Allí está Él, orando con uno

Ayer domingo, durante una sesión de un curso Alpha, una persona que está en un proceso de caminar pausadamente hacia la fe me decía que no encontraba palabras para hablar con Dios. «¿Sabes rezar el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria? ¿Puedes coger la Biblia y recitar un salmo?»; «Sí», responde con una sonrisa. «Pídele que te enseñe a orar como hizo con los apóstoles e, incluso, puedes lanzar al vuelo una jaculatoria: «Te amo, Señor, con toda mi humildad y mi pequeñez porque no se rezar», cualquier frase que te salga del corazón sirve -le digo-, pero no lo hagas a toda prisa sino poniendo todo tu amor, tu entrega, tu pobreza, tu fragilidad, tu desnudez. Eso lo toma el Señor con la mayor de las alegrías porque esa es la más auténtica de las oraciones».
Se lo digo porque lo pienso. Se lo recomiendo porque lo siento. Una frase sencilla pronunciada desde el corazón abierto es un encuentro íntimo entre uno y el Señor. Y en ese santuario íntimo que es el corazón de cada persona cuando se profiere una jaculatoria dicha con amor Dios fija allí su morada. Allí está Él, orando con uno.
Cristo habita en lo más profundo de nuestro corazón. Solo por eso, nuestra vida debería ser en cada palabra, en cada gesto, en cada pensamiento, en cada sentimiento… una oración auténtica impregnada de amor.

 

orar con el corazon abierto

Y hoy, mi oración, son sucintas jaculatorias al Señor que impregnadas de amor y paz interior y dichas desde el corazón llegan al Corazón de Cristo:
¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, perdóname y se mi Rey! ¡Corazón de Jesús, que te ame y te haga amar! ¡Corazón divino de Jesús, hazme santo! Dulce corazón de Jesús, haz que te ame siempre más y más! ¡Sagrado Corazón de Jesús, protege mi familia! ¡Sea por siempre bendito y adorado Cristo, Nuestro Señor Sacramentado, Nuestro Rey por los siglos de los siglos! ¡Te alabo y te doy gracias en cada instante y momento, Buen Jesús! ¡Viva Jesús en mi corazón por siempre! ¡Viva Cristo Rey! ¡Te adoro ¡oh Cristo!, y te bendigo porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo! ¡Buen Jesús, amigo de los niños, bendice a mis hijos y a los niños de todo el mundo! ¡Buen Jesús, me uno a ti de todo corazón! ¡Señor eres mi pastor, nada me puede faltar! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! ¡Por ti, Jesús, vivo; por ti, Jesús, muero; tuyo soy, Jesús, en vida y en muerte! ¡Señor, auméntame la fe! ¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! ¡Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad! ¡Jesús Dios mío, te amo sobre todas las cosas! ¡Jesús, ten misericordia de mi que soy un miserable pecador!

Seguimos caminando por la Cuaresma acompañados de música bellísima; hoy con el responsorio Ecce Quomodo Moritur Justus (He aquí como muere el Justo) de Jacob Handl (1550-1591) compuedto para el Sábado Santo:

Tengo una profunda sed de ti

Me surge hoy en la oración un sentimiento profundo. Cristo, desde la Cruz, con sus brazos extendidos, desde ese trono de amor que es el madero santo, me susurra: «Te amo profundamente. Te amo como nunca me amarás tu a mí. Estoy aquí, con los brazos extendidos en cruz, porque quiero entrar en tu corazón, abrazar tu vida, tu fragilidad y tu humanidad. Tengo una profunda sed de Ti. Dame de beber».
Una grieta profunda se abre en mi corazón. ¡Cuanto me cuesta comprender que el Señor anhela ardientemente ganarme para Él. Ese «¡Tengo sed!» que pronuncia desde la Cruz es un «Dame de beber». Cristo no desea sólo mi salvación, quiere algo más, necesita conquistar mi pobre corazón para unirse a mí y desde la horizontalidad y verticalidad de la cruz llevarme hacia la santidad.
¿Cómo puedo ser ajeno a esta llamada amorosa del Señor? ¿Cómo no ser receptivo a este «¡Tengo sed!» si esta sed es la necesidad de mi amor, de mi entrega, de mi confianza, de mi olvido de mi mismo, de mi renuncia al pecado? ¿Cómo voy renunciar a ese clamor del Señor que tiene sed de mi santidad? ¿Como no ver que este «¡Tengo sed!» es para saciarse de mi unión con Él, de mi renovación interior, de mi purificación, de mi transformación personal, de mi conversión auténtica a su amor y su misericordia? ¿Cómo no ver que ese «¡Tengo sed!» es reclamar mi atención cuando no merezco darle de beber por tantas incongruencias, desprecios, miserias, infidelidades, abandonos que me alejan una y otra vez de Él?
Y, sin embargo, desde la Cruz, Jesús exclama: «Tengo sed». Y lo hace en el momento de la agonía, cuando parece que sus fuerzas lo han extenuado. Así es también el amor de Cristo. Firme en el dolor, fiel en la adversidad.
«Tengo sed», me dice el Señor. ¡Yo también tengo sed de ti, buen Jesús, aunque me olvide de decírtelo cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, permanezco a los pies de la Cruz contemplando tu rostro y tu cuerpo doloridos y mi corazón compungido te da las gracias por tanto amor! ¡Señor, gracias, por necesitar de mi cercanía Tú que eres la bondad infinita, la ternura viva, el amor dadivoso, la misericordia generosa! ¡Gracias, Señor, porque desde la penuria de la Cruz deseas ardientemente mi cercanía, mi entrega confiada y mi amor! ¡Yo también, Señor, tengo sed de ti, de amarte y de que Tú también me ames! ¡Tengo sed de Tí para que sanes todas esas heridas que hay en mi corazón y me impiden avanzar! ¡Tengo sed de Ti para llenar mi corazón de paz y serenidad! ¡Tengo sed de Ti para no dudar nunca de Ti ni de la grandeza de tu misericordia! ¡Tengo sed de Ti, Señor, para llenar de sosiego mi vida cuando se presentan las pruebas y me ahogue en las tormentas de lo cotidiano! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque sé que tu amor es infinito y tus bendiciones colman de paz mi vida! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque soy consciente de que me perdonas y me amas por muchos errores que haya cometido! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque tu amor me basta y así puedo hacerme pequeño y más sencillo a los ojos de los demás, llevando mi orgullo y mi soberbia al pozo del adiós para inundarme de la humildad que viene de Ti! ¡Señor, quiero abrirme siempre a Ti! ¡No permitas, Señor, que me acostumbre a verte crucificado y hazme ver siempre tus huellas en el presente de mi vida!

Sitio! (Tengo Sed) es la quinta de las palabras de Cristo en la Cruz. Hoy escuchamos esta impresionante versión de Theódore Dubois para acompañar la meditación:

Un «sí» al Señor como el de María

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Surge luminoso a mitad de la Cuaresma el día de la Anunciación del Señor y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para exclamar de corazón: «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

En el día de la Anunciación cantamos con la Hermana Glenda este Angelus:

Comprender que todo está impregnado de Su presencia

Hace unos días al escuchar esta frase del Génesis mi corazón se turbó por completo: «Y Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y disminuyeron las aguas».
¿Cómo una frase tan simple puede turbar un corazón humano? Porque en ocasiones la tribulación me inunda. Las aguas de mi vida no están siempre en calma. Se levantan olas bravías envalentonadas por el viento. Y uno se siente perdido mar adentro entre tan devastadora tormenta y siendo salpicado por tanta lluvia de dolor. Experimentas esa desoladora fuerza del espíritu roto. Esas aguas que te ahogan y que te demuestran que uno no está avezado en el siempre complejo arte de la navegación. Pero Dios sopla suavemente para calmar la tempestad. Lanza sobre la tierra un viento pausado y hace que las aguas disminuyan. Lo hace así porque es consciente de la fragilidad de uno, de sus ineptitudes y sus incapacidades. Entonces comprendes que ese desvarío solo puede manejarlo Él en quien pones toda su confianza.
Y comprendes que todo, absolutamente todo, lo que uno experimenta, vive y le rodea está impregnado de su presencia. Que es necesario sentir el aliento de Dios y comprender lo que Él quiere mostrarte.
El corazón se turba pero todo está sellado por su presencia, y es necesario abrir los ojos salpicados del salitre marino y comprender lo que Él quiere mostrarte. Sabes que Dios no reposa en las tranquilas aguas de un mar en calma, que también se encuentra en lugares hostiles, en lugares poco transitados o en zonas agrestes. Que te hace pasar por zonas inundadas de zarzas, en desiertos secos y sombríos, donde la incertidumbre es ley.
Lo hermoso de la fe es que te permite comprender que cuando las aguas disminuyen y se calman surge un gran arco iris multicolor que conforta el corazón y sosiega el alma. Es el signo de las promesas de Dios que se hacen eco en la vida de cada uno. Escuchas la voz del Padre y la tempestad queda en calma, los temores desaparecen, las palabras sanan, las flaquezas se convierten en fortaleza y las incertidumbres en esperanza. Y te sientes en sus manos rebosantes de amor y misericordia completamente libre de ataduras.
La clave es la confianza. La espera paciente. La fe firme. Y cuando observas al Espíritu sobrevolar los cielos todo es más clarividente. Con Dios todo lo puedo, con el Hijo cargo la Cruz y con el Espíritu me sostengo.

orar con el corazon abierto

¡Señor, haz que todo se silencie en mi interior para escuchar la fuerza de tu palabra y así serenar mi espíritu cuando las tempestades hagan presencia en mi vida! ¡Señor, tu sabes cuántas situaciones de angustia, de incomprensión, de crisis económica o familiar, en la comunidad, de enfriamiento de mi compromiso cristiano, de caídas, de fracasos en mi tarea evangelizadora, de tener la sensación de ir a la deriva, de no comprender tu silencios! ¡Tu me interpelas, Señor, por mi falta de fe! ¡Sí, Señor, mi fe se tambalea a veces por lo que sucede en el exterior y, sobre todo, por mi fragilidad personal! ¡Lo que me impide acoger el evangelio es mi cobardía! ¡Que no me de miedo atender tus llamadas, Señor, y abrirme con fe a tu persona y comprender que tu sabes vivir en la tempestad y en la bonanza! ¡Espíritu Santo, ayúdame a buscar la calma en medio de tantas preocupaciones, incertidumbres y miedos! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a saber vivir en la confianza! ¡Concédeme la fuerza interior para soportar los golpes de la vida, los fracasos, los vacíos, las incoherencias, la falta de sentido y todo aquello que dificulta mi vida de fe! ¡No permitas que jamás el miedo me invada porque los temores hace que me vuelva pequeño y nos mire hacia mi interior, sino sólo ver las tempestades que hay en mi interior!

Protégeme Dios mío que me refugio en ti:

Quemar etapas

En la vida es frecuente quemar etapas. Pensamos que cuando las hacemos arder es que no va a ser necesario cruzarlas. ¡Pero qué equivocados estamos!
Uno se va fijando en la infinidad de pequeños detalles que van creando su rutina diaria, esas nimiedades sin importancia que nos inundan y que, de manera pausada, van edificando poco a poco la realidad de nuestra vida. Uno piensa en esa cantimplora de agua bendita, fresca y pura, que bebe para ir tomando fuerzas; son los detalles hermosos de la vida que, como retazos, se van haciendo presente en lo cotidiano.
Sin embargo, un día como hoy sientes ese viento gélido, fuerte, que te envuelve y que te impide avanzar; que te empuja descontrolado y te tambalea. Comprendes esa inseguridad que a veces hace mella en tu vida, esos miedos que te atenazan, esa fragilidad que se despliega con toda su fuerza. En ese momento no queda más que doblegarse ante Dios y pedirle, con el corazón abierto, que se convierta en la pantalla que frene estas envestidas, que vierta toda su gracia sobre este pobre hombre que en toda su fragilidad se siente incierto en el momento de cruzar el puente quebradizo la vida formado de tablones de madera enmohecidos, que crujen cuando caminas y que son incluso más inestables que uno mismo.
Es, entonces, con todos los miedos que te atenazan que te aferras dignamente a la Palabra, la única que esconde la verdad cierta, y que te invita a tener una fe firme y una confianza ciega. Y le dices a tu corazón: «Avanza y no tengas miedo, dirígete hacia el otro extremo confiadamente porque en el otro lado Alguien te espera con los brazos abiertos». Sí, en la vida hay momentos de confusión, desconcierto y desorientación. Por eso es tan importante pedir cada día una fe cierta y firme, la gracia de la confianza, el no tener miedo a caminar sobre travesaños de madera que crujen sobre el abismo. No tener miedo a cruzar el puente y quemarlo con la seguridad de que no lo voy a necesitar de nuevo porque no regresaré jamás al punto en el que me encontraba pues los horizontes que se abren son infinitamente mejores.
Si soy capaz de superar esta situación, de vencer esta prueba, de entregarme sin vacilaciones a la voluntad de Dios, de aceptar lo que Él tiene preparado para mí ¡por qué temer esta travesía! Mi vida experimentará una profunda transformación interior, un cambio profundo y, me convertiré, estoy convencido en alguien mucho más cercano a la belleza, amor y misericordia del corazón del Padre. ¡Voy a intentarlo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, hay veces que la incertidumbre me invade y los miedos me aprisionan! ¡Hay ocasiones, Señor, que todo son incertidumbres que desmoronan de por si mi frágil existencia! ¡Aún así, Padre, tu eres la fuerza de mi corazón aunque mi espíritu sea débil y mi capacidad de confianza flaquee! ¡Te pido que me sostengas, Padre, y no me dejes caer nunca, que me guíes con los sabios consejos de tu Palabra y me conduzcas hacia ti con una fe ciega! ¡Soy consciente, Padre, de las grandes maravillas que obras en mi, que estar cerca tuyo y de tu Hijo es una gracia, porque sois mi refugio y mi auxilio, pero a veces tengo dudas porque los problemas a mi alrededor me dificultan crecer en confianza! ¡Ayúdame a quemar esos puntos que no sirven para vivir en la confianza cierta; yo confío en tu fuerza, cuando no puedo más creo en Ti, confío plenamente en que me bendices y me proteges porque eres el más grande y soberano Padre! ¡Envía tu Espíritu, Padre, sobre mí para que me de la fortaleza para avanzar, la sabiduría para confiar y la fe para crecer! ¡Gracias, Padre, por tu infinito amor y misericordia y perdona a este frágil pecador que tantas veces duda y se tambalea!

Alma mía recobra tu calma, rezamos cantando con esta hermosa canción:

Miedo a las sorpresas de Dios

Hay veces que uno pone todo su esfuerzo en una tarea que no acaba dando sus frutos. El desgaste personal es grande y eso hace mella en el alma. El desánimo te invade y los cansancios se convierten en una losa pesada. Me ha ocurrido con frecuencia: poner esperanza en algo que no se concreta. En estos momentos es cuando más confianza tengo que poner en el Señor; permanecer alerta con lo que desea transmitirme e invocar, esperanzando, el signo de su voluntad. El pequeño milagro anhelado.
En definitiva, el único que disipa las tinieblas de la incertidumbre con la luz es  Él. Sólo Él hace emerger la claridad de la oscuridad. Suavizar el áspero sentimiento de fracaso. Tranquilizar el ánimo antes de que el alma se sumerja en el desánimo. Es el momento de subir de nuevo a la barca, empezar a bogar aguas adentro, desalojar temores infundados y poner la mirada en ese Dios que nunca abandona. Y echar las redes en mitad del mar bravío confiando en su Palabra, consciente de que sólo es Él quien puede obrar el prodigio que uno anhela: que la red esté tan repleta de peces que sea imposible arrastrarla hasta la orilla. Y que la jornada finalice con la tan ansiada pesca.
El milagro solo puede producirse cuando crees de verdad que tu red vacía se llenará con abundantes frutos porque Él, el Padre que todo lo puede, actúa siempre cuando menos te lo esperas sorprendiéndote siempre. Y, entonces, te das cuenta que tienes miedo de las sorpresas de Dios. Pero Él es así, sorprendiendo siempre; uno no se puede cerrar nunca a la novedad que Dios desea traer a su vida, encerrándose en si mismo, perder la confianza y resignarse porque no hay situación que Él no pueda cambiar si uno está abierto a su gracia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, muchas veces me empecino en trabajar solo sin tenerte a mi lado, confiando sólo en mis fuerzas; entonces solo observo que mis redes permanecen uno y otro día vacías! ¡Necesito escucharte, Señor, siendo dócil a tu Palabra y trabajar junto a Ti para que las cosas cambien y el milagro se produzca! ¡Quiero vivir en profunda comunión contigo para que al final del día, cuando no haya obtenido los frutos deseados, pueda volverme a tu Padre y escuchar su voz que me recomiende volver a echar las redes pero ahora haciéndolo en tu nombre! ¡Señor, qué diferente son las cosas cuando las hago en tu nombre! ¡No permitas que vaya quemando las horas inútilmente y que mi alma se seque sino que pueda confiar siempre en ti, abrir mi corazón, echar las redes y confiar siempre en los frutos de mi trabajo! ¡Espíritu Santo, dame la fortaleza para trabajar duro, con audacia, haciendo bien las cosas, incluso cuando haya tormentas y mares difíciles, y que no desfallezca cuando mi esfuerzo no de los frutos deseados! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a santificar mi trabajo para que sea semilla viva del Evangelio!

Seguimos nuestro camino cuaresmal musical con una bellísima pieza del maestro portugués Duarte Lobo, Pater Peccavi (Padre, he pecado) a cinco voces. Las palabras del hijo pródigo reconociendo sus errores y pidiendo perdón al padre son verdaderamente profundas:

Compromiso y amor

Hay una frase del Evangelio que me impresiona mucho: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den alegría a vuestro Padre que está en el cielo». ¿Qué se puede decir ante esto? Compromiso. Así le comprendieron y pusieron en práctica los apóstoles y los primeros cristianos y tantos miles de cristianos a lo largo de la historia que dieron su vida, entregaron todo lo que tenían, para dejar testimonio vivo de la grandeza y el valor definitivo de este Reino que todos anhelamos: el Reino de Cristo. Lo hacemos porque sabemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida y que, además, Él es la resurrección y la vida. Pronto experimentaremos esta realidad.
En el testimonio está la verdad. La forma de conseguirlo. Sencilla pero complicada a la vez: repartir el pan con el necesitado; dar de hospedar al desamparado; vestir al desnudo… das a los demás y te salvas tu mismo y con eso conseguimos que la luz brille en mis tinieblas, mi oscuridad se vuelva mediodía y el Señor me responda: «Aquí estoy». El camino continua con la humildad y la fidelidad cristianas, valerse también de la fuerza que nos da ese Cristo crucificado y resucitado, y la fuerza iluminadora del Espíritu Santo.
Cada día me doy mas cuenta de la enorme responsabilidad que tengo como cristiano. Debo testimoniar a Cristo como sal de la tierra y luz del mundo. Salirme de mi mismo, de mis comodidades, para llevar la sal y la luz del Evangelio allí donde haya un corazón abierto a la escucha, un hermano necesitado, alguien que busca, especialmente en este tiempo en que gran parte de la sociedad pretende vivir al margen del Señor que lo ha creado, lo renueva, lo sostiene y le ama.
Pero ante todo debo ser consciente de la forma de testimoniar esa verdad tan maravillosa, frente a esta manera de evangelización que podríamos llamar la «actitud del soldado». No se trata de ir con la espada de la imposición, con el arnés de la fuerza. El Evangelio se impone por la convicción y el testimonio de las buenas obras. Es la única manera de que el mensaje de Cristo llegue al corazón de cualquier persona. La fe no se puede imponer nunca. La fe tenemos que proponerla siempre. Y no lo lograré por muchas rimbombantes palabras que emplee o por muy grandes que sean las manifestaciones que realice. La fe la transmitiré por mi auténtico comportamiento como cristiano, que es abrir el corazón, extender las manos y dar amor humilde y misericordioso.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, amigo, te pido hoy que me des la luz verdadera para iluminar a todos aquellos hombres que no te conocen, que ilumines también mi fe para llevarla a los demás! ¡Te pido, Señor, que sazones mi vida cristiana pues es la única manera de llevar a cabo de manera eficaz el encargo que tu me haces de iluminar el mundo y sazonar la tierra del entorno humano que me rodea! ¡Ayúdame a ser testimonio que comunique, transmita y contagie aquello que vivo desde mi sencillez! ¡Concédeme la gracia, Señor, iluminado por el Espíritu Santo de vivir tu estilo de vida y que me identifique siempre con tu proyecto de paz, amor, verdad y misericordia! ¡Señor, me llamas desde mi fragilidad y pequeñez a ser una pequeña luz en medio de este mundo que vive en la desorientación, pero que busca la verdad y necesita encontrarte; ayúdame a dar sentido a la vida de tantos! ¡Cuenta conmigo, Señor, para que tu Palabra llegue a cualquier rincón del mundo! ¡Cuenta conmigo para llevar la buena noticia a los que me rodean! ¡Pones, Señor, tu mirada en mi y me pides que sea luz y sal para dar sentido a la vida; para demostrar que la vida merece ser vivida desde tu verdad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mi para que sea testimonio auténtico de esta verdad! ¡Para ello, Señor, necesito un corazón sencillo, humilde, pobre, firme y esperanzado, capaz de buscar siempre la verdad y aceptar tu voluntad y hacerla parte de mi vida! ¡Necesito, Señor, un corazón compasivo, misericordioso, que acoja y que viva en la verdad y la transparencia! ¡Dámelo, Señor, para que mi camino siempre difícil, sienta el aliento de tu Espíritu y me haga ver más allá de las experiencias de la vida!

Del maestro Ralph Vaughan Williams escuchamos hoy su responsorio para el Jueves Santo O vos omnes, en nuestro camino cuaresmal musical hacia la Pascua:

La fe que sostiene

¡Como me ha sostenido la fe tantas veces a lo largo de mi vida! ¡Como me ayudado la fe a llevar también la razón! ¡Por eso le pido a Dios cada día el don de la fe iluminada por el Espíritu Santo!
La fe es ese don que Dios otorga para que la razón no se vea oscurecida por esos obstáculos humanos —morales, culturales, ambientales, personales…— que imposibilitan su desarrollo. La fe es el perfecto complemento de la razón.
Mi fe me permite ver que Dios está detrás de todo cuanto acontece. Es como saber que el sol se encuentra detrás de las espesas nubes oscuras de una tormenta.
Creer es un acto auténticamente humano, es lo más fundamental de la vida, porque es lo único que da respuesta a las verdades que se nos plantean. Un agnóstico me decía hace unos días qué sería de él después de la muerte. Entre las dudas de su vida en cierta manera ya había una incertidumbre porque el alma humana, de manera inconsciente, plantea cuestiones de fe y esas ascienden de forma natural hacia Dios porque contra la naturaleza es imposible actuar.
Yo le pido de manera incansable a Dios la gracia de la fe, lo hago sin descanso porque sé que Dios sale al encuentro de aquel que busca denodadamente, con sinceridad y humildad. Dios es tan bueno, generoso y misericordioso que no rechaza nunca nadie, especialmente aquel que le busca para acercarse a su amor.
Los cristianos tenemos una muleta sensacional. Es el Espíritu Santo. Y para creer podemos recurrir siempre a Él que es el auxilio ante la necesidad y en el periodo de búsqueda para alcanzar ese don sobrenatural de Dios que es la fe. Y aunque la fe ilumina siempre la oscuridad y las tinieblas no hace desaparecer la noche oscura del espíritu. Pero sí que ilumina de manera constante la Verdad. Y es, a través de esa verdad, como conocemos mejor nuestra realidad, la verdad revelada, la adhesión al Padre, la opción por nuestras creencias, y nos permite elegir libremente donde queremos ir.
Y en esa libertad nos permite entregarnos enteramente a Dios, ofrecerle con las manos y el corazón abierto todo nuestro entendimiento y nuestra voluntad.
La fe aviva nuestra esperanza, nuestra confianza, nuestros obrares rectos, vivifica nuestro ser, hace que brote en el corazón la alegría, la esperanza, el optimismo, la verdad, las buenas obras…
Y ahora que se acerca el tiempo de la Pascua con más firmeza creo porque veo lo que Dios ha hecho en mí a través de su Hijo. Creo porque la fe es ese gran regalo que Dios me ha dado y quiero custodiarla cada día como el mejor tesoro que hay en mi corazón.

orar con el corazon abierto

Hoy la oración que habitualmente acompaña la meditación no es mía. Es una oración pronunciada por el Papa Pablo VI en el año 1968 Durante una audiencia general; es una oración tan hermosa para pedir la fe que quiero compartirla con todos los lectores de esta página:

Señor, yo creo, yo quiero creer en Ti.
Señor, haz que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.
Señor, haz que mi fe sea libre, es decir, que cuente con la aportación personal de mi opción, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta y que exprese el culmen decisivo de mi personalidad: creo en Ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea cierta: cierta por una congruencia exterior de pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo, cierta por su luz confortadora, por su conclusión pacificadora, por su connaturalidad sosegante.
Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema las contrariedades de los múltiples problemas que llena nuestra vida crepuscular, que no tema las adversidades de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega, sino que se robustezca en la prueba íntima de tu Verdad, se entrene en el roce de la crítica, se corrobore en la afirmación continua superando las dificultades dialécticas y espirituales entre las cuales se desenvuelve nuestra existencia temporal.
Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé paz y alegría a mi espíritu, y lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres, de manera que irradie en el coloquio sagrado y profano la bienaventuranza original de su afortunada posesión.
Señor, haz que mi fe sea activa y dé a la caridad las razones de su expansión moral de modo que sea verdadera amistad contigo y sea tuya en las obras, en los sufrimientos, en la espera de la revelación final, que sea una continua búsqueda, un testimonio continuo, una continua esperanza.
Señor, haz que mi fe sea humilde y no presuma de fundarse sobre la experiencia de mi pensamiento y de mi sentimiento, sino que se rinda al testimonio del Espíritu Santo, y no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del Magisterio de la Santa Iglesia. Amén.

Del gran maestro británico de música coral William Mathias escuchamos su obra cuaresmal Lift up your heads, o ye gates, op 42 n.º 2, basado en las palabras del Salmo 24:

Los silencios san José, enseñanzas de vida

Una de los elementos identificadores de San José es el silencio. No surgen de sus labios palabras en los Evangelios; de su persona solo se aprecia la obedienci porque en él, el silencio se torna obediencia. El silencio que envuelve a San José tiene como único fin escuchar cuál es la voluntad de Dios en su vida. Y, cuando ese querer no lo comprende, su silencio se vuelve fidelidad porque ante la incomprensión de la voluntad divina qué mejor que el silencio callado del corazón.
Seguir el itinerario de San José es comprender que Dios no abandona nunca. El buen carpintero, dócil a la llamada del Padre, sereno ante el panorama que se le presenta, pone todo en las manos de Dios. Se deja llevar por la guía del Espíritu. Y, desde ese momento, se convierte en pequeño templo de gracia que custodia con todo su buen hacer, su amor, su entrega y su generosidad la misión -hermosa pero de gran responsabilidad a la vez- de tomar a su cuidado al Hijo de Dios. Nadie mejor que este hombre humilde, bueno, generoso y sencillo para llevar con sus manos tullidas por el esfuerzo del trabajo y de la vida el acompañar humanamente a Jesús en lo cotidiano de su preparación para la misión que Cristo tenía encomendada.
La fiesta de hoy es un regalo en plena Cuaresma. San José se nos hace presente en el camino hacia la Pascua. En el silencio del camino. En el silencio de la vida. En el silencio obediente a la voluntad del Padre. En el silencio del corazón, que Él tenía siempre abierto para dilucidar lo que Dios esperaba de su entrega.
Hoy quiero aprender de San José esa entrega fiel. Su silencio en el camino. Su escucha a la Palabra. Hacer nueva mi vida como hizo Él desde su «Sí» valiente al querer de Dios. De su silencio respetuoso al ver a Jesús manifestar los signos de su sabiduría. Su fidelidad a María y a Jesús, como esposo y como padre. Su simplicidad ante los acontecimientos de la vida, sin plantearse porqués ni comos. Y, sobre todo, con su silencio que es semilla fecunda de amor. Un amor que vertido en el corazón de cualquier creyente hace de San José un referente para la vida. Para mi vida.

orar con el corazon abierto

La oración de este día es la que cada mañana rezo a San José para que me dé el aliento en la vida, la fortaleza como padre, el espíritu como cristiano y la protección como hijo de Dios:

Glorioso San José, Esposo de María
Concédeme tu protección paternal, te lo suplico por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María.
Oh, tú, cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades y sabes hacer posibles las cosas más imposibles, abre tus ojos de padre sobre las necesidades de tus hijos.
En la angustia y la pena que nos oprimen, recurro a ti con confianza.
Dígnate tomar bajo tu caritativa dirección este importante y difícil asunto, causa de mi inquietud (mencionar la necesidad).
Haz que su feliz desenlace redunde en la gloria de Dios y para el bien de sus devotos servidores.
Oh tú, que nunca has sido invocado en vano, amable San José, tú que eres tan influyente ante Dios que de ti se ha podido decir: “En el Cielo, san José más que implorar, manda”, tierno padre, ruega a Jesús por nosotros, ora a María por nosotros.
Sé mi abogado ante ese divino Hijo de quien has sido el padre adoptivo aquí en la Tierra, tan atento, tan amante y su fiel protector.
Sé mi abogado ante María, de quien has sido esposo tan amante y tan tiernamente amado.
Agrega a todas tus glorias la de ganar la difícil causa que te confiamos.
Yo creo sí, to creo que puedes cumplir mis deseos, liberándome de las penas que me agobian y de las amarguras que impregnan mi alma.
Tengo, además, la firme certeza de que no escatimarás nada a favor de los afligidos que te imploran.
Humildemente postrado a tus pies, buen San José, te pido tengas piedad de mis gemidos y de mis lágrimas.
Cúbreme con el manto de tus misericordias y bendíceme. Amén.

Ofrezco hoy una obra curiosa dedicada a san José. Se trata de una obra polifónica corsa Lode a san’Ghjiseppu (Oda a san José) que data del siglo XVII y de gran belleza:

Lode a san’Ghjiseppu

 

Unido a san José en su devoción a María

Tercer sábado de marzo con María en nuestro corazón. Este día coincide con la vigilia de la festividad de san José, esposo de la Virgen, modelo de virtud. Entre las virtudes que más brilla en el bueno de San José era su devoción a la Santísima Virgen.
La devoción amorosa a nuestra Madre es una gracia que viene de Dios. Es un don gratuito que el Padre obsequia por medio del Espíritu Santo. San José lo supo ver inmediatamente pues, al igual que María, San José fue el escogido por Dios para convertirse en el esposo de la Madre de Cristo. Y desde momento volcó todos sus anhelos en cuidarla, amarla, protegerla y entregarse a Ella como respuesta a la llamada divina.
San José ofreció, desde el comienzo, a María toda su intimidad abandonándose a Ella, compartiéndolo todo, ofreciéndole lo mejor de si mismo, dandole su protección, todo su amor, su cariño. Si en un matrimonio no existen secretos, en aquella santa unión todo estaba iluminado con la gracia del Espíritu. Y su amor era más intenso, puro, eterno con Jesús siempre en el centro de la vida.
San José puso todo su empeño en hacer feliz a María. Le ayudó a vivir por y en Jesús. Asumió todas las disposiciones y entregas de María como propias y ofreció sus manos y su corazón para corresponder a las necesidades de Jesús y María. ¡Qué hermosas debían ser las oraciones de aquellos dos padres por su Hijo, hijo también de Dios!
María es el camino seguro que nos lleva hacia Cristo. Una de las prerrogativas de ser Madre de Jesús es que es también Madre de Dios. Y quien se acerca a María acaba acercándose a Jesús, porque no es posible entender un amor a la Virgen que no termine en un amor por su Hijo. Y así, lo entendió también san José. Él fue el primero que se aplicó el principio de «A Jesús por María», llenando su vida de sus sentimientos, de su voluntad, de sus pensamientos, de su amor, de su entrega, de su sacrificio, de su bondad, de su generosidad y de todo aquello que rezumaba María en su corazón.
Y aunque decimos que María es la corredentora del género humano tiene en San José un estrecho colaborador porque con ella creció en santidad, amor, compromiso y entrega al Redentor.
En este día, vigilia de la festividad de san José, tomándole de su mano y el de la Virgen les pido a los dos que me ayuden a tener una vida interior como la suya, dispuesto a la voluntad del Padre, servicial con los que me rodean, generoso con los que me necesitan, entregado siempre a Jesús y a su causa. Y, sobre todo, ser capaz de vivir en santidad para alcanzar cuando corresponda el cielo deseado donde ellos dos ocupan un palco de honor.

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¡Queridos san José y María, ejemplo de amor y de entrega mutua, os pido hoy por mi familia, para que os hagáis presentes junto a Jesús en ella y os convirtáis en el ejemplo a seguir para cada uno de sus miembros! ¡Bendecid a todos los que la formamos y protegednos de todo peligro, que nos desviemos ninguno del camino de la verdad y elevad al Padre el deseo de gozar de salud de cuerpo y alma! ¡Siguiendo vuestro ejemplo, concedednos la gracia de llenar nuestra familia de amor, de alegría, de paz, de entrega, de servicio, de perdón y de alegría! ¡Enseñadnos a perdonar siempre, a dialogar, a comprender las necesidades de cada uno, a ayudarnos a crecer en santidad y en bondad, a sostenernos cuando las pruebas acechen y a saber llevar la cruz con generosa entrega a la voluntad del Padre! ¡Siguiendo vuestro ejemplo mostradnos la manera de compartir lo que tenemos con los que más lo necesitan y que nuestra vida no se convierta en una cerrarnos en nosotros mismos! ¡San José y santa María, ayudadnos a hacer de nuestra pequeña familia una comunidad parecida a la que creasteis vosotros en Nazaret! ¡Y os pido también que os dignéis a proteger, custodiar y guardar a todas las familias del mundo especialmente aquellas más necesitadas!

Vergine Madre es el poema musicado de Dante Alighieri dedicado a las glorias de la Virgen María en su Canto XXXIII del Paraíso en La Divina Comedia: