«Dominus vobiscum»: el señor esté contigo

Me invitan ayer a una casa a comer. En el recibidor de la entrada, en una inscripción esculpida en madera vieja, se puede leer: «Dominus vobiscum»: El señor esté contigo. Es una invitación preciosa a la persona que entra en ese hogar. El señor esté contigo. Es así. Está en tu vida, en tus sueños, en tu corazón, en tus pensamientos, en tus gestos, en tu mirada, en tus pasos, en tus sentimientos… allí donde quiera que uno vuelve la mirada no ve más que a ese Cristo, no sientes más que a ese Dios que se ha hecho hombre, no gozas más que de ese Jesús que ha muerto por cada uno de nosotros para redimirnos del pecado.
Nunca se habla de los treinta años de vida oculta en la que Jesús va gestando su personalidad sagrada y experimenta los sentimientos humanos. Su nacimiento vino precedido de un «Alégrate, María, el Señor está contigo». Y cuando comienza su vida pública Cristo se vuelca sobre los corazones humanos para dejar claro que «está» cerca de cada uno de sus hermanos.
El señor esté contigo. Es decir, en todas mis fuerzas, en toda mi actividad, en todos mis anhelos, en todos mis esfuerzos cotidianos. El señor está contigo porque no nos deja ni nos abandona nunca, jamás se aparta de nosotros y nos invita a agarrarnos con fuerza de su mano para llevar la cruz con alegría.
Dios nos ama, nos eligió con un propósito y por eso nunca nos deja. Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, están vivos y son reales, viven dentro de cada uno. Y si es en el interior de nuestro corazón donde viven y se forma en función de nuestras gratitudes nuestro corazón se ha de convertir en un auténtico sagrario que custodie ese Dios engendrado de la Virgen María para corresponder con autenticidad a ese «El Señor está contigo».

¡Tú estás conmigo, Señor, para llenar mi corazón de amor y de felicidad! ¡Tú llenas mi vida, Señor, de alegría! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando mi corazón sufre y está lleno de heridas! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando me embargan las dudas y me fe se tambalea! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando las tentaciones me hacen caer en la misma piedra! ¡Tú estás conmigo, Señor, en cada acontecimiento de mi vida! ¡Tú estás conmigo, Señor, en mis triunfos y mis fracasos! ¡Tú estás conmigo, Señor, en la luz y en la oscuridad! ¡Tú estás conmigo, Señor, en el abrazo y la mano del amigo, en la ayuda y la escucha del compañero, en el beso de mi cónyuge, en la sonrisa de mi hijo, en la bendición del sacerdote, en la palabra de aliento del colega! ¡Tú estás conmigo, Señor! ¡Tú estás conmigo, Señor, para llenar mi vida! ¡Tú estás conmigo, Señor, para bendecir mi hogar, mi trabajo, mis tareas cotidianas, mis esfuerzos, mis sueños y mis esperanzas! ¡Tú estás conmigo, Señor, para sanar mi corazón y mi cuerpo! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando llegan y se van los problemas, algunos sencillos otros imposibles de resolver, en las desavenencias con las personas que quiero! ¡Tú estás conmigo, Señor, Tú estás ahí, siempre ahí, siempre conmigo, gracias Señor! ¡Tú estás conmigo, Señor, en tus gracias y bendiciones! ¡Qué seguro me siento sabiendo que estás conmigo!


Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro
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Inmolarse uno mismo en el altar

¡Qué bonita es la liturgia de la Eucaristía! En el momento de la presentación de los dones y la preparación del altar es un momento mágico, un momento de pausa interior, entre la plegaria eucarística y la palabra; es ese momento en el que podemos tener unos instantes para contemplar serenamente el rito que va a tener lugar inmediatamente y meditar de manera sincera la Palabra que hemos escuchado en las lecturas y en la homilía del sacerdote. Es el momento mágico y hermoso para prepararse con la propia ofrenda personal y dirigir toda nuestra mirada, nuestros sentidos, y nuestro amor hacia la oración eucarística.
Me maravilla cuando puedes fijar tus ojos hacia el altar que se convierte en el signo viviente de la presencia de Jesucristo entre nosotros y que está representado por ese sacerdote que preside la Eucaristía.
Es bonito pensar en la propia ofrenda, qué es lo que le vamos a ofrecer a Dios en el momento de la consagración. Por eso es un instante donde tienes que perdonar con caridad, sinceridad y amor, comprometerte a servir a los demás, atender sus necesidades, actualizar la palabra, vivir comprometido con el amor, la justicia, el bien, la responsabilidad, el servicio, la caridad, la generosidad, la superación de los egoísmos y la soberbia… signos que son expresión de lo que anida en lo más interior de nuestro corazón.
Pero la mejor ofrenda, esa que mayor agrada Dios, es el ofrecer a la persona que amamos o aquella que nos ha hecho daño. Personas, todas ellas hijas de Dios, que necesitan de nuestro amor. Porque si detrás de cualquier ofrenda hay amor, expresión máxima de Dios, habremos logrado autentificar nuestra ofrenda y habremos ofrecido a Dios el mayor don de nuestra vida.
Ponerse ante Dios, en el momento de la Eucaristía, con toda la sencillez y toda la humildad de lo que somos, de lo que poseemos, de lo que hacemos, con nuestros fracasos y nuestras alegrías, con nuestros anhelos y nuestras esperanzas, con nuestros deseos y nuestras necesidades, con nuestros éxitos y nuestros fracasos, con nuestras luchas y nuestras operaciones… es colocar ante Dios el sacrificio espiritual de nuestra propia vida.
¡Qué hermoso es en el sacrificio eucarístico inmolarnos a nosotros mismos y poner nuestro corazón contrito delante de Dios!

ofertorio

Hoy, en lugar de mi oración personal, propongo cuatro oraciones preciosas para la Misa:

Oración de San Ambrosio para antes de comenzar la Celebración Eucarística
Señor mío Jesucristo, yo pecador indigno, confiando en tu misericordia y bondad, vengo a tomar parte en este Banquete Santísimo del Altar.
Reconozco que tanto mi corazón como mi mente están manchados con muchos pecados; y, que mi cuerpo y mi lengua no han sido guardados cuidadosamente.
Por lo cual, Dios adorable, yo miserable pecador, en medio de tantas angustias y peligros, recurro a Ti que eres fuente de misericordia, ya que me es imposible excusarme ante tu mirada de Juez irritado. Deseo vivamente obtener tu perdón, ya que eres mi Redentor y Salvador.
A Ti Señor presento mis debilidades y pecados para que me perdones.
Reconozco que Te he ofendido frecuentemente. Por eso me humillo y me arrepiento y espero en tu misericordia infinita.
Olvida mis culpas y no me castigues como merecen mis pecados. Perdóname, Tú que eres la misma bondad. Amén.


Comunión Espiritual

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos. Amén.

Alma de Cristo
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del Costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparta de Tí.
Del enemigo malo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Tí.
Para que con tus Santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús!,
postrado en tu prescencia; te ruego con
el mayor fervor imprimas en mi corazón
vivos sentimientos de fe, esperanza y
caridad, verdadero dolor de mis pecados
y propósito de jamás ofenderte, mientras
que yo, con el mayor afecto y compasión
de que soy capaz, voy considerando tus cinco
llagas, teniendo presente lo que de Tí dijo
el Santo Profeta David: «Han taladrado mis
manos y mis pies y se pueden contar todos
mis huesos.»

Acto de entrega de sí
Toma mi Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Tí, Señor, lo torno; todo es tuyo; dispón de ello conforme a tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que esto me basta. Amén.

Alma de Cristo:

En compañía de san José

Último fin de semana de septiembre con la Sagrada Familia en nuestro corazón. Cada vez que medito la figura de San José, al que tengo gran estima y devoción, me sorprende su actitud en el amor, una actitud de negación total, un amor repleto de renuncias pero repleto de los valores supremos del amor humano. Porque a San José le sobrepasaba el destino dispuesto por Dios a la Virgen. Sin embargo, él fue el compañero generoso, fiel, comprensivo, fuerte, amoroso, honrado, entregado, sacrificado, profundamente amante, valedor de la gloria de Dios… A José todo le vino por la Virgen María y en María encontró a la mujer perfecta, el camino para llevarle a Dios en la plenitud de la pureza. Dios puso en manos de San José la custodia de Jesús y de María, a la Iglesia misma, del que convirtió en patrono supremo. A San José se le exigió humildad, sumisión a la voluntad de Dios, una fe ciega difícil de aceptar, una entrega absoluta y total. Tuvo la recompensa de que Cristo —al que formó humanamente— le llamó «papá» y María «esposo mío» y los tres juntos recorrieron con amor y armonía los caminos de su vida.
José, esposo de María, padre adoptivo de Jesús, te doy también a ti el corazón y el alma mía.

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Acompaño a esta meditación la oración que cada día rezo a san José: Concédenos tu protección paternal, te lo suplicamos por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María.
Oh, tú, cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades y sabes hacer posibles las cosas más imposibles, abre tus ojos de padre sobre las necesidades de tus hijos.
En la angustia y la pena que nos oprimen,recurrimos a ti confianza.
Dígnate tomar bajo tu caritativa dirección este importante y difícil asunto, causa de nuestra inquietud (mencionar la necesidad).
Haz que su feliz desenlace redunde en la gloria de Dios y para el bien de sus devotos servidores.
Oh tú, que nunca has sido invocado en vano, amable San José, tú que eres tan influyente ante Dios que de ti se ha podido decir: “En el Cielo, san José más que implorar, manda”, tierno padre, ruega a Jesús por nosotros, ora a María por nosotros.
Sé nuestro abogado ante ese divino Hijo de quien has sido el padre adoptivo aquí en la Tierra, tan atento, tan amante y su fiel protector.
Sé nuestro abogado ante María, de quien has sido esposo tan amante y tan tiernamente amado.
Agrega a todas tus glorias la de ganar la difícil causa que te confiamos.
Nosotros creemos sí, nosotros creemos que puedes cumplir nuestros deseos, liberándonos de las penas que nos agobian y de las amarguras que impregnan nuestra alma.
Tenemos, además, la firme certeza de que no escatimarás nada a favor de los afligidos que te imploran.
Humildemente postrados a tus pies, buen San José, te conjuramos, ten piedad de nuestros gemidos y de nuestras lágrimas.
Cúbrenos con el manto de tus misericordias y bendícenos. Amén.

Y como no podía ser menos acompañamos hoy esta oración con un hermoso cántico a san José:

La caridad de la comprensión

El amor es la raíz fundamental y más profunda de la amabilidad. En definitiva, es lo que nos enseñó Cristo y lo que nos han enseñado los santos a lo largo de la historia. Por eso, como cristiano tengo que ser siempre comprensivo con mi prójimo.
Comprensión es juzgar a mi semejante colocándome en su lugar, en sus circunstancias, en su ambiente, con su mentalidad… Preguntarse qué haría yo en su lugar. Probablemente con su entendimiento sencillo, con su formación escasa, con sus pasiones desordenadas, con sus sufrimientos, con sus necesidades humanas, con su falta de experiencia… yo sería mucho peor, incluso, hubiera actuado mucho peor que él.
Como cristiano debo transigir siempre, disculpar siempre, ser indulgente siempre, caritativo siempre, considerado siempre, generoso siempre, amable siempre…
El ser humano no está creado en serie, cada uno tiene un molde que lo identifica como algo único y cada uno piensa en función de sus necesidades y como hijo de un mismo Padre no puedo juzgarlo para no ser yo juzgado… porque fácilmente me equivocaré.
La raíz sobre la que sustenta la caridad es la comprensión y ésta, al igual que hizo Jesucristo, pasa por ir por el mundo sembrando el bien, perdonando con amor, eliminando los rencores que anidan en el corazón y anhelando siempre beneficiar a las personas que me rodean. Es una manera de poner en práctica ese mandamiento del Señor: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y amarás al prójimo como a ti mismo».
¡Un ideal perfecto que deseo poner en práctica!

La caridad de la comprensión

¡Señor Jesús, por la virtud de la humildad y del Amor Santo, ayúdame a no juzgar a los que me rodean! ¡Recuérdame siempre, Señor, que no debo presuponer los motivos de las acciones de los demás! ¡Elimina de mi corazón cualquier tipo de juicio y crítica y, a través del Amor Santo, lléname de una actitud amorosa e indulgente, compasiva y amable! ¡No permitas que sea el complacido, sino que sea yo el siervo de todos, el que busque complacer al prójimo! ¡Ayúdame a ser comprensivo con las necesidades de los demás, asumir su propio dolor, su sufrimiento, sus necesidades, y entregarme siempre con amor y generosidad! ¡Ayúdame a ser un auténtico samaritano! ¡Espíritu Santo, dame el don de ser virtuoso, generoso, sencillo, indulgente, entregado, misericordioso, magnánimo, servicial, amable, caritativo, considerado…ser en definitiva como era Jesús!

De Benjamin Britten escucharmos su cantata Ad majorem Dei Gloriam:

«Ser» para los demás

Ayer en la Eucaristía —culmen y la fuente de la vida cristiana— sentí una experiencia transformadora. La Eucaristía es un banquete y es un sacrificio. Se podría decir que es un banquete sacrificial. Viendo y sintiendo espiritualmente como el sacerdote elevaba la Hostia consagrada y repetía amorosamente las mismas palabras de Cristo en la Última Cena sentí con una gran fuerza como celebraba el sacrificio de Cristo, el de la iglesia y el de mi propia existencia cristiana. Tocó profundamente mi corazón. No me pude quedar indiferente ante este hecho tan extraordinario. Sentí que si de verdad estoy viviendo y celebrando el sacrificio de la Eucaristía no puedo más que estar dispuesto a ser sacrificio en la vida. Y lo soy en la medida en que me entrego a los demás. No sólo cuando vivo, o lucho, o trabajo, o me esfuerzo, o sufro, o me alegro, o sirvo, o amo, o consuelo… lo soy en tanto me doy a los demás. Si sólo «estoy» o acompaño al prójimo, me solidarizo con él en su vida, con sus problemas, en su trabajo, en sus preocupaciones… pero no me entrego con mi propia vida, me quedo única y exclusivamente en la periferia de su corazón pero no penetro en él. Y la celebración eucarística, este banquete extraordinario que no es un ágape cualquiera, sino un sacrificio que me une a Cristo y a la iglesia, me tiene que hacer «ser» él, estar más dispuesto a volcarme en los que me rodean, a dar más que recibir, a amar con el corazón y como amo Cristo y, sobre todo, «ser» sacrificio para los demás.

Se para los demás

¡Señor, ayúdame a «ser» para los demás como lo eres Tú con nosotros! ¡Ayúdame, Señor, para que mis ojos se abran a la misericordia y la entrega a los demás y me permita descubrir su belleza interior! ¡Ayúdame a centrarme en las necesidades de los que me rodean y no permitas que me muestre indiferente ante sus sufrimientos, angustias y dolores! ¡Ayúdame, Señor, a «ser» consuelo y amor, caridad y perdón, alegría y entrega! ¡Llena, Señor, mi pobre corazón con tu infinita misericordia y hazlo sensible a los sufrimientos de los que me rodean para que nadie experimente un rechazo de mi corazón! ¡Quiero sentir, Señor, como tú y valorar las cosas como las valoras tú porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo! ¡Quiero infundir en mi entorno más cercano los valores evangélicos que tu me enseñas! ¡Quiero amar como amas Tú porque nos has dado la vida y te haces presente en la Eucaristía con Amor para que mi vida se convierta en respeto hacia el “misterio” de cada persona y de cada acontecimiento humano! ¡Quiero «ser», Señor, sacrificio para los demás!

No es como yo, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Jesús es lo que es

Cada día la televisión ocupa menos espacio en mi vida. Tan poco espacio que hay semanas que se convierte en un elemento decorativo más de mi salón. No soporto el culto al famoseo de vodevil, gentes sin hondura interior que se han convertido en los nuevos ídolos de la sociedad, dioses en miniatura, dioses falsos que manipulan nuestras conciencias y tratan de hacernos perder el sentido de lo religioso y de lo trascendente. Personajes famosos por sus amoríos, por sus escándalos, por su dinero, por sus infidelidades, por sus excesos… por su inconsistencia, sus miserias más o menos ocultas que el mundo admira porque quieren parecerse a ellos. Pero la verdad desnuda siempre al hombre, esos ídolos de barro caen y son sustituidos por otros igual de efímeros y insustanciales.
Me apena contemplar como Jesús no se convierte en un referente para la gente. Te fijas en Él y lo que te llama la atención de su persona no es la vacuidad de sus palabras, ni la magnificencia de sus gestos «artificialmente» programados, ni el «áurea» que le rodea, ni la elegancia en su vestir, ni el porte de gentleman elegante… Jesús llama la atención por sí mismo porque no necesita revestimientos para llegar al corazón del hombre. Porque es la transparencia de su mirada y la claridad de su corazón y la verdad de sus palabras lo que te seduce. Jesús no tiene que aparentar nada. Jesús es lo que es. Y en ese «es» radica su grandeza.
Me impresiona la frase de Cristo a Zaqueo: «Hoy la salvación ha entrado en tu casa». Es una llamada a la trasparencia del corazón, a abajarse del orgullo, de la prepotencia, del aparentar, del servir en lugar de ser servido. A reconocernos en muestra nada. En la sinceridad de nuestra vida sencilla. Es una llamada a aparcar en la vida lo superficial, lo baladí, los ídolos de barro que jalonan nuestra vida, lo vacuo de esta sociedad vacua que impide a Dios hospedarse en este mundo demasiado lanzado por el querer tener y carecer de felicidad auténtica. El fin es claro, pero ¡cuánto cuesta a veces aplicárselo!

¡Señor, eres grande y bueno! ¡Entra en mi cada para que, como Zaqueo, obtenga la salvación de mi alma! ¡Tú nos dices “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”! ¡Aquí estoy, Señor, para que serenes mi corazón y pueda descansar en ti, confiar en ti, esperar en ti! ¡Ayúdame, Señor, a no sostenerme en ídolos de barro sino en Ti que nunca me dejarás abandonado! ¡Te pido, Jesús, que me enseñes a descubrir la justa medida de las cosas, de los problemas, de las necesidades que paso, de las dificultades, de las infidelidades, de los sufrimientos…! ¡Quiero que te conviertas en mi referente! ¡Envíame tu Espíritu para que llene mi corazón con sus siete sagrados dones de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios! ¡Con la ayuda y la fuerza de tu Espíritu, Señor, ayúdame a desprenderme del orgullo, de la soberbia, de la vanidad, del egoísmo, de la prepotencia, de lo superficial, del aparentar, del servir en lugar de ser servido! ¡A reconocerme en mi nada! ¡Por eso, Señor, como Zaqueo quiero conocerte mejor aunque tantas cosas a mi alrededor me lo impiden y me distraen! ¡Mírame Jesús, con el amor con que miraste a Zaqueo, y yo te prometo que no te abandonaré jamás! ¡Yo sé, Señor, que quien te deja entrar en su vida no pierde sino que su vida se transforma! ¡Ayúdame Jesús a tener la experiencia de Zaqueo y no tener miedo de abrirte de par en par las puertas de mi corazón!

Con la música de Taizé acompañamos hoy esta meditación:

¿Cuál es mi vocación?

Todos tenemos en la vida una vocación. Y esa vocación va muy unida a la profesión que hemos elegido: la medicina, el periodismo, la banca, la enfermería, la educación, el servicio social, el sacerdocio… Pero las profesiones, a diferencia de la vocación, cambian de vez en cuando. La vocación, sin embargo, tiene un tinte personal indiscutible porque se basa en una serie de valores absolutos que relativizan todo lo que nos envuelve. Alrededor de mi vocación está todo lo que soy y todo lo que poseo. Es por eso que de una madre se dice que vive por su familia o por sus hijos, o de un empresario que vive por su empresa o sus negocios, o de un médico de su hospital o de sus pacientes.
La vocación espiritual da siempre un sentido unitario a la vida del hombre porque implica poner a Dios como centro y núcleo central de la existencia. Como hombre estoy llamado a una vida sobrenatural, ser hijo de Dios por Cristo y en Cristo, reproducir la imagen de Jesús en mi vida. Mi vocación como hombre cristiano es mi vocación de unirme a Dios. Es como dijo San Pablo «para mí vivir es Cristo» o como María cuya vocación cristiana fue dar el «sí» más absoluto y pleno a Dios el día de la Encarnación.
Por eso hoy me pregunto cuál es mi Dios, ¿el Padre que está en el cielo o el dios ídolo material de la vida?; ¿cuál es mi vocación cristiana, sobre qué valores se sustenta mi vida, como decido entrar en ese proyecto divino que Dios tiene pensado para mí antes incluso de haber sido engendrado? ¿Mi vida cristiana gira en torno a Dios Padre, a Cristo y a María y mis proyectos están inspirados y puestos en manos del Espíritu Santo? Eso lo puedo responder solo en la intimidad de la oración, sustento junto a la Eucaristía y los otros sacramentos de mi vocación cristiana. Es allí donde Dios llama y yo, como hombre, puedo responder con entera disponibilidad.

vocacion

¡Te doy gracias, Dios mío, por tu llamada del Bautismo! ¡Te respondo otra vez con mi “Sí”! ¡Dame fidelidad para tu causa y para mi vocación! ¡Renueva con un espíritu de entusiasmo a todos los que se dedican al servicio de tu pueblo! ¡Llena mi corazón con tu Espíritu de Sabiduría para proclamar tu Evangelio y dar testimonio de tu presencia entre nosotros! ¡Eres Tú quien me llama por mi nombre y me pides que te siga! ¡Ayúdame a crecer en el amor y en el servicio a tu Iglesia! ¡Dame el entusiasmo y la energía de tu Espíritu para vivir cristianamente! ¡Danos personas llenas de fe y de entusiasmo que abracen tu misión! ¡Inspírame para conocerte cada vez mejor y que me corazón esté presto a escuchar tu llamada! ¡Jesús, te pido también que envíes a este mundo los servidores que necesitas, escógelos en nuestros hogares, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades, en nuestras escuelas, en nuestros trabajos, para que sea una cosecha abundante de apóstoles para tu reino: danos también sacerdotes y religiosos y religiosas santos y que no pierdas nunca la grandeza de su vocación!

Invocamos al Espíritu Santo para que nos ilumine en nuestra vocación:

Ser prójimo para el prójimo

El Año de la Misericordia sigue avanzando. Y como la misericordia es esa disposición del corazón a compadecerse de los sufrimientos y las necesidades ajenas no puedo permitir quedarme impertérrito ante una llamada tan decidida como la que me ha hecho el Santo Padre. Y hoy me pregunto: desde que se convocó este año jubilar, ¿qué he hecho yo por mi prójimo, hasta qué punto he tratado de curar sus llagas abiertas, sus necesidades, sus sufrimientos, acoger en mi corazón todos sus anhelos? La señal por la que se conocerá que soy discípulo de Cristo es mi capacidad de amar y mi capacidad para pensar y vivir en cristiano. A los demás, claro. Entonces, ¿quién es el prójimo para mi?
Jesucristo ya dejó claro que el cristiano no nace prójimo, se hace prójimo. Y, por tanto, surge de inmediato una segunda pregunta: ¿en qué medida estoy dispuesto a hacerme prójimo de quien me necesite?
Ya sabemos que mi prójimo es mi esposo, mi esposa, mis hijos, mis parientes, mis amigos, mis parroquianos, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, mis jefes, mis empleados, mis colegas del equipo de fútbol, los miembros de mi grupo de oración, el tendero de la esquina…. los que no me caen bien, los que me han hecho daño, los que hablan mal de mí.
Pero sobre todo, el prójimo es aquel que me obliga a salir de mi yo y abrir mi corazón para entregarme de verdad; es el que exige poner en práctica mi fe para que esta no se quede en una mera teoría si no en una realidad viva fruto de mi testimonio cristiano. Es el que me permite interpelarme cada día que hecho yo por Cristo, para Cristo y por Cristo.
El prójimo es aquel que necesitando una palabra de consuelo, un abrazo, un consejo, una esperanza, una sola presencia aunque silenciosa he estado allí aunque me faltara el tiempo o tuviera cosas más importantes que hacer en lugar de salir corriendo, cruzar de acera o hacer ver que no me enteré.
El prójimo es aquel por el que rezo con el corazón abierto, al que pongo a los pies del altar, el que me hago uno con él en su dolor y sufrimiento y me lleva a una oración viva y no a al intrascendente «ya rezaré por tí».
El prójimo es aquel al que todo el mundo abandona, o crítica, o se olvida y yo, a sabiendas de su soledad y de lo que puede perjudicarme socialmente, le acojo en mi corazón, en mi vida y en mi oración porque no me importa el qué dirán.
El prójimo es aquel que se acerca a mí, espera un trato humano, cristiano, con detalles sencillos impregnados de amor y misericordia y no sermones, peroratas o lecciones de gran sabio oriental.
Prójimo es aquel al que las cosas le iban tan bien, y no se acordaba de mi porque vivía en la materialidad y cuando lo hacía ne miraba por encima del hombro, pero la crisis, las dificultades personales, económicas… lo han zarandeado de tal manera que lo ha perdido todo y ahora se vuelve hacia mi mendigando mi amistad buscando un halo de esperanza o desasirse el desencanto de la vida o del desconcierto que le ha producido su nueva situación.
Prójimo es aquel… y aquel… y aquel… cada uno sabe quien es su prójimo y qué necesita porque prójimos son todas aquellas personas que se cruzan en nuestro camino, que tienen nombre y apellidos, una circustancia, un entorno, una vida más o menos llena, una fe más o menos firme pero todos ellos están al borde del camino sentados esperando que a nuestro paso les demos la mano con amor en este Año de la Misericordia. Este amor de caridad nos hace valorar el hecho de que todo hombre es nuestro prójimo y por tanto no puedo esperar tranquilamente a que el prójimo se cruce en mi camino sino que me corresponde a mi estar en predisposición de percibir quién es y de descubrirlo cada día. ¡Prójimo es a lo que estoy llamado a convertirme en esta vida! Echo la mirada hacia atrás y tengo la impresión de haber dejado pasar muchas oportunidades.

¡Señor Dios, Padre nuestro, te damos gracias porque nos has dado el mandamiento del amor, para que nos amemos unos a otros, te amemos a Tí y reconozcamos a todas las personas que nos rodean como nuestros hermanos, creados a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdanos, Padre de bondad, a amarnos unos a otros ya que así mostramos a la sociedad que somos tus hijos con el fin de que con nuestro ejemplo crean en tí, Dios de bondad y de Paz, de Amor y Misericordia! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que mis ojos se impregnen de tu misericordia y sea capaz de ver en los demás su dignidad y la belleza que hay en su interior, los vea como me ves Tú a mí y no juzgue nunca por las apariencias porque solo tu Señor sabes lo que anida en su corazón! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que esté siempre atento a las necesidades del prójimo y mis oídos estén abiertos a su llamada y su clamor como me escuchas Tú siempre a mí, y no haga oídos sordos a sus dolores, su sufrimiento, su tristeza o a su llanto acercándome a ellos con ternura y compasión! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que de mi boca sólo surjan palabras de aliento, de misericordia, de consuelo, de paz, de perdón y de cariño y ayúdame a no juzgar ni a ser injusto con los que me rodean! ¡Que mi mente, Señor, se vuelva siempre hacia el más cercano para que pueda entender su necesidad como Tú entiendes siempre la mía! ¡Que mis manos, Dios mío, sean como las tuyas tiernas y generosas, acogedoras y sensibles, entregadas y puras, para que todas mis acciones sean para levantar, abrazar, acoger y llevar a cabo esas tareas que los otros no quieren realizar! ¡Que mi corazón se vuelva siempre hacia el corazón del prójimo para que sea capaz de amarlo siempre como me amas Tú, con ese amor clemente, amoroso, paciente y misericordioso! ¡Que en cada prójimo vea a un hermano; que su dolor sea el mío y dame, Padre bueno, el don para suavizar sus penas y compartir su espíritu! ¡Ayúdame a vivir en el amor, a vivir para el amor y a vivir de amor! ¡Que mi vida no tenga ya otra motivación, ni otro sentido, ni otra meta que el amarte en los demás!

Cantamos hoy la canción del Buen Samaritano:

Lenguas viperinas

Puede parecer sorprendente que la lengua sea un don de Dios. Es a través de ella como los hombres nos comunicamos con nuestros semejantes y expresamos a Dios los sentimientos que anidan en lo más íntimo de nuestro corazón. La vida está en poder de la lengua porque con ella tengo la oportunidad de bendecir al Padre, hablar de y con las personas que me rodean, algunas veces en positivo y en otras en negativo. ¡Con cuanta frecuencia olvido que son seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios!
La lengua se puede convertir en una navaja muy afilada que puede hacer mucho daño a la persona que tengo a mi lado. Si me examinara cada día de la pureza de mis labios comprobaría que la mayor parte de los azotes de mi vida provienen de la lengua, de mi incapacidad de callar y de haber hablado en demasía.
Es la lengua la que revela lo que hay en el interior de nuestro corazón. El mismo Jesús ya nos dice que «de tal abundancia del corazón habla la boca».
Hoy siento que como cristiano tengo que encadenar muchas veces mi lengua y procurar que mis obras respondan a las palabras que surgen de mi boca.
¡Qué examen más útil, más fructífero y más auténtico es el de examinar cada día las palabras que he proferido a lo largo de la jornada! ¡Y qué bien me iría se hubiese sido capaz de callar en todo! ¡Qué bien mi iría aplicarme ese adagio que dice «que las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra»!

Lenguas viperinas

¡Señor, tú guardaste silencio ante el sanedrín cuando te acusaron de querer destruir el templo y levantarlo en tres días; cuando Herodes se burló de ti poco antes de tu Pasión; cuando Pilato te hizo aquellas preguntas fuera de contexto; te callaste ante los acusadores de la mujer adúltera dibujando con el dedo en el suelo… podría poner muchos más ejemplos en los que tú me muestras como el silencio es también perdón, amor, entrega y misericordia! ¡Con esto demuestras, Señor, que un pecador no debe acusar ni juzgar nunca a otro sino que ha de perdonarlo siempre porque él también necesita de tu perdón y de su perdón! ¡Tú que eres la verdad callaste y soportaste siempre las acusaciones falsas que formularon contra ti! ¡Qué ejemplo el tuyo mi Señor! ¡Enséñame a guardar silencio ante las faltas de mi prójimo, que no lo acuse o critique sino que lo ame para que me corrija a mi! ¡Enseñame a guardar silencio y no criticar a mis hermanos y recuérdame que con la misma medida con que mida a los demás seré yo mismo juzgado! ¡Señor si yo juzgo con severidad a los demás tú me medirás con la misma moneda! ¡Si no soy misericordioso, no puedo pensar cómo será tu misericordia! ¡Te pido,Señor, que me enseñes a callarme cuando me calumnien, injurien, me acusen sin razón, me humillen, porque tú soportase todo esto en silencio y a mí me servirá para espiar mi orgullo, mi soberbia, y mi vanidad!

Agua viva, cantamos hoy con la hermana Glenda:

En camino con la Virgen

Yo siento que voy en camino. Y me gusta cogerme de la mano de la Virgen, ella también caminó por la senda de la fe. María no lo comprendió todo desde el primer instante, tuvo que ir desde el día de la Encarnación paso a paso, despacio, asimilando todo lo que había vivido desde aquel día en que el Ángel se le apareció en su aldea de Nazaret. Con los años, en la quietud de su vida, guardó todas las cosas conservándolas en su corazón y meditándolas a la luz del Espíritu Santo.
Ella vio crecer a Jesús, vislumbró en Él su sabiduría, iluminó su fe a la luz de aquel Niño al que había engendrado. Creció en el amor, en ese amor que se sustenta en la fe. Por eso el camino de la Virgen es el camino en la fe. Es el camino de la entrega perfecta, de la entrega interior, de la entrega absoluta. Para la persona que ama no es imprescindible el saber, y el comprender, ni el ver. A la persona que ama le es suficiente el sentir y aceptar lo que el otro siente porque es entonces cuando su amor se afirma sobre sus sentimientos y sus necesidades.
María caminó en la fe porque evidenció desde muy joven la prueba de la fe. Con los años, con la madurez interior que ofrece la experiencia, escudriñando todo aquello que conservaba en el corazón, María pudo permanecer en silencio y en oración a los pies de la Cruz e, incluso, mantenerse en silencio y en aquella pequeña casa de Jerusalén mientras las otras mujeres corrían alegres a encontrarse con Jesús en el sepulcro porque su fe estaba arraigada en su corazón y era mucho más fuerte que los impulsos de los sentimientos.
María comprendió y asimiló que todo es exigencia del amor. ¡Qué pedagogía la escuela de María para un corazón duro como puede ser el mío!

En camino con la Virgen

¡María, Madre, maestra y modelo, Señora del «sí», Tú viviste con sencillez la fe en tu entrega cotidiana, en tu singular e íntimo diálogo con Jesús, en tu vida callada de oración! ¡Tu fe te permitió comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios! ¡María, Tú me enseñas que en la sencillez de lo cotidiano, en las preocupaciones del día día, en los trabajos sencillos de mí quehacer diario, en las atenciones a los demás, en los gestos pequeños y desinteresados que suponen una entrega a los que me rodean es donde desarrollaste una relación íntima, singular, humilde y de profundo diálogo con Dios y con tu Hijo! ¡Es en el abrazo cotidiano de la fe, en el «sí» sin condiciones, en la meditación de cada acontecimiento en el corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica la voluntad de Dios, donde está mi crecimiento como cristiano! ¡Dame un poco de esta fe y de este amor para darle un «sí» sin condiciones al Señor!¡Dame un poco de esta fe y de amor para renunciar a mi yo, a mis egoísmos, y entregar siempre mi vida a Dios y a los demás!

Quiero decir que sí como Tú María: