de que Dios es mi Padre bondadoso y amoroso que siempre me sostiene! ¡Deseo, María, de tu mano caminar en la despreocupación de las cosas mundanas y vivir cada momento de mi vida centrado en lo importante! ¡Quiero aprender de tu confianza, María! ¡Ocúpate de mi, María, Madre, intercesora! ¡Enséñame a vivir como tu, lleno de confianza, a soltar lastre y dejar en el camino aquello que me pesa! ¡Permíteme tomarte de la mano, María, para que me sostengas cuando me tambaleo o me caigo! ¡Ayúdame como hiciste Tu a vivir siempre según los planes de Dios y no los míos! ¡Ayúdame a vivir, María, con confianza plena, con esperanza cierta, sabiendo que Dios camina a mi lado y me sostiene y que Tu estás también aquí para enderezarme! ¡Auméntame la fe, María, para que nunca desfallezca!

Sin éxito no eres nada

Vivimos en una sociedad en la que quien no alcanza el éxito en algo pasa desapercibido. Por el éxito se mide a las personas. Se apuesta siempre por el triunfador, por el que gana, por el que más reluce. Y, el hombre, se apunta a la vanidad de los halagos. Y la envidia corroe a los que no lo alcanzan. Es así y no podemos negarlo.
¡Qué difícil se hace abrazar con humildad la sencillez, la minoridad, la simplicidad! ¡El éxito se asocia con el poder y el tener, con el acaparar! Pero los relatos del Evangelio nos dejan claro que pobreza y bendición van siempre unidas y que no hay que tener miedo al no tener. Ahí está el caso de la viuda del templo que dona sus dos reales, su única riqueza; o la viuda de Sarepta, a la que sólo le resta un puñado de harina y un poco de aceite en la alcuza. ¡Cuántas veces olvidamos aquello que exclama el Salmo, de que “El Señor sustenta al huérfano y a la viuda”!
Pero en los relatos de los evangelistas las categorías que se nos presentan son radicalmente diferentes a las nuestras; los hombres somos tan limitados que sólo somos capaces de pensar como humanos, no como lo haría Dios. Y Dios, Padre Creador, da importancia a lo pequeño, a lo sencillo, a lo humilde, a lo poco reconocible: cede el lugar a los que se colocan los últimos, da primogenitura a los que pasan desapercibidos, elige a las que son estériles, ensalza a los humildes, pone como ejemplo a los niños, bendice a las viudas… ¡Pero esta paradoja no es la nuestra! ¡En realidad nos puede la soberbia, el reconocimiento, el tratar de llamar la atención para ser valorados y aplaudidos, ser servidos…! ¡Queremos ser señores y no siervos! Y ahora me pregunto: ¿Puede Dios sentirse orgulloso de un corazón tan simple y vacuo como puede ser el mío que no comprende que en la pequeñez está la fecundidad?

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¡Oh Dios, creo firmemente en los planes que tienes preparados para mí, que son planes de amor y humildad, no de orgullo y vanidad! ¡Ayúdame, Padre, a comprometerme sin descanso para hacer que Tu reino crezca en mi corazón y entre las personas que se relacionan conmigo! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que me aleja de Ti! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que en este tiempo de Adviento que ahora comienza mi vida sea un compromiso hacia la verdad y que mis actitudes y decisiones sean las mismas de Jesús, Tu Hijo amado! ¡Ayúdame a buscar tu amanecer de amor y servicio más que el egoísmo que destruye mi corazón! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre constructivo y positivo, que no vea la negatividad a mi alrededor y sea siempre generoso con los demás y agradecido con lo que Tú me ofreces! ¡Y en este tiempo de Adviento que mi corazón se renueve por completo para vivir una auténtica vida cristiana! ¡Haz fecunda mi pequeñez, Señor! ¡Ayúdame a ser fecundo, Señor, desde la sencillez y desde la humildad, para que mi vida dé vida, para que mi fe sea un testimonio y cuando yo no puedad envía Tu Espíritu para que haga el trabajo por mí! ¡Gracias, porque donde yo no llegó allí estas Tú!

Contentarse con lo que se tiene

Me conmueve esta frase que releo con frecuencia de la Carta de san Pablo a los Filipenses: «No lo digo movido por la necesidad, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo».
Si por alguna circunstancia tienes que vivir con lo imprescindible no puedes más que admitir que echas de menos alguna de las cosas que con las que más disfrutas, aunque también se ha de admitir, porque tristemente me ha sucedido, que transcurrido un cierto espacio de tiempo lo que parece imprescindible acaba convirtiéndose en prescindible sin que afecte a tu propia vida. El consumismo es una enfermedad que nos lleva a vivir de impulsos y necesidades y muchas veces te planteas si realmente es necesario aquello que has comprado. No conozco a nadie que, ahogado por las préstamos y las deudas bancarias, tengan serenidad auténtica. Y, en cierto sentido, es una contradicción manifiesta porque cuanto mayor es el endeudamiento mayores deberían ser también las posesiones.
La vida te enseña que el bienestar auténtico es aquel al que llegas de una manera completamente diferente a cómo te lo muestran los medios de comunicación, los expertos en publicidad y marketing y como te lo venden las campañas comerciales. Sería mezquino discutir que el hombre desee vivir de la mejor manera, con sus comodidades, prosperando, disfrutando de los placeres que la vida ofrece… sin embargo, nadie está obligado a vivir condenado o sometido al principio del poseer por poseer.
¿Es posible entender que el auténtico bienestar radica en disfrutar de lo que te rodea, el saber gozar con la sencillez de lo que tienes, gozando con moderación de las cosas de la vida? ¿Por qué cuesta tanto valorar lo que se tiene y nos volcamos a desea más cuando la cantidad no te hace feliz? ¿Por qué esa tendencia humana a llenarse de bienes materiales que no llenan la existencia? ¿Por qué vivir condenados al poseer riquezas efímeras que, en sí mismas son perecederas, y somos incapaces de adquirir el valor fundamental que es la felicidad interior?
Adquirir bienes materiales, objetos lujosos, todo tipo de comodidades, percibir un buen salario, disfrutar de las cosas valiosas es factible con esfuerzo, con sacrificio, con dosis de buena suerte. Lo complicado, lo realmente complejo, lo verdaderamente difícil es saber llevar una vida marcada por la sencillez, con un envoltorio modesto sin los oropeles del lujo, para extraer de su interior la auténtica belleza.
Si todos, y me lo aplico a mi mismo, aplicáramos la máxima del «he aprendido a contentarme con lo que tengo» tal vez la senda de nuestras vidas cogería otros derroteros impregnados de mayor felicidad.

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¡Señor, no permitas que me deje arrastrar por lo material, por el querer más, por lo que no necesito! ¡No permitas, Señor, que lo material me aleje de lo espiritual! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por los deseos materialista y que estos se conviertan en mi prioridad! ¡No dejes que me lleve por el deseo de los ojos, que me convierta en un esclavo del materialismo y de una vida superficial! ¡No permitas, Señor, que solo busque satisfacer mis deseos egoístas que terminan por vaciarme espiritualmente! ¡Concédeme la gracia de contentarme con lo que tengo e impregnarlo todo de felicidad! ¡Ayúdame a lograr un corazón libre desapegado de los deseos desordenados, un corazón que no aspire a vivir suspirando de lo que aún no goa, que no anhele aquello que no logra alcanzar, que no sea agradecido contigo por lo que tengo! ¡Dame un corazón libre de ataduras para que pueda descansar en aquello que ya poseo y no viva en la ansiedad del tener! ¡Despójame, Señor, de todas aquellas cosas que me alejan de ti! ¡Ayúdame, Señor, a ir cada día muriendo de lo que me ata y esclaviza, para desprendido de lo banal, estar más unido a ti!

¿Qué es la compasión para mí?

«La compasión es la perfección». He leído esta frase en una extraordinaria novela sobre la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. He cerrado el libro y me permanecido un largo rato pensando. El autor, judío de nacimiento, revela en su obra la historia de su padre y de su tío que fueron detenidos cuando luchaban contra los nazis cerca de Lyon. Fueron trasladados a un campo de concentración donde en los últimos meses de la guerra, casi sin esperanza, serían liberados por las tropas aliadas.
La pregunta es directa: ¿Es para mí la compasión la perfección? Me formulo está cuestión y me viene a la mente el Señor porque esta es la virtud que realmente se ajusta a Cristo, el manso y humilde de corazón. Para comprender y vivir la virtud de la compasión, basta con contemplar la Cruz. Allí, lacerado por mis pecados, contemplas la Compasión en si misma. Esa Compasión que sume todas nuestras debilidades, miserias y contradicciones y, con misericordia infinita, te devuelve a la vida.
¿Qué es la compasión para mí? ¿Soy compasivo como lo es Cristo? ¿Es el Evangelio realmente la hoja de ruta de mi peregrinación terrenal? ¿Me muestro cercano al otro, quienquiera que sea? ¿Me acerco al que sufre, al magullado, al herido en el corazón, al destrozado por las circunstancias de la vida, al enfermo de cuerpo y de alma o los dejo pasar de largo sin preocuparme de sus necesidades? ¿Me muestro cercano con los demás como hacía el Cristo compasivo de los Evangelios?
Tener compasión no implica tener piedad, ni hacerse dependiente de la persona al que uno se acerca. La trampa es creerse indispensable. La compasión es escuchar al prójimo —¿le escucho?—, tratar de percibir cuáles son sus sentimientos y sus necesidades —¿las percibo?—, tratar de razonar con él —¿lo hago?—, detenerse un tiempo para atender sus necesidades y tratar de comprender sus puntos de vista —¿me detengo?—, ser delicado, amoroso y tierno —¿lo soy?—, dejarle claro que se trata de él y no de nosotros mismos. ¿Es así mi vida? ¿Son así mis actos?
Compasivo es quien respeta cualquier sufrimiento. Es el que no se muestra indiferente ante ninguna angustia ajena. Compasivo es, incluso, llevar la compasión a los provocan el mal o sufren a causa del daño que hacen a pesar de que no se compartan sus razones y su manera de actuar.
Si la compasión a veces consiste en hacer algo por el prójimo, a menudo solo consistirá en compartir en silencio con alguien lo que siente y estar allí, simplemente allí.
Todo se resume en que la compasión tiene como base el amor. ¿Amo?

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¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos se vuelvan siempre hacia el prójimo con una mirada de amor para verlos como me ves tu a mi, con mi miseria y mi pequeñez, más allá de la indignidad de mi vida, de mis circunstancias, de mis máscaras, de mis pecados y de mis orgullos y sufrimientos! ¡Ayúdame, Señor, a ver al prójimo como lo haces tu con mirada tierna y amorosa, compasiva siempre entendiendo sus circunstancias personales! ¡Haz, Señor, que mi corazón se vuelva siempre hacia el prójimo, para que pueda amarlo como tu me amas a mi, con esa firmeza, clemencia y misericordia que tanto me conmueve, con tanta paciencia que nunca se agota! ¡Ayúdame, Señor, a amar al que tengo cerca para que pueda hacerlo de manera eterna! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida se vuelva hacia el prójimo para que sea capaz de vivir en solidaridad con él y, así, hacerlo contigo en cada momento de mi vida! ¡Ayúdame a ser compasivo como lo eres tu, porque ser compasivo es una cuestión de amor! ¡Ayúdame a amar mucho porque quiero parecerme a ti! ¡Concédeme la gracia de que mi vida sea un compromiso de amor, que todo lo que me mueva hacia los demás esté basado en el amor hasta la entrega total! ¡Aviva esta experiencia en mi corazón, Señor! ¡Aviva mis deseos de compasión porque por encima de todo quiero amar!

El precio de la compasión:

Abrir el corazón para amar

Amar como Jesús va más allá de mis pobres capacidades humanas. Pero Jesús no ordena jamás cosas imposibles. Entonces solo queda una solución: Jesús nos regala su amor para que uno pueda amar como Él lo hace, amar al cónyuge como Él lo ama, amar a los padres como Él los ama, amar a los hijos como Él los ama, amar a los hermanos y hermanas como Él los ama.
Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, que eduque mi corazón a semejanza de los corazones de Jesús y de María. Le pido también al Inmaculado Corazón de María la gracia de ser, a pesar de mi pobreza humana, transmisor de amor; que no me desanime por cuenta de mis debilidades y de mi pequeñez. Todos somos pequeños instrumentos inútiles del Amor de Dios pero el poder de Jesús se desarrolla en nuestra debilidad. Soy consciente de que una de mis misiones como cristiano es avanzar en mi descubrimiento del Amor Divino y ser testigo de este Amor. El mundo está en peligro porque olvidamos con frecuencia a Dios, despreciamos sus leyes y vivimos sin su presencia. Pero este mundo, Dios lo ama y te envía al cambio interior para ir a evangelizar. Nadie puede convertir corazones porque solo el Espíritu Santo puede hacerlo, pero si es posible, por la gracia de Dios, ser testigos fieles de la fe. Se trata de ser testigo valiente del Amor de Cristo y dejarse guiar e inspirar por el Espíritu Santo que actúa a través del Inmaculado Corazón de María. Ser testimonio alegre y entusiasmado del plan de Dios para la familia, el amor, el trabajo, las relaciones humanas, la vida… El infierno está empeñado en destruir el trabajo de Dios, pero el infierno fracasará porque Dios es el Creador de la familia, el amor y la vida humana. Y somos muchos los que vamos a dejar la impronta de Dios en el mundo en el que vivimos.

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¡Abro, Señor, el corazón a tu gracia y pido que lo llenes de las gracias del Espíritu Santa para que nazca de mi interior el ánimo de testimoniar tu verdad, para ser luz y semilla que, al calor del Espíritu, de frutos abundantes! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque por medio de tu Santo Espíritu, lo sigues creando todo, lo haces todo nuevo, lo conservas y lo embelleces para que cada uno de mis pasos no sean tan pesados y tristes sino que estén impregnados de alegría y esperanza! ¡Te bendigo, Señor, porque nos envías tu Santo Espíritu para que reine en nuestros corazones para fortalecer nuestra vida y guiarla y hacerla veraz según tu Evangelio! ¡Señor, te doy gracias por invitarme a abrir el corazón para recibir los dones del Espíritu para que me de la fuerza para luchar cada día por la verdad, por el amor, por la reconciliación, por el perdón y por la justicia, para ser luz que comprenda las necesidades ajenas, para ser apoyo y servidor del prójimo, para ser generoso para amar como amas Tu y no según mis criterios mundanos, para tener paciencia para esperar, llevar la fraternidad al prójimo, para hacerme sensible a las necesidades del que tengo cerca! ¡Hazme, Señor, sensible a la acción purificadora y transformadora de tu Espíritu para alumbrar en este mundo una nueva esperanza! ¡No permitas que el demonio me venza con las tentaciones y ayúdame a ser auténtico testigo de la fe! ¡Gracias, Señor, por regalarme gratuitamente tu amor porque yo lo quiero llevar a los demás aunque tantas veces, por mi pequeñez, me cueste tanto mostrarlo a los demás!

De la compositora italiana Maddalena Casulana disfrutamos hoy con su Morir non può il mio cuore:

¡Bendito seas!

Hace unos días un amigo polaco de Poznan ha bautizado a su tercer hijo. Me ha enviado un correo electrónico participándome este hermoso evento. Como nombre han elegido Estinaslao y me argumenta los motivos. Todos, en el día de nuestro bautismo recibimos un nombre y los padres los eligen por motivos diversos, pero cada nombre está relacionado con el santo que lo llevó antes que nosotros. Todos tuvieron vidas diferentes como lo fueron también sus obras. Lo que les une es Cristo que está en la fuente de sus palabras y, a veces, de sus escritos, pero de manera particular de su vida. Entre los argumentos de este buen amigo: «Deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país».
Recuerdo hace unos años visitando el Museo San Marco de Florencia me impresionó especialmente la pintura en tempera sobre tabla de El Juicio Final, de Fra Angelico. En esta obra el pintor renacentista presenta a los bienaventurados caminando hacia el Cristo que, en el cielo, espera su llegada. El «deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país» es, en palabras de un padre, imaginar que en un futuro su hijo ocupe un lugar en ese espacio junto a los hermanos y hermanas mayores en la fe que nos han precedido, que nos esperan en la eternidad y nos muestran el camino. Estos santos te invitan a vivir de las Bienaventuranzas del Evangelio para avanzar, para convertirte, para adaptarte a lo que Cristo quiere para tu vida: humildad, ser sencillo de corazón, misericordioso, generoso, servicial, pacificador.
Uno se plantea que los santos patrones experimentaron esta diversidad mayúscula de las Bienaventuranzas y lo hicieron de manera diferente, pero todos los recibieron como un regalo de Dios. Existen también muchos caminos que conducen hacia la santidad y las bienaventuranzas son las que nos ayudan a descubrir en lo que tenemos que convertirnos, en el mundo en que vivimos y en el corazón de Dios.
La frase de este padre escribiendo «deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país» te permite desear para ti mismo y los que amas que podamos también caminar cerca de ellos y escuchar, tal vez, a Cristo susurrar en nuestro corazón: «¡Bendito seas!»

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¡Señor, te doy gracias porque me siento un afortunado, un bienaventurado pudiendo levantar cada día dándote gracias y bendiciéndote, esperanzado de seguir caminando hacia la tierra prometida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me siento bienaventurado por sentir tus bendiciones cotidianas, por poder alabarte por todas y cada una de las maravillas de la creación! ¡Te doy gracias, Padre, por sentirme un bienaventurado por sentir el amor y el cariño de tantos, por reconocer tu amor por mi! ¡Te doy gracias, Padre, y me siento bendecido porque siento lo sagrado de la vida y porque tu te haces presente constantemente en mi caminar! ¡Te doy gracias, Padre, porque me perdonas y me enseñas a perdonar, por que tu divino perdón es gracia para mi! ¡Dame, Padre, un corazón abierto que esté abierto siempre a las necesidades de los que tengo cerca, ternura para acoger sus necesidades, respeto para corregir sus errores, humildad para aceptar las críticas y capacidad de reconciliación cuando me aleje de los que amo! ¡Señor, abrume siempre los ojos a aquello que no soy capaz de ver! ¡Ayúdame a buscar siempre la verdad, llenar mi corazón de gratitud, ser paciente conmigo mismo y con los demás!