¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

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¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

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El modelo del «Sí»

Día de gran felicidad en el que celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María. María, que fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, no experimentó la corrupción de la muerte en la noche de su vida. Con cuerpo y alma ascendió María al encuentro del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la gloria del Cielo.
Con la gracia especial que Dios le dio, la vida de la Virgen María fue un completo y total «Sí» al Señor. María le entregó todo a Dios con su respuesta al ángel Gabriel en el día de la Anunciación con su «Hágase en mí según tu palabra».
El «Sí» de María es un «Sí» repleto de fe. Ella tiene fe en el cumplimiento de la promesa de Dios porque está atenta a «las cosas de arriba». El «Sí» de María es, a su vez, un «Sí» lleno de esperanza y de amor. No es un «Sí» arrogante sino una adhesión incondicional a la Palabra de Dios. Esa Palabra que nunca dejó de meditar y de guardar en su corazón. Y este «Sí» de María le permitirá dar a luz a luz Palabra, a la Palabra de Dios, al mismo Jesús.
El «Sí» de María es un regalo total de sí misma a Dios. Es el modelo del «Sí» que los hombres nos damos en el matrimonio, que ofrecemos a Dios cuando seguimos su voluntad, que damos a Dios cuando santificamos nuestro trabajo, cuando servimos a los demás, que enriquecemos a la humanidad con el regalo de la vida que brota de esta unión. Es el modelo del «Sí» que pronunciamos cuando consagramos nuestra vida a Dios con los votos de la obediencia, el servicio, la generosidad, la caridad, la misericordia. Cuando lo hacemos todos por la Gloria de Dios. Es el modelo del «Sí» que cada sacerdote pronuncia el día de su ordenación para que la gracia de Dios continúe descendiendo en nuestro mundo a través de los sacramentos, especialmente el de la misericordia de Dios y la Eucaristía.
El «Sí» de María nos lleva al don total de nosotros mismos a Dios. El «Sí» de María, y todo el Evangelio que proviene de él, viene a decirnos nuevamente que la fidelidad a este don del yo es la realización de la promesa de Dios. Él es el «Sí» de la esperanza, de la confianza, de la alegría.
Y, ¿como afecta a mi vida la Asunción de María? De manera hermosa imitando el «Sí» de María comprendo que Dios quiere hacer un espacio en mi corazón. Que Dios desea habitar en el interior de mi corazón, ocupar la morada de mi interior. Y, como en María, esta presencia de Dios se realiza en la fe; en la fe abro de par en par las puertas de nuestro ser para invitar a Dios entrar en mi y se convierta en la fuerza que me da la vida, la esperanza y el auténtico camino de mi ser. Abrir el corazón como hizo María y exclamar cada día: «Hágase en mí según tu Palabra».
En este día de la Asunción puedo estar más unido a María, que es guía y camino de la esperanza del pueblo de Dios y acudir a Ella para que me ayude a decir «Sí» al Señor, a amar más la Palabra y a caminar por las sendas de la felicidad que Dios abre ante mi con la llamado a la santidad en lo cotidiano de la vida.

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¡María, quiero aprender de tu «Sí»! ¡De tu mano no quiero alejarme nunca de Dios, sino al contrario, hacer que Dios esté cada día más presente en mi vida! ¡Como ocurrió contigo quiero tener en mi corazón todo el esplendor de la dignidad divina! ¡Como ocurrió contigo quiero que Dios sea grande en mi vida! ¡Te pido, María, que me ayudes a amar la Palabra de Dios, hacerla vida en mi vida, a pensar en clave divina, a trabajar por la sociedad pensando en Dios como hiciste tu desde tu «Sí» al Padre! ¡En este día que fuiste elevada en cuerpo y alma a la gloria eterna quiero unirme más a Ti, María, para estar más cerca de Dios y en Dios! ¡Para que en la cercanía que tienes con el Padre pueda sentir yo también la cercanía de Dios en mi vida! ¡Tu conoces mi corazón, Madre, tu escuchas mis oraciones, tu atiendes mis súplicas, ayúdame a vivir conforme a la Palabra! ¡Quiero hacer de tu «Sí» mi «Sí» al Padre, quiero participar de tu bondad, de tu sencillez, de tu amor, de tu generosidad! ¡Y a ti, Padre, quiero darte gracias por el don de María que me guía en el camino de la vida, que me enseña a orar, a amar, a servir, a perdonar, a trabajar por los demás!

Un hermoso canto a María para el día de la Asunción:

Ser del mundo pero sin ser del mundo

Hoy, vigilia de la Asunción de María, se celebra a la festividad de un gran santo mariano, San Maximiliano Kolbe, sacerdote de la orden de los frailes menores conventuales, que murió mártir un día como hoy de 1941 en el campo de concentración nazi de Auschwitz al ofrecer su vida a cambio de la de Franciszek Gajowniczek, padre de familia condenado a muerte.
San Maximiliano había fundado en 1917 la Milicia de la Inmaculada, a la que se consagró para luchar con todos los medios por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo.
Siento un gran afecto por este santo contemporáneo. Maximiliano Kolbe nos presenta tres buenas maneras de luchar contra el totalitarismo que con letal fuerza se esparce sobre nuestra sociedades: la fortaleza de la oración y, de manera especial, la oración mariana; la intransigencia ante cualquier sistema de dictadura —sobre todo la moral que con tanta virulencia lo destruye todo— y, finalmente, el regalo de uno mismo hasta las últimas consecuencias.
¿Qué elementos de la vida de san Maximiliano me pueden ayudar a vivir en los tiempos que vivimos? Luchar denodadamente contra la oscuridad y la tentación de la desesperación por un don gozoso de darse uno mismo, renovar cada mañana el compromiso con el Señor en la oración, evitar el riesgo de convertirse en un fariseos en un mundo que necesita testimonios cristianos auténticos, saber darse a otros con nuestra propia vida, con nuestro tiempo, con nuestra palabra, con nuestra sonrisa, con nuestra compañía, con nuestra ayuda, con nuestras facultades…
Pero también no dejarse invadir por las ideologías de moda imperantes que, de manera perniciosa, fomentadas desde los diferentes medios de comunicación, se inoculan en nuestro interior y tratan de destrozar nuestras creencias y valores y nos ofrecen vivir como el resto del mundo. Maximiliano Kolbe te enseñan a ser del mundo pero real, auténtico y decidido y no de cartón piedra como desean los promotores del pensamiento único!. Ser con orgullo y honra, simplemente católicos en el mundo sin dejarse vencer por las modas del mundo.
Y, finalmente, fortalecer cada día la confianza en la Virgen María. Escribió san Maximiliano: «Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre amorosa a la que Dios ha querido confiar a toda la Orden de la Merced, aquí en los pies; yo pobre pecador, te ruego, aceptes todo mi ser como tu bien y tu propiedad, que se haga en mí según tu voluntad en mi alma y en mi cuerpo, en mi vida, en mi muerte y en mi eternidad». Pues con tantas limitaciones personales, que así sea también en mi vida.

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Y que mejor oración hoy que la Consagración a la Inmaculada compuesta por este santo polaco:

Oh Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosa,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo… pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser,
sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
“Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:
“Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”.
Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir
y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes,
y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos”.
Ayúdame a alabarte, oh Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos.

¿Cómo se puede endurecer mi corazón?

¿Sería necesario producir tantas leyes si los hombres fuésemos honestos, respetuosos, fieles a nuestros compromisos, defensores del bien común y la justicia, si todos viviésemos animados por la verdadera caridad?
La ley regula y arbitra los actos que el hombre ya no puede decidir por amor fundamentalmente porque el hombre tiene un corazón que tiende a endurecerse. La ley escrita reemplaza la ley del corazón que Dios, desde el principio, inscribió en las profundidades del hombre.
Los hombres y las mujeres estamos llamados ante todo a vivir la comunión en el amor. La respuesta de Jesús a cualquier pregunta es acerca de la relación del hombre con el mandamiento del amor. El problema no es la ley, es el endurecimiento del corazón del hombre.
Los creyentes solemos endurecer el corazón inocentemente; todo aquello que carece de valor espiritual centra nuestro interés. Cuando nuestra perspectiva se desvía de Dios inmediatamente las preocupación mundanas ocupan nuestro tiempo. Las distracciones pueden consumirnos tanto que, incluso, acabamos dejando de lado aquellos aspectos que son relevantes para el Señor: la oración, la Eucaristía, el perdón, el servicio, la caridad…
Cuando mi vida espiritual se marchita mi corazón deja de palpitar sin la presencia de Dios, engaña mis prioridades y me aparta de Él. Cuando mi mente centra su atención en lo irrelevante de la vida mi corazón se aleja de Dios y se deja influenciar por los engaños que conlleva el pecado. Mi corazón crea una coraza exterior que impide al Espíritu Santo actuar hasta desatender mi vida espiritual.
¿Cómo se puede endurecer mi corazón? Centrándome en mi yo, desatendiendo mis obligaciones familiares, a mis hijos, a mi cónyuge, mi relación con Dios, no amando la verdad y poniendo excusas, sosteniéndome en la mentira, amando más al mundo que Dios, aferrándome a las adicciones de cualquier tipo, acogiendo en mi vida el orgullo y la soberbia, juzgando sin compasión, brindando al diablo la posibilidad de inocular la tibia en el corazón, haciendo crecer la amargura en mi interior, mostrándome frío e indiferente ante el sufrimiento de los demás, comportándome desafiante o rebelde, siendo alguien incapaz de perdonar…
Cuando endurezco mi corazón me endurezco también en mi relación con Dios, que es quien permite lo que me sucede en la vida. Y, así, le digo que se aleje de mi pues prefiero alimentar mis sentimientos negativos y aferrarme al pecado. Meditando todo esto: ¿Me compensa decirle que no a Dios?

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¡Señor, concédeme la gracia de abrir mi corazón y hacerlo sensible a la vida, a las relaciones con los demás, al encuentro contigo! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que sepa negarme a mi mismo y vivir la virtud del amor! ¡Imprime, Señor, en mi corazón y en mi mente tus Palabras de amor, de caridad, de servicio, de humildad, de generosidad… y enséñame a caminar en tu presencia, ayúdame a orar más para conocerte de manera más íntima y personal! ¡Ayúdame, Señor, a ser sensible y dócil a la gracia! ¡Necesito un corazón como el tuyo, sensible al sufrimiento ajeno! ¡Pon tu corazón mi corazón, Señor, para ser auténtico en mi vida cristiana! ¡Ayúdame, Señor, a comprender la grandeza de tu bondad y las grandes cosas que haces conmigo! ¡Ayúdame a ser siempre sensible y dócil a la gracia!

Grabar en el corazón los mandamientos de Dios

Esta mañana antes de comenzar mi oración he leído pausadamente los mandamientos, los principios que Dios nos ha dado y nos enseñan cómo vivir mejor en el presente y cómo agradarle por la eternidad. La palabra mandamiento carece en la actualidad de mala prensa porque es sinónimo de restricción de las libertades individuales y como sumisión del ser humano al libre albedrío. De esto se acusa habitualmente a la religión: de confiscar la libertad del individuo por la implementación de unas reglas morales y unos intereses espirituales de un hipotético más allá.
Pero la Biblia, al transmitir los mandamientos de Dios, dejó grabado el verdadero propósito de Dios: permitir que el hombre viva feliz junto a Él y sus hermanos. Moisés enfatiza que poniendo en práctica los mandamientos el hombre puede vivir y llenar su corazón de inteligencia y sabiduría.
La palabra que proviene de Dios es un verdadero regalo, una palabra auténtica, revelación pura, promesa y camino de salvación; también es una guía para comportarse adecuadamente en la vida diaria.
Dios nos los regaló para revelar su camino de vida, el camino del amor. Y estos Diez Mandamientos nos enseñan a practicar el amor en cada uno de los aspectos de nuestra vida.
Me pregunto: ¿En qué medida me aplico de verdad el amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo? ¿Soy consciente de que los Diez Mandamientos amplifican el verdadero significado de estos dos valores y que los cuatro primeros mandamientos dejan constancia de cómo Dios quiere que lo amemos y los seis restantes me muestran cómo amar a los demás? ¿Soy consciente de que obedecer los Diez Mandamientos es un requisito esencial para obtener la vida eterna?
Mi propósito de hoy es sentir en mi corazón los mandamientos de Dios, no verlos como unas leyes escritas meramente en una tabla de piedra sino verlos grabados en lo más profundo de mi alma y de mi corazón para recordarlos con asiduidad y obedecerlos siempre.

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¡Señor dame la claridad, la humildad, la fortaleza y la perseverancia para crecer en mi vida espiritual y seguir tus diez santos preceptos con el fin acercarme más a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque eres puro amor y todo lo que existe lo amas con un amor infinito! ¡Te doy gracias porque el primer requisito de tu amor es la libertad que me otorgas para seguir tu voluntad! ¡Señor, por medio de tus Diez Mandamientos quiero amarte más a Ti y a los demás! ¡Por medio del cumplimiento de tus preceptos quiero ser más feliz! ¡Concédeme la gracia por medio de tu Santo Espíritu a expresar mi amor a los demás porque quiero ser feliz! ¡Concédeme la gracia de salvar mi cuerpo y mi ama con el cumplimiento de tus mandamientos viviéndolos con mucho amor! ¡Señor, quiero decirte que amo profundamente tus mandamientos y deseo que me los grabes a fuego en mi corazón para vivirlos con alegría, generosidad y humildad, para amarte, servirte y glorificarte!  

Llevar a Jesús y a María en el corazón

Segundo sábado de mayo con María, la Madre que todo lo meditaba en lo más profundo de su ser, en el corazón. Este día coincide con la fiesta de santa Clara a la que tan unido me siento espiritualmente por su unión a san Francisco de Asís, uno de mis padres espirituales del que se puede encontrar su oración en esta página.
Santa Clara amó profundamente a la Virgen. La imitó en la práctica de la pobreza, en la contemplación de los misterios de Cristo, en su unión con Dios y en su vida de humildad.
Santa Clara, como la Virgen María, amó profundamente a Cristo, el Esposo divino, y exhortó a todos a tener una profunda devoción a María, a unirse decididamente a ella por ser la Madre del Verbo encarnado.
Santa Clara amaba a María y la adoraba por haber llevado en su seno virginal al Cristo vivo; así quiso también ella llevar de manera espiritual en su cuerpo virgen a Jesús.
Santa Clara anima todavía hoy al seguimiento de Cristo y al amor a María. Lo hace con la alegría del cristiano incluso aceptando con entrega la pobreza más absoluta. La alegría de Clara es la plena identificación con aquel Jesús del Evangelio, pobre, sencillo, humilde y servidor de los hombres. Clara penetró en el mensaje evangélico como lo hizo María abriendo su corazón a la Palabra, atenta siempre a los mensajes de Jesús, abierta a la fe y a la esperanza y, sobre todo, viviendo su vida con la sencillez de la alegría evangélica.
¿Qué puedo aprender de una santa a la que se asocia a la vida de clausura cuando vivimos en un mundo tecnificado, materialista, radicalizado, asexuado y cada vez más descristianizado? Clara me enseña a ser fiel a mi vocación, a ser auténtico en mi vida cristiana, a centrarme en los fundamental y esencial de mi vida, a vivir desde la fe, desde el valor de la Palabra, desde la escucha al Padre abandonando las falsas ideologías y las tendencias modales.
Me enseña a iluminar mi vida reconociendo y agradeciendo a Dios todo lo bueno que ha hecho en mi vida. A seguir el camino de Cristo pobre y crucificado y ponerlo como espejo de mi vida. A vivir unido a la Palabra del Evangelio que trasciende las épocas y las modas, y saber aplicarla a las circunstancias personales que me toca vivir. Comprender mi vocación desde la escucha y saber obedecer a través de ella la voluntad de Dios. Aprender a poner toda mi inteligencia, mi memoria, mis sentimientos, mis esperanzas, mis anhelos y mi voluntad para mi crecimiento personal. Y, también, a aprender a vivir desde la gratuidad.
Pero santa Clara me enseña a amar a María, a llevarla siempre en el corazón, y que el amor a María te lleva directamente al amor a Jesús.

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¡Gloriosa Santa Clara de Asís, quisiera aprender de ti tu humilde y amorosa entrega al Señor! ¡Por la fe inquebrantable que te llevó a utilizar las cosas terrenas para buscar las del cielo, por esa esperanza firme con que supiste vencer todas las dificultades que se oponían a tu camino de santidad, por esa caridad pura y ardiente que ejemplificó tu vida, con humilde confianza te suplico que intercedas ante Dios por mis necesidades! ¡Te suplico por la paz y tranquilidad de la Iglesia, para que se conserve siempre en la unidad de fe, de santidad, de costumbres, que la hacen incontrastable a las esfuerzos de sus enemigos! ¡Y cómo tu, Santa Clara, quiero mirarme en el espejo de la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo, y observar en Él mi rostro! ¡Que sea capaz de amar de verdad porque el amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre! ¡Que aprenda como tu a sufrir con Cristo, para reinar con él; llorar con él para gozar con él; morir con Él en la cruz de la tribulación, para poseer las moradas eternas en el esplendor de los santos! ¡Poner cada día mi alma ante el espejo de Cristo y escrutar continuamente mi rostro en él para poder adornarme de todas sus virtudes!

Corazón ardiente

Corazones ardientes. Como el de Cristo, llagado, crucificado y rebosante del amor por el prójimo. Mi vida cristiana, de testimonio de fe, necesita tener un corazón ardiente. No es un mero eslogan. Es una necesidad real.
Un corazón ardiente es un corazón ferviente. Es un corazón que arde por el amor de Dios y de los demás, fortalecido por una fe viva y radiante, que te llama y te hace desear. Es un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo.
La falta de fervor y la costumbre siempre buscan el amor para destruirlo. En un cristiano la falta de fervor es aún más grave porque es algo que surge de los más profundo del ser. Por eso nuestras sociedades se van descristianizando a causa de las crisis de fe y de la piedad.
En un día como hoy le quiero pedir al Señor que me otorgue la gracia para no vacilar cuando el Espíritu me pide que demos un paso adelante; quiero pedirle la valentía y el coraje para ser testigo del Evangelio y a anunciarlo a los demás. Que me ayude, por medio del Espíritu Santo, a ver la realidad del mundo desde la perspectiva de Jesús resucitado.

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¡Señor, te pido un corazón ardiente que se llene del fuego de tu amor y de la chispa del Espíritu Santo! ¡Te pido, Señor, que alejes de mi la tibieza para fortalecer mi fe! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar abierto siempre a la gracia de Espíritu Santo para ser testigo de tu Palabra! ¡Te pido que si tengo dudas, o estoy pasando una prueba o me siento desanimado avivas mi fe y mi esperanza! ¡Te pido, Señor, envíes al Espíritu Santo sobre mi para reavive las brasas de mi alegría interior! ¡Señor, te encomiendo mi corazón, hazlo cada vez más ardiente de amor por Ti! ero ¡Cuánto frío, Señor, hay en este mundo! ¡Cuántos corazones están helados por la autosuficiencia, la envidia, el rencor, la incapacidad de perdonar, la tristeza, el egoísmo…! ¡No permitas que mi corazón sea así, Señor, por eso te pido que vengas a mi para encender con tu infinita misericordia mi pobre corazón! ¡Toca la puerta de mi alma, Señor, para dejarte entrar y permitir que mi alma antes oscura y fría se ilumine con la Luz de tu misericordia y arda con el fuego de su amor!

Le cantamos al Espíritu Santo que sople en nosotros:

Piedra viva de la Iglesia

Hace diez años bauticé al pequeño de mis hijos en una iglesia del siglo IX y restaurada en el siglo X. Es la iglesia más antigua de mi ciudad. Ayer la visité con mi hijo para enseñarle el lugar donde entró, por primera vez, en la Iglesia de Cristo.
Nos quedamos un momento disfrutando del entorno, de su pequeño claustro del siglo XIII, de su entrada con arcos de tres lóbulos con capiteles de temáticas bíblicas, con su nave de cruz griega con tres hermosos ábsides y bóveda de cañón y un tímpano con una imagen de Cristo rodeado de san Pedro y san Pablo.
Me emocioné. Por el hecho de compartir con mi hijo aquel día pero también por lo que representa este templo. No por las piedras que conforman este edificio sino porque a lo largo de los siglos ha acogido a una comunidad de creyentes, todos ellos discípulos de Jesús, para quienes en diferentes circunstancias y motivos, han considerado este lugar sacro el espacio para celebrar su fe. Dí gracias a Dios por todos aquellos que han convertido esta iglesia en un lugar de vida, testigos de una comunidad feliz celebrando a Jesucristo, como el día que bauticé al menor de mis hijos.
Pero este edificio de piedra, como todos los templos, basílicas, ermitas o capillas, nos recuerdan algo fundamental de la fe cristiana: Dios se hizo hombre en Jesucristo. Dios vino a vivir en el corazón de nuestra humanidad. En Jesucristo, vivió plenamente nuestra vida humana: desde sus alegrías, sus penas, sus pruebas hasta la muerte y la muerte en la Cruz. Esta iglesia, como todas las iglesias del mundo, son la casa de Dios asentada en la cotidineidad de la vida. Es una señal de que Dios, incluso hoy, permanece entre nosotros. Nos invita a dejar un lugar para lo trascendente en el corazón de nuestras propias vidas. Y, así, surge una pregunta que requiere profundizar en la oración: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida diaria? ¿Cómo dejo que Dios viva mi vida?
Esta iglesia, como todas las iglesias, es el lugar donde los bautizados se reúnen para celebrar a Jesucristo que murió y resucitó por nosotros. La iglesia es el lugar donde hombres y mujeres buscan a Dios en la oración y en la acción de gracias. Es en la iglesia donde el pueblo de Dios se reúne para celebrar los grandes momentos de su vida de fe: el bautismo, el matrimonio, la ordenación sacerdotal, el funeral y, por supuesto, el que reúne al menos cada domingo a la comunidad: la Eucaristía.
Cada piedra de este edificio me recuerda que soy —somos— una piedra viva de la Iglesia, pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Cada uno de nosotros es importante y su misión, su lugar para que la Iglesia, el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu sea la casa donde cada persona que se acerca a su puerta se sienta acogida. Cuando las piedras se separan, caen y el edificio se convierte en una ruina. Lo mismo ocurre con nuestra vida de fe: miembros del mismo cuerpo, juntos debemos anunciar y vivir nuestro apego a Cristo, en solidaridad con los demás, trabajando juntos para vivir la vida del Evangelio.
Lo hermoso es pensar por qué se construyó esta iglesia: con el fin de crear una obra maestra que dé gloria a Dios.

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¡Gracias, Señor, por tu Iglesia santa! ¡Gracias, Señor, porque me has permitido formar parte de tu familia: la Iglesia católica! ¡Gracias, Señor, porque nos llenas con tu luz, por tu luz lo cubres todo con tu amor y con tu misericordia, porque nos bendices a todos los que a lo que a lo largo y ancho del mundo profesamos la fe cristiana! ¡Haznos, Señor, dignos de ti, haznos verdaderos discípulos tuyos, haznos seguidores de tu Verdad y de tu Palabra! ¡Hazme, auténtico hijo tuyo, enfrentándome con valor a todo lo que se opone a tus enseñanzas! ¡Protege siempre, Señor, al Santo Padre, escogido por Ti por medio del Espíritu Santo, como sucesor de Pedro, por todos los obispos y fieles de tu iglesia, para que cumplan con la misión que nos has confiado de transmitir la fe al mundo! ¡Mira, Señor, a todos los cristianos del mundo, concédenos la fuerza necesaria para llevar a cabo la tarea que tu nos encomendaste: ser la luz para el mundo, la luz que ilumina, sal que da sabor, levadura que fermenta y perla que ensalza el terreno! ¡Haznos testimonios de tu verdad, unidos en paz, armonía y amor en el deseo de llevar tu Luz a los corazones de los que se crucen en nuestro camino, unidos en la búsqueda de la justicia que la vida de todos los seres humanos esté regida por la dignidad de hijos tuyos, para que la paz y la concordia reine entre nosotros, para que nada se oponga a tu proyecto de amor! ¡Gracias por la fuerza de tu Espíritu que, a lo largo de los siglos, nos lleva y nos guía hacia Ti!

Hoy celebramos la fiesta de una de las copatronas de Europa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), piedra viva de la Iglesia, una extraordinaria mujer que llevó su búsqueda constante de la verdad hasta las últimas consecuencias de su vida convencida que detrás de ella podía encontrar a Dios. Judía conversa, murió en el campo de concentración de Birkenau. Sus libros han sido para mí una escuela de oración pero me quedo con una frase suya que me ha ayudado en mi caminar como cristiano: «estamos en el mundo para servir a la humanidad». Propongo el rezo de esta oración, dirigida a ella para alcanzar la verdad:

Señor, Dios de nuestros padres,
Tú condujiste a Santa Edith Stein
a la plenitud de la ciencia de la Cruz
al momento de su martirio.
Llénanos con el mismo conocimiento;
y, por su intercesión,
permítenos siempre seguir en búsqueda de ti, que eres la suprema Verdad,
y permanecer fieles hasta la muerte
a la alianza de amor ratificada por la sangre de tu Hijo
por la salvación de todos los hombres y mujeres.
Te lo pedimos por nuestro Señor,
¡Amén!

El auxilio me viene del Señor:

¿Qué me implica aceptar al Señor como mi Salvador?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

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¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección! ¡Señor, tu eres mi Salvador, no permitas que ve a mi vida cristiana con el asistir a la iglesia, con la vida sacramental, con el no cometer pecado sino además en tener una relación personal contigo, en poner mi fe y mi confianza personalmente en Ti! ¡Ayúdame a confiar en Tu muerte como pago por mis pecados y en Tu Resurrección como garantía de la vida eterna!

Señor, Jesús, mi Salvador, cantamos hoy:

Un faro, un puerto y un capitán

Me invitaron junto a mi familia unos amigos el domingo pasado a disfrutar de un día de navegación en su barco de vela. Fue una jornada agradable para apaciguar los calores del verano pues, en España, aprieta la canícula. Junto a los acantilados de la costa, con un mar transparente y claro, entre baño y baño, llegamos hasta un faro que dominaba el lugar desde lo alto de un acantilado. Durante la travesía tuve ocasión de dar gracias a Dios por este mar, que además de ser hermoso de contemplar, es para muchos, fuente de vida: a algunos les ofrece el trabajo cotidiano, para otros representa un lugar de descanso y vacaciones. Dar gracias a Dios por la belleza de la creación es seguir la invitación de San Pablo a los Efesios cuando recuerda que es necesario siempre y por cualquier motivo, dar gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
El apóstol, pensaba, nos invita a mantener el rumbo, a sostener el timón. Y no siempre resulta sencillo. ¿Con qué frecuencia nos dejamos llevar por las corrientes de la vida que nos llevan a la deriva con el grave riesgo de estrellarnos contra las rocas agrestes de los acantilados o embarrancar en un banco de arena? ¿Cuantas veces es difícil mantener el timón de nuestra vida porque no balanceamos en la tormenta deseando encontrar refugio en la seguridad de un puerto aunque la fuerza de las olas dan la impresión que nuestra vida zozobra?
En la vida es necesario tener un faro que guíe nuestra ruta, que nos indique el camino a seguir para atracar en puerto seguro, un lugar donde descansar, recuperar fuerzas y mantener el barco. Pero es también tranquilizador contar con un capitán que sepa cómo alentar y apoyar a su tripulación y dirigir la travesía.
Este puerto, este faro y este capitán están muy estrechamente unidos a la Santísima Trinidad. ¡El capitán es el Espíritu Santo! Para obtener la presencia de Dios en nuestras vidas, el Espíritu Santo es quien nos indica del puerto al que nos dirigimos pero también los caminos que encontraremos en la travesía. Es a Él quien nos pemite toma el timón de nuestras vidas en silencio y oración. En la tormenta, la oscuridad o la niebla ¡que conveniente resulta escuchar sus buenos consejos!
¡El faro es el mismo Jesús! Él es la luz que guía nuestro viaje con su Palabra. Sus enseñanzas son un faro seguro para mantenerse en curso. Luz poderosa que cruza la noche de nuestras vidas para proporcionarnos una dirección confiable para avanzar hacia el puerto.
Y el puerto es el Padre, origen de todo, hacia el que avanzamos y del que partimos. En Él encontramos el acomodo donde descansar y tomar fuerzas. Es a Él a quien seremos felices de ver en la tarde de nuestro viaje en esta tierra. Es Él, por su Hijo Jesús, quien nos ofrece todos estos sacramentos que nos permiten sostener el mar de nuestras vidas. ¡y avanzar sin perdernos en medio de mares desenfrenados y vientos devoradores!
Con un trío así se puede uno embarcar con confianza.

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¡Mi corazón busca el sentido de la vida y necesita de alguien que lo guíe! ¡Ven, Espíritu Santo, y guíame en el camino a seguir! ¡Mi corazón te busca a Ti, Señor, y tiene sed, hambre y ansias de Ti, conviértete en la luz que ilumina mi caminar! ¡Quiero seguirte porque Tu dices que el que te sigue no andará en tinieblas sino que recibirá la luz de la vida! ¡Padre, mi corazón busca en Ti a Alguien que llene su existencia, conviértete en el puerto de mi seguridad personal! ¡En las travesías de la vida me he perdido por no dejarme conducir por tu Espíritu, Padre, por no seguir la luz de Jesús y no ir en busca del puerto seguro! ¡Mi pecado, mi autosuficiencia, mí orgullo, mi egoísmo y mis desórdenes me desvían de la ruta a seguir! ¡Dame, Padre, un corazón humilde dócil a la guía del Espíritu Santo y sensible para ver la luz que surge de Jesús! ¡Dios de mi vida: anhelo tu vida, quiero tu vida; llena mi vida; concédeme la gracia de recibir los dones del Espíritu y la luz de Cristo para que iluminen todos mis caminos y no desviarme la travesía que me lleva hacia Ti!

Jesús se mi faro: