Ser palabra de Dios para el prójimo

Si de verdad creo lo que dice la Escritura —Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios— no puedo negar que vivo rodeado de la presencia viva de Dios. Dios mora en cada uno de los hombres. Todo fue hecho por medio de la Palabra. Así, cada persona, actor principal en el mensaje del amor que Dios quiere llevar al mundo, es portada de la palabra divina. Es portavoz de Dios en el mundo. Un pensamiento de Dios encarnado. Toda opinión basada en los valores cristianos cuenta. Si la vida de uno es coherente, las palabras tienen mucho peso. Cada cristiano somos expresión de la presencia de Dios en el mundo, esperanza para la sociedad, revelación de la verdad divina, portadores de buena nueva. Cada cristiano es evangelio vivo.
¡Y no caigo las veces que Dios quiere hablarle al prójimo a través mío -nuestro-! Así, me convierto en una palabra para el otro, una palabra que el otro necesita. No puedo quedarme para mí palabras que puedan hacer bien al prójimo.
No soy sólo polvo de la tierra, soy Palabra de Dios. Mi vida es Palabra de Dios. ¡Por eso tengo que alimentarme cada día de esta Palabra que penetra en el alma, que alimenta, que sana, que fortalece, que consuela y que da esperanza! ¡Cuanto más la conozca, más podré ser Palabra de Dios para el prójimo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu palabra es palabra viva! ¡Es palabra que penetra lo más profundo del alma, es palabra que escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón! ¡Quiero hacer mía, Señor, Tu Palabra! ¡Deseo alimentarme de ella! ¡Deseo como hago en la Eucaristía que me alimento de tu Cuerpo y de tu Sangre, alimentarme de Tu Palabra porque no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios! ¡Quiero tener una comunión más profunda contigo para que mis pensamientos y mis sentimientos se ajusten siempre a tu Palabra! ¡Quiero vivir en la obediencia a tu Palabra para tener una experiencia viva contigo y llevarla a los demás! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de amar la Palabra de Dios conocerla profundamente, comunicarla como merece y vivirla en plenitud! ¡Concédeme la gracia de atesorarla en el corazón y meditar siempre en ella para que mi vida se convierta en Palabra de Dios!

En el día de hoy meditamos también con la escucha de este canto de Taizé: Confitemini Domino.

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Orar por el hermano perseguido

Ayer leía en la página de la Ayuda a la Iglesia Necesitada la historia de la nigeriana Rebeca Bitrus, madre de familia cristiana, ejemplo de fortaleza y fe, secuestrada por el grupo yihadista Boko Haram. Durante su cautiverio, «cuando gritaban Allahu akbar, yo rezaba en mi interior: ¡Jesús sálvame!». Perdió a un hijo a manos de los terroristas y quedó embarazada después de sufrir numerosas violaciones. Ha perdonado a sus secuestradores. En el pasado eran mártires que seguían el mensaje de Cristo. Su fe les llevó a perder la vida en los circos de Roma, devorados por los leones. Veinte siglos más tardes hay hermanos en la fe, cristianos como nosotros, que pierden cada día la vida decapitados por sus verdugos para mostrar sus cabezas como trofeos, burlados y mofados, obligados a huir de sus hogares con las familias desintegradas y muchos de sus miembros aniquilados, apaleados, bañados en sangre, arrojados al fuego, despedidos de sus trabajos y sus ocupaciones… por el mero hecho de no renunciar a su fe y sus creencias. No importa ni la edad ni el estatus social. No importa si son niños o ancianos, hombres y mujeres. Creen en un solo Dios y la Cruz es el símbolo que los identifica y con solo eso basta para bañarlos en sangre.
Sus dramas y sus dolor no aparecen en los medios de comunicación. No son noticia. A todo ello se une la indiferencia de muchos cristianas en el mundo que no dan la importancia que merece a este genocidio religioso. Y Dios lo sufre desde las alturas. Espera la reacción del cristiano acomodado. Espera que uno se ponga de rodillas y clame; que su clamor sea para pedir misericordia con sus oraciones desde el corazón, con sus sacrificios personales, con sus ayunos cotidianos, con sus súplicas plagadas de confianza. El cristiano de Oriente Medio, de África, de Asia… espera la caridad de la oración para hacerse fuerte en su perseverancia.
En nuestras manos unidas, en nuestras rodillas genuflexas, en la sonoridad de nuestros labios, en nuestro corazón abierto está la respuesta. Es la espada de la oración que se dirige humildemente al Dios de la Misericordia, al Jesús de la Cruz, al Espíritu de la Fortaleza y la Madre del Amor Hermoso para que intervengan en favor de su Iglesia perseguida y ensangrentada a merced de la ignominia de la muerte, la persecución y la sinrazón.
La persecución contra el cristianismo no cesa ni cesará. No contemplamos que los cristianos estamos en peligro. Que la infernal persecución contra la Cruz no se va a detener nunca. Hoy los perseguidos están en lugares lejanos a los nuestros… pero mañana podemos ser nosotros, los acomodados en nuestras sociedades bienestantes, los que podemos empezar nuestro camino suficiente hacia el Gólgota. ¡Que hoy y siempre, Señor, me sienta cerca de mis hermanos en la fe para que la herencia de la Cruz no se pierda por mirar a otro lado!

 

orar con el corazon abierto

¡Que hoy y siempre, Señor, me sienta cerca de mis hermanos en la fe para que la herencia de la Cruz no se pierda por mirar a otro lado! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de permanecer siempre al lado de mis hermanos en la fe con el corazón, con la mente, con la oración! ¡Ayúdame en esta batalla contra la fe a empuñar siempre la espada de la oración y llevar siempre el escudo marcado con tu santa Cruz! ¡Que tu Divina Misericordia, Señor, mire Tu Iglesia perseguida y escucha las súplicas de los que entregan su vida por Ti! ¡Que su llanto, Señor, te llene de compasión! ¡Con un corazón contrito, Señor, consciente de tanto sufrimiento me dirijo hoy a Ti para pedirte que no dejes de mirara tus hijos e hijas que sufren persecución y discriminación en tantos lugares del mundo a causa de su fe! ¡Envíales tu Santo Espíritu, Señor, para que no cesen de perseverar en la fe y la esperanza, que no decaiga su fe en Ti, que tengan un corazón grande para amar y perdonar a los que les persiguen, que su corazón se llene de esperanza para ser testimonios de tu amor! ¡María, Madre de la esperanza y de los que sufren, apiádate de tus hijos perseguidos y guíales siempre en el camino de su propio calvario y llévales hacia la santidad! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser testimonio de fe, a que el ejemplo de mis hermanos perseguidos por el seguimiento a Jesús me haga más consciente de mi compromiso contigo y con la Iglesia, que me haga más orante, más servicial, más fervoroso y más consciente de la gracia de la fe que he recibido gratuitamente de Ti! ¡Señor, concede a cada una de las personas que son perseguidas por su fidelidad a la Verdad el gusto de lo divino, la fidelidad a la cruz, la libertad del saberse protegidos por Ti, el amor inmenso que sientes por ellos! ¡Y, Señor, perdona a los verdugos y a los que en la sinrazón actúan contra el cristianismo; envíales tu Santo Espíritu para que en algún momento de su vida alcancen la conversión que les abra las puertas del cielo!

En este día que ponemos el sufrimiento de nuestros hermanos en la oración, acompaño la música con las Lamentaciones de Richard Thallis:

La tentación de la vanagloria

Hay momentos en que Jesús da la sensación de que actúa con miedo para no ofender al Padre. Trata de no usurpar la gloria que le corresponde a Dios. Tal vez por ello repite constantemente aquello de que «no se lo digas a nadie». Cuando sana al paralítico le dice que se presente ante los sacerdotes y ofrezca lo que mandó Moisés en cuanto a la purificación pero «no digas nada a nadie». Al tomar la mano de aquella joven, sanó su espíritu y la levantó y, ante los padres atónitos por aquel milagro, Jesús les mandó «que a nadie dijesen lo que había sucedido». Al sanar al cojo, al sanar al ciego, se repetía la misma sentencia: «no se lo digas a nadie». Mientras descendía del monte, después de la Transfiguración, donde tres de los discípulos habían vislumbrado un destello de su divinidad, Jesús les ordenó «que no contaran a nadie lo que habían visto».
¿Y yo? Cuando alcanzo un objetivo que me ha costado lograr, cuando obtengo algún éxito en mi vida profesional o personal, cuando consigo un triunfo inesperado… me vanaglorio de ello y deseo que todo el mundo se entere. ¡Qué gran contraste con la actitud de Jesús! A Cristo no le importaba su prestigio; a Cristo sólo le interesaba la gloria de Dios.

orar con el corazon abierto

¡No permitas, Señor, en mi vida la tentación de la vanagloria! ¡No permitas el engreimiento de creer que todo lo que tengo y lo que logro es gracias solo a mis méritos y no a tu inestimable ayuda! ¡Señor, que comprenda que todas las obras que vienen de Ti tienen un fin y que la gloria debe ser siempre para Dios! ¡No permitas, Señor, buscar la gloria efímera y la honra humana! ¡No permitas, Espíritu Santo que mi orgullo y mi vanidad llene mi corazón de mi mismo y no de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a aprender de Jesús que es manso y humilde de corazón! ¡Hazme ver, Espíritu de bondad, lo negativo de la vanagloria que impide que Dios reine en mi corazón y que solo busca la estima de los hombres y no la del Padre! ¡No permitas, Espíritu Santo, caer en la tentación de la vanagloria que busca siempre la honra efímera, la gloria terrenal y no divina, el aplauso interesado, el reconocimiento de los hombres que ensalza mi autoestima! ¡No permitas, Espíritu Santo, que viva en el engaño de lo terreno! ¡No permitas, Espíritu de Dios, que viva confundido en este mundo autosuficiente y vanidoso! ¡Hazme ver que solo con manos limpias y corazón puro seré acogido por Dios! ¡Y que mi manera de actuar sea como la de Cristo con un constante «no se lo digas a nadie» para que toda la gloria se la lleve Dios, dador de mis virtudes y mis triunfos!

De la compositora italiana Lucrezia Orsina Vizzana (1590-1662), disfrutamos hoy de su bello motete O, Magnum Mysterium, para voz y continuo:

Reconocer la culpa para conocerse a uno mismo

Se hace difícil conocerse bien si no soy capaz de reconocer mi culpa. Al igual que sin cruz no hay resurrección, sin pecado no hay visión interior. El sentir culpa me ayuda a conocerme mejor, a recorrer las verdaderas intenciones de mis actos, los intereses que me mueven a actuar de determinada manera, los hábitos incorrectos o las reacciones ante situaciones diferentes que se me presentan. La culpa me ayuda a escuchar lo que esconde mi interior, eso que inquieta mi conciencia; me da la clave para discernir lo que soy y lo que me gustaría ser. La culpa se convierte en esa emoción interior necesaria para mantenerme en mi realidad y darle perspectiva a mi vida.
Uno de los pasajes más impresionantes del Nuevo Testamento se produce cuando Jesús retorna la vista al ciego. En aquel tiempo la enfermedad se consideraba un castigo divino. El Señor, en lugar de dejarlo condenado al castigo eterno, le devuelve la visión. Es la llamada de Jesús para que veamos el pecado desde la realidad misma de nuestra vida. Como el ciego, consciente de mi realidad, conocedor de mi culpabilidad, me encuentro preparado para vivir con un corazón nuevo, con una mirada diferente. Y en el camino, se me abren dos perspectivas: arrepentirme sinceramente o tener un arrepentimiento interesado.
Si me arrepiento de verdad soy consciente de mi error. La sinceridad de mi corazón se abre al perdón de Dios. Cuando decido no volver a caer, Dios me ofrece la voluntad y la determinación para no volverlo a hacer pues por medio del Espíritu me dota del dominio propio. Pero cuando me arrepiento solo con los labios pero no con el corazón con la viva intención de volver a caer, trato de burlar a Dios.
Dios no quiere que sufra con la culpa. No quiere que sea preso de ella. Hay muchas cosas en la vida que nos cuesta dejar de hacer; cosas que no agradan a Dios. Pero Él me otorga la libertad para decidir agradarle o dejarme arrastrar por el pecado. Y yo quiero responder a esa libertad para crecer en mi desarrollo interior, reconocer qué soy, quién soy y qué tengo que cambiar. Aprender a caer y levantarse. Cuando soy capaz de admitirlo, he crecido un poco más en mi vida espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, que he pecado con el pensamiento, palabra y obra; por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa! ¡Te pido perdón, Padre, por las veces que te he ofendido! ¡Soy consciente, Dios mío, que Tú no te escandalizas de mis pecados ni te cansas de mis muchas infidelidades; quiero cambiar interiormente para demostrarte mi amor y ser mejor persona! ¡Acudo a Tí arrepentido por mis muchas culpas para que tu infinita misericordia me perdone! ¡Padre, con frecuencia quebranto tus leyes y mis pecados me separan de ti, envía tu Espíritu para que pueda dirigirme a Ti y me ayude a no volver a pecar! ¡Padre bueno, creo firmemente que Tu hijo Jesucristo murió por mis pecados, resucitó de la muerte, vive y atiende cada una de mis súplicas! ¡Haz, Padre, que mi corazón se transforme y que Jesús se convierta en el Señor de mi vida! ¡Envía a tu Espíritu Santo para me otorgue la gracia de la obediencia y me permita hacer siempre tu voluntad por el resto de mis días! ¡Ayúdame a ver la realidad de mi pecado! ¡Soy como el ciego del Evangelio, Padre, que necesita que Jesús me abre la vista para ser consciente de mi realidad y me convierta en una persona humilde y misericordiosa que asuma su condición de pecador!  

Dios me ama, reconociendo que soy un pecador, cantamos hoy al Señor:

Lo mucho que Dios hace por mi salvación

Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación. ¡La cantidad de gracia que derrama! ¡Los innumerables beneficios que derrocha para que le ame! ¡La infinidad de inspiraciones que me llegan por diferentes lugares! ¡Los sacramentos que pone a mi disposición para guiarme hacia la santidad, ergo, para alcanzar el cielo prometido! ¡Dios me inunda con su amor! ¡Dios me acoge con su misericordia y su perdón! ¡Dios me reviste con sus promesas! ¡Dios me invita al arrepentimiento sincero!… Sin embargo, mi obstinación por alejarme de su gracia y de su cercanía frustran a menudo mi camino de salvación.
¡Es increíble lo fácil que resulta salvarse y lo difícil que se lo pongo a Dios! ¡Ese mal carácter! ¡Es oportunidad de no pecar que hubiera podido cortar! ¡Ese aviso de que iba por le mal camino! ¡Ese perseverar en el error! ¡Esa obstinación por hacer mi voluntad! ¡Ese precipitarse al abismo de la sinrazón por la soberbia, el orgullo, la tibieza o la autosuficiencia!
Dentro del ser humano se encuentra todo: la verdad y la mentira, la generosidad y la mezquindad, la libertad o la esclavitud, el amor y el odio, la nobleza o la mediocridad, la alegría o la tristeza… para que surja una u otra basta con que las invoque. Tengo la libertad para llamar a una u a otra y saber el motivo de mi llamada. Todo se encuentra en mi interior y únicamente depende de mi, de la grandeza de mi interior o del poso de mi miseria, para categorizar cada situación.
Reconozco que soy pecador. Y reconozco también que mi pecado se ha pagado en la Cruz. Que el mismo Hijo de Dios lo ha pagado por mí. Que todo es pura gratuidad de Dios para conmigo. Pero quiero cambiar. Deseo cambiar porque amo a Cristo con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación! ¿Por qué no pongo entonces los medios para mejorar cada día?

orar con el corazon abierto

¡Señor, no es sencillo reconocerse pecador! ¡Pero es la verdad de mi vida y Tu lo sabes! ¡Tu me recuerdas que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a reconocer cada día en el examen de conciencia lo que hay en mi interior, en qué he obrado mal, en que he ofendido a Dios! ¡Que la voz de mi conciencia, Señor, no se acomode a la autosatisfacción y a la justificación de mis actos! ¡Señor, Tu me examinas y me conoces, penetras en mis pensamientos y conoces mi vida, ayúdame Tu que eres omnipotente, a caminar en santidad! ¡Señor, conoces de mi fragilidad; concédeme la gracia de responder a Tu amor de Cruz con amor, entrega y generosidad! ¡Quiero responder a tu entrega como te mereces! ¡Quiero que mi corazón sea consciente de esta realidad tan cruel pero al mismo tiempo impregnada de tanto amor! ¡No permitas que me acostumbre a verte crucificado, Señor! ¡Señor, he pecado contra Ti y con todo mi corazón deseo no pecar más, me arrepiento de mis pecados, te pido tu perdón y te recibo como mi Señor y mi Salvador! ¡Señor, quiero mirar el crucifijo con ojos de amor y ser consciente de que soy un pobre pecador! ¡Ven, Señor, y toma el control de mi vida con la guía del Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Señor, Tu que eres manso y humilde de corazón, haz que mi corazón sea semejante al tuyo!

Soy pecador, cantamos hoy con la Hermana Chelo:

«Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme»

Hay momentos que el corazón necesita gritar a los cuatros vientos, con un bramido clamoroso: «Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme». Cuando los labios pronuncian estas palabras del salmo en situaciones complejas y difíciles la verdad es que el corazón se llena de consuelo. Es el quejido del que necesita hacer un alto en el camino, dirigir la mirada al cielo y llenarse con la ternura misericordiosa de Dios que espera la invocación confiada del Hijo para ayudar al necesitado. Es el canto convencido del que necesita de la fuerza de Dios, del que se siente amado por el Padre, convencido de que ese Dios bueno y misericordioso conoce mejor que nadie las propias necesidades. Es el clamor del que dirige su mirada a Dios y lo busca en la inmensidad del universo o en la soledad del sagrario. Es la llamada al Dios de la vida, al Dios Padre del que uno se siente hijo amado, que le hace mantenerse sereno en la tribulación y le da la paz en los momentos de mayor desasosiego. Es el grito del que, sintiéndose hijo, es capaz de dirigirse a Dios con total arrepentimiento confiado de que el Padre le acogerá con los brazos abiertos.
«Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme». Y las puertas del cielo se abren para acoger la súplica. La sabia nueva de Dios llena el corazón del hombre. La brisa del Espíritu lo invade todo. Y Dios te dice que está a tu lado. Que nada hay que temer porque Él lo da todo. Y, entonces, no hace falta exclamar el «Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme». Basta con mirar la cruz. Ser hijo de Dios es identificarse con el Cristo del Calvario. Es contemplar los acontecimientos de la vida, las caídas y los dolores con la mirada de Cristo. Es aceptar la voluntad del Padre como hizo el mismo Cristo, que obediente hasta el extremo se entregó hasta la muerte y muerte de Cruz, amando y perdonando como hasta entonces nadie había hecho.
«Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme». Uno hijo de Dios no debe temer nunca. Basta con seguir a su Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo, para alcanzar la cima del amor supremo y desde allí exclamar: «Padre, creo en Ti. Haz de mí cuanto quieras porque te lo entrego todo».

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme sobre todo porque busco seguridad y me da miedo cuando mis seguridades se ven amenazados o reducidas! ¡Señor, por medio del Espíritu Santo, que el trabajo, la salud, las posesiones, el dinero, los reconocimientos, los deseos de ser consultado, el hogar… no se conviertan en motivo de inseguridad o de miedo! ¡Que cuando algo de esto se derrumbe no me desmorone sino que me coja a ti siempre que das la fuerza y la esperanza! ¡Cuando me vengan los miedos, Señor, hazme ser consciente de mi pequeñez y de mi pobreza y que todo depende de la gratuidad de tu gran amor! ¡Hazme serte fiel siempre, Señor, y no permitas que el miedo me embargue si estás a mi lado! ¡Que sea siempre capaz de escuchar tu voz, sentir como me susurras que siempre estarás conmigo! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se turbe por nimiedades! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, no permitas que el miedo me embargue para enfrentarme a las críticas, o las presiones, a las dificultades, a los sufrimientos, a las soledades, a la incomprensión…! ¡Hazme, Señor, sentirme pobre e inútil porque así seré más consciente de la grandeza de tu apoyo, de que me sigues buscando cada día, que me amas con un amor desmedido… y eso no es compatible con el miedo! ¡No permitas, Señor, que me asusten los fracasos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de decir siempre que sí y no dejes que los miedos me hagan pequeño! ¡Creo en Ti, Señor, haz de mí cuanto quieras porque te lo entrego todo especialmente mis miserias, mis faltas, mi vulnerabilidad y mis debilidades!

En mi Getsemani:

Fortaleza interior

Tercer sábado de septiembre con María en el corazón. María, la mujer que enseña la fortaleza interior. No me cuesta reconocer que en muchas ocasiones flaquea mi fortaleza interior. Medito hoy las tantas ocasiones que así ha sido y en el silencio surge de manera inevitable la figura de María en la vía dolorosa. En el camino de Jesús al Calvario se produce uno de los momentos más sobrecogedores en la vida de la Virgen pero, al mismo, tiempo de mayor hondura humana y espiritual. Es el encuentro con Su Hijo. Extenuado por el dolor y el peso de la Cruz —¡que carga tan grande llevar los pecados de la humanidad entera!— la mirada de Jesús y María se cruzan. ¡Que tremendos debieron ser aquellos breves momentos de intensa turbación!
En este instante la Virgen muestra una extraordinaria fortaleza interior. Es la fortaleza de quien tiene una profunda vida de oración, una fe firme y una confianza ciega en la voluntad de Dios. Es la consecuencia del sublime «sí» que corona a María con el título de Madre de Dios.
¡Y cuánto amor de Madre! ¡Cuánto amor a pesar de tener quebrado el corazón! ¡La Virgen ama tanto, su amor es tan puro y entregado, que puede más que el temor al sufrimiento extremo que va a vivir! ¡Es el amor lo que le permite sobrellevar la profecía de Simón de que una espada le traspasará el corazón!
En ese cruce de miradas hay mucho amor y mucha interioridad. Mucha fortaleza para proseguir con la dureza tremenda del vía Crucis de Jesús. Lo que uno ha de entender que ese viacrucis es también el suyo. El de cada día. El que te permite comprender que con fortaleza interior, con mucha oración, con mucha vida de sacramentos, con mucha fe y mucha confianza en Dios, no tiene sentido temer al sufrimiento porque en la cuesta de la vida, del calvario cotidiano, uno puede cruzar su mirada con María, esa mirada serena, amorosa, tierna y reconfortante. Esa mirada de Madre del consuelo que todo lo entiende. María busca al sufriente con ahínco. Basta con tener el deseo ardiente de encontrarla. Si Dios nos la entrega como Madre es para alcanzar de Ella el consuelo y la esperanza.
María es el ejemplo del valor de la fortaleza interior. Si uno lo piensa bien… ¡Qué fácil es al lado de María cargar cada día con las cruces cotidianas!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, ayúdame a ser un cristiano coherente, consciente de mi limitaciones y mis pobrezas pero al mismo tiempo firme en mis convicciones y en mis esperanzas! ¡Ayúdame, María, a crecer interiormente para no hundirme ante las dificultades que se presentan en la vida! ¡Ayúdame a aprender de Ti, a orar con confianza, a tener la humildad para descubrir que sin Tu Hijo Jesucristo no seré capaz de cargar con mis cruces cotidianas! ¡Me basta una mirada tuya, María, para recibir el consuelo que tantas veces me falta! ¡María, Madre del amor y de la esperanza, cuando las pruebas se presenten en mi vida o el dolor haga mella en mi corazón, hazme ver que son oportunidades que me envía Jesús para demostrarle lo mucho que le amo, que le soy fiel como le fuiste Tu, que no huyo como no huiste Tu, que estoy predispuesto a la prueba como lo estuviste Tu! ¡Haz mi fe firme y esperanzada, consecuente y valiente, como lo fue la tuya! ¡Que la dureza de la vida, María, no me aparte de Jesús sino al contrario que me haga cada vez más fuerte interiormente, me fortaleza como persona y, sobre todo, como cristiano! ¡Y que esa fortaleza que te pido, y le pido también al Espíritu Santo, me haga más amable, más servicial, más bondadoso, más entregado, más humano y más sensible! ¡Jesús, te suplico con el corazón abierto que seas tu siempre mi fortaleza, que seas mi sustento y que con solo mirarte a Ti, como te miró Tu Madre, camino del Calvario, sepa de tu sublime amor!

 

Meine Seele erhebt den Herrn (Proclama mi alma, la grandeza del Señor), frase que la Virgen pronunció con todas sus consecuencia en la fidelidad a Jesús:

Unido al dolor de María

Hoy la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora de los Dolores. Es un día especial para unirse al dolor de María que permaneció fiel a los padecimientos de Cristo a los pies de la Cruz y vivió íntimamente con su Hijo los sufrimientos de Su Pasión.
¿Que puedo aprender hoy de la Virgen de los Dolores? Fundamentalmente a ser fuerte en la adversidad, valiente ante las contrariedades de la vida, perseverante ante las dificultades, entero ante los contratiempos, vigoroso para levantarme ante los sufrimientos que presenta la vida. María, Nuestra Señora de los Dolores, me enseña que a su lado nada debo temer porque el sufrimiento es parte innata de mi peregrinaje cristiano y todo sufrimiento, como el de Su Hijo Jesucristo, tiene siempre un sentido. A los pies de la Cruz, María me enseña que el dolor tiene valor de redención y de salvación, pues todo depende del sentido que sea capaz de darle. Dándole este sentido al lado de María, consoladora de los afligidos, creceré en virtud.
Nuestra Señora de los Dolores me enseña también que todo dolor lo puedo ofrecer siempre a Dios, para bien de las almas y mi propia santificación. Que todo dolor humano lo puedo unir íntimamente desde el corazón con el sacrificio que Jesús vivió en la Cruz.
Hoy, en este memorial, quiero unir el dolor de María al de su Hijo. Quiero unir ese dolor lleno de fe y de amor al de Jesús. Quiero unir su «Sí» al de «Sí» de Jesús, porque ambos «síes» son un «Sí» a Dios que puso la Cruz como el camino que nos lleva a la salvación.
¡María, Señora de los Dolores, ayúdame a caminar de tu mano cargando mi cruz cotidiana para seguir con fidelidad a Tu Hijo en el camino del sacrificio, la obediencia ciega a la voluntad de Dios y, sobre todo, del amor!

orar con el corazon abierto

¡María, tu sufriste el mayor dolor que puede vivir una Madre y tu sufrimiento te traspasó el corazón, que tu ejemplo sea para mí el espejo donde mirarme y aceptar con entereza las dificultades que se me presenten! ¡Quiero aprender de Tí, María, que en el momento de mayor dolor de tu vida, allí a los pies de la Cruz, no decayó ni tu fe, ni tu confianza ni tu amor y manifiestas la más impresionante manifestación de acoger en tu vida la voluntad de Dios! ¡Quiero aprender de Ti, María, que confiando y creyendo hiciste posible la mayor alegría de tu vida, recuperar en la grandeza de la Resurrección a Tu Hijo amado! ¡Anhelo aprender de Ti, María, que cada palabra pronunciada por tu Hijo en la Cruz aparte del dolor fue un acogimiento del amor, entregándote enteramente para corredimir al género humano! ¡Que esta entrega sea para mí un testimonio de amor y de servicio a los demás, incluso en los momentos de dolor y sufrimiento personal! ¡Tu me invitas, María, a tomar la cruz de cada día; a entender que la cruz me prepara enteramente para ser capaz de amar y que si no soy capaz de llevarla es que poco entiendo del gran proyecto de salvación que trajo tu Hijo Jesús! ¡Quiero seguir tu camino de amor fiel predispuesto a llegar al mayor dolor por ese gran amor! ¡Quiero aprender de Ti, María, que si no soy capaz de ser fiel en los momentos de mayor dolor en realidad es que no se amar! ¡Quiero serte siempre fiel a Ti y a Jesús en los momentos de mayor tribulación, de sufrimiento, de soledad, de tristeza, de abatimiento y de desolación; quiero ser fiel también a todos los que me rodean para demostrar que soy un verdadero discípulo de Cristo y un hijo fiel tuyo! ¡Ayúdame, María, en los momentos de mayor dolor a ser un imitador de entereza humana y espiritual!

Estaba la Madre Dolorosa, el bellísimo Stabat Mater de Marco Frisina:

¡Bendita sea la cruz!

Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. El valor que tiene la cruz es impresionante. No somos conscientes del gran bien que hace en el alma humana cuando uno se abraza a la cruz con decisión, confianza, esperanza, fervor y entusiasmo. Especialmente cuando lo que se abrazan son las cruces cotidianas. En este abrazo se produce la entrega más absoluta a la voluntad de Dios. Por eso, uno puede exclamar con fe firme: «Bendita la cruz que ilumina mi día a día». Bendita la cruz que es la antesala del cielo prometido. Bendita la cruz que es la cátedra del Amor. Bendita la cruz que nos une a la Pasión de Cristo. Bendita la cruz que es signo de esperanza. Bendita la cruz que resume el misterio de la salvación. Bendita la cruz que te acerca a Dios. Bendita la cruz que es signo de reconciliación. Bendita la cruz que te abre los ojos a la interioridad. Bendita la cruz que te indica el camino de la vida. Bendita la cruz que invita a la renuncia de uno mismo. Bendita la cruz que te compromete al seguimiento del estilo de vida de Jesús. Bendita la cruz que te coloca ante la Santísima Trinidad «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Bendita la cruz que te une a los que sufren, a los que lloran y son perseguidos. Bendita la cruz que es signo de victoria y de gloria. Bendita la cruz que te permite gloriarte en Cristo. Bendita la cruz que es un compromiso de mi vida cristiana. ¡Bendita la cruz, bendita la cruz! ¡Bendita seas cruz de amor, cruz de mi día a día!

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, acógeme con la Cruz de Cristo, acoge también a la humanidad entera y a tu Iglesia santa! ¡Acoge, Padre, a todos los que aceptan la cruz cotidiana, a los que la aman, a los que no la comprenden, a los que la rechazan, a los que no la aceptan, a los que tratan de derribarla, a los que la desprecian, a los que cargan con ella cada día! ¡Acoge, Padre, a cada persona en la Cruz de Tu Hijo! ¡Haz, Padre, que la Cruz de Jesús sea siempre un signo de amor y de acogida en un mundo que cada vez se aleja de Ti! ¡Gracias, Jesús, porque tu sacrificio por amor en la Cruz permitió comprar mi salvación; porque cada gota de sangre derramada en la cruz implicó comprar mi libertad para liberarme de la esclavitud del pecado, porque siento tu gran amor que es amor de muerte y muerte de Cruz! ¡Espíritu Santo, ayúdame a sobrellevar las cruces cotidianas con alegría! ¡Que el llevar mi cruz implique morir a mi yo! ¡Que mi cruz sea mi símbolo como cristiano, que lo sepa llevar con entereza y como ejemplo de que soy seguidor de Jesús! ¡Que la cruz sea mi principio y fin, que no me aflige si por la cruz me persiguen y me desprecien! ¡Que mi cruz sea el fuego del Espíritu que llene mi corazón y lo encienda con el amor a Cristo! ¡Que mis cruces cotidianas me hagan crecer en interioridad, en amor, en transformación espiritual! ¡Que el llevar mi cruz sea la manera de anunciar el Evangelio a los demás, sea la manera de poner mi vida al servicio de Dios, de mis prójimos y de la Iglesia; que se convierta en mi misión para la predicación de la Verdad! ¡Bendita seas cruz de amor, cruz de mi día a día!

Bendita la Cruz, que pagó mi redención; Bendita la sangre que lava mi ser y que justo me hace ante Él. Es la primera estrofa de esta canción tan adecuada para acompañar la meditación de hoy:

Y yo… ¿Para qué he venido a este mundo?

Y yo… ¿Para qué he venido a este mundo? Para amar y ser amado. Para entregarme por amor. Para vivir el amor, incluso, de manera heroica. He venido a este mundo a repartir amor a espuertas. Pero no un amor como entiende la sociedad —o como lo entiendo yo muchas veces— egoísta, auto complaciente, falto a la caridad; o como esos amores más cercanos a las pasiones desenfrenadas. Ese amor que crea una apariencia de felicidad en realidad amarga, llena de desilusión y desesperanza y que, en realidad, invita a la amargura a asentarse en el corazón.
El amor al que como cristiano estoy verdaderamente llamado y por el que he venido al mundo es el del amor excelso a Dios. Al Dios que es Amor. Al Dios que obsequia con la gracia del amor para que uno lo ame con una entrega absoluta.
¡Pero qué difícil es amar cuando el corazón no es puro, está lleno de resentimientos, amarguras, egoísmos y soberbia! ¡Qué difícil es amar a los demás, y sobre todo a los que te han hecho daño, cuando no se es capaz de comprender que también a ellos Dios los ama con locura! ¡Si Dios ha entregado su propia vida por cada uno en la Cruz… ¿cómo no es posible amarlos como los amó Él? ¡Si Cristo murió con los brazos abiertos acogiendo a la humanidad entera, incluso a aquellos que le habían condenado, flagelado y crucificado… ¿como no soy yo capaz de amar a los que me han hecho daño?
Tal vez porque el amor de Dios no invade mi corazón porque le cierro las puertas continuamente. Así comprendes que si te pierdes el amor de Dios pierdes también la garantía del cielo que es la dimensión divina del amor pues allí arriba Dios se entrega por completo dándose en su integridad. ¡Qué tristeza sería perder el cielo por falta de amor!
Vivir a Dios en el corazón es entregarse a Él, servirle dándose a los demás, poseerlo en su intensidad. Son las razones por las que he venido a este mundo: para amar como Dios ama. Dándose como Dios se ha entregado. Viviendo como Él mismo vivió. Muriendo cada día cargando la propia cruz por mero amor.
¿Para qué he venido a este mundo? Para amar y ser amado. ¡Muéstrame, Espíritu Santo, a amar como ama Dios!

orar con el corazon abierto

¡Enséñamelo, Espíritu Santo, porque he sido creado por amor y para amar! ¡Me pongo en tus manos, Espíritu divino, para guíes mis pasos, para que ilumines cada uno de mis actos, para que me sometas a tu voluntad! ¡Enséñame, Espíritu divino, a recorrer los caminos de Dios pues no quiero vivir alejado del amor! ¡Ven a mí, Espíritu consolador, para transformar mi corazón y hacerlo abierto al amor! ¡Espíritu de amor, soy consciente de las veces que caigo y que me alejo de Dios, ayúdame a levantarme cada vez, a sanar mi corazón y transformarme por completo! ¡Pero sobre todo, Espíritu del Dios bueno, enséñame a amar como solo Dios sabe hacer! ¡Te abro mi corazón, Espíritu del Dios vivo, para que tu presencia que todo lo purifica y lo renueva derrame enormes gracias y bendiciones! ¡Ayúdame a acogerlas con alegría y ser capaz de amar! ¡Espíritu Santo, Tú que guías con inteligencia confío plenamente en tu amor, que es el amor de Dios! ¡Dame pureza de corazón y generosidad para amar incluso a aquellos que me han hecho mal!

Esto que soy, esto te doy: