La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

orar con el corazon abierto

¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios:

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Creer antes que dudar

En un reciente viaje me ha acompañado un ingeniero cuya principal afición es la pesca de río. Tan apasionado es a este deporte que durante las comidas o en los vuelos salpicaba las conversaciones con diferentes anécdotas relacionadas con su hobby preferido. Una frase suya me invita a la reflexión: «Rodeado de un paisaje silencioso practicar la pesca también te permite encontrarse a uno mismo».
En las páginas de los Evangelios aparecen variadas historias y parábolas relacionadas con la pesca. Existe una cierta analogía entre esta actividad y la vida espiritual.
Como me comentaba este ingeniero para practicar la pesca lo mejor es estar abierto a lo inesperado: a veces pescas una gran trucha en un momento en que no se sospecharías que pudieras capturarla.
En la pesca observo un símil de mi propia vida. Cada nueva experiencia es como una presa que enriquece mi vida interior, me ayuda a crecer y madura mi fe. Aún así, debes estar preparado para deshacerte de la comodidad de tus pensamientos y hábitos de conducta, para estar atento y cuestionar lo que crees o lo que no crees; estar receptivo a la sorpresa es como esperar lo inesperado que viene de Dios.
Cuando uno siente que su vida espiritual patina los hilos de su oración no aportan nada nutritivo, puede ser que sea necesario avanzar hacia aguas más profundas. El agua profunda es lo que sucede en tu interior donde están los secretos: los miedos o los dolores más profundos, las esperanzas y los deseos más ocultos. Aquí es donde el Evangelio funciona para cada persona. ¡Acaso no le dijo Jesús a Pedro que echase las redes en aguas profundas!
Simón Pedro, el pescador, no dudó en seguir el consejo de un hombre que no era experto en la pesca. Pedro prefirió creer antes que dudar. Prefirió tal vez encogerse de hombros y arriesgarse después de una noche aciaga en cuanto a pesca se refiere y agotadora desde el punto de vista humano. Esto te permite cuestionarte ¿qué riesgo estoy dispuesto a tomar para cumplir en lo que se refiere a mi vida interior? ¿El riesgo de cambiar mi visión del mundo y de cambiar mi vida, el riesgo de luchar contra lo que me duele, de ser desafiado, despreciado o rechazado?
Vivir la fe no siempre es la parte hermosa de la pesca en un estanque tranquilo. Exige, en ocasiones, enfrentarse a lo desconocido, desafiar las tormentas que se presentan, poner a prueba tus convicciones. Pero como decía el ingeniero que me acompañaba en el viaje las mejores capturas suelen ser las costosas… ¡pero son las que más valen la pena!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo y te amo profundamente porque no solo eres la luz que ilumina mi camino sino que eres el amigo que me acompaña siguiendo cada uno de mis pasos y que me ayuda a escoger el camino correcto, aquel que me dirige a la vida verdadera! ¡Te pido, buen Jesús, que me ayudes a levantarme cada vez que caigo y me perdones por mis faltas! ¡Como Pedro yo también estoy muchas veces agotado y frustrado por lo que me sucede, trabajando sin obtener frutos y tu me pides que reme mar adentro en aguas profundas! ¡Tu sabes que a veces me surgen las dudas pero no quiere dejar de creer lo que implica cumplir tu voluntad! ¡Hazme comprender, Señor, por medio de tu Santo Espíritu que cualquier donación que venga de Ti y del Padre exige un esfuerzo por mi parte, que estás dispuesto a realizar un milagro pero yo también debo estar dispuesto a ir hasta las aguas profundas y estar disponible con mi esfuerzo, con mi sacrificio y mi fe vivas! ¡Ayúdame, Señor, a comprender por medio de tu Espíritu divino, lo gratificante que es recibir tu providencia y tu gracia en las aguas profundas de mi vida pues tu sabes que cuando vienen las dificultades, las crisis, la oscuridad, el sufrimiento o las experiencias dolorosas o frustrantes puede tener la tentación de abandonarlo todo! ¡Concédeme, Señor, una fe firme y una confianza ciega para que puedas obrar en mi interior el milagro que deseas y recibir más de lo que siempre espero!

En tu nombre echaré las redes, cantamos hoy:

Escucha el silencio, tiene mucho que decir

Desde el domingo pasado me encuentro por motivos profesionales en Irán. El guía que me traduce en centros oficiales del farsi al inglés es un hombre de interesante conversación, culto y leído que, en nuestras conversaciones privadas, entremezcla muchas expresiones de Rumi, el poeta místico persa por excelencia. Ayer, al despedirse de mi, su última frase fue: «No olvides escuchar en el silencio, tiene mucho que decirte».
En la soledad del avión recordé estas palabras que aparecen en san Mateo y que tienen una gran profundidad: «¡El que tenga oídos, que oiga!». ¿Cuantas veces me encuentro entre los que afirman que si pero no comprendo nada pues no soy capaz de escuchar en el silencio que proviene de Dios? ¿Que leo, analizo, profundizo… y nada cambia en mi interior? ¡Cuantas veces permanezco apegado a lo mío, protegido por mi viejo caparazón, en mi coraza de hierro, buscando la ocasión para tratar de influir en la voluntad de Dios para que cambie aquello que me hace sufrir pero no escucho en el silencio que viene de Él!
Entonces, comprendes que estás lejos del Amor de Dios. Comprendes que vives una religión a la que llamas cristiana pero es que como una especie de religión a medida, con tus propias reglas. «¡El que tenga oídos, que oiga!». Oyes, pero en realidad no escuchas. Ves, pero en realidad estás completamente ciego.
El cristianismo es una religión única, sorprendente, profundamente sublime. Es la única religión que presenta a Dios desde la vertiente del amor pero también del sufrimiento. Y es la única porque el resto de las religiones ofrecen una perspectiva amable de Dios, un Dios saludable que posee gran poder y que es perfecto en todas sus dimensiones. El nuestro también lo es pero nuestro Dios se hace presente en el mundo por medio de Jesucristo, su Hijo amado. Un Dios que sufre en silencio con el hombre, con el enfermo, con el desvalido, con el desarraigado, con el perseguido; un Dios que acompaña en silencio al ser humano en el sufrimiento porque Él mismo sufre el sufrimiento. Esta es la máxima expresión del amor de Dios. Dios vive en silencio activo lo que uno personalmente vive. Por eso es el Dios Amor, el Dios de la disponibilidad y la entrega.
Por medio de Cristo, con sus palabras, con sus hechos y con sus gestos, Dios se acerca en silencio activo a los débiles, a los pequeños, a los pobres y a los perdidos y los rescata. Jesús los enaltece. Y su amor es gratuito. Él hace que nuestro amor y compasión por ellos sea el sello impreso en nuestro corazón para alcanzar el reino de los Cielos. «¡El que tenga oídos, que oiga!».
Comprendes así que tu deber es vivir conscientemente, poniendo tu mano sobre tu corazón, con toda la intensidad espiritual de la cual eres capaz. Tu pobreza, tu debilidad, tu sufrimiento, tu enfermedad, tus problemas, los tuyos y los de tu familia, lo que te afectan y los de tus amigos, deben estar presentes durante estos momentos en comunión con Dios. De esta manera, tu alma enferma y tu corazón roto se abre de par en par al Amor de Dios con todas esas realidades que te hacen sufrir. Nuestro Dios, que es la la ternura infinita, que sufre en tu sufrimiento, lo acoge todo con amor.
Mi corazón sufriente es ese espacio vital que se convierte en el lugar favorito de Dios, ese espacio donde Dios puede realizar el gran milagro de impregnarlo todo desde el silencio de ternura y de amor. «¡Escucha en el silencio, tiene que mucho que decir». ¡Por qué entonces empeñarse en hacer oídos sordos a todo lo que viene de Dios1

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero en el silencio de la vida escucharte, encontrarte, hablarte para callar, dialogar contigo, convertir mi vida espiritual en un encuentro permanente contigo! ¡Quiero, Señor, comprender que tu eres el protagonista, que en el encuentro contigo lo importante es lo que tu me quieres decir, el haced lo que Él os diga de María, porque tú realmente sabes lo que necesito, lo que anhelo! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón para dejarme sorprender por el silencio de Dios! ¡Señor, ayudarme a aceptar tu voluntad permitiéndote que entres en mi corazón para confiando, escuchando y caminando a tu lado sea capaz de descubrir hacia donde me quieres llevar! ¡Espíritu Santo que mis quejas se aplaquen para siempre en el silencio acepte la voluntad de Dios! ¡Señor, cuando las dudas me embarguen que mi razón esté siempre iluminada por la fe dejándome abrazar por tu misericordia, por tu amor y tu plenitud! ¡Espíritu Santo inúndame de la pedagogía silenciosa que proviene de Dios y dame mucha fe! ¡Señor, cuando la inseguridad me embargue ayudarme a abrirme a tu amistad sincera centrándome sólo en Ti con el corazón abierto! ¡Espíritu Santo que esta sea mi actitud en la oración, concédeme la gracia de escuchar en el silencio de la oración al que me da siempre seguridad, cercanía, amor y misericordia! ¡Cuando las cruces, Señor, me embarguen, que no deje de mirar en silencio tu cruz redentora! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser capaz de vivir en unión con Jesús que supo vivir el dolor en el silencio y en permanente ofrecimiento al Padre! ¡Señor, tu sabes que soy poca cosas y que todo lo que soy es gracia a ti, permíteme vivir siempre en la verdad caminando a tu lado! ¡Espíritu Santo, concédeme siempre el don de vivir en el silencio de la humildad para caminar al lado de Jesús! ¡Señor, como tu quiero vivir abandonado al Padre, que en el silencio de la vida y de la oración se hace presente para acogerme, protegerme y cuidarme! ¡Espíritu Santo, que en el silencio del abandono sea capaz de descubrir la ternura que Dios siente por mí!

El sonido del silencio, cantamos con Alex Campos:

Yo también puedo ser la cuna de Dios

Segundo sábado de enero con María en el corazón. Resuenan todavía en mi interior los ecos de la Navidad que hemos dejado atrás. Sin embargo, me siguen embargando de emoción los pequeños detalles que nos deja María. Gestos hermosos y simples que tienen su máxima expresión en el nacimiento de Jesús. Lucas lo dice en breves palabras: dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre. Las buenas nuevas son proclamadas a los pastores, los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian la paz en la tierra.
Uno se imagina a María sorprendida por el gran misterio de la Encarnación y, en el silencio de su corazón, cómo acogió aquel acontecimiento extraordinario hasta que dio a luz a Jesús. Uno se imagina su rostro y observa en él la ternura y el consuelo de Dios. Uno piensa en María y ve en Ella la misericordia de Dios, la esperanza que surge de Él. Uno contempla la figura de María y vivifica esa intimidad unida a su Hijo. En el misterio de la maternidad divina de María te embarga la emoción solo de pensar que Dios se hace hijo de la humanidad, sin privilegio alguno, por medio de María; que Dios asume con amor la pobreza del hombre y se entegra con humildad a través de la Virgen.
No dejo de pensar en estos días que Dios tiene una Madre. La Madre de Jesús. Mi propia Madre. La Virgen que es auxilio de los cristianos, que es el consuelo mismo del hombre, que es el pilar vivo de la catolicidad del ser humano, que es el testimonio del sí amoroso y generoso a Dios, que es la compañía incondicional que nunca falla.
Y algo que me llena de emoción profunda. Que ese misterio de amor que es María es algo íntimamente unido a mi. Yo también puedo ser cuna de Dios por medio de María donde repose el amor, el perdón, la generosidad, la paz, el consuelo, la esperanza, la misericordia, la entrega, el servicio, la humildad… Como hizo con Ella dejarle hacer a Él en mi, con la explícita colaboración del Espíritu Santo. ¡Gran misterio de amor que no quiero olvidar en este año que avanza con el aliento de Dios y el cuidado maternal de María!

Jesus Resting on a Manger

¡María, concédeme la gracia de adentrarme cada día en el Misterio de tu Hijo, asomarme a través tuyo a la verdad que encierra su presencia entre nosotros, hacerme cercano a los que me rodean, a ser ternura de Dios en el otro, a ser humilde como lo fuiste tu! ¡Por medio tuyo, María, quisiera ser partícipe de la bondad maternal de Dios, auxilio para el que sufre, consuelo para el desesperado, ayuda para el necesitado! ¡Ayúdame, María, a cultivar el amor con generosidad tal y como hiciste tu con todos los que se cruzaron en tu camino! ¡Concédeme mirar siempre al prójimo con la ternura de tu sonrisa y la esperanza de tu amor! ¡Tu que eres el gran don del amor de Dios hazte muy presente en mi vida y en la vida de todos los hombres y mujeres del mundo! ¡Vela, María, sobre todos nosotros, reina en nuestras familias junto a tu Hijo, protege a todos cuantos necesitan tu consuelo y tu auxilio, especialmente aquellos que sufren dificultades y enfermedades! ¡Ayúdame a ser también el rostro de la ternura y del consuelo de Dios en el prójimo! ¡Permíteme ser tomo tu y vivir íntimamente unido a tu Hijo Jesucristo! ¡Quiero, María, ser cuna de Dios, acogerlo cada día en mi corazón y a no dejar de sorprenderme cada día por lo que representa su nacimiento! ¡Que nunca deje de sorprenderme por la grandeza, la esperanza y las promesas que vienen de Dios! ¡Y como tu, María, durante las horas difíciles, ayúdame a guardarlo todo en el corazón y meditarlo en el silencio de la oración para aceptar con confianza y esperanza los planes que Dios tiene pensados para mí!

El Señor ha hecho en mi maravillas, un hermoso canto a Capella dedicado a la Virgen:

Cosas sencillas que le pido al nuevo año

El año 2018 apenas ha despuntado y en la agenda todavía quedan por llenar acontecimientos de los próximos 352 días. Se despereza el año y uno no sabe lo que este tiempo nuevo le deparará porque lo que ocurra está únicamente en manos de Dios. Pero en el horizonte cercano del día a día uno tiene la esperanza cierta y la confianza ciega de que se cumplirán los planes de Dios y que tienes que poner toda tu voluntad para dar lo mejor de ti mismo para dejar la impronta de tu mejor versión en la sociedad.
Al comenzar la oración doy gracias a Dios por las cosas hermosas que cada día me regala y que un año me permite observar el futuro con alegría y optimismo, con esperanza y confianza, con actitud risueña y el corazón abierto a su amor y a su misericordia.
Cierro los ojos y le digo a Dios lo que le pido para este nuevo año. Son cosas sencillas para hacer de mi vida un testimonio de verdad y de entrega a los demás.
Le pido a Dios una mirada nueva para ver el mundo como Él lo ve, para ser capaz de ver aquello que los que me rodean no aciertan a observar y que del brillo de mis ojos surja la mirada tierna, amorosa y misericordiosa de Dios.
Le pido a Dios unos oídos abiertos a la escucha y a la necesidad del otro, presto al susurro del Espíritu que habla tantas veces a través del hermano.
Le pido a Dios unas manos fuertes y abiertas que acojan la necesidad del prójimo y le acompañen en su caminar, que se ofrezcan sin esperar nada a cambio.
Le pido a Dios unos pies firmes que avancen hacia la santidad, que caminen con paso decidido hacia el cielo prometido, que no se paralicen ante las dificultades y los obstáculos, que atemperen el paso cuando acompañan al otro.
Le pido a Dios una fe cada vez más firme que mantenga la vista puesta en Jesús, una fe para que el Señor renueve mi vida y no me detenga a pesar de los problemas de la vida.
Le pido a Dios el don de perdón para llevar paz a mi alma y a mi corazón.
Le pido a Dios fortaleza y espíritu de valentía para afrontar los miedos y las incertidumbres que me paralizan y para saber enfrentarme a la hostilidad del mundo.
Le pido a Dios el don de la humildad y de la generosidad para dar lo mejor de mí a los demás y hacerlo con amor buscando siempre su bien, para resaltar sus cualidades y talentos; para que mi donación implique una profunda participación con el otro.
Le pido a Dios el don de la empatía para tener la habilidad de sentir sus emociones como si fuesen mías y abrir mi mente al otro sin prejuicios.
Le pido a Dios más tiempo de oración para no dejándome llevar por las prisas ni lo apretado de la agenda cotidiana y disfrutar de mayores momentos de intimidad con Él.
Pero, sobre todo, le pido la gracia de tener un corazón abierto a los dones y la inspiración del Espíritu Santo para avanzar en mi vida cristiana y ser testigo de Jesucristo en la familia, la parroquia, el trabajo y la sociedad.

orar con el corazon abierto

¡Que este año que comienza, Señor, recorra contigo mi camino de fe con confianza; que sepa conservar en mi corazón todo lo que reciba de Ti; que sea capaz de responder con entereza mi adhesión a Dios! ¡Permíteme, Señor, que tu rostro resplandezca cada día de este año que ayer comenzamos en cada una de las personas que amo! ¡Muéstrame tus sentimientos, tu humildad, tu sencillez, tu docilidad, tu silencio orante para que florezca en mi corazón la Palabra de Dios! ¡Espíritu Santo, haz que la fe brille en mi corazón, en mi mirada, en mis gestos, en mis palabras, en mis pensamientos… para que con ese frescor que da el seguir a Jesús pueda calentar los corazones de los que se crucen en mi camino! ¡Ayúdame a llevar al mundo la alegría y que la mía sea una vida de servicio a los demás! ¡En este año que comienza ayúdame a elevar cada día la mirada a las alturas para verte siempre y anunciar a todos los que me rodean cuán grande es Tu Amor! ¡Te entrego mi persona, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mi comunidad parroquial, a todos cuanto este año se crucen en mi camino para que nos llenes de bendiciones, de amor, de misericordia y de paz!

Año Nuevo, cantamos hoy con Marcos Vidal:

No cambiamos, solo nos ponemos otros disfraces

«On ne change pas, on met juste les costumes d’autres sur soi» («No cambiamos, solo nos ponemos otros disfraces»). Lo canta Céline Dion en su hermosa canción On ne change pas. La letra dice que, incluso cambiando la apariencia, sigues siendo el niño que eras. Puedes alcanzar el éxito social, personal, económico, empresarial, puedes convertirte en un respetable personaje en tu entorno social pero nunca puedes negar tus propios orígenes.
Nuestra infancia, nuestra familia, la relación con nuestros padres y el entorno social en el que hemos crecido nos marcan profundamente. Una vez alcanzada la edad adulta nos comportamos de una u otra forma según la educación y los valores que hemos recibido. Dependiendo de las posibilidades que nos ofrecen nuestros éxitos o nuestras faltas encajamos en uno u otro molde social.
En la escala humana uno nace, crece, envejece y muere. Ninguna jornada es similar a la anterior porque siempre hay algo que transforma nuestra vida. A pesar de nuestros esfuerzos somos incapaces de detener estos cambios. Algunos, son beneficiosos, alegres y dadores de vida. Otros son puro milagro. Y otros, sin embargo, están repletos de dolor, tristeza y sufrimiento.
Cuando observas las diferentes etapas de tu vida observas que han estado marcadas por cambios profundos, por pruebas constantes, por obstáculos que se han superado. Uno se da cuenta también que en la vida no lo controlamos todo. Las personas, las situaciones, las enfermedades vienen y van a pesar nuestro.
La clave es aferrarse a la vida, dejarlo todo en manos de Dios. Puedes quedarte solo en la primera etapa, la de luchar con denuedo pero sin la fuerza de Dios no hay fuerza humana que sea capaz de resistir. No hay sueño, expectativa, deseo, esperanza, esfuerzo… que no esté jalonado por la presencia visible o invisible de Dios.
Hace unos días me encontré con una persona a la que no veía desde hace, al menos, una década. Tenía el mismo discurso que antaño, endurecido para resistir las dificultades en lugar de aceptar los cambios.
Uno de los secretos de la vida es cuestionarte interiormente. Si no interiorizas y no te cuestiona la vida eres incapaz de cambiar. Si no das respuesta a las preguntas de tu existencia tienes grandes posibilidades de endurecer el corazón aunque hay veces que preferimos endurecernos en lugar de cambiar porque el miedo nos embarga. Cualquier cambio contiene un grado de incertidumbre y eso nos asusta. Hacemos valer aquello de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Es quizás por esta razón que tantas veces rechazamos a Dios. Él nos promete una vida en abundancia, hecha de paz, libertad y amor. Pero para obtenerlo, se necesita cambiar. Dios dice que cambiará nuestros corazones de piedra en corazones de carne. ¡Este es el auténtico cambio! Somos esclavos de nuestros pecados y de nuestra miseria y Él quiere hacernos libres. Somos mortales y Él quiere darnos la vida eterna.
Cuando aprendes a confiar en Él, Dios te cambia la vida. Es el cambio que realmente merece la pena experimentar sin las máscaras ni disfraces a las que hace referencia Céline Dion en su canción.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú me invitas a conocer la verdad de mi vida! ¡Sin ser auténtico difícilmente podré responder a mi vocación y a la plenitud y alcanzar la felicidad! ¡Señor, no me dejes saciar por las apariencias sino que envía Tu Espíritu para que edifique mi vida sobre la solidez de la verdad! ¡Señor, no permitas que las máscara aparenten lo que no soy y oculten lo que pueda ser malo para mí porque no sería más que un reflejo de mi mediocridad! ¡Espíritu Santo, ayúdame en el camino de la autenticidad; dame el valor para ahondar en mi verdad y enfrentarme a lo que es de verdad! ¡Señor Jesús, Tu me dejas a la Virgen como testamento de autenticidad! ¡Ayúdame a alcanzar mi verdadera libertad en el cumplimiento del Plan de Dios, en la fidelidad a los designios de Dios y a caminar por la senda de la verdad! ¡Señor, me abandono en tus manos, Tú que eres el Dios que actúa en la historia del hombre y que muestras cada día los signos vivos de tu presencia en mi vida! ¡A Ti, Padre, te entrego mi vida y mi salvación y la de la humanidad entera que tanto amas porque ha sido creado por Ti! ¡Quiero seguirte, Señor, par anunciar Tu Palabra a la sociedad en la que me mueves, para hacer de mi existencia cotidiana un testimonio de tu amor! ¡Jesús, amigo, enviado de Dios, confío en Tu Palabra que es la del mismo Dios que se ha revelado por medio de Ti! ¡Quiero anunciarte al mundo que confío plenamente en Dios que eres el mismo Dios revelado y que garantizas que sus promesas se cumplen siempre! ¡Quiero hacerme uno contigo, ser comunión contigo! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que no me falte la fe, para no perder la comunicación con Dios, la confianza y la esperanza en Él, para aceptar siempre su plan en mi! ¡Me abandono en tus manos y creo firmemente en Ti, confieso todas y cada una de las verdades que la Iglesia propone porque han sido reveladas por Ti, que eres la Verdad y la Sabiduría y quiero vivir y morir en esta fe!

On ne change pas, de Céline Dios origen de esta meditación:

 ¿Por qué confío en Jesús?

Una pregunta directa: ¿por qué sigo confiando en Jesús? Pienso en mi historia personal, en cómo recibí la fe, cómo ha ido creciendo a lo largo de mi vida. Veo mucha gente a mi alrededor, compañeros de colegio o de trabajo, que fueron bautizados pero siguieron en la iglesia por mimetismo y hoy su fe se ha debilitado debido a que, insertos en esta sociedad secularizada, Dios se ha convertido en algo insignificante para ellos. Les queda Jesús que parece resistir a su crítica pues les resulta un modelo de humanismo. Pero nada más.
La fe en Jesús es un regalo de Dios. San Pablo recuerda que «nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo». Jesús es inseparable de Dios y del Espíritu Santo pues la Santísima Trinidad son tres personas en un solo Dios. Mientras María nos lleva a Jesús, Jesús siempre se dirige a Aquel a quien llama «Padre». Este regalo de Dios se ofrece a todos los hombres porque el Espíritu obra en el mundo y la misión de Jesús fue salvar la humanidad entera. Podemos recibir la vida de Dios, comunicada por Jesús, solo si la aceptamos como un regalo.
La fe en Jesús no solo es un don de Dios, es parte de una respuesta libre de nuestra voluntad. Y este acto libre se basa en los signos y las palabras de Jesús. En los Evangelios se habla de milagros —«signos»— como los de Cana o el de los panes y los peces, sorprendentes a los ojos de la fe. Pero el reino de Dios se manifiesta en el ser humano de manera cotidiana. Una señal muy clara del reino nos viene de la bondad gratuita que humaniza divinamente, por ejemplo, con el perdón, con la amistad, pero también con la solidaridad, con el servicio o con la gratuidad de nuestro amor.
También están las palabras de Jesús, que son espíritu y vida. El mensaje del Evangelio es también un mensaje humanitario que cuestiona, atrae o rechaza —¡acaso no lo son los mensajes de «perdona» o «ama a tus enemigos»!—. Un ideal de vida fraterna que aún seduce a muchos no cristianos en la actualidad.
Entonces, ¿por qué sigo confiando en Jesús? Porque creo que Jesús viene del cielo, que Él es «nuestro Señor y nuestro Dios», al que proclamo cada día que asisto a la Santa Misa, especialmente en el momento del Credo y de la comunión, al que veo en medio de los cambios de este mundo, al que tengo arraigado en lo profundo de mi corazón, al que puedo experimentar interiormente, amarle con el corazón y fiarme de Él, al que puedo acudir como hicieron los personajes de los Evangelios que no dudaban en buscarle, seguirle y anunciarle. Yo pongo mi esperanza entera e inalterable en Jesús, haciéndolo así lo pongo en las circunstancias y sufrimientos, en las alegrías y esperanzas de mi vida y no en la seguridad de mi cuenta bancaria, de mis capacidades, de mi trabajo… Yo creo en Jesús porque mi vida es una aventura que busca la felicidad y la santidad. Y creo en Jesús porque por medio del Espíritu Santo me da la fuerza y el vigor para caminar cada día hacia Dios.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, que nunca abandonas a nadie, que nos acompañas, que nos amas y que has venido a salvarnos, creo profundamente en Ti! ¡Te agradezco, Jesús, el amor que me tienes que no merezco, el amor que excede todo entendimientos, el amor que procura por todos los pequeños detalles de mi vida! ¡Te doy gracias, Jesús, por tus promesas que surgen de tus palabras de amor y de esperanza, gracias a ellas confío, creo y espero! ¡Llena, Jesús, mi vida de ti, llena a mi familia de los valores cristianos, llena mi entorno de tu gracia, permíteme testificar a todos tu poder! ¡Bendíceme, Jesús, con tu Santo Espíritu para que prepare siempre mi corazón para vivir conforme a tu voluntad! ¡Jesús, tu eres mi único Salvador y soy consciente de que tú te haces presente en e todas las áreas de mi vida; te doy gracias por que le das a mi corazón la certeza de la fe, de la esperanza y del amor! ¡Acompáñame, Señor, en el camino de la santidad y no permitas por medio de tu Santo Espíritu que me desvíe de la senda que me conduce a la eternidad!

Cristo, mi amigo fiel cantamos hoy al Señor:

Hacer vida el Evangelio

El Evangelio no es algo caído del cielo. No es una mera revelación que surge de la nada. Es fruto de una experiencia que ha recorrido un largo camino para llegar a nosotros. Sus páginas exponen palabras humanas con trasfondo divino para que nutran a historia de millones de hombres y mujeres a lo largo de la vida.
Las palabras de Dios se han escuchado, repetido, escrito, copiado, leído, comunicado, interpretado y reproducido de generación en generación. Para que podamos deleitarnos con su mensaje cada día miles de ojos de lectores, labios de predicadores, oídos de oyentes tenemos ocasión de escucharlo en la Santa Misa o leerlo en el silencio de la oración.
El Evangelio es el recuerdo vivo de la experiencia de Cristo para los creyentes.
Gracias los textos de los evangelistas, sé lo que mis predecesores en la fe creyeron, vivieron y esperaron. Gracias a él, las experiencias de estos testigos, sus convicciones, sus dudas, sus luchas, sus victorias y sus derrotas, sus arrebatos y sus laxitudes nutren mi fe como las raíces, sumergiéndose en los estratos del pasado, alimentando el árbol de mi vida cristiana.
Los Evangelios te muestran que hay cientos de experiencias de vida que se han tenido lugar antes que la mía. Hay tantas cosas que se pensaron antes que mis propios pensamientos. Hay tantas páginas que fueron escritas antes que mi propia historia. Esto te permite conocer mejor de dónde vienes, comprender mejor el mundo de hoy, mi cultura, mi mentalidad, mis necesidades y mis anhelos.
De hecho, si la aventura de los creyentes tuvo un comienzo también se pretende que tenga una continuidad. La fe no es un bien que uno posee y que encierra en un cofre, como las joyas que uno guarda solo para las grandes ocasiones. Está hecha para ser transmitida, compartida, explicada y vivido intensamente cada uno de los días de la vida. Si no es así, el Evangelio se convierte en un objeto de museo. En algo meramente histórico sin practicidad alguna que no puede ser interiorizado en el propia alma o ni encarnado en la misma vida.
Cada palabra del Evangelio debo ponerla en mi corazón y en mi alma, tomarlo con mis manos y razonarla con el pensar porque el corazón es la sede de la voluntad, el alma de la vida, de mi propio ser, la mano es la capacidad de actuar, y la frente es la capacidad de pensar.
Es mi misma persona lo que el Evangelio pretende invertir, y es a través de la movilización de toda mi energía y todo mi entendimiento que puede convertirse en un verdadero impulso para mi propia vida, una fuente de gozo inagotable para vivir con alegría, con amor, con esperanza y con confianza y llevarla al mundo, al entorno más cercano, a la gente que quiero y que necesita de mi testimonio, de mi entrega y de mi colaboración.

orar con el corazón abierto

¡Señor, haz de mi un discípulo entregado y un misionero de tu palabra para que viviendo acorde con las enseñanzas de tu Evangelio me convierta en un testimonio de vida para los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de romper con el pecado y vivir con autenticidad el Evangelio! ¡Ayúdame a ser verdadero discípulo tuyo para ir abriendo en el corazón de las personas horizontes de alegría, amor y esperanza! ¡Haz que las palabras que emergen de cada página de los Evangelios sea para mi y para todos luz que brilla en nuestra vida! ¡Concédeme la gracia para fortalecer mi voluntad para que cada una de mis decisiones esté acorde con tu Palabra y con tu voluntad, orientada hacia el amor, alejado de intereses partidistas y egoístas! ¡Concédeme, Señor, la gracia para romper con lo negativo que se acomoda en mi corazón y vivir la riqueza del Evangelio! ¡Muéstrame, Señor, siempre el camino de una vida auténtica y verdadera y ayúdame a permanecer siempre a tu lado!

Cantamos hoy con William Byrd:

Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma

Durante un trayecto de avión ví ayer la película Invictus protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon, basada en el libro de John Carlin El factor humano. En cuanto tomé tierra busqué por internet el breve poema Invictus del poeta inglés William Ernest Henley que Mandela conservaba en su celda durante el tiempo de su cautiverio y que da nombre al film. Es un poema del que no se doblega ante la desesperanza.
En la vida hay momentos que se abren bajo nuestros pies y de manera abrupta provocan profundos precipicios aunque uno siga caminando con confianza infinita. En cuanto sientes el vacío todo bascula.
Todos somos vulnerables con independencia de la posición que ocupemos en la vida. En cualquier momento podemos perder el equilibrio. Una enfermedad, la pérdida de un ser querido, un divorcio, un accidente, el descrédito social, la crisis económica, los problemas con un hijo, las adicciones…
Vives feliz sin preocupaciones pero en un visto y no visto la vida puede tambalearse. «Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma», proclama Henley en la estrofa final de su poema. Palabras que certifican un ideal admirable pero… ¿cuántos tenemos la fuerza excepcional que formula el poeta inglés?
Pero en el caso de poseer esa fortaleza ¿cuál es la capacidad real para controlar el destino? ¿La capacidad para influenciarlo, de controlarlo por completo? Con este verso Henley quiere decirnos que, cualesquiera que sean las circunstancias, uno puede llegar a ser capaz de controlar sus reacciones y sus emociones.
Admito que no poseo la fuerza de carácter que tuvo Nelson Mandela. No tengo la sensación de dominar mi propio destino. Pero sí siento que soy el capitán de mi alma fundamentalmente porque mi alma me pertenece y, sobre todo, le pertenece a Dios. Contra viento y marea puedo navegar en el océano de la vida. He elegido ser el maestro de mi vida… después de Dios. ¿Quién sino Él para controlar mi destino y venir al rescate de mi alma con la gracia del Espíritu en los momentos de debilidad? Esto te permite tener la certeza de que no estás solo cuando la vida cambia. Su sostén es inquebrantable. Y en esa relación de confianza hay algo hermoso, el sí de Dios al hombre, y el amén nuestro a Dios que es la dinámica que sostiene la vida, que te permite sentir la compañía de Dios, el aliento del Espíritu para superar todas las pruebas y las dificultades y el encuentro con Cristo que nunca defrauda.

orar con el corazon abierto

¡Señor, deposito mis cargas pesadas a los pies de la Cruz! ¡Te doy gracias, Señor, por tu presencia en mi vida, porque tu carga es liviana y tu te ofreces para que descargue en ti mis agobios y preocupaciones! ¡Gracias, Señor, por la paz y la serenidad que ofreces a quien se acerca a ti, por eso quiero confiar siempre en tu providencia! ¡Te ruego que calmes mis tempestades interiores y exteriores y ante las pruebas que me toca vivir, a veces difíciles, que seas tú la fuerza que me permita seguir adelante! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que de mi salgan siempre pensamientos positivos y aleja de mí aquella negatividad que tanto daño hace a mi corazón y tanto me aleja de ti! ¡Señor, te entrego por completo mis cargas, mis tristezas, mis miedos, mis pensamientos, mis debilidades, mis tentaciones, mis dudas, mis luchas, mis amarguras, mis miedos, mis caídas, mis angustias, mis soledades, mis temores, mis pecados, mis errores, mis preocupaciones, mi alma, mis tentaciones, mi fragilidad, mis deseos, mis ansiedades, mi pasado, presente y futuro y, sobre todo mi espíritu; hazme fuerte para salir con firme y comprometido de mis batallas y que tu fuerza y tu poder me acompañen en cada momento de mi vida! ¡Te doy gracias por tu sí, Señor, y te entrego mi amén! ¡Te entrego mi voluntad para que tú seas el dueño de mi destino! ¡Envíame tu Santo Espíritu, para que me ayude a conocerme mejor, me ayude a entender la realidad y me permita profundizar en mi propia identidad!

Soy el capitán de mi alma (el texto en castellano se encuentra en la fotografía superior):

Dios salva desde la oscuridad

Por razones laborales la pasada semana tuve que viajar a un país de Asia central con mayoría de religión ortodoxa. En este domingo celebran la Navidad. La razón de celebrarlo el 7 de enero es que los ortodoxos se guían por el antiguo calendario juliano en lugar del gregoriano. Numerosos cristianos ortodoxos para preparar el nacimiento de Cristo ayunan antes de Navidad y el día del gran acontecimiento encienden un fuego con palmas bendecidas y queman incienso para conmemorar la adoración de los tres reyes al Niño Jesús.
Si uno observa la iconografía cristiana oriental el nacimiento no se representa en una belén sino en el interior de una cueva. La cueva es ese lugar bajo tierra que señala el mundo donde reina la oscuridad, la morada de yacen los muertos, el lugar en el que habitan las fuerzas oscuras que se oponen al Dios que ha creado la luz y la vida.
La tradición oriental tiene su epicentro en el Prólogo del Evangelio de Juan que en pocos trazos resume el proyecto creador de Dios, que abre una época nueva en la historia del hombre. La cueva evoca lo profundo, el precipicio, el abismo y simboliza un mundo que se ve dominado por el mal, por la violencia, la oscuridad y la muerte.
En la mayoría de los iconos orientales que puede contemplar el niño Jesús no aparece como un ser lleno de vida que descansa sobre paja sino que está envuelto en tiras de tela; se asemeja a un ser agonizante; parece que se encuentre recostado en una tumba. La cueva surge como una grieta en la roca evocando la tumba abierta del día de la resurrección del Señor en una señal de que la vida que desgarra el tenebroso reino de la muerte. La luz que ilumina la cueva es la luz de Dios, que cubre cualquier lugar por oscuros y peligroso que este sea.
Entonces uno medita que estos lugares oscuros no solo están en el exterior sino dentro de uno mismo. A lo largo de sus predicaciones Jesús lo dejó bien claro: es en el corazón del hombre que el mal hunde sus raíces. Es en el corazón donde Dios quiere descender, en nuestros bajíos, en este lugar desagradable donde se acumulan dudas, miedos, penas, temores, sufrimientos, cobardía o penurias. En este lugar donde uno reniega es Dios va a nacer en su interior.
En el sótano oscuro del corazón es donde Dios desea transformar la falta de amor en entrega, el orgullo en espíritu de servicio, el odio en amor, la tristeza en alegría, la avaricia en generosidad, los miedos en valor, la soberbia en humildad, la vergüenza en autoestima, el desasosiego en esperanza, la amargura en reconocimiento… Dios acude al submundo de nuestra vida, a nuestras profundidades, a nuestros barrios bajos y con su luz lo irradia todo de belleza, de verdad y de vida.
Es desde lugar poco agradable que Dios nos salva, nos regenera, nos transforma, nos levanta de nuevo: nos lleva completos, desde la raíz, desde los rincones más oscuros de nuestra cueva interior, desde nuestros pecados más profundos.
Cristo nació en una cueva —o en un pesebre, eso no es lo importante— y desciende a lo profundo para enseñarnos que Dios está donde donde no se le espera: en mis miserias y en mi nada. Y trae su luz y su paz para hacerme un ser nuevo.

Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor con la que culminamos el ciclo navideño y damos comienzo al tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del Mundo. El bautismo en el Jordán significó para Jesús dejar la vida silenciosa de Nazaret y comenzar su misión en el mundo. Nosotros también estamos bautizados y estamos llamados a vivir nuestra misión en nuestro entorno más cercano. Un día para tomar impulso a nuestro compromiso cristiano.

orar con el corazon abierto

¡Jesús misericordioso, amado Hijo del Padre, que tanto nos amas y has venido al mundo para salvarnos, que has nacimiento para unos en la humildad del pesebre y para otros en la profundidad de una cueva, ábrenos el tesoro de tu amor a la humanidad entera! ¡Te imploro por nuestro mundo enfermo: el orgullo y la soberbia, el deseo de dominación, el disfrute egoísta y el materialismo desbocado, tu sabes Señor que todos estos males comprometen peligrosamente nuestro equilibrio y nuestro futuro! ¡Jesús, tu que eres Rey de la humildad y la paz, toca los corazones de aquellos que no te conocen e inspiras a todos a servir siempre con amor! ¡Te pido por todos los que sufren y están afligidos; los que están enfermos de cuerpo y de alma, por las personas que sufren soledad, por las almas que luchan con el desaliento o la desesperación! ¡Jesús, tu que eres el Rey de la dulzura y la sanación visítalos y consuélalos y despierta en ellos la esperanza! ¡Te presento a todas las familias del mundo, Niño Jesús, a nuestras comunidades, amigos y benefactores: contempla nuestras necesidades y llévalos al Padre! ¡Jesús, Rey de gracia y bendición, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu encarnación y llénanos con tus propias virtudes para que podamos actuar siempre conforme a tu santa voluntad! ¡Virgen María y San José, que sepamos tomaros como ejemplo y a través vuestro podamos llegar siempre al corazón de Jesús para hacer de nuestro corazón un ejemplo de imitación a él!

Un canto de Navidad de la Iglesia Ortodoxa: