¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

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Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

María, Madre de la Iglesia

Cuarto sábado de junio con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Al pie de la cruz la Iglesia vio la luz. Jesús, viendo a su madre arrodillada, rota de dolor, y junto a Ella a Juan, el discípulo a quien amaba, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y, a continuación, mirando al discípulo dijo: «Ahí tienes a tu madre».Desde momento el discípulo amado la acogió en su casa.
Y rememorando este episodio de la Pasión tomas conciencia de que eres parte viva de la Iglesia porque Juan nos representa a todos y porque María, que es nuestra Madre, es también Madre de la Iglesia, a la que hay que acoger en el corazón para poner en práctica el Evangelio de Jesús que es al mismo tiempo el Evangelio de María.
Por eso la Iglesia es mariana, porque tiene en María el espejo para imitar en perfección y santidad pues la Virgen prefigura a la perfección la imagen de la Iglesia.
Un Iglesia que desde dentro dice «sí» a Dios como hizo María; que sale al encuentro del prójimo y de la vida como hizo María con su prima santa Isabel; que ora e intercede por la transformación del mundo; que alaba y bendice la obra de la Creación y se extasía por las maravillas que provienen de Dios; que trasciende a lo profundo del alma humana y deja constancia de que Dios es amor.
Una Iglesia que levanta al caído, que perdona setenta veces siete, que se conmueve por los desheredados de la tierra, que ofrece sus manos al que se halla a la vera del camino, que no juzga el pasado de nadie y que sana las heridas del sufrimiento con humildad y dulzura.
Una Iglesia que recuerda que el Padre es amoroso y que abraza a todos los hijos pródigos que buscan su misericordia, que no prejuzga el pecado del hombre porque busca su redención, que ama la vida y defiende al no nacido, al desahuciado por la enfermedad y allí donde un corazón, por muy débil que esté, va palpitando.
Una Iglesia que abraza al desesperado, que espera con las puertas abiertas el regreso del hijo pródigo, que hace fiesta con cada alma que se acerca a Dios, que canta el gloria cada vez que se produce una conversión.
Una Iglesia que acepta las dudas de sus fieles, que ofrece certezas que vienen de la fe y de la gracia del Espíritu, que llena de vida al que confía, que trata de dar respuestas al que busca.
Una Iglesia que no vive de los oropeles con la que se le prejuzga sino que, en realidad, es como esa pequeña casa de Nazaret, humilde y sencilla, donde habita el Dios del amor y de la misericordia.
Una Iglesia que llora con el que sufre, con el que no tiene nada, con el oprimido, con el humilde.
Una Iglesia abierta al fuego abrasador del Espíritu Santo y al viento poderoso de su gracia.
Una Iglesia que es en si misma también la imagen del Magnificat porque la Iglesia es María, es alegría, es esperanza, que mira la humillación de los humildes, que esparce su misericordia sobre cada generación, que dispara a los soberbios y enalteces a los pequeños y que se alegra en Dios, el Salvador del mundo.
Y todo este mundo nació al pie de la Cruz, el día en que Jesús, mirando a su Madre, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Fue aquella tarde una noche de muerte pero también de vida, motivo de fe y de alegría.

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¡Gracias, Señor, por la constitución de tu Santa Iglesia a los pies de la cruz! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, tu Madre, como Madre de todos y de la Iglesia! ¡Gracias por este acto de misericordia y de amor que nos abre a vivir acorde con Tu Evangelio que es el Evangelio de tu Santa Madre! ¡Gracias, porque con Ella podemos ir al encuentro de tu persona y del prójimo, caminar a su vera para hacer el camino de la vida que nos lleva hacia el cielo prometido! ¡Gracias, Señor, por tu Iglesia Santa, don gratuito de Dios que María lleva con preciado regalo en sus entrañas de Madre! ¡Gracias, Señor, por la fuerza que infunde el Espíritu Santo sobre tu Iglesia, llevándola en el devenir de la historia para hacerla cada día más santa, más católica y mas apostólica! ¡Gracias, Señor, porque de la mano de María podemos ir cada día al banquete del cordero, donde Tu te inmolas por nuestra redención! ¡Hazme, Señor, acoger en mi corazón como miembro de tu Iglesia a los que sufren, a los que no tienen nada, a los despreciados, a los humillados, a los Zaqueos de este mundo, a los publicanos, a los que no te conocen, al abandonado a la vera del camino, al ciego, al paralítico de Betsaida, al leproso, a la samaritana, a rico de nacimiento que te abandona, a los de la pesca milagrosa o del monte de las Bienventuranzas, a la mujer adúltera… hay muchos que necesitan de nuestra amor y de nuestro encuentro para darte a conocer, Señor! ¡Envía tu Espíritu Señor para que dote a tu Iglesia de la gracia de la fortaleza, la sabiduría y la piedad para ser testigo de tu Evangelio! ¡Y a ti, Padre, gracias porque la Iglesia es tu mismo corazón que nos lo diste por medio de tu Hijo a los pies de una cruz!

Hermoso himno Mater Ecclesiae que dedicamos a Nuestra Madre, Madre de la Iglesia:

La delicadeza que brota de la fe

Una de las características que más me impresionan de la humanidad de Cristo es su delicadeza. Alrededor de Jesús todo rezuma delicadeza que entronca con otras de sus cualidades innatas como son la paciencia, el cariño, la alegría, la ternura, la finura, la humildad, la magnanimidad, la cortesía… Nada en Jesús es vulgar, ni grosero, ni prepotente, ni egoísta. Su trato con la gente es delicado porque la delicadeza y la mansedumbre —una de las características del alma de Jesús es que es “manso y humilde de corazón”— son dos virtudes que caminan juntas. Quien cultiva la mansedumbre hacia los demás se convierte en un ser delicado, incluso con aquellos con los que cuesta empatizar.
La delicadeza es una virtud que, en cierta manera, brota de una fe firme, que se traduce en actitudes bienintencionadas, en gestos que imitan la acción del Señor que es la santidad visible para el corazón del hombre como recuerda san Mateo en uno de sus pasajes: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis”.
La delicadeza cristiana nunca se asienta sobre una serie de principios y derechos innegociables, no se sustenta sobre privilegios adquiridos, no trata de defender los intereses particulares, no reivindica nunca el yo. La delicadeza, que lleva implícita la virtud de la humildad, es la contraposición al egoísmo y la soberbia, a la necesidad de aparentar, al hacer las cosas para ser aplaudido, a dejar entrever las intenciones para que nadie olvide que es cosa nuestra, impide al prójimo quedarse con la sensación de que te debe algo, ni deja la impresión de que estás con alguien por interés o por pena.
La delicadeza cristiana exige condescendencia con el prójimo —con el más cercano—, evita la discusión permanente, el herir con palabras y con gestos, el mal humor constante, el recriminar con acritud las cosas mal hechas, vincula la verdad a la caridad, valora a los que le rodean y respeta su dignidad, sus ideas, su opinión y sus carencias. La delicadeza cuida los pequeños detalles.
La delicadeza es un don del amor de Dios y, por tanto, hay que pedirle al Espíritu Santo que nos la envíe para tratar mejor a los más cercanos. En nuestra alma tiene que reinar la delicadeza porque un corazón delicado es un corazón que arde por cada persona que se le acerca. Delicadeza en nuestros actos y nuestras acciones, llenarlas todas ellas de contenido sobrenatural, como exigencia de nuestro amor. Así se comportó el Señor, y en eso hemos de imitarle cada día. Poniendo la delicadeza como criterio de conducta, seguro que las demás virtudes crecerán a nuestro alrededor.

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¡Señor, envíame tu Espíritu, para seguir tu ejemplo, para imitarte en tu entrega a los demás, para hacer el bien a los que me rodean, para vivir en la humildad, la bondad y la generosidad, para caminar hacia el Reino al que Tú siempre me invitas! ¡Señor, quiero aprender de Ti, maestro bueno, ayúdame a descubrir la gratuidad de tu amor! ¡Conviérteme en un delicado instrumento de tu amor hacia los demás! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para reconocer tu presencia y agradecer tu compañía! ¡Señor, escucha mis plegarias que surge de un corazón sencillo, prepárame para seguir tu camino, ilumina mi sonrisa para convertirme en alguien delicado para los demás! ¡Todo lo espero de ti, Señor, confío plena y exclusivamente en ti, confío en la inmensidad de tu bondad, de tu poder y tu sabiduría! ¡Gracias, Señor, por tu delicadeza conmigo!

Hoy, cantamos el Padrenuestro con Andrea Bocelli:

 

Vidas mediocres

En el fragor de una conversación de trabajo uno de los participantes, entre dudas, estrategias, encajes… espeta: «¿Tan mediocres somos que nadie de los que está aquí sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?». En el contexto en el que se produce, esta pregunta nos abre los ojos a encontrar la solución.
Pero la pregunta del «¿Alguien sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?» me ronda desde hace días porque también afecta al interior de mi propia vida. Y te das realmente cuenta que tu vida se va moviendo paulatinamente entre quehaceres disparados e inútiles que no aportan nada útil ni nada nuevo a la vida, a tu vida y a la vida de los demás. Que muchas veces funcionas como si fueses un títere teledirigido sin ideas propias ni objetivos claras. Es el «ir tirando». Cuando uno va tirando convierte lo realidad de su vida con sus problemas enquistados y sus dificultades concretas, en algo mediocre, vulnerable y tibio.¿Y eso por qué ocurre? Porque cuando alguien tiene poco que ofrecer, también le resulta difícil recibir. Cuando alrededor del corazón se construyen muros de piedra estos son difíciles de derribar.
Tristemente nos acostumbramos a la mediocridad. Nos conformamos con que nuestra vida no vaya más allá, nos acomodamos en lo anodino. Y encontramos mil excusas para no cambiar, para dejar que esa mediocridad se convierta en un traje a medida. Nos dejamos llevar por el mimetismo. La peor vida que uno puede vivir es la vida mediocre porque es aquella vida adormecida y llena de excusas.
Es imposible dar lo que no se tiene, por eso no conviene buscar en los demás la perfección que nunca vas a tener, la generosidad que eres incapaz de regalar, la compasión que no has sido capaz de mostrar, el cariño hacia los otros del que desconoces que es en realidad, la fortaleza que careces para superar cada situación, la fuerza de voluntad que sueles arrastrar… de lo que se trata es de arrugar interiormente esas virtudes que han de ir creciendo, paso a paso, en el interior del corazón, abonarlas con el abono de la oración y regarlas con el agua cristalina de la constancia. Son elementos que dan valor a lo que verdaderamente tiene valor. Y con el tiempo que uno puede cosechar esos valores que uno pensó nunca poseería pero que están escondidos en lo profundo del corazón.
Hay que amar la vida, amarse a si mismo, amar a los que le rodean, amar las propias circunstancias, amar como eres, amar lo que posees, amar cada instante de tu existencia, amar, incluso, los propios fracasos, amar la cruz de cada día, amar los impulsos cotidianos… y cuanto más amor uno sea capaz de expandir, más lejos se hallará de la mediocridad y más valor le dará a lo que tiene valor.

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que me regalas cada día! ¡Te doy gracias por las oportunidad que me ofreces para cambiar, para transformar mi vida, para salir de la mediocridad, de la tibieza y del conformismo para buscar la perfección! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar la vida, de amar a todos, de amar cada minuto de mi existencia, de amar los problemas y dificultades, de amar la cruz que pones en mi camino! ¡No permitas, Señor, que me acomode en mis zonas de confort! ¡No permitas, Señor, que me autoengaño con falsas realidades de mi mismo para evitar en realidad enfrentar esa realidad! ¡No permitas que la soberbia y el egocentrismo sometan mi corazón porque lo que quiero es ser mejor cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu a dar todo lo mejor de mi y a no permitir que me atrape la mediocridad! ¡Espíritu Santo dame el entusiasmo permanente para encontrar la verdad allí donde se halle! ¡Otórgame el espíritu de resignación para aceptar mis limitaciones! ¡Dame, Espíritu de Dios, el coraje de luchar siempre sin miedo y sin abandono para cambiar lo que sale mal y para transformar lo que debe ser cambiado! ¡Otórgame, Espíritu de bondad, de la lucidez necesaria para encontrar siempre la verdad! ¡Dame, Espíritu de amor, la fortaleza para no acomodarme en lo fácil y preferir lo difícil! ¡Y dame, Espíritu divino, la valentía para luchar sin desmayo contra mis muchas apatías y desganas! ¡Ayúdame a derrotar la mediocridad que haya en mi vida y caminar hacia la santidad!

Escuchamos hoy el motete Insanae et vanae curae, Hob. XX:1/13c (Insanas y vanas preocupaciones) compuesto por Haydn en su oratorio «El retorno de Tobías»:

¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

Desde el desierto al fondo de ti mismo

Por razones laborales he pasado dos días realizando un trabajo en un desierto de África. El campamento de trabajo estaba ubicado en una zona de dunas de arena. Todo el entorno irradiaba un silencio sepulcral roto únicamente por el susurro del viento.
Cuando te encuentras en el desierto te invade una sensación de soledad muy grande. La mirada fija en el horizonte te hace comprender que todo es finito. El desierto es un lugar austero y sobrio. Sin embargo y aunque parezca sorprendente es un espacio donde uno puede encontrarse con uno mismo y con la grandeza de Dios.
El desierto es tierra de contrastes. Es un lugar tan desolado que aplasta por la inmensidad de su horizonte. Es un lugar que te ahoga si has de medirte con tus propias fuerzas. Por eso el desierto tiene tanta relevancia en el vida espiritual. El desierto es el lugar donde el pueblo de Israel conoció verdaderamente a Dios, confió en Él y se entregó a Él.
He pensado en eso estos días. Dios hace pasar a su pueblo la travesía del desierto porque quería llevarlo a la tierra por Él prometida. Cuando el pueblo comprende que el desierto no tiene por qué ser tierra de hostilidad se transforma en un lugar en el que es posible la relación con Dios. El desierto te lleva a lo interior, a lo profundo, a lo esencial. Entonces comprendes que el desierto ya no es un lugar de hostilidad sino un espacio propicio para el encuentro íntimo con el Padre.
Contemplo que mi vida está repleta de desiertos interiores que nos son silenciosos sino ruidosos. Son aquellos que me impiden abrir el corazón al otro, llevado por el ruido y las actividades que llenan la jornada. Experiencias que no me sacian la sed porque hay demasiada agitación alrededor. Momentos en que uno solo se mira a si mismo, incapaz de ver al otro en su silencio y necesidad. Sediento de la Palabra de Dios, esa palabra de vida que brota en abundancia pero que no no es capaz de recoger.
Pero cada vez que me adentro en uno de los desiertos de la vida es un desafío. Salgo de él más maduro, con un caminar hacia la interioridad de mi vida que es pare del viaje al que estamos llamados. El mejor desierto es el que te permite llegar al fondo de ti mismo para vivir el abandono en Dios. En este desierto Dios se convierte en un auténtico maestro porque reconduce tus miedos, tus tristrezas, tus incertidumbres y tus dudas, tus soledades y tus carencias, tus insatisfacciones y tus egoísmos… Es en el desierto donde Dios nos espera.
Parece contradictorio pero es en la interioridad donde uno encuentra fuerzas sorprendentes. Entonces puedes poner tu mirada fija en el horizonte y comprender que todo es finito porque detrás de todo está Dios.

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¡Señor, tu sabes que la vida es un desierto, un lugar de prueba y discernimiento! ¡Hazme ver, Señor, que mis desiertos son también una dimensión de mi vida interior! ¡Y aunque el ruido de la vida, las responsabilidades que me absorben, las dificultades que me atenazan, no permitas que mi corazón tome distancia! ¡Haz, Señor, que como a Ti me gusten los desiertos para tomar fuerzas, para profundizar en mi vida, para estar preparado a abrirme a los demás! ¡En cada uno de los desiertos de mi vida déjame envolverme en tu misterio! ¡No permitas que nadie ni nada se interfiera entre nosotros! ¡Envía tu Espíritu sobre mí para que me capacite a entender todo lo que me sucede, a vivirlo como una revelación, a sentirme cercano a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a despojarme de mi yo, a desnudar mi alma y mi corazón, a dejar todo lo que es innecesario para acercarme más a Ti! ¡Quiero, Padre, estar totalmente disponible para Ti, postrado con el corazón abierto, a la espera de cumplir tu voluntad! ¡Te busco, Señor, con los ojos puestos en tu Hijo Jesucristo, con la fuerza de tu Espíritu, con el don de la fe! ¡Estoy desnudo ante Ti, Padre, con toda mi miseria y pequeñez para comprender desde lo más íntimo del corazón todo aquello que esperas de mi! ¡Aquí estoy, Señor, transparente como el agua pura para poner mi realidad a tus pies! ¡Y esto me permite, Señor, vivir confiadamente, abandonarme esperanzadamente, sumergirme en la inmensidad de tu amor y misericordia! ¡Te alabo, Señor, y te bendigo! ¡Te alabo y te glorifico! ¡Te alabo y me postro ante Ti clamando con alegría que en el desierto me encuentro muy cerca de Ti! ¡Gracias, Padre, porque tu Hijo está presente en el silencio del Sagrario, esperándome cada día! ¡Gracias, Jesús, por estar ahí deseando encontrarte conmigo! ¡Gracias, Jesús, por tu amor y tu misericordia!

Canción del desierto:

La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

Los colores de la vida

Junto al hotel en el que me hospedo hay un gran mercado local, un espacio multicolor de personas que venden todo tipo de productos. En una parada descubro decenas de molinillos de viento con sus discos de diferentes colores. Como sopla con fuerza el viento, los discos se mueven circularmente, mezclando los colores que dan finalmente un tono blanco al disco. «Un molinillo lleno de luz», pienso.
La luz es la contraposición a la negrura. Mientras camino entre bolsos de cuero, especies aromáticas, vestidos multicolores, frutas tropicales, ropa y zapatillas de imitación o todo tipo de aparatos para el hogar pienso que el negro es el color que indica el fruto de nuestros conflictos interiores, nuestros desafíos sistemáticos, nuestras contradicciones y nuestras oposiciones a la voluntad divina.
En la vida debo estar atento a la teología de los colores. Esa teología está muy presente en la vida cotidiana espiritual. Cada día del año litúrgico hay una invitación a vivir solemnemente el colorido de la vida. La vida litúrgica acentúan y solemnizan los momentos más destacados del cristiano.
La Iglesia se adorna con diferentes colores en cada ciclo litúrgico: rojo, que simboliza la sangre y la fuerza del Espíritu Santo, se emplea para las fiestas de la Santa Cruz, el domingo de Ramos, el Viernes Santo, Pentecostés y las festividades que conmemoran a los apóstoles y los mártires; azul señala las fiestas dedicadas a la Madre de Dios; verde, que utilizamos en el tiempo ordinario, desde la festividad del Bautismo de Jesús hasta la Cuaresma y de Pentecostés hasta el tiempo de Adviento, nos anuncia la juventud de la Iglesia y la posibilidad de vivir un tiempo nuevo; el morado se emplea en Adviento, Cuaresma y en la liturgia de los difuntos y es indicativo del deseo esperanzador del encuentro con Cristo y de una vida de penitencia; el blanco, signo de pureza, de luz, de vida y de gozo pascual, se emplea en el tiempo de Pascua, en Navidad y en las festividades del Señor, de los ángeles, de la Virgen y de los santos que no han sido mártires; el rosa, se utiliza el tercer domingo de Adviento es un color que simboliza la alegría y, finalmente, el púrpura se emplea en las fiestas solemnes.
Con cada uno de estos colores va unida nuestra propia vida en el sentido de que todos y cada uno de nosotros es como un color; un color único y específico. En ocasiones representamos tonos suaves, en otras nuestro tono es más brillante, en otras más oscuro… depende de nuestro estado de ánimo y nuestra personalidad. Pero todos son colores creados por Dios. Y tan pronto como un entra en la Iglesia, en el mismo movimiento circular que el molinillo de viento, no dejamos de dar vueltas en círculos, para convertimos no en una única que es convertirse en instrumentos de luz para que la Resurrección brote de nuestro interior y se refleje en el mundo en el que vivimos.
Hoy doy gracias a Dios por la inestimable oportunidad de que mi vida, sencilla y pequeña, pueda estar marcada por la celebración de la liturgia que me lleva cada día al encuentro con el Señor.

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¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Por tu amor infinito, por como llenas de colorido cada uno de los momentos de mi existencia! ¡Como los colores de la liturgia son una invitación a la renovación interior, a la penitencia, a la alegría del encuentro, a la esperanza, a la veneración a tu Madre, al encuentro personal contigo, a rememorar la fe de tantos que han dado la vida por ti! ¡Gracias, Señor, por la sencillez de mi día a día, por los mensajes de amor que me transmites cotidianamente, por la luz de la alegría! ¡Gracias, Señor, porque das color a mi existencia incluso cuando se imponen los negros y los grises de los sufrimientos, de las espinas de sangre de los tormentos y las dificultades! ¡Gracias, Señor, porque mientras camino estás a mi lado, me das la mano y me levantas! ¡Gracias, Señor, porque la luz blanquecina ilumina mi existencia y me envuelve con la luminosidad de tu Cruz! ¡Gracias, Señor, por estar tan cerca de mi vida, te bendigo y te agradezco de corazón que me muestres el amor del Padre y me enseñes lo mucho que me ama! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío!

 

El señor es bondadoso y compasivo:

Delicado en el tacto, como María

Tercer sábado de junio con María, la mujer delicada en el trato, en nuestro corazón. Si María destacó a lo largo de su existencia es por esa delicadeza sencilla y ese tacto amoroso para aceptar y cumplir la voluntad de Dios en su vida. María es el reflejo mismo de cómo vivir acorde con el pensamiento que el Padre tiene para cada uno. Las manos de María se abrían siempre, extendidas al cielo, para acoger amorosamente la voluntad de Dios. En la actualidad, manos abiertas sobran en demasía; de lo que careceremos es de tacto, ese vivir comportándose con delicadeza, atención, cuidado y respeto con los demás.
La Virgen tuvo la delicadeza de sentir en su interior a ese Dios que le pedía algo irracional a los ojos humanos que es asumir la maternidad de un Dios hecho hombre y experimentar más tarde la congoja de ser Madre al pie de la Cruz.
Pero María, desde el primer momento, desde la primera frase del anuncio del ángel, con su delicada finura, acogió en su corazón a Dios y no lo alejó de su vida, distinguió el mal del bien, el error de la verdad, evitó las sendas erradas y trató con ternura su más preciado tesoro, a Cristo.
Y, así, su vida estuvo jalonada de entrega tierna al prójimo, asumiendo que su vida debía ser un constante desvivirse por los demás —visita a santa Isabel, las bodas de Caná, acogiendo a su alrededor a los apóstoles antes de Pentecostés…—, trabajando por el prójimo, sintiéndose cercanos a él y sufriendo por él como sufre una madre, una esposa o un amigo.
Con solo tener un poco de la delicadeza y el tacto de María yo mismo haría a los demás más felices, daría más paz a los que nos rodean, sería capaz de hacer más agradable el entorno en el que me muevo. Basta con pedírselo a María, la mujer del tacto sereno, cuya delicadeza es fruto de una vida intensa de oración y de una interioridad profunda. ¿No será acaso lo que me falta a mí para presentarme a los demás con mayor delicadeza?

 

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¡María, acudo a ti con el corazón abierto para unirme a tu corazón y aprender de esa delicadeza tuya que todo lo impregnaba, de ese tacto humilde y sencillo que hacía más feliz la vida del prójimo! ¡Quiero aprender de ese tacto tuyo, María, que buscaba hacer siempre las cosas por amor, que tenía siempre presente en su vida a Dios! ¡Quiero acercarme a ti, María, para que me enseñes a amar y a servir, a tratar a los demás con afecto, cariño y amor, para no caminar por sendas erróneas, para ver a los demás como los veías tu, un reflejo de mismo Hijo! ¡María, tu eres el icono vivo de la delicadeza de la vida cristiana, y como tal trataste a Jesús nuestro más preciado tesoro, con amor, suavidad, ternura, respeto y generosidad sin límites no solo porque era tu Hijo amado sino porque era el mismo Dios, que esa actitud la tenga yo también siempre con el prójimo, hijo amado del Padre! ¡Ayúdame María, a que mis actitudes, palabras y gestos, estén impregnados de tu ternura y tu delicadeza, para comprender al prójimo en su necesidad, para vivir por él, para ayudarlo a levantarse, para ayudarle a crecer, para aliviar su dolor, para comprender su necesidad! ¡Que cada unos de mis gestos, palabras y actitudes sean un modo delicado de bendecir a Dios y acariciar la cruz que con tanto amor!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

En este sábado dedicado a la Virgen disfrutamos del Magnificat de Gombert: