Cambia el mundo

Hoy es el Jornada Mundial de las Misiones organizada por las Obras Misionales Pontificias para promover el compromiso de los cristianos para llevar el anuncio del Evangelio a todos los rincones del mundo junto a la promoción social que este anuncia implica. Un día especial para rezar por los misioneros y en colaborar con ellos económicamente en los territorios donde la Iglesia está en misión. Este año 2018 el lema escogido es “Cambia el mundo”.
Cambiar el mundo es cambiar el propio corazón, es cambiar el corazón, es cambiar nuestra propia existencia, es cambiar la existencia del prójimo. Es llevar a Dios a todos los rincones del mundo. Todos los seres humanos y toda la creación pertenecen a Dios. Y tenemos que devolver a Dios lo que le pertenece a Dios. Lo que pertenece a Dios no está en las sacristías. Es la totalidad del ser humano, su dignidad, sus derechos fundamentales e inalienables, cualquiera que sea la etapa de su vida. Es la justicia, es la paz, es la educación, es la dignidad, es la supervivencia vital, es enseñar quien es Cristo… Esa es la misión de los misioneros y de cualquier cristiano que está en misión.
Cambiar el mundo es atreverse a recordar y vivir esta dimensión fundamental de la humanidad que es su relación con Dios, la base de las relaciones sociales. La dimensión humana y espiritual pasa por las realidades materiales y la vida. Cambiar el mundo es colocar en nuestro mundo, allí donde uno esté, la humanidad más grande que el Evangelio y los dones de Dios nos ofrecen. Esa nuestra responsabilidad.
¿Qué sería del mejor perfume si se quedara en un frasco cerrado? El mundo necesita la fragancia del evangelio, su aroma puede cambiar el mundo.

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El padre Carlos, lector de esta página, me envío desde México hace unos días la sugerencia de escribir la meditación de hoy sobre el Domund, porque “todos necesitamos concienciarnos de la gran labor que realiza la Iglesia” y al final me envía esta oración del Domund 2018, que se convierte en la oración que acompaña esta meditación:

Señor, ayúdame a cambiar para cambiar el mundo. Necesito renovar el corazón, la mirada, mis modos de hacer, para no terminar en un museo. Y no es solo renovar lo viejo: es permitir que el Espíritu Santo cree algo nuevo.
Señor, vacíame de mis esquemas para hacer sitio a tu Espíritu y dejar que sea Él quien haga nuevas todas las cosas.
Él nos envía, nos acompaña, nos inspira; Él es el autor de la misión, y no quiero domesticarlo ni enjaularlo.
Haz que no tenga miedo de la novedad que viene de Ti, Señor Crucificado y Resucitado. Que mi misión sea comunicar tu vida, tu misericordia, tu santidad. Enséñame a amar como Tú para cambiar el mundo. Amén.

Alma misionera, cantamos hoy:

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Mirando como María

Tercer sábado de octubre con María en el corazón. Un día señalado para un encuentro especial con María. Llegar a ella a través de su mirada. Mirar como María nos ayuda a descubrir la dimensión esencial del hombre: nuestra capacidad para abrirnos a la Palabra de Dios y a su verdad. María nos presenta a Jesucristo en tres momentos fundamentales de su vida.
El primero de todos en la encarnación y en la natividad, en Nazaret y en Belén. Es en este entorno donde Dios deviene hombre en la humildad de nuestra carne, en la debilidad de nuestra condición humana. Con María y a través de María descubrimos la figura humana del niño que nos habla de humildad, de pequeñez, de sencillez, de cercanía, de ternura, de pobreza. ¡Señor, que sepa yo también hacerme pequeño, sencillo, despojarme de mi soberbia y mi vanidad, de mis máscaras y de mi orgullo, que aprenda a descender de mi trono de prepotencia! ¡Que me aleje de mis seguridades humanas y mis valores mundanos para llegar al corazón de la verdad! ¡Gracias, María porque nos muestras en tu Hijo el camino de la humildad, el único y verdadero camino de la victoria del amor!
Un segundo paso es en Caná de Galilea, cuando el Señor comienza su ministerio público. Allí María nos exhorta a “Hacer lo que Él os diga”. ¿Y qué me pides tu, Padre? ¡Qué siga tu Palabra! ¡Que te encuentre en el Evangelio, en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios! ¡Que sea obediente y humilde! ¡Servidor de todos sin esperar halagos y palmadas sino por amor a Cristo y a los demás!
Finalmente, María en Jerusalén, postrada en el monte Calvario, con su mirada dolorida a los pies de la Cruz, con los brazos extendidos entre el cielo y la tierra, uniendo, abrazando para siempre a Dios y al hombre. “Si viéramos el rostro de María contemplando a su Hijo crucificado nunca más ofenderíamos a Dios”. ¡María’ ¿como no soy capaz de vislumbrar en tu rostro esa mirada dolorida?! ¿Cómo mi vida no está en permanente plegaria, en entrega y en atención hacia los demás? ¡María, tu me enseñas como en la Cruz está la apoteosis del amor de Dios! ¡Ayúdame a ser fiel en mi vocación de cristiano, confiando siempre en la voluntad de tu hijo! ¡María, necesito de tu gracia para mirar apremiantemente a Jesús y aprender de Él!

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En este sábado, dedicamos a María este Himno a la Virgen, op. 24 de John Rutter:

¡Salir perfumado cada día con el aroma de Cristo!

En las páginas del Evangelio de san Juan se narra el episodio en el que María unge los pies de Jesús con un valioso perfume de nardo. Jesús le profetizó a su amiga que ese hecho sería recordado en el futuro. Hoy, el perfume que derramó María llega a nuestra vida como un desafío, el de esparcir el perfume de Cristo en lo cotidiano de nuestra existencia. Cuando san Pablo se refería a su apostolado señaló que había recibido la misión de esparcir por todos los rincones la fragancia de Cristo, el buen olor del «ungüento derramado» en un mundo envilecido por la pestilencia del pecado.
¡Salir perfumado cada día con el aroma de Cristo! ¿Es posible? ¡Caminar por la esparciendo su perfume! ¿Es posible?
¡Es posible! ¡Y lo es porque el aroma de Cristo se propaga a través de su gran personalidad, por sus enseñanzas, por su Buena Nueva, por su entrega, por su desprendimiento y, sobre todo, por medio de su amor misericordioso! El gran reto es impregnar esa fragancia de Cristo lo cotidiano de la vida, haciéndolo trascender con nuestro servicio, nuestra ayuda, con el perdón, regalando lo mejor de uno mismo, ofreciendo servicio desinteresado, compartiendo sin interés, desbordando amor, llenándolo todo de bondad y de alegría, atesorando paciencia, convirtiéndose en lámpara que da luz, regalando serenidad, siendo transmisor de paz, inspirando verdad, llevando esperanza donde no la hay… tal vez la gente nos juzgará, considerará que esto es una quimera, pero podremos ser perfume de Cristo si lo creamos con los ingredientes que lo forman: grandes dosis de oración, lectura de la Biblia, viviendo según las enseñanzas de Jesús, participando de la Eucaristía y sirviendo al prójimo con amor.
Un reto precioso: ¡Vivir unido a Cristo, en Cristo y por Cristo para esparcir su perfume en mi diario caminar!

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¡Señor, quisiera exhalar el aroma de vida que conduce al amor y no el olor del egoísmo, la soberbia, la tibieza, la falta de caridad, la búsqueda de mis propios intereres que matan lo bueno que hay en mí y me alejan de ti y de los demás! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a romper el cuenco de alabastro y esparcir tu fragancia a cualquier lugar donde me dirijan tus pasos! ¡Que esa fragancia viva la sienta como propia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que penetre todo mi ser y mi vida sea capaz de irradir solo un poco de la tuya! ¡Conviérteme, Señor, en un pequeño instrumento de tu misericordia para iluminar la vida de los demás y dar mayor luz a la mía! ¡Señor, ayúdame a ofrecerte mi vida de la manera que tu quieras y como tu quieras con la vela de la alegría iluminando el camino, la candela de la esperanza guiando los pasos y la lámpara de la confianza en ti eliminando las sombras que se ciernen sobre mi vida! ¡Elimina, Señor, de mi vida aquello que no te gusta de mi y rocíame de tu fragancia porque quiero ser alguien agradable para Ti y para los demás! ¡Ayúdame a que por medio de mi testimonio de coherencia y verdad se queden prendando de tu perfume! ¡Que lo importante de mi, Señor, sea mi belleza interior y no lo que se ve exteriormente!

¿De los fracasados?

Me decía una persona conocida que se sentía más cómodo yendo a Misa a la parroquia de su barrio acomodado donde “la elegancia y el saber estar sin manifestaciones populares” le permitían vivir mejor la Misa. Es un abogado respetable, socio de un importante despacho jurídico de mi ciudad, con oficinas en varios países.
Comprendo que para quien ha nacido con una determinada posición social relacionarse con según quién resulte incómodo.
A mi no me importa sentarme en el mismo banco con un notario o con un carpintero, con un médico o con un electricista, con un empresario o con un tendero… todos, a los ojos de Dios, son iguales. Y, por todos ellos, Cristo murió en la Cruz. Y puedes sentarte a su lado, quererlos, y respetarlos sean quienes sean, vengan de donde vengan.
Le recuerdo a este abogado que el cristianismo no es la religión de los poderosos, es la religión de los sencillos, incluso, le remarco, es la religión de los fracasados. «¿De los fracasados?», me pregunta indignado. Lo es porque la muerte de Cristo fue, a todas luces, un enorme fracaso pues el mismo Dios, Creador de todo, sucumbió como hombre en un madero a manos de los que Él mismo había creado. Él, Señor del Universo, nacido de mujer por obra del Espíritu Santo, había venido al mundo para salvar al hombre del pecado y su respuesta fue la humillación, el maltrato, la flagelación, el desprecio y la muerte. Pero la grandeza de ese fracaso en la Cruz, escándalo para san Pablo, es que con su muerte Cristo venció a la muerte el tercer día y, desde su Resurrección gloriosa, ha vencido al mal.
No importa quien tengas al lado, si un notario o un barrendero, un banquero o un mendigo porque por todos murió Cristo y, desde su aparente fracaso, todo lo transformó para darnos vida nueva. Y, como Dios, Señor de todo lo creado, está por encima de cualquier cosa cualquier, Él es capaz de transformarlo todo haciendo que en nuestra vida, si ponemos toda su confianza en Él, se produzcan grandes milagros. Y, como según san Pablo, la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad, es desde ese fracaso donde Dios rescata al hombre, lo levanta, lo dignifica y lo ensalza porque la gran capacidad de Dios es convertir el fracaso en gloria.
Cuando te sabes fracasado —o pequeño o insignificante, porque es en realidad lo que somos— y eres capaz de entregar con mayor facilidad tu vida al Gran Fracasado, el que murió por todos en la Cruz, tu debilidad se convierte en fuerza.

1-1.jpg¡Señor, desde la pequeñez de vida, desde mi nada y mi sencillez, desde la humildad de lo que soy y lo que represento, me postro ante tu Cruz, trono de gloria, fracaso para muchos, y te pido que no permitas que nunca pierda mi confianza en Ti! ¡Señor, que nunca te abandono a pesar de mis muchos fracasos, de mis constantes caídas, de mis permanentes derrotas y de mis tantas debilidades! ¡Que la conciencia de lo que soy sea el inicio de un encuentro hermoso contigo, un encuentro con tu amor y con tu misericordia! ¡Señor, ayúdame a comprender que el aparente fracaso de la cruz es en realidad la fuerza de mi vida porque es desde el madero santo desde donde Tu me rescatas, me levantas, me dignificas y me salvas!  ¡No permitas, Señor, que deje a nadie al margen porque todos somos hijos tuyos y a todos nos amas por igual con un amor extremo! ¡Señor, lo que deseo es contar con tu gracia y ti me entrego con lo que soy y lo que tengo! ¡Gracias, Señor, por morir por mi en la cruz, que no me acostumbre a verte crucificado!

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Creo en el Espíritu Santo

El guía que nos conduce por la senda del bien en la vida cotidiana es el Espíritu Santo. Dependemos de su obra para vivir según la Palabra, para comprenderla, para orientar nuestro caminar en la senda de la santidad, para actuar con justicia. El Espíritu Santo nos llena de amor, de paciencia, de paz, de alegría, de bondad, de mansedumbre, de benignidad, nos da la fe.
Yo creo en el Espíritu Santo porque te acerca de Dios y te muestra la manera de vivir para estar más cerca de Él. Es el que te enseña, te corrige y te instruye. Te inspira en tu actuar, te permite comprender la voluntad de Dios, te llena de sus dones y sus gracias para que imprimas carácter a tu vida, para que puedas conocer íntima y profundamente a Jesús, para dar testimonio de Él, para ver la realidad del pecado y la importancia que tiene Cristo como nuestro salvador. Es el que te permite tener remordimiento de tus faltas, te ayuda a nacer de nuevo a Dios, te hace Iglesia, para convertirte en un ser espiritual comisionado para predicar que Cristo vive y ¡ha resucitado!
Soy templo de Dios y del Espíritu Santo que habita en mi por eso creo en el Espíritu Santo y por eso, con alegría, le doy gracias con el corazón abierto por todo lo que hace en mi.

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¡Creo en ti, Espíritu Santo, porque eres el Señor y dador de vida! ¡Creo en ti, Espíritu de Dios, pues por medio tuyo renací en las aguas del bautismo y me hiciste hijo de Dios y hermano de Cristo! ¡Creo en ti, Espíritu de verdad, porque me haces testimonio vivo de tu poder en mi día a día por eso te adoro y te glorifico porque regeneras constantemente mi interior, porque habitas en mi, porque sellas mi unión en Cristo y porque me llenas de tu verdad que es la verdad de Dios! ¡Creo en los soplidos que vienen de ti, tan imperceptibles pero a la vez tan llenos de fuerza, que me invitan a vivir en comunión con el prójimo, que me hacen Iglesia, que me permiten amar la comunidad cristiana a la que me adherí por el agua del bautismo y me reafirmé en mi confirmación fortalecido por tu unción! ¡Creo en ti, Espíritu de interioridad, que me animas e inspiras en mi oración, que me inspiras en el camino de la verdad, que me ayudas a dirigirme a Dios como Padre y a Cristo como hermano! ¡Creo en ti, Espíritu de misión, que me animas a ser testigo y misionero del Evangelio de Cristo en medio del mundo! ¡Creo en ti, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, porque eres la amorosa persona divina que me ama, me guía y me enseña!¡Creo en ti, Maestro Divino, porque me abres el entendimiento para comprender las Escrituras con devoción revelándome la identidad de Jesucristo y la verdad de su Buena Nueva! ¡Creo en ti, Espíritu de entendimiento, que permites comprender la realidad de la vida y que conviertes en actual la Palabra de Dios que se proclama en las celebraciones de la Iglesia y me ayudas a vivirla en mi existencia cotidiana! ¡Creo en ti, Espíritu del Dios vivo, que cada domingo te haces partícipe en la Eucaristía y me llenas de tu gracia salvadora! ¡Creo en Ti, Espíritu salvífico, que eres mi abogado y me das la certeza de que soy de Cristo, que estás a mi lado para ayudarme, sostenerme, guiarme, consolarme, apoyarme y defenderme! ¡Creo firmemente en ti, Espíritu Santo, porque eres el dispensador de la gracia! ¡Creo en ti, Espíritu de amor, porque dinamizas mi vida interior cuando decae por las angustias y me fortaleces cuando el demonio me ataca! ¡Creo en ti, Espíritu de verdad, porque me das fuerzas para rechazar el pecado y tratar de vivir una vida santa! ¡Ven a mi, Espíritu Santo, para que me revistas con tu unción, para que me ayudes a descubrir tus dones y tus gracias, para aprender a utilizarlos y desarrollarlos para la gloria de Dios, para ser capaz de servir allí donde Cristo me llame, para permitirme revivir cotidianamente la Pascua salvífica de Cristo en mi propia vida! ¡Ven Espíritu Santo, despierta mi vida interior, eleva mi corazón en gratitud y hazme entender que yo soy una pequeña y diminuta llama de vida que tu enciendes para que brille sin límites en la inmensidad del mundo creado por Dios! ¡A ti, Espíritu Santo, toda mi honra, mi gloria, mi devoción, mi adoración y mi alabanza!

¿Soy capaz de ver las maravillas de Dios?

Los seres humanos no solo somos cuerpo y materia somos también espíritu. Tenemos alma y esa alma, repleta del amor de Dios y de su misericordia, maravilla entre las maravillas, ¿no debería llevarnos a un permanente agradecimiento precisamente por las maravillas que Dios realiza en cada uno de nosotros?
Lo dice la misma Biblia, en el Libro de Job: Dios «hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables». Pero, ¿Cómo cantar las maravillas de Dios con vidas con tanto sufrimiento y dolor, con tantas heridas en los corazones, con tanto padecimiento y tantas penas, con tantas confusiones que agobian el interior de los hombres, con tantas cruces que cargar, con tantos desiertos que transitar…? ¿Cantar sus maravillas cuando no se comprende su voluntad, sus designios, sus caminos, con lo difícil que es el compromiso en la vida, el vivir con pasión el evangelio desde la realidad personal, desde las complicadas tareas que nos trae la vida…?
Es en el misterio escondido de la vida cuando se hacen más presentes las maravillosas grandes cosas que hace Dios en el  interior de cada ser humano. Es en las noches oscuras cuando más potente surge la luz de Dios.
Yo creo en las maravillas que hace Dios. Creo que Dios transforma los corazones. Creo que hace una obra de arte perfecta en cada ser humano. Pero también creo que estas maravillas son posibles si te dejas amar por Él. Por eso hoy le pido a Dios que abra mis ojos sean para que sean capaces de ver cada día las grandes maravillas que hace en mi.

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¡Padre, dame ojos cristalinos que me permitan ver con claridad las grandes maravillas que haces cada día en mí! ¡Unos ojos claros y nítidos que vean más allá de lo visible, que no se queden en lo racional, sino que me permitan observar más allá de lo que se ve! ¡Pero, sobre todo, Padre, concédeme la gracia de ver desde el corazón para ser capaz de observar todo aquello que se escapa a mi visión! ¡Quiero ver, Padre, cada una de tus maravillas que son parte de las promesas que nos haces, que comprender que cada palabra, cada encuentro cotidiano, cada mirada, cada gesto de amor, es una maravilla que me regalas tu! ¡Te pido, Padre, que toques mis ojos con dulzura para sanarme de la ceguera que tantas veces me imposibilita ver lo que es importante y lo que merece la pena ser vivido! ¡Concédeme la gracia, Padre de bondad, de tomar conciencia en cada momento que tus maravillas se hacen presente en todos los momentos de mi vida, en los detalles de los cotidiano, en las pequeñas cosas de cada día, en los acontecimientos importantes de la jornada! ¡Concédeme, Señor, la gracia para saber ver en lo que pones en mi camino! ¡Dame también, Señor, la sabiduría y el discernimiento para abrir mi corazón y comprender que yo, hijo tuyo, creación tuya, soy una maravilla tuya, que todos los hombres lo somos, por eso te pido que me hagas humilde, pequeño y sencillo para admirar con mayor grandeza la gran obra que has hecho en cada uno de nosotros! ¡Padre, gracias por las grandes maravillas que realizas cada día, gracias por las cosas buenas que nos regalas, gracias por las oportunidades que nos ofreces, gracias por la maravilla de la vida, de la fe, de la esperanza, de la confianza en ti! ¡Gracias, Padre, porque la gran maravilla eres tu, es Jesús, es el Espíritu Santo, es María, maravillas que me empujar a seguir, a avanzar y a ser eterna y profundamente feliz!

Las cosas buenas llegan cuando crees

Dios bendice cada día de mi vida mi presente y hace que prospere mi futuro pero necesito tener fe. Esta fe no siempre consigue que las cosas sean sencillas pero que sí hace que sean posibles.
Y no siempre es sencillo confiar plenamente en las promesas del Señor de la vida y de tomar conciencia que en mi interior mora el espíritu de la fe de Dios. Sin embargo, la fe es el fruto del espíritu humano renacido que tiene la capacidad de generar los mismos resultados que Jesús logro durante su vida pública.
La fe no es una victoria continuada, requiere de momentos de dificultad para hacerse más fuerte. La fe es para emplearse en las cosas que no se ven antes de aplicarse a las que se ven. Por eso está tan relacionada con la comunión íntima con el Padre. Con esto comprendes que esta relación con Él es el elemento crucial de mi vida de fe que se me revela a través de Su Palabra, de la oración sincera y confiada y por medio del Espíritu Santo.
Y esta comunión necesita de un tiempo de calidad a solas y en silencio, con el corazón abierto, que te permite estar con el Señor para tratarlo, amarlo y conocerlo. Y en este contexto de intimidad es cuando se desarrolla la confianza. Y así se acrecienta mi fe porque le estoy dando la oportunidad a Dios para que se revele en mi vida.
Las cosas buenas llegan cuando crees pero sobre toda las mejores cosas te vienen cuando eres paciente y no te rindes porque todo lo tienes depositado en aquel que no puedes ver pero que te edifica en la fe.

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¡Padre bueno, te doy gracias por el don de la fe que me lleva a un encuentro cotidiano contigo y creer en que tus promesas se hacen efectivas en mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque la fe ilumina mi vida! ¡Te pido, Padre, que por medio de tu Santo Espíritu, se acreciente cada día mi fe, que se haga más alegre, más fuerte, más jubilosa, más firme, más gozosa y más viva cualesquiera que sean los momentos por los que estoy pasando! ¡No permitas, Padre, que desfallezca nunca en mi confianza en Ti y fortalece mi fe con la ayuda de tu Santo Espíritu en la oración, en la meditación de la Palabra y en la esperanza en tus promesas para vencer todo aquello que me atemoriza, para romper las inseguridades que me invaden, para derrotar los miedos que me paralizan! ¡Haz, Padre, que la fe de sentido pleno y profundo a mi vida y que por medio de la fe sea capaz de darle sentido a cada una de las circunstancias alegres o tristes de mi vida! ¡Te doy gracias, Dios de amor y misericordia, porque bendices cada uno de los día de mi vida, llenas mi presente de esperanza y haces que prospere mi futuro! ¡Fortalece, te lo pido con el corazón abierto, mis debilidades para llenarlas de confianza y mis limitaciones para romper las barreras que me impongo para mover montañas! ¡Que mi fe en Ti, Señor, sea capaz de llevarla al prójimo para ser testigo de tu verdad, testimonio de tu amor y de tu Palabra! ¡Y concédeme la gracia de tener una fe como la de la Virgen, para que mi sí sea como el de Ella, confiando sin ver, con humildad, con esperanza, con confianza y con generosidad!

Junto a María, primer sagrario de la humanidad

Segundo sábado de octubre con María en el corazón. María, Reina del Santo Rosario, es también el primer sagrario conocido en la Iglesia. Un sagrario moldeado por las manos de Dios en la pequeña aldea de Nazaret. Un sagrario delicado y hermoso cuya misión no era otra que custodiar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Un sagrario impoluto, siempre limpio y puro, para proteger al Dios hecho hombre. ¿Quién mejor que la Virgen para aumentar en mi corazón el anhelo de vivir en comunión con Jesús?
¡María, sagrario del Dios vivo, aumenta en mi el fervor eucarístico! Es un gozo tener a María como Madre pero Ella, que se adueña del corazón de cada uno de sus hijos, que durante nueve meses fue un sagrario viviente del Hombre Dios, es la que te ayuda a vivir en continuo diálogo con Jesús y con el Padre, a amar la Misa y vivir intensamente la comunión. Ella es la que te enseña a decir a Dios, desde la interioridad del corazón: ¡Hágase en mi según tu Palabra!

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¡María, Madre, sagrario vivo que acoges a la humanidad entera para acoger sus plegarias y llevarlas al Padre, prepara mi alma para llevar siempre en mi corazón a Jesús! ¡Concédeme la gracia, María, de ser alma abnegada a la presencia viva de Cristo en mi corazón, especialmente después del sagrado momento de comulgar, en el que Jesús permanece en mi interior, y me invita a proclamar como hiciste tú ante la invitación del ángel: «¡Sí, Padre, me entrego enteramente a ti!»! ¡Ayúdame, María, a ser sagrario donde habite tu hijo Jesús, un derroche de gracias, un lugar donde Jesús se sienta a gusto, un espacio en el que Cristo sienta que allí hay un alma enamorada de Él! ¡María, quiero imitar tu ejemplo, de aquellos nueve meses en que llevaste a Jesús en tu seno, que te dio la fortaleza para vencer las dificultades y los juicios ajenos, que no cediste a la tentación del qué dirán y a las tribulaciones que traen consigo los problemas! ¡Que al contrario, como hiciste Tu, María, estreche mi unión personal con Jesús, que llene mi vida con su presencia en mi vida! ¡Que no deje de visitar cada sagrario que tenga cerca para llevar espiritualmente a Jesús en mi corazón! ¡Ayúdame María, a llevar siempre a Cristo en mi corazón, a no conformarme con ser un cristiano de mínimos, a no mostrarme indiferente a las necesidades del prójimo, a ser motor de alegría, de gozo, de servicio, de paz, de vida y, sobre todo, de amor! ¡Ayúdame, Madre Eucarística, a dejarme cada día transformar por Jesús porque quiero llegar a la santidad! ¡María, primer sagrario de la humanidad, llévame de camino hacia el cielo porque me quiero encontrar con Jesús!

El Pilar de la Iglesia

Último día de la semana con la Virgen del Pilar como medianera en estos tiempos de zozobra. Nos ponemos en manos de Nuestra Madre. ¡Qué hermosa es la vida cuando, al levantarnos cada día, María nos trae el amor del alma, ese amor luminoso y limpio que se centra en lo más puro y divino! ¡Gracias, María, gracias! Acudo a ti en todas mis necesidades y apuros; no quiero dejar de invocarte siempre y a menudo; mis ojos serían más limpios e inocentes si antes te mirara a Ti, Madre; mis pensamientos y deseos serían de oro purísimo si antes pensara en Ti, María; la honestidad de mis actos, mi soberbia y mi vanidad desaparecerían, mi actos faltos de caridad se convertirían en actos de amor si tomara como referente tu humildad, Señora.
La diminuta Virgen del Pilar se presenta siempre sobre un pilar o una columna presentando la idea de la solidez de la iglesia y de la confianza en la protección que otorga la Virgen María. Pero la columna también simboliza la línea que nos conduce de la tierra hacia el cielo. Es el soporte que tiene el hombre para ponerse en manos de la Virgen para avanzar en la cotidianeidad de su vida. Todo pilar sostiene con firmeza los edificios y los hombres necesitamos solidificar nuestra fe y nuestra esperanza, para asentar nuestra vida en la fe, en Cristo, en la Iglesia, en la comunidad. En definitiva, enraizarse en el edificio del reino de Dios. Y en este día nos encomendamos a la Virgen del Pilar para que nos otorgue la fuerza para ser pilares en nuestras familias y en aquellos lugares donde, como discípulos de Cristo, hemos de dejar nuestra impronta.

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¡Qué bien se siente y palpa la presencia de Dios cuando voy de tu mano, María! ¡Qué feliz soy cuando me siento como un niño en manos de ti, Madre! ¡Gracias, María, por tomar mis peticiones con tus santas manos y elevarlas al Padre! ¡Señora, dame un corazón puro, humilde y sencillo como el tuyo! ¡Penetra, Espíritu Santo, en mi corazón para que sonría a la sencillez y el candor de María, sepa imitarla en todo y sea capaz de dejar entre los míos la estela inconfundible de sus virtudes! ¡Oh Madre mía, deposito en tu corazón mis angustias para obtener del tuyo fortaleza, valentía y valor para afrontar las dificultades de mi vida! ¡Y en un día como el de hoy, Señora, te confío el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes y el testimonio de fe de los religiosos!