Mi semana en la Santa Misa

La Eucaristía del domingo es una fiesta sagrada, alegre, llena de luz. Aunque uno asista a Misa cada día de la semana, el domingo tiene algo especial. Es el encuentro con la asamblea reunida en comunidad, en la solemnidad del encuentro con el Señor. Me gusta la Misa dominical porque, en este encuentro de amor, de acción de gracias, de adoración, de glorificación, de contricción profunda… te pones en cuerpo y alma ante el altar con la historia personal que has vivido durante la semana que termina y con el compromiso de mejorar y cambiar en la nueva historia de siete días que se presenta. Es una ceremonia que exige entregarse con el corazón abierto y con toda la potencialidad del alma.
A la Misa acudo con la mochila de mis alegría y mis penas, con mis sufrimientos y mis esperanzas, con mi anhelos y mis frustraciones. Acudo con cada uno de los miles de retazos de la semana que he dejado atrás profundamente enraizados en el corazón. Para lo bueno y para lo malo. Las cosas positivas para dar gracias a Dios por ellas, las negativas para ponerlas en manos del Señor y ayudarme a superarlas y mejorar en el caso de tener que cambiar algo.
Esta mochila también esta repleta de imágenes. Es un mosaico de rostros que se han impregnado en mi corazón. Son las personas que se han cruzado conmigo durante la semana. A Dios los entrego durante la Eucaristía y también a María, la gran intercesora. Cada uno tendrá sus intenciones que desconozco pero que el Padre, que está en los cielos y que lee en lo más profundo de sus corazones, sabrá que es lo que más les conviene. Todos ellos me acompañan en la Eucaristía del domingo.
La Eucaristía es un acto de amor de Dios en el que uno puede ser autentico partícipe. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias por tu presencia en la Eucaristía! ¡Gracias, Señor, porque en la Santa Cena partiste el pan y el vino para alimentar nuestra alma y nuestra vida, para saciar nuestra hambre y sed de ti! ¡Gracias, Señor, porque ofreces tu Cuerpo bendito y tu Sangre preciosa! ¡Gracias, Señor, por esta entrega tan generosa y amorosa que llena cada día mi vida! ¡Gracias, Señor, porque la Eucaristía es una celebración comunitaria en la que Tú te sientas junto a nosotros para compartir tu amor! ¡Qué hermoso y gratificante para el corazón, Señor! ¡Gracias, porque por esta unión tan íntima contigo cada vez que te recibo en la Comunión, en este encuentro especial con el Amor de los Amores, que serena mi alma y apacigua mi corazón! ¡Señor, tu conoces mis fragilidades, mis debilidades, mis flaquezas, mis miserias, mi necesidad de Ti y aún así quieres quedarte a mi lado todos los días! ¡Solo por esto, gracias Señor! ¡Señor, Tú sabes que en la Eucaristía diaria se fortalece mi ánimo, se acrecienta mi amor por Ti y por los demás, se revitaliza mi entusiasmo, se agranda mi confianza y se hace fuerte mi corazón! ¡Te amo, Jesús, por este gran don de la Eucaristía en el que te das a Ti mismo como el mayor ofrecimiento que nadie puede dar! ¡Gracias, porque cada vez que el sacerdote eleva la Hostia allí estás Tú inmolado sobre la blancura del mantel que cubre el altar! ¡Gracias, Señor, por todos los beneficios que cada día me reporta la Comunión!

Pan de Vida, le cantamos al Señor:

«Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!»

Santa María Magdalena, una de las discípulas más fieles de Jesús, tuvo el privilegio de que el Señor la escogió para convertirse en testigo de su Resurrección. Ella la anunció a los apóstoles. Es, también, ejemplo de auténtica evangelizadora que anuncia, con decisión, el gran mensaje de la Pascua.
Con frecuencia me pregunto si mi fe fuese más firma y viva, si realmente conociera esa bondad infinita del Señor, si la conociera como lo hizo María Magdalena, seguramente mi confianza por Jesús sería ilimitada, infinita, valiente y viva. Lo cierto es que Cristo ha hecho por mí —en realidad por cualquier ser humano— lo mismo que hizo con la Magdalena. Lo mismo. Nació en un pobre pesebre de Belén, en el frío y el silencio de la noche; en el seno de una familia humilde obligada a huir a Egipto; viviendo durante años una vida anónima con las pesadas cargas del trabajo cotidiano; con años de predicación agotadores, llenos de sufrimiento y alimentado con el polvo del camino, enfrentado a muchos por las verdades que anunciaba; con una cruenta Pasión por la rabia y la envidia de sus enemigos y una dramática muerte en la Cruz, vergüenza y locura según el prisma desde el que se mire. Pero todo ello tenía un fin: abrirme el camino hacia la vida eterna.
El encuentro con la Magdalena al tercer día de su Resurrección, ese encuentro personal, lo puedo tener yo cada día con el Señor. En la oración y en la Eucaristía. Jesús se hace diariamente manjar para mi corazón. Es el gran milagro del amor de Cristo por el ser humano. Y ahora me pregunto: ¿No basta con este milagro cotidiano para creer en su amor y su misericordia infinitas? ¿Por qué este gesto trascendente no me es suficiente para dejarme conquistar por su confianza? ¿Por qué soy tan incrédulo como Tomás que necesito poner los dedos en las llagas de su costado y menos confiado que la Magdalena que corrió al sepulcro convencida del milagro de la Resurrección?
María Magdalena, mujer de corazón abierto, supo desde el primer encuentro con Jesús lo mucho que había hecho por ella. Yo también lo podría repetir cada día: «Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!». Esto es, de por sí, un gran acto de confianza. Eso es lo que desea escuchar de mi corazón, como lo escuchó de la Magdalena. Por eso no debo temer nunca hablar al Señor de amor. ¡Jesús ha actuado así para conquistar plenamente mi corazón! ¡Desea inundarlo de Su amor para arrojar de su interior mi amor propio! Por eso hoy, en esta festividad de santa María Magdalena, quiero decirle al Señor que lo amo con locura aunque por mi frialdad, mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia mi amor por Él no sea perfecto. Que deseo besar sus pies, bañarlos con mis lágrimas y limpiarlos con mis cabellos. Es decir, abandonar mi vida en Jesús, con confianza plena.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ser como María Magdalena, esperanza de los cristianos y auténtica valedora de la confianza del pecador! ¡En un día como hoy te pido Santa María Magdalena que escuches mis ruegos para que intercedas ante Dios para que me otorgue la gracia de la serenidad de espíritu, la humildad, la sencillas y el arrepentimiento sincero de mis pecados! ¡Como tu hiciste, María Magdalena, que mi vida esté llena del amor a Jesús y tome conciencia de que no debo nunca más pecar! ¡Señor, tócame con tu misericordia como tocaste a María Magdalena; hazme fiel a ti como lo fue ella, coherente con su vida después del arrepentimiento como lo fue ella y aceptador de su santa voluntad como lo hizo ella! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser contemplativa como María Magdalena, y ser capaz de reconocer siempre al Señor en mi vida para exclamar como ella aquello tan hermoso de «¡Maestro!»! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de ser ejemplo para los demás como lo fue la Magdalena que no se amilanó por sus pecados pasados ni por las opiniones de los que le rodeaban! ¡Ayúdame a que crea siempre en las promesas de Jesús como lo hizo ella y ser testigo de la Resurrección de Cristo en esta sociedad que tanto necesita de su presencia! ¡Envíame, Señor, como hiciste con María Magdalena a anunciar tu Buena Nueva a mis hermanos! ¡Y, Señor, ante los tantos defectos de mi carácter, dame la audacia de ponerme a tus pies y pedirte que se realice en mi la nueva creación como hiciste con María Magdalena!

En esta festividad, escuchamos hoy un canto y motete dedicado a Santa María Magdalena:

¿Renunciar o no renunciar?

Me invitan a una cena de verano con personas de diferentes ambientes, la mayoría de ellos ⎯⎯por su comentarios ⎯⎯ no creyentes. Incluso hay una mujer que, en el fragor de la conversación, sentencia que el «cristianismo es algo anti-natural». Para no estropear la velada hasta ese momento he permanecido en silencio. Pero no puedo dejar de intervenir. En la opinión respetable de estas personas entregadas a la satisfacción de los caprichos no se puede comprender que seguir a Jesús no implica renunciar a las cosas bonitas de la vida. Al contrario, seguir a Cristo es poseerlo todo porque Él lo da todo.
Cuando uno escucha hablar de «renuncias» en quienes no creen en la Verdad lo habitual es que emitan juicios despiadados contra la fe católica y, así, surge la ocasión perfecta para despreciar las enseñanzas de la Iglesia y criticar a los que seguimos a Cristo. Quienes así actúan no comprenden el verdadero sentido de la «renuncia».
Tengo un amigo que es cantante de ópera y, en la actualidad, actúa en los más importantes escenarios del mundo triunfando con su voz. Un sobrino mío ha aprobado recientemente las oposiciones al Banco de España después de tres años de denodado esfuerzo. Desde muy jóvenes ambos, por decisión propia y en aras a su sueño profesional, han «renunciado» a los divertimentos nocturnos, a los viajes, a los «placeres» de la vida. Nadie pone el grito en el cielo por ello porque sus esfuerzos han supuesto «renuncias» que la sociedad observa como algo positivo y natural. Sin embargo, en el cristianismo la crítica maliciosa es su sentido «anti-natural».
Toda renuncia se realiza, en la mayoría de los casos, por un fin superior. En el caso de mi amigo y de mi sobrino por alcanzar la meta profesional con unas dosis de reto personal. En el caso del cristiano, el objetivo es la santidad. Es una meta espiritual pero también una opción personal. Tomar la firme decisión de seguir a Cristo es buscar la senda de la santidad. Esta «anti-naturalidad» a los ojos de muchos es «trascendencia» a los ojos de Dios.
La pregunta que me hago hoy: Si soy capaz a renunciar a determinadas cosas de mi vida en aras a conseguir un objetivo, ¿por qué me cuesta tanto a veces renunciar a otras poniendo infinidad de excusas que tan relacionadas están con mi camino hacia la santidad?

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Alabad siervos del Señor (Laudate pueri Dominum, HWV 237), una bellísima obra de Haendel para el día de hoy:

El alivio de la Cruz

Hay días que necesitas el suave roce de la caricia del Señor. Que deje la impronta de su amor en lo más profundo de tu corazón herido. Que golpee con sus dedos los miedos e inseguridades que me embargan y los aparte de mi.
Anhelo fervientemente que mis manos se unan a las suyas y sentir la profunda ternura que siente por mi, frágil e inconsistente como soy. Hay días que pesa la mochila de la vida, el crujir de los dientes por las incomodidades del día a día, las gotas finísimas de sufrimiento que empapan el alma de desasosiego.
Sentado en oración ante el Sagrario, observo la enorme Cruz que preside el altar. Y miro las manos heridas y ensangrentadas del Señor. Esas mismas manos que elevaron la Hostia en la Última Cena, que impusieron sus manos sobre enfermos, que levantó a enfermos y lisiados, que abrazó a niños, mujeres y ancianos, que bendijo multitudes… Esas manos amables, generosas, abiertas a la paz, impregnadas de humildad, sencillez y amor son las que necesito sentir en días como este. Son manos que no dirigen el dedo acusador, que no juzgan, que no golpean, que no lanzan piedras. Son manos que me levantan a pesar de mi condición de pecador y que me bendicen a pesar de mi miseria y mi pequeñez.
Me fijo en las manos de ese crucifijo y doy gracias a Dios porque esas manos abiertas me han redimido del pecado, me abren a la esperanza y a la confianza y me permiten entregar toda mi necesidad. Pero esas manos, me llevan a mirar el rostro de Cristo. Desde la Cruz, pese a los ojos cerrados, el Señor me mira. Me mira con amor y con misericordia. Con compasión y con amabilidad. Es una mirada llena de bondad y de perdón. Es una mirada de sanación y de transformación interior.
Entonces comprendo que nada tengo que temer. Que en aquella Cruz está la Verdad de mi vida, la esencia de mi espiritualidad. Que siendo imperfecto como soy el Señor me quiere mostrar que me ama con amor eterno. ¡Gracias, Señor, porque tu Cruz es el alivio de mi corazón!

Jesus on the Cross with Heavenly Sky Above

¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por la salud, por tu amor, por el trabajo, por los alimentos, por las cosas buenas que me suceden, por los amigos, por mis compañeros de comunidad, por la bendición de cada día! ¡Bendice, Señor, a todos cuantos me rodean porque ellos también necesitan de tu amor y de tu misericordia! Señor, que en la contemplación de la Cruz nada me haga temer; pongo en tus manos mis ilusiones, mis sufrimientos, mis anhelos, mis problemas y mis necesidades que conoces de sobras y que sabes que es mejor para mí! ¡Señor, hágase tu voluntad en mi! ¡Señor, cuando me las fuerzas me debiliten, fortaléceme! ¡Cuando las dudas me embarguen, aumenta mi fe! ¡Cuando la tristeza me envuelva, llena de tu consuelo sanador! ¡Cuando no esté al altura y te falle, envíame tu perdón! ¡Cuando la impaciencia me embargue, seréname! ¡Cuando me equivoque, indícame el camino a seguir! ¡Cuanto te llame, escúchame! ¡Y, sobre todo, cuando te busque, que el Espíritu Santo me llene con tu presencia y me haga sentir tu amor!

Levanto mis manos, cantamos hoy:

Vivir de apariencias

En la sociedad actual vivimos de apariencias, «son ¿necesarias?» en las relaciones sociales, profesionales, etc. En esta circunstancia, la humildad camina a nuestro lado como un viajero desconocido. Al olvidarnos de ella nos convierte en seres anónimos, incluso entre aquellos que nos resultan más próximos. Sin embargo, cuando la humildad se ejerce se convierte en un espacio de encuentro con otras personas, fundamentalmente con los que más queremos.
En este entramado de apariencias juzgamos a los demás por lo exterior y no nos resulta sencillo reconocer lo valioso que atesoran. Cegados por esos defectos enemigos de la humildad —vanidad, orgullo, soberbia…— nos resulta complicado conocernos a nosotros mismos y conocer a los demás pues retenemos lo más superficial, lo menos importante y trascendente llevándonos una impresión errónea y equivocada del otro.
Entre los elementos sustanciales de la humildad un pilar fundamental es la verdad. Humilde es aquel que camina en la verdad y la autenticidad. Desde estos dos elementos resulta más sencillo conocer y valorar al prójimo. La humildad une vínculos estrechos  con la aceptación de nuestros dones, valores y debilidades lo que conlleva a aceptar de los dones, valores y debilidades de los demás.
Ocurre con relativa frecuencia que nos exasperen o incomoden actitudes y aspectos de gentes cercanas. Aceptarlas como son se convierte en una ardua tarea; en estos casos vemos solo lo negativo que les envuelve pero no recaemos en las grandezas y virtudes que atesoran. Sacamos puntilla y criticamos con vehemecia ese defecto que les identifica sin reparar que mucho de lo que criticamos a los demás es intrínseco a nosotros.
El camino seguro para vivir auténticamente en cristiano es la humildad, virtud que hay que pedir con intensidad al Espíritu Santo para que ilumine con la luz de Cristo la verdad de nuestra vida. Cuando uno, a la luz del Señor, acepta su fragilidad y se conoce realmente, puede aprender a aceptar y valorar a los demás. Un corazón humilde es aquel que busca el encuentro con el hermano desde la sinceridad del corazón; esa es la máxima esencia de la libertad y el amor.
¡Cuánto camino tengo por delante, Señor!

orar con el corazon abierto

¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Rey de la Humildad, cantamos hoy acompañando a la meditación:

No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

Tenía mucha ilusión por asistir a la Misa de un sacerdote misionero que hacía muchos años que no veía. La Eucaristía se celebraba en un pueblo, en la montaña, a cierta distancia de mi ciudad donde el padre se encontraba descansando unos días. Había cancelado mis compromisos para ir a ese encuentro con el Señor pero también con el amigo misionero. Por una concatenación de factores salí con el tiempo justo para llegar a este pequeño pueblo montañoso. En la carretera comarcal, a unos quince kilómetros del lugar, observo un coche aparcado en la cuneta con las luces de situación encendidas. Una mujer solicita ayuda. Detengo el coche. Se le ha pinchado una rueda y no sabe como cambiarla. No ha podido llamar a la grúa porque en aquella zona no hay cobertura. Mi móvil tampoco tiene y no puedo llamar a nadie. Se me cae el mundo a los pies pero me dispongo a ayudarla, al principio con un gran disgusto ⎯todo hay que reconocerlo⎯ y más tarde con satisfacción por el servicio prestado. Mi falta de pericia en el cambio de ruedas, además de dejarme las manos llenas de grasa, me retrasa más de treinta minutos. La consecuencia es que llego a la iglesia cuando la Eucaristía prácticamente ha terminado. Sentado en el último banco del templo le digo al Señor: «Había puesto toda mi ilusión para estar hoy en esta Misa. Aquí me tienes sucio y sudoroso. ¡Qué curioso que mi Eucaristía de hoy haya sido ayudar a una mujer a cambiar la rueda de su vehículo! Es increíble, Señor, qué manera más curiosa tienes para que mi voluntad se acomode a la tuya».
Con esta experiencia, Dios me enseña que en su sabiduría infinita, coloca a todos en el lugar que Él desea. Yo tenía un anhelo muy grande. Había hecho todo lo posible para asistir a aquella Eucaristía. Y Él, sin embargo, me había dicho: «He elegido para ti algo menos elevado y más mundano”. Es el gesto sencillo de poner mi inexperiencia cambiando ruedas del vehículo al servicio de una mujer mayor que sola no podría haberlo hecho. Pero entiendo que un gesto de amor realizado con el corazón abierto tiene tanto valor como una Eucaristía. Que el servir al prójimo despojándose de uno mismo es acoger al Señor en el propio interior, en una experiencia de amor, generosidad y entrega. Que está muy bien rezar y recibir la comunión pero esto de nada vale si cuando tengo la oportunidad de servir a mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, gentes desconocidas… paso de largo y me olvido de hacer el bien que está en mi mano. Terminada la Eucaristía ceno con el misionero y su familia y regreso feliz a casa con el corazón lleno, la esperanza renovada y el sentimiento de que Dios me ama tanto que me ha puesto en bandeja el cumplimiento de su voluntad para ese día.

Naturaleza_Bosque_Montseny_1318_20-min-580x600

¡Señor, cuántas veces te fallo diariamente queriendo hacer mi voluntad y no la tuya! ¡Necesito que me bajes de mi pedestal de barro y me coloques en el lugar que me corresponde! ¡Necesito, Señor, de tu misericordia porque Tu eres fiel y a veces me cuesta comprender que eres un Dios bondadoso, que exiges entrega por amor y por servicio generoso y desinteresado! ¡Señor, dame tu amor, dame fe, dame esperanza, dame caridad, dame ese don maravilloso que es saber que soy pequeño y frágil y que entregándome a Ti cada día baja Tu reino sobre mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites conocer tu voluntad y tus promesas y puedo orar y seguirte con el corazón abierto sirviéndote y dándome a los demás! ¡Padre, te alabo, te bendigo y te glorifico hoy, mañana y siempre!

Hágase tu voluntad, le cantamos hoy al Señor:

¿Resignarse o conformarse a la voluntad de Dios?

Fue hace unos días. Escuché esta frase y me removí interiormente: «Has de resignarte a la voluntad de Dios». Iba dirigida a una persona que se lamentaba de su triste situación. ¿Resignarse? ¿Por qué resignarse? Quien se resigna acepta como irremediable un estado o una situación molesta o perjudicial, generalmente después de luchar por solventarla o evitarla. Así, un cristiano no puede resignarse jamás; en la esperanza está su fortaleza y en su fe la confianza en Dios. Un cristiano que se resigna reniega de la libertad que le ha otorgado el Señor y desaprovecha las gracias que exhala el Espíritu Santo.
En la medida que me resigno, me acomodo. Cuando acepto resignarme apruebo que se produzca en mi una determinada situación. Pero Dios no desea eso. Dios quiere que el plan que tiene pensado para cada uno —impregnado de mucha lógica y más amor— sea acogido en perfecta conformidad con Él. Este es uno de los principales medios para alcanzar la santificación personal. Toda conformidad con la voluntad divina es una amorosa aceptación de la propia voluntad con la de Dios que permite lo que sucede. Uno no se puede resignar a la injusticia, al atropello, a la mentira, a la falta de autenticidad, al mal, al pecado…
Es cierto que en la vida hay muchas circunstancias complejas y difíciles que uno no puede controlar y que provocan sufrimiento y desazón. Pero antes de resignarse, aceptarlas provoca un gran bien. Aceptar con paciencia, sin tristeza, cargando sobre las espaldas el paseo de la contradicción, de la tribulación y de la dificultad. Un caminar por medio de la paciencia y la aceptación que es, en realidad, un proceso de maduración cristiana que une la tenacidad con la esperanza.
Si soy auténtico cristiano no me puedo resignar nunca. No puedo complacerme ni trapichear con el mal. Debo asumir mis sufrimientos, mis dolores y mis tribulaciones desde la óptica divina, esa que lo realiza todo desde la verdad y el amor. Vivir siempre abierto a la gracia de Dios, fuerte en la prueba y abierto a la confianza. El referente es la Cruz. El cúlmen la Resurrección.
Me pregunto hoy: ¿Resignarme o conformarme con esperanza con la voluntad de Dios?

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu siempre deseas para mi el bien! ¡Tú, Señor, anhelas mi salvación porque me has creado para la eternidad! ¡No permitas que me resigne ante las situaciones que debo ir afrontando cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu elegir siempre bien, a escoger el camino correcto desde la libertad que me has dado desde mi concepción! ¡Señor, Tú sabes que muchas veces me cuesta elegir porque tengo miedo a equivocarme y no tomar la decisión correcta! ¡Que Tu Espíritu me ilumine siempre, Señor! ¡También conoces perfectamente cuáles son mis debilidades y defectos, sabes que muchas veces actúo en contra de tu voluntad, que me confundo con frecuencia y me cuesta saber qué es lo que Tú quieres de mi! ¡Ayúdame a decir con confianza y con fe “Hágase Tu voluntad y no la mía”! ¡Basta con mirar tu Cruz, Señor, para comprender que debo seguirte y abandonarme entre tus brazos extendidos en señal de amor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que me inunde de serenidad para aceptar con humildad y sencillez lo que es Tú voluntad! ¡Concédeme también la gracia de la prudencia y la sensatez para ser receptivo a escuchar tu voz! ¡Que mi corazón se una a tuyo, Señor, para que me sea sencillo discernir cuáles son tus designios para mi vida!

Del compositor polaco Henryk Górecki, su obra coral Amén op.35:

Subir gozoso al Monte Carmelo

Santa María del Monte Carmelo, conocida también como Virgen del Carmen o Nuestra Señora del Carmen, es una de las más bellas advocaciones dedicadas a la Virgen María. Proviene su advocación del Monte Carmelo, cerca de la ciudad israelí de Haifa, que deriva de la palabra Al-Karem que traducido sería jardín, huerto o viña con el matiz añadido de su hermosura. ¡Yo me imagino a la Virgen en el jardín de su casa, cuidando las flores que decorarían las estancias de su humilde hogar de Nazaret, y ya elevada a los cielos en el jardín celestial cuidando con el mismo mimo a sus propios hijos aquí en la tierra!
Pero hoy, en esta festividad, me fijo sobre todo en el vaciamiento de si misma para tomarlo como ejemplo. La cercanía a Dios, la entrega al Padre, pasa por el camino del vaciamiento interior, de la pobreza espiritual, de la renuncia para poseerlo Todo, el desapego para adquirir la esencia. Ese fue el camino de la Virgen y así fue también la subida de san Juan de la Cruz a su propio Monte Carmelo.
La idea es hermosa, pero no es sencilla. Exige mucho desapego interior y un gran vaciamiento de uno mismo. Porque si deseas gustarlo todo, no has de tener gusto por nada. Para saberlo todo, no quieras saber algo en nada; para poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada; para serlo todo, no quieras ser nada; para llegar a lo que eres, no vayas por lo que no eres; para reparar en algo, dejaste arrojarte del todo… porque si quieres tener algo en todo no tienes puro en Dios tu tesoro.
Es decir, hay que abrir el corazón siempre en una total apertura a lo absoluto, con una renuncia sin límites y un disponibilidad completa a la voluntad del Padre. Lo que venga vendrá, es voluntad de Dios. Es la confianza la que marca nuestros pasos. Pero quien asume que nada es propio, nada puede perder. La pregunta es sencilla: ¿Soy capaz de renunciar a todo con el fin de alcanzarlo Todo? Por mis propios medios eso no es posible, pero de la mano del Señor y de María, la tarea es más factible. A ellos me encomiendo hoy para mi personal subida al Monte Carmelo. Exigirá vaciamiento interior, una viva vida espiritual, desapego de orgullos, autosuficiencias y soberbias. Me merece la pena intentarlo.

orar con el corazon abierto

¡Señor Jesús, María, Madre del Amor Hermoso, quisiera caminar con vosotros el camino de la vida para ser más contemplativo, para subir mi propio camino hacia el Monte Carmelo en una vía ascendente de oración, renuncia y servicio! ¡Ayúdame con vuestro ejemplo y con la gracia del Espíritu a entrar en una comunión gozosa y directa con Dios y conversar con Él con frecuencia en una relación íntima y filial! ¡Quisiera en este día ser capaz de tener un coloquio con el Padre confiado y amoroso! ¡Ayudadme a no descarriarme por sendas equivocadas! ¡Ayúdame a abrazarme con gozo a la realidad de mi vida, dar siempre alabanza y cantar con alegría las gracias y dones que Dios vierte sobre mi frágil humanidad! ¡Enseñadme a orar y amar más a Dios porque si no estoy enamorado de Él nunca sabré orar! ¡Y a ti María, Señora del Monte Carmelo, que eres mi consuelo y medianera ante Dios, ruega por mí y por los míos! ¡Fortalece mis flaquezas con tus manos misericordiosas, cúbreme con tu manto maternal para protegerme ante mis debilidades, aumenta mi fe y mi confianza en Tu Hijo y en Dios, ayúdame a ser más caritativo y servicial! ¡No permitas, María, que me arrugue por nada y guíame en el camino de la perfección y la santidad para que pueda llegar algún día al jardín celestial donde gozar de la gloria eterna!

La Virgen del Carmen, Estrella del mar, es patrona de los marineros desde tiempo inmemoriales. Les tenemos presente hoy a ellos con este bello canto O Maria Stella Maris dedicado también a la Virgen, Señora del Monte Carmelo:

María, Madre del Amor Hermoso

Tercer sábado de julio con María en nuestro corazón. Ayer, en una capilla donde entré para hacer un visita, leo esta inscripción sobre el altar: Mater pulchrae dilectionis. ¡Qué título tan bello para María! «Madre del Amor Hermoso». ¡Es que María, nuestra Madre, es la fuente inagotable del amor hermoso, de un amor generoso, entregado, puro, servicial, sacrificado…!
¡Me bastaría con que una sola gota de ese amor tocara mi corazón para convertirme en mejor persona! Es lo que le pido hoy a María. Que ese amor santísimo se desborde, aunque sea en forma de una pequeña gota, en mi corazón egoísta y miserable para transformarlo por completo.
Con frecuencia pienso lo cobarde y acomodaticio que soy en la entrega y el servicio a Dios y a los demás. En la película de mi vida aparecen como una secuencia mis faltas de generosidad, de caridad, de amor, de cobardía, de delicadeza, de correspondencia, de perdón… Y me siento indigno de poder recibir el favor del Señor y de su gracia. Y ahí es cuando surge, luminosa, la figura de María, Madre del Amor Hermoso. Ella vela sobre cada uno de sus hijos. Lo hace porque nos ama intensamente, con un amor lleno de gratuidad y generosidad sin límites. Ella no mide ni mis defectos ni mis limitaciones, ni mis fragilidades ni mis caídas porque su amor no es humano. Es una amor de sobreabundancia. Y con nosotros ama a Cristo, su Hijo porque sabe que Cristo vive en cada uno de nosotros y Ella con sus manos providentes y misericordiosas quiere que Jesús crezca en nuestro interior, se desarrolle en nosotros y nos alcance para llevarnos a una vida de santidad.
María engendró al Hijo de Dios en Belén pero su labor continua desde entonces hasta la finitud de los tiempos. Por eso a su lado nada temo. ¡Es que no puedo tener miedo si me acompaña la Madre del Amor Hermoso!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María por tu amor! ¡Gracias por tu corazón amoroso y generoso que me hace comprender como debo ser yo en el servicio a los que me rodean, a la comunidad y a la Iglesia! ¡Gracias, María, porque tu amor no es un amor cualquiera, es el Amor en mayúsculas, es el Amor que engloba la Trinidad entera! ¡Gracias, María, porque tu amor me hace sentirme alegre y confiado! ¡Concédeme la gracia, María, de crecer cada día en mi camino de fe! ¡Ayúdame, Madre del Amor Hermoso, a sentirme más unido a Jesús Tu Hijo, a serle fiel, a cumplir siempre su voluntad! ¡En este día, María, Madre del Amor Hermoso, te pido por todas las familias del mundo, por los matrimonios, por los esposos, por los novios, por los abuelos, por los hijos! ¡Bendícelos a todos, María, e intercede por nosotros que somos Tus hijos para que caminemos por la vida fieles a la verdad del Evangelio!

Virgen María, Madre del Amor te consagramos este día y te honramos con esta canción:

Prudencia no es cobardía

Al amor de Dios no se le pueden poner límites porque Dios ama sin medida. Pero para progresar en el amor la prudencia es una necesidad pues es la prudencia la ciencia de los santos. Prudencia no es cobardía, ni limitación, ni miedo. La prudencia es esa virtud que Dios infunde para que uno sepa siempre lo que debe hacer. En unas ocasiones nos llevará a tomar decisiones justas y rápidas, otras a recular antes de la acción. La prudencia capacita para las acciones sencillas y también para las difíciles.
Pienso hoy en el Señor. ¿Era realmente un hombre prudente, Él que comía con publicanos y pecadores, que atizó a los vendedores del templo que profanaban la Casa del Padre, que se enfrentó a los Sumos Sacerdotes, que curaba en sábado, que perdonaba los pecados…? Lo era, porque el prudente levanta la voz ante la injusticia, condena al que ejerce el mal, piensa y actúa antes de pensar que puede equivocarse, busca la conversión de los alejados, trabaja por anunciar el Reino de los Cielos antes de evitar complicarse la vida…
Es la razón buena compañera de la prudencia. El complemento perfecto para dictar a nuestro corazón lo que más conviene en cada situación. Con la prudencia es más sencillo discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo trascendente de lo intranscendente, lo conveniente de lo inconveniente… La prudencia nos otorga la docilidad suficiente para dejarse aconsejar y acoger el consejo con humildad.
¡Qué importante es también la prudencia en la vida espiritual! ¡Qué importante es obrar siempre siguiendo los caminos de la gracia!
Reconozco que me gustaría ser más prudente pues el prudente es el que es capaz de ver lo que Dios desea de él y lo hace sin pensar que va a encontrarse un sinfín de obstáculos en su camino. En la medida que sepa discernir lo que Dios quiere de mí mayor será mi crecimiento personal y espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú mismo dices que el sabio oirá e incrementará su saber; que el entendido adquirirá consejo! ¡Ayúdame, Señor, a ser prudente pues la prudencia es la senda por la que debo caminar por la vida pues es gracia tuya ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a trabajar la prudencia para aplacar ante las adversidades que surjan cada día; a reaccionar ante situaciones injustas o dolorosas! ¡Concédeme, Espíritu Santo, el don de la prudencia para aparcar la necedad y abrazar la sabiduría, para desechar los pensamientos y las actitudes egoístas, de ausencia de autodominio o de insansatez! ¡Señor, siento que debo ser alguien con más fe y más ferviente pero al mismo tiempo más prudente, siendo más diligente en servirte a Ti y a los demás! ¡No permitas, Señor, que me avergüence de mis creencias y mis principios! ¡Otórgame, Espíritu divino, la prudencia para saber en cada circunstancia lo que conviene hacer! ¡No permitas, Espíritu Santo, que caiga en estas faltas que atentan contra la prudencia como son la inconstancia, el actuar mal por no querer conocer la verdad, la precipitación, el moverse por los caprichos, la inconsideración, el dar juego a las pasiones…! ¡Lléname de Ti para ser prudente al actuar!

Del compositor andaluz Francisco de la Torre, máximo exponente de la música en la época de los Reyes Católicos, escuchamos hoy esta bellísima obra polifónica a cuatro voces Adorámoste Señor Dios. Adjunto el texto para seguirlo pues es una poema precioso:

Adoramoste, Señor,
Dios y hombre Ihesu Cristo
Sacramento modo visto
universal Redentor
Adoramoste, vitoria
de la santa vera cruz
y el cuerpo lleno de luz
que nos dejaste en memoria
Criatura y criador,
Dios y hombre Ihesu Cristo
en el Sacramento visto
adoramoste, Señor.