El alivio de la Cruz

Hay días que necesitas el suave roce de la caricia del Señor. Que deje la impronta de su amor en lo más profundo de tu corazón herido. Que golpee con sus dedos los miedos e inseguridades que me embargan y los aparte de mi.
Anhelo fervientemente que mis manos se unan a las suyas y sentir la profunda ternura que siente por mi, frágil e inconsistente como soy. Hay días que pesa la mochila de la vida, el crujir de los dientes por las incomodidades del día a día, las gotas finísimas de sufrimiento que empapan el alma de desasosiego.
Sentado en oración ante el Sagrario, observo la enorme Cruz que preside el altar. Y miro las manos heridas y ensangrentadas del Señor. Esas mismas manos que elevaron la Hostia en la Última Cena, que impusieron sus manos sobre enfermos, que levantó a enfermos y lisiados, que abrazó a niños, mujeres y ancianos, que bendijo multitudes… Esas manos amables, generosas, abiertas a la paz, impregnadas de humildad, sencillez y amor son las que necesito sentir en días como este. Son manos que no dirigen el dedo acusador, que no juzgan, que no golpean, que no lanzan piedras. Son manos que me levantan a pesar de mi condición de pecador y que me bendicen a pesar de mi miseria y mi pequeñez.
Me fijo en las manos de ese crucifijo y doy gracias a Dios porque esas manos abiertas me han redimido del pecado, me abren a la esperanza y a la confianza y me permiten entregar toda mi necesidad. Pero esas manos, me llevan a mirar el rostro de Cristo. Desde la Cruz, pese a los ojos cerrados, el Señor me mira. Me mira con amor y con misericordia. Con compasión y con amabilidad. Es una mirada llena de bondad y de perdón. Es una mirada de sanación y de transformación interior.
Entonces comprendo que nada tengo que temer. Que en aquella Cruz está la Verdad de mi vida, la esencia de mi espiritualidad. Que siendo imperfecto como soy el Señor me quiere mostrar que me ama con amor eterno. ¡Gracias, Señor, porque tu Cruz es el alivio de mi corazón!

Jesus on the Cross with Heavenly Sky Above

¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por la salud, por tu amor, por el trabajo, por los alimentos, por las cosas buenas que me suceden, por los amigos, por mis compañeros de comunidad, por la bendición de cada día! ¡Bendice, Señor, a todos cuantos me rodean porque ellos también necesitan de tu amor y de tu misericordia! Señor, que en la contemplación de la Cruz nada me haga temer; pongo en tus manos mis ilusiones, mis sufrimientos, mis anhelos, mis problemas y mis necesidades que conoces de sobras y que sabes que es mejor para mí! ¡Señor, hágase tu voluntad en mi! ¡Señor, cuando me las fuerzas me debiliten, fortaléceme! ¡Cuando las dudas me embarguen, aumenta mi fe! ¡Cuando la tristeza me envuelva, llena de tu consuelo sanador! ¡Cuando no esté al altura y te falle, envíame tu perdón! ¡Cuando la impaciencia me embargue, seréname! ¡Cuando me equivoque, indícame el camino a seguir! ¡Cuanto te llame, escúchame! ¡Y, sobre todo, cuando te busque, que el Espíritu Santo me llene con tu presencia y me haga sentir tu amor!

Levanto mis manos, cantamos hoy:

Vivir de apariencias

En la sociedad actual vivimos de apariencias, «son ¿necesarias?» en las relaciones sociales, profesionales, etc. En esta circunstancia, la humildad camina a nuestro lado como un viajero desconocido. Al olvidarnos de ella nos convierte en seres anónimos, incluso entre aquellos que nos resultan más próximos. Sin embargo, cuando la humildad se ejerce se convierte en un espacio de encuentro con otras personas, fundamentalmente con los que más queremos.
En este entramado de apariencias juzgamos a los demás por lo exterior y no nos resulta sencillo reconocer lo valioso que atesoran. Cegados por esos defectos enemigos de la humildad —vanidad, orgullo, soberbia…— nos resulta complicado conocernos a nosotros mismos y conocer a los demás pues retenemos lo más superficial, lo menos importante y trascendente llevándonos una impresión errónea y equivocada del otro.
Entre los elementos sustanciales de la humildad un pilar fundamental es la verdad. Humilde es aquel que camina en la verdad y la autenticidad. Desde estos dos elementos resulta más sencillo conocer y valorar al prójimo. La humildad une vínculos estrechos  con la aceptación de nuestros dones, valores y debilidades lo que conlleva a aceptar de los dones, valores y debilidades de los demás.
Ocurre con relativa frecuencia que nos exasperen o incomoden actitudes y aspectos de gentes cercanas. Aceptarlas como son se convierte en una ardua tarea; en estos casos vemos solo lo negativo que les envuelve pero no recaemos en las grandezas y virtudes que atesoran. Sacamos puntilla y criticamos con vehemecia ese defecto que les identifica sin reparar que mucho de lo que criticamos a los demás es intrínseco a nosotros.
El camino seguro para vivir auténticamente en cristiano es la humildad, virtud que hay que pedir con intensidad al Espíritu Santo para que ilumine con la luz de Cristo la verdad de nuestra vida. Cuando uno, a la luz del Señor, acepta su fragilidad y se conoce realmente, puede aprender a aceptar y valorar a los demás. Un corazón humilde es aquel que busca el encuentro con el hermano desde la sinceridad del corazón; esa es la máxima esencia de la libertad y el amor.
¡Cuánto camino tengo por delante, Señor!

orar con el corazon abierto

¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Rey de la Humildad, cantamos hoy acompañando a la meditación:

No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

Tenía mucha ilusión por asistir a la Misa de un sacerdote misionero que hacía muchos años que no veía. La Eucaristía se celebraba en un pueblo, en la montaña, a cierta distancia de mi ciudad donde el padre se encontraba descansando unos días. Había cancelado mis compromisos para ir a ese encuentro con el Señor pero también con el amigo misionero. Por una concatenación de factores salí con el tiempo justo para llegar a este pequeño pueblo montañoso. En la carretera comarcal, a unos quince kilómetros del lugar, observo un coche aparcado en la cuneta con las luces de situación encendidas. Una mujer solicita ayuda. Detengo el coche. Se le ha pinchado una rueda y no sabe como cambiarla. No ha podido llamar a la grúa porque en aquella zona no hay cobertura. Mi móvil tampoco tiene y no puedo llamar a nadie. Se me cae el mundo a los pies pero me dispongo a ayudarla, al principio con un gran disgusto ⎯todo hay que reconocerlo⎯ y más tarde con satisfacción por el servicio prestado. Mi falta de pericia en el cambio de ruedas, además de dejarme las manos llenas de grasa, me retrasa más de treinta minutos. La consecuencia es que llego a la iglesia cuando la Eucaristía prácticamente ha terminado. Sentado en el último banco del templo le digo al Señor: «Había puesto toda mi ilusión para estar hoy en esta Misa. Aquí me tienes sucio y sudoroso. ¡Qué curioso que mi Eucaristía de hoy haya sido ayudar a una mujer a cambiar la rueda de su vehículo! Es increíble, Señor, qué manera más curiosa tienes para que mi voluntad se acomode a la tuya».
Con esta experiencia, Dios me enseña que en su sabiduría infinita, coloca a todos en el lugar que Él desea. Yo tenía un anhelo muy grande. Había hecho todo lo posible para asistir a aquella Eucaristía. Y Él, sin embargo, me había dicho: «He elegido para ti algo menos elevado y más mundano”. Es el gesto sencillo de poner mi inexperiencia cambiando ruedas del vehículo al servicio de una mujer mayor que sola no podría haberlo hecho. Pero entiendo que un gesto de amor realizado con el corazón abierto tiene tanto valor como una Eucaristía. Que el servir al prójimo despojándose de uno mismo es acoger al Señor en el propio interior, en una experiencia de amor, generosidad y entrega. Que está muy bien rezar y recibir la comunión pero esto de nada vale si cuando tengo la oportunidad de servir a mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, gentes desconocidas… paso de largo y me olvido de hacer el bien que está en mi mano. Terminada la Eucaristía ceno con el misionero y su familia y regreso feliz a casa con el corazón lleno, la esperanza renovada y el sentimiento de que Dios me ama tanto que me ha puesto en bandeja el cumplimiento de su voluntad para ese día.

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¡Señor, cuántas veces te fallo diariamente queriendo hacer mi voluntad y no la tuya! ¡Necesito que me bajes de mi pedestal de barro y me coloques en el lugar que me corresponde! ¡Necesito, Señor, de tu misericordia porque Tu eres fiel y a veces me cuesta comprender que eres un Dios bondadoso, que exiges entrega por amor y por servicio generoso y desinteresado! ¡Señor, dame tu amor, dame fe, dame esperanza, dame caridad, dame ese don maravilloso que es saber que soy pequeño y frágil y que entregándome a Ti cada día baja Tu reino sobre mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites conocer tu voluntad y tus promesas y puedo orar y seguirte con el corazón abierto sirviéndote y dándome a los demás! ¡Padre, te alabo, te bendigo y te glorifico hoy, mañana y siempre!

Hágase tu voluntad, le cantamos hoy al Señor:

¿Resignarse o conformarse a la voluntad de Dios?

Fue hace unos días. Escuché esta frase y me removí interiormente: «Has de resignarte a la voluntad de Dios». Iba dirigida a una persona que se lamentaba de su triste situación. ¿Resignarse? ¿Por qué resignarse? Quien se resigna acepta como irremediable un estado o una situación molesta o perjudicial, generalmente después de luchar por solventarla o evitarla. Así, un cristiano no puede resignarse jamás; en la esperanza está su fortaleza y en su fe la confianza en Dios. Un cristiano que se resigna reniega de la libertad que le ha otorgado el Señor y desaprovecha las gracias que exhala el Espíritu Santo.
En la medida que me resigno, me acomodo. Cuando acepto resignarme apruebo que se produzca en mi una determinada situación. Pero Dios no desea eso. Dios quiere que el plan que tiene pensado para cada uno —impregnado de mucha lógica y más amor— sea acogido en perfecta conformidad con Él. Este es uno de los principales medios para alcanzar la santificación personal. Toda conformidad con la voluntad divina es una amorosa aceptación de la propia voluntad con la de Dios que permite lo que sucede. Uno no se puede resignar a la injusticia, al atropello, a la mentira, a la falta de autenticidad, al mal, al pecado…
Es cierto que en la vida hay muchas circunstancias complejas y difíciles que uno no puede controlar y que provocan sufrimiento y desazón. Pero antes de resignarse, aceptarlas provoca un gran bien. Aceptar con paciencia, sin tristeza, cargando sobre las espaldas el paseo de la contradicción, de la tribulación y de la dificultad. Un caminar por medio de la paciencia y la aceptación que es, en realidad, un proceso de maduración cristiana que une la tenacidad con la esperanza.
Si soy auténtico cristiano no me puedo resignar nunca. No puedo complacerme ni trapichear con el mal. Debo asumir mis sufrimientos, mis dolores y mis tribulaciones desde la óptica divina, esa que lo realiza todo desde la verdad y el amor. Vivir siempre abierto a la gracia de Dios, fuerte en la prueba y abierto a la confianza. El referente es la Cruz. El cúlmen la Resurrección.
Me pregunto hoy: ¿Resignarme o conformarme con esperanza con la voluntad de Dios?

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu siempre deseas para mi el bien! ¡Tú, Señor, anhelas mi salvación porque me has creado para la eternidad! ¡No permitas que me resigne ante las situaciones que debo ir afrontando cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu elegir siempre bien, a escoger el camino correcto desde la libertad que me has dado desde mi concepción! ¡Señor, Tú sabes que muchas veces me cuesta elegir porque tengo miedo a equivocarme y no tomar la decisión correcta! ¡Que Tu Espíritu me ilumine siempre, Señor! ¡También conoces perfectamente cuáles son mis debilidades y defectos, sabes que muchas veces actúo en contra de tu voluntad, que me confundo con frecuencia y me cuesta saber qué es lo que Tú quieres de mi! ¡Ayúdame a decir con confianza y con fe “Hágase Tu voluntad y no la mía”! ¡Basta con mirar tu Cruz, Señor, para comprender que debo seguirte y abandonarme entre tus brazos extendidos en señal de amor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que me inunde de serenidad para aceptar con humildad y sencillez lo que es Tú voluntad! ¡Concédeme también la gracia de la prudencia y la sensatez para ser receptivo a escuchar tu voz! ¡Que mi corazón se una a tuyo, Señor, para que me sea sencillo discernir cuáles son tus designios para mi vida!

Del compositor polaco Henryk Górecki, su obra coral Amén op.35:

Subir gozoso al Monte Carmelo

Santa María del Monte Carmelo, conocida también como Virgen del Carmen o Nuestra Señora del Carmen, es una de las más bellas advocaciones dedicadas a la Virgen María. Proviene su advocación del Monte Carmelo, cerca de la ciudad israelí de Haifa, que deriva de la palabra Al-Karem que traducido sería jardín, huerto o viña con el matiz añadido de su hermosura. ¡Yo me imagino a la Virgen en el jardín de su casa, cuidando las flores que decorarían las estancias de su humilde hogar de Nazaret, y ya elevada a los cielos en el jardín celestial cuidando con el mismo mimo a sus propios hijos aquí en la tierra!
Pero hoy, en esta festividad, me fijo sobre todo en el vaciamiento de si misma para tomarlo como ejemplo. La cercanía a Dios, la entrega al Padre, pasa por el camino del vaciamiento interior, de la pobreza espiritual, de la renuncia para poseerlo Todo, el desapego para adquirir la esencia. Ese fue el camino de la Virgen y así fue también la subida de san Juan de la Cruz a su propio Monte Carmelo.
La idea es hermosa, pero no es sencilla. Exige mucho desapego interior y un gran vaciamiento de uno mismo. Porque si deseas gustarlo todo, no has de tener gusto por nada. Para saberlo todo, no quieras saber algo en nada; para poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada; para serlo todo, no quieras ser nada; para llegar a lo que eres, no vayas por lo que no eres; para reparar en algo, dejaste arrojarte del todo… porque si quieres tener algo en todo no tienes puro en Dios tu tesoro.
Es decir, hay que abrir el corazón siempre en una total apertura a lo absoluto, con una renuncia sin límites y un disponibilidad completa a la voluntad del Padre. Lo que venga vendrá, es voluntad de Dios. Es la confianza la que marca nuestros pasos. Pero quien asume que nada es propio, nada puede perder. La pregunta es sencilla: ¿Soy capaz de renunciar a todo con el fin de alcanzarlo Todo? Por mis propios medios eso no es posible, pero de la mano del Señor y de María, la tarea es más factible. A ellos me encomiendo hoy para mi personal subida al Monte Carmelo. Exigirá vaciamiento interior, una viva vida espiritual, desapego de orgullos, autosuficiencias y soberbias. Me merece la pena intentarlo.

orar con el corazon abierto

¡Señor Jesús, María, Madre del Amor Hermoso, quisiera caminar con vosotros el camino de la vida para ser más contemplativo, para subir mi propio camino hacia el Monte Carmelo en una vía ascendente de oración, renuncia y servicio! ¡Ayúdame con vuestro ejemplo y con la gracia del Espíritu a entrar en una comunión gozosa y directa con Dios y conversar con Él con frecuencia en una relación íntima y filial! ¡Quisiera en este día ser capaz de tener un coloquio con el Padre confiado y amoroso! ¡Ayudadme a no descarriarme por sendas equivocadas! ¡Ayúdame a abrazarme con gozo a la realidad de mi vida, dar siempre alabanza y cantar con alegría las gracias y dones que Dios vierte sobre mi frágil humanidad! ¡Enseñadme a orar y amar más a Dios porque si no estoy enamorado de Él nunca sabré orar! ¡Y a ti María, Señora del Monte Carmelo, que eres mi consuelo y medianera ante Dios, ruega por mí y por los míos! ¡Fortalece mis flaquezas con tus manos misericordiosas, cúbreme con tu manto maternal para protegerme ante mis debilidades, aumenta mi fe y mi confianza en Tu Hijo y en Dios, ayúdame a ser más caritativo y servicial! ¡No permitas, María, que me arrugue por nada y guíame en el camino de la perfección y la santidad para que pueda llegar algún día al jardín celestial donde gozar de la gloria eterna!

La Virgen del Carmen, Estrella del mar, es patrona de los marineros desde tiempo inmemoriales. Les tenemos presente hoy a ellos con este bello canto O Maria Stella Maris dedicado también a la Virgen, Señora del Monte Carmelo:

María, Madre del Amor Hermoso

Tercer sábado de julio con María en nuestro corazón. Ayer, en una capilla donde entré para hacer un visita, leo esta inscripción sobre el altar: Mater pulchrae dilectionis. ¡Qué título tan bello para María! «Madre del Amor Hermoso». ¡Es que María, nuestra Madre, es la fuente inagotable del amor hermoso, de un amor generoso, entregado, puro, servicial, sacrificado…!
¡Me bastaría con que una sola gota de ese amor tocara mi corazón para convertirme en mejor persona! Es lo que le pido hoy a María. Que ese amor santísimo se desborde, aunque sea en forma de una pequeña gota, en mi corazón egoísta y miserable para transformarlo por completo.
Con frecuencia pienso lo cobarde y acomodaticio que soy en la entrega y el servicio a Dios y a los demás. En la película de mi vida aparecen como una secuencia mis faltas de generosidad, de caridad, de amor, de cobardía, de delicadeza, de correspondencia, de perdón… Y me siento indigno de poder recibir el favor del Señor y de su gracia. Y ahí es cuando surge, luminosa, la figura de María, Madre del Amor Hermoso. Ella vela sobre cada uno de sus hijos. Lo hace porque nos ama intensamente, con un amor lleno de gratuidad y generosidad sin límites. Ella no mide ni mis defectos ni mis limitaciones, ni mis fragilidades ni mis caídas porque su amor no es humano. Es una amor de sobreabundancia. Y con nosotros ama a Cristo, su Hijo porque sabe que Cristo vive en cada uno de nosotros y Ella con sus manos providentes y misericordiosas quiere que Jesús crezca en nuestro interior, se desarrolle en nosotros y nos alcance para llevarnos a una vida de santidad.
María engendró al Hijo de Dios en Belén pero su labor continua desde entonces hasta la finitud de los tiempos. Por eso a su lado nada temo. ¡Es que no puedo tener miedo si me acompaña la Madre del Amor Hermoso!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María por tu amor! ¡Gracias por tu corazón amoroso y generoso que me hace comprender como debo ser yo en el servicio a los que me rodean, a la comunidad y a la Iglesia! ¡Gracias, María, porque tu amor no es un amor cualquiera, es el Amor en mayúsculas, es el Amor que engloba la Trinidad entera! ¡Gracias, María, porque tu amor me hace sentirme alegre y confiado! ¡Concédeme la gracia, María, de crecer cada día en mi camino de fe! ¡Ayúdame, Madre del Amor Hermoso, a sentirme más unido a Jesús Tu Hijo, a serle fiel, a cumplir siempre su voluntad! ¡En este día, María, Madre del Amor Hermoso, te pido por todas las familias del mundo, por los matrimonios, por los esposos, por los novios, por los abuelos, por los hijos! ¡Bendícelos a todos, María, e intercede por nosotros que somos Tus hijos para que caminemos por la vida fieles a la verdad del Evangelio!

Virgen María, Madre del Amor te consagramos este día y te honramos con esta canción:

Prudencia no es cobardía

Al amor de Dios no se le pueden poner límites porque Dios ama sin medida. Pero para progresar en el amor la prudencia es una necesidad pues es la prudencia la ciencia de los santos. Prudencia no es cobardía, ni limitación, ni miedo. La prudencia es esa virtud que Dios infunde para que uno sepa siempre lo que debe hacer. En unas ocasiones nos llevará a tomar decisiones justas y rápidas, otras a recular antes de la acción. La prudencia capacita para las acciones sencillas y también para las difíciles.
Pienso hoy en el Señor. ¿Era realmente un hombre prudente, Él que comía con publicanos y pecadores, que atizó a los vendedores del templo que profanaban la Casa del Padre, que se enfrentó a los Sumos Sacerdotes, que curaba en sábado, que perdonaba los pecados…? Lo era, porque el prudente levanta la voz ante la injusticia, condena al que ejerce el mal, piensa y actúa antes de pensar que puede equivocarse, busca la conversión de los alejados, trabaja por anunciar el Reino de los Cielos antes de evitar complicarse la vida…
Es la razón buena compañera de la prudencia. El complemento perfecto para dictar a nuestro corazón lo que más conviene en cada situación. Con la prudencia es más sencillo discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo trascendente de lo intranscendente, lo conveniente de lo inconveniente… La prudencia nos otorga la docilidad suficiente para dejarse aconsejar y acoger el consejo con humildad.
¡Qué importante es también la prudencia en la vida espiritual! ¡Qué importante es obrar siempre siguiendo los caminos de la gracia!
Reconozco que me gustaría ser más prudente pues el prudente es el que es capaz de ver lo que Dios desea de él y lo hace sin pensar que va a encontrarse un sinfín de obstáculos en su camino. En la medida que sepa discernir lo que Dios quiere de mí mayor será mi crecimiento personal y espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú mismo dices que el sabio oirá e incrementará su saber; que el entendido adquirirá consejo! ¡Ayúdame, Señor, a ser prudente pues la prudencia es la senda por la que debo caminar por la vida pues es gracia tuya ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a trabajar la prudencia para aplacar ante las adversidades que surjan cada día; a reaccionar ante situaciones injustas o dolorosas! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de la prudencia para aparcar la necedad y abrazar la sabiduría, para desechar los pensamientos y las actitudes egoístas, de ausencia de autodominio o de insansatez! ¡Señor, siento que debo ser alguien con más fe y más ferviente pero al mismo tiempo más prudente, siendo más diligente en servirte a Ti y a los demás! ¡No permitas, Señor, que me avergüence de mis creencias y mis principios! ¡Otórgame, Espíritu divino, la prudencia para saber en cada circunstancia lo que conviene hacer! ¡No permitas, Espíritu Santo, que caiga en estas faltas que atentan contra la prudencia como son la inconstancia, el actuar mal por no querer conocer la verdad, la precipitación, el moverse por los caprichos, la inconsideración, el dar juego a las pasiones…! ¡Lléname de Ti para ser prudente al actuar!

Del compositor andaluz Francisco de la Torre, máximo exponente de la música en la época de los Reyes Católicos, escuchamos hoy esta bellísima obra polifónica a cuatro voces Adorámoste Señor Dios. Adjunto el texto para seguirlo pues es una poema precioso:

Adoramoste, Señor,
Dios y hombre Ihesu Cristo
Sacramento modo visto
universal Redentor
Adoramoste, vitoria
de la santa vera cruz
y el cuerpo lleno de luz
que nos dejaste en memoria
Criatura y criador,
Dios y hombre Ihesu Cristo
en el Sacramento visto
adoramoste, Señor.

Por las almas del purgatorio

Dedico cada día una brevísima oración por las almas del purgatorio, especialmente por mis familiares y amigos. Cada ser querido difunto ha cargado también con su cruz; la cruz del sufrimiento, de la enfermedad, del trabajo, de las dificultades económicas, de las preocupaciones cotidianas, de las adiciones… Y, gracias precisamente por haberlas llevado encima, gozan en el cielo dando alabanza al Señor el habérselas concedido. Ninguna de esas almas sufre el olvido celestial porque con la muerte, en el umbral del atrio eterno, el hombre recibe el primer abrazo de Dios y allí enjuga sus primeras lágrimas. El purgatorio es un lugar donde el amor fluye a raudales.Uno de los motivos de mi oración por ellos es porque yo puedo haber sido la causa de su sufrimiento y de sus penas. En algunos casos pude provocar dolor en su vida, heridas en el corazón del que me amaba; no supe satisfacer sus necesidades o me mostré incapaz de comprender sus anhelos. En otras, pude herirles con el desdén de mis palabras o la cerrazón de mis pensamientos. Y no puedo negar también que hubiera podido hacer más el bien al que caminaba a mi lado.
Rezo por las almas del purgatorio porque merecen la esperanza del cielo pero también porque es una manera sencilla y humilde de tratar de reparar aquel daño provocado y tratar de ayudar, desde mi insignificancia, a aquel que se encuentra en la agonía del purgatorio. Cuando oro por las almas del purgatorio mi oración es de consuelo y de invocación a la esperanza.
En el purgatorio El amor no tiene límites ni fronteras, y se recibe el consuelo del saber que tras el sufrimiento llega la gloria del gozo infinito. En cada oración por un alma del purgatorio doy consuelo a esa alma y acorto su sufrimiento. Y un vez llegado al atrio celestial esa alma devolverá en su agradecimiento su intercesión por quien contribuyó a aminorar su sufrimiento y su espera.
Compensa rezar por las almas del purgatorio. En cada oración por un alma del purgatorio no solo uno mi alma si no que me siento más unido a Dios cuyo deseo es que todos lleguen a la gloria eterna.

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Mi breve oración reza así: «Dales el descanso eterno a las almas del purgatorio, Señor, y que la luz perpetua ilumine sobre ellas. Que descansen en paz. Amén».

Una oración larga bien podría ser esta:

Dios omnipotente, Padre de bondad y de misericordia, apiadaos de las benditas almas del Purgatorio y ayudad a mis queridos padres y antepasados.

A cada invocación contestar: «¡Jesús mío, misericordia!»

Ayudad a mis padres.
Ayudad a todos mis bienhechores espirituales y temporales.
Ayudad a los que han sido mis amigos.
Ayudad a cuantos debo amor y oración.
Ayudad a cuantos he perjudicado y dañado.
Ayudad a los que han faltado contra mí.
Ayudad a aquellos a quienes profesáis predilección.
Ayudad a los que están más próximos a la unión con Vos.
Ayudad a los que os desean más ardientemente.
Ayudad a los que sufren más.
Ayudad a los que están más lejos de su liberación.
Ayudad a los que menos auxilio reciben.
Ayudad a los que más méritos tienen por la Iglesia.
Ayudad a los que fueron ricos aquí, y allí son los más pobres.
Ayudad a los poderosos, que ahora son como viles siervos.
Ayudad a los ciegos que ahora reconocen su ceguera.
Ayudad a los vanidosos que malgastaron su tiempo.
Ayudad a los pobres que no buscaron las riquezas divinas.
Ayudad a los tibios que muy poca oración han hecho.
Ayudad a los perezosos que han descuidado tantas obras buenas.
Ayudad a los de poca fe que descuidaron los santos Sacramentos.
Ayudad a los reincidentes que sólo por un milagro de la gracia se han salvado.
Ayudad a los superiores poco atentos a la salvación de sus súbditos.
Ayudad a los pobres hombres, que casi sólo se preocuparon del dinero y del placer.
Ayudad a los de espíritu mundano que no aprovecharon sus riquezas o talentos para el cielo.
Ayudad a los necios, que vieron morir a tantos no acordándose de su propia muerte.
Ayudad a los que no dispusieron a tiempo de su casa, estando completamente desprevenidos para el viaje más importante.
Ayudad a los que juzgaréis tanto más severamente, cuánto más les fue confiado.
Ayudad a los pontífices y gobernantes.
Ayudad a los obispos y sus consejeros.
Ayudad a mis maestros y pastores de almas.
Ayudad a los finados sacerdotes de esta diócesis.
Ayudad a los sacerdotes y religiosos de la Iglesia católica.
Ayudad a los defensores de la santa fe.
Ayudad a los caídos en los campos de batalla.
Ayudad a los sepultados en los mares.
Ayudad a los muertos repentinamente.
Ayudad a los fallecidos sin recibir los santos sacramentos.

V. Dadles, Señor, a todas las almas el descanso eterno.
R. Y haced lucir sobre ellas vuestra eterna luz.
V. Que en paz descansen.
R. Amén.

Canto para las ánimas:

Dios nunca se esconde

Hablaba ayer con un amigo de Madrid. Está pasando por grandes dificultades económicas. Le llamé porque podía ofrecerle una solución a un problema  que le acucia y que le supone un sinvivir. Me dice: «Ayer por la noche, tumbado en la cama, fija mi mirada en el crucifijo, con los brazos abiertos en Cruz le decía al Señor: compadécete de mi que mi situación es insostenible». Mi llamada fue, entonces, fruto de la Providencia, escucha clamorosa del Padre que está en el Cielo. El mismo día varias personas que piden oración de intercesión en esta página, escriben para dar la buena nueva de su situación, solventada por la gracia misericordiosa del Padre que escucha atento siempre las oraciones de sus hijos que piden con fe.
Dios nunca se esconde. No cambia su amor ni lo disminuye. Tiene sus tiempos. ¡Qué hermosa y bella es la vida de fe de aquel que tiene confianza!
Nos cansamos inútilmente a consecuencia de nuestras muchas tribulaciones y preocupaciones, de esos problemas que parecen no tener resolución cortoplacista, de esas situaciones que no sabemos o no podemos resolver.
La solución está en lo alto y en lo profundo. En las alturas de Dios y en el corazón de cada uno. En el caso inmenso de estas situaciones perturbadoras, hay que volver siempre el corazón a Dios; salirse de uno mismo en un acto de profundo y auténtico abandono, de fe auténtica, dejando de lado cálculos y razonamientos tan humanos como estériles. Hay que aprender a arrojarse en los brazos misericordiosos del Padre. Tenemos una muleta que también nos sostiene. Es firme, sólida e inquebrantable. Sin fe no hay esperanza, sin esperanza no se puede llegar a Dios porque la fe es esa increíble perfección de las almas que elevan su vuelo para vivir su esperanza en el que todo lo ha creado y da sentido a nuestro existir.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por mi fe, pequeña pero confiada, que no mueve montañas porque no es del todo firme e inquebrantable pero se sustenta en la esperanza y en la confianza en Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por esa semilla de Verdad que el Espíritu Santo esparce en mi corazón para hacer crecer mi fe! ¡Gracias, Señor, porque a Tu lado nada temo! ¡Te suplico, Señor, te hagas presente en tantos hombres y mujeres que tienen una fe tibia y débil para que puedan llegar a la verdad! ¡Es un don que Tu regalas, Señor; haz que por medio de tu Santo Espíritu llegue a todos! ¡Ayúdame, Señor, a recordar que tus gracias son fruto de tu bondad, amor y misericordia y que sin Ti nada puedo! ¡Espíritu Santo, no permitas que mi fe la viva desde la razón sino desde el corazón! ¡Que recuerde, Señor, siempre tus palabras de que eres la luz y la salvación, y que en Ti es posible refugiarse siempre! ¡Te doy, gracias, porque mi fe vence siempre los obstáculos que me reafirman en tu seguimiento! ¡Dame el valor de permanecer siempre a tu lado cuando lleguen los problemas y las dificultades! ¡Haz lo mismo con las personas a las que quiero y están cerca de mí! ¡Señor, soy feliz a tu lado; tengo una gran alegría interior; y eso es producto de abandonarme enteramente a Ti porque Tu eres la fuerza que me permite a tomar el camino de la vida!

Del compositor francés del barroco, Jean-Joseph de Mondonville, disfrutamos de su<em> Grand Motet Nisi Dominus:

Comunicar la buena nueva

En 1980 San Juan Pablo II nombró a San Benito patrono de Europa coincidiendo con el XV Centenario de su nacimiento. Es tal vez el santo más influyente del viejo continente, por la cantidad de comunidades religiosas fundadas por él y por sus extraordinarios escritos y sabias enseñanzas.
El fin esencial de la espiritualidad de san Benito radica en la búsqueda sincera de Dios al que se llega por medio de Jesucristo. Esta búsqueda de Dios exige un permanente proceso de renovación y de liberación interior. Toda pacificación y unificación del corazón centrado en Cristo es una novedad hay que vivir a lo largo de toda la vida. Nadie que conozca el Evangelio, que haya experimentado en su vida que Jesucristo ha resucitado, puede acomodarse en el plano espiritual. Quien encuentra a ese Cristo resucitado debe tener el afán de comunicar esa buena nueva. La oración se convierte así en ese punto de inflexión en la que el ser humano acaba siendo absorbido por la presencia de Dios.
Siempre hemos escuchado que los tiempos de Dios no son los de los hombres. Y es así. Pero Dios es consciente de que muchos de sus hijos han perdido el norte de su vida, que no conocen el camino hacia Él y demanda, a los que han sido tocados por su gracia, que no se demoren en anunciar la Buena Nueva del Evangelio.
El primer paso para el anuncio es ponerse en oración ante el Señor. Es desde la oración, en unión íntima con el Padre, donde el cristiano se convierte en anunciante del Evangelio. El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Jesucristo. Nadie puede quedarse inmune ante las palabras pronunciadas por el Señor y que recoge el Evangelio de san Mateo del «id a todas las gentes bautizandólas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».
Estas palabras no son mero un anuncio, son parte del testamento de Jesús para que queden impregnadas en nuestro corazón como parte de nuestro celo apostólico.

Aprovecho para recomendar a todos los lectores llevar siempre encima la Medalla y la Cruz de San Benito. El uso de estos sacramentales tienen un carácter de protección. El Crucifijo de la Buena Muerte y la Medalla de San Benito han sido reconocidos por la Iglesia como una ayuda para el cristiano en la hora de la tentación, el peligro, el mal y, principalmente, en la hora de la muerte. Se puede recibir una indulgencia plenaria llevando la Cruz de San Benito. A través de la indulgencia plenaria somos perdonados del castigo por nuestro pecados en la hora de la muerte. El creyente debe confesarse, recibir la Comunión, y clamar el santo nombre de Jesús con devoción. Para la indulgencia no basta la Cruz, debe representarse a Cristo crucificado, en señal de la unión de nuestros sufrimientos a las de nuestro Salvador.

Descripción de la medalla:

Al frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Regla en la otra mano, con la oración:
“A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia.”
El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:

C.S.P.B.: “Santa Cruz del Padre Benito”
C.S.S.M.L. : “La Santa Cruz Sea Mi luz” (crucero vertical de la cruz)
N.D.S.M.D.: “que el Dragón No Sea Mi Guía.” (crucero horizontal)
En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. “Abajo Retrocede Satanás” 
N.S.M.V. “Para de Atraerme Con Mentiras”
S.M.Q.L. “Venenosa Es Tu Carnada”
 I.V.B. “Trágatela Tú Mismo”
PAX “Paz”

¿Para qué sirve la Medalla de San Benito?

La medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder de exorcismo. Como todo sacramental, el poder de la medalla no está en sí misma, sino en Cristo, y por la fervorosa disposición de quien la porta.

Una compilación de cantos de los monjes benedictinos de Silos en la festividad de su fundador: