¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Una de las preguntas de Jesús que más me impactan es aquella que dice: «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» En esta cuestión se resume el pensamientos que Jesús tiene para comprender la realidad del ser humano. Y esa pregunta me la formulo yo también con el corazón abierto.
Mucho de lo que posee mi vida es heredado de mis padres. No sólo desde el punto de vista genético. Ellos, fruto de su amor, me dieron la vida, don de Dios. Ellos trataron de darme la mejor educación. Se empeñaron en inculcarme unos valores cristianos, fueron modelando mis propios juicios y, respetando mi personalidad, procuraron corregir mi carácter y mis imperfecciones; me enseñaron a orar; potenciaron mis imperfecciones… su amor me ha marcado y sus enseñanzas han quedado grabadas en mi corazón. Así es la vida de cada ser humano, cuya impronta para bien o para mal está marcada por las huellas de sus progenitores. Y esta es la razón por la cuál cuando quieres conocer a alguien te cuestionas «¿Quién es su madre y quienes son sus hermanos?».
Quienes trataban con Jesús sabían quien era y de dónde venía. Sabían que era hijo de José, el humilde y esforzado carpintero de Nazaret. Y de María, la hermosa y humilde joven hija de Joaquin y Ana. Podían reconocer a toda su parentela y sus orígenes pero eran incapaces de profundizar en su identidad, en aquello que anidaba en lo más profundo de su corazón y, sobre todo, no podían distinguir los signos de su divinidad. Conocían lo exterior de Jesús pero no la profundidad de su ser. Así, se podía entender la pregunta de Jesús: «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?». La respuesta la da el mismo Jesús «El que cumple la voluntad de mi Padre; ese es mi hermano y mi madre».
Aquí se asienta uno de los más bellos cantos de alabanza dirigidos a la Virgen. ¡Y que hermoso que salgan de los labios mismos de Jesús! Con estas palabras no daba relevancia ni a la sencillez de María, ni a su origen, ni a su belleza, ni a su pobreza, ni a la descendencia de la casa de David de la que era heredera. Para Jesús lo fundamental en la Virgen es su aceptación a la voluntad del Padre. En este «hágase» radica toda la grandeza de María que, unida a Cristo, alimenta el cumplimiento del sueño divino en cada uno de los hombres creados por Él. El «sí» de María es la mayor seña de identidad de una persona porque es decirle a Dios que «estoy de acuerdo con situarte en el centro de mi vida».
«¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?». Esta pregunta nos la formulamos en realidad cada día cuando nos cuestionamos de dónde vienen los otros, qué tienen, en qué trabajan, cuáles son sus triunfos y sus fracasos, con quien están casados, cómo visten, dónde viven… como si eso fuese lo importante cuando lo fundamental sería saber si cumplen con la voluntad de Dios. «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» ¿Cumplo yo mismo la voluntad de Dios antes de ubicar al otro en la realidad del mundo? Porque si no cumplo las mínimas exigencias que me pide Jesús «¿Con qué potestad puedo llamarme hermano de Cristo?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero ser testigo tuyo, quiero sea apóstol de la Palabra y testigo de tu amor en el mundo! ¡Anhelo, Señor, vivir como tus nos has enseñado y trasmitir a todos los que conviven conmigo tu mensaje de amor y de esperanza! ¡Te pido, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu, todas aquellas virtudes que me acerquen más a Tí! ¡Concédeme la gracia de la alegría para que sea capaz de llevarla a mi pequeño mundo y borra de mi corazón aquellos errores, pecados o rencores que aniden dentro de mi y me impiden amar! ¡Permíteme, Señor, tomarte de la mano y poder llevarte a las personas que no te conocen o, simplemente, te rechazan! ¡Dame, Señor, la fortaleza para lograrlo! ¡Te pido abras, Señor, mi entendimiento para ser capaz de aprender tus mensajes y hacerlos que fructifiquen en la cotidianidad de mi vida! ¡Renueva, Señor, mi alma para que acoja alegre tu mensaje! ¡Concédeme el don de la fortaleza para que mi voluntad no quiebre y pueda cumplir siempre tu voluntad! ¡Hazme que mi fe sea firme y mi esperanza grande! ¡Señor, tu me pides que sea tu hermano, que me vuelque en los demás y sea dócil a la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a que esto sea posible en mi quehacer cotidiano y vivir siempre mirando al cielo para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡Ilumina, Espíritu Santo, mi mente y mi corazón para descubrir siempre lo que Dios quiere de mí y cuál es el camino que debo seguir para alcanzar la santidad!

I´m in Heaven (Estoy en el cielo), lo que se siente cuando te sientes acompañado del Señor:

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Una palabra que obra gracias abundantes

Tercer sábado de noviembre con María, la Señora del «fiat», en nuestro corazón. Esta palabra «fiat» («hágase») es una de las más hermosas jamás pronunciadas. Pero el primero que la expresó fue el mismo Dios. Con su «hágase» amoroso dio vida al mundo con todas las hermosuras que este trae. Con su «hágase» creó también Dios al hombre a su imagen y semejanza convencido de que era bueno. Y gracias a este «hágase» podemos todos darle alabanza y gloria a Dios porque somos parte de su Creación.
Con su «hágase» lleno de amor entregó también Dios al mundo a su propio Hijo, cuya misión era salvarnos del pecado.
Hay otro «hágase» lleno de esperanza, confianza y amor. Es el «hágase» virtuoso de María. El «fiat» más asombroso de la historia de la humanidad. El «fiat» que une a María, nuestra Madre, con la obra creadora de Dios. En este «hágase» de María se materializa la libertad del ser humano; Dios espera la aceptación voluntaria y libre de una joven y sencilla mujer para llevar a cabo su plan de salvación. ¡Impresionante la humildad de Dios!
Cuando meditas el «fiat» de María tu corazón no puede más que estremecerse porque este «hágase» comporta la mayor predisposición. Y se produce en un entorno de piedad, de amor, de silencio, de generosidad, de recogimiento, de laboriosidad, de respeto, de paz, de armonía y de oración. ¡Como me gustaría que mi vida fuese así! ¡Que hermoso sería dar cada día un «fiat» a Dios, un «hágase» como el de María, e interiorizarlo auténticamente en el corazón!
Pero María te enseña que cada «hágase» de mi vida es a la vez un auténtico «fiat» de amor a Dios. Que cada «hágase» puede devenir un encuentro cotidiano con Dios, en una entera disponibilidad de todo mi ser. El «hágase» de María me permite comprender que Dios también necesita de mí como necesitó de Ella para llevar a cabo su plan de redención.
Yo también puedo cada día expresar mi fidelidad a Dios. Puedo decir que se cumpla en mí su voluntad, por mucha cruz que implique cargar. Bastan grandes dosis de humildad, generosidad y amor.
En este día deseo que mi «fiat», a imitación de María, se convierta en una acto de amor y de entrega Dios. Y soy consciente de que cada vez que de mis labios brote un «hágase», Dios obrará obras grandes en mí.

orar con el corazon abierto

¡Padre, hágase en mí según tu Palabra! ¡María, que estas palabras que pronunciaste desde el corazón sean para mí una escuela de oración! ¡Dame, Señor, un corazón humilde y sencillo como el de María, un corazón contemplativo y amoroso como el de Ella, para recibir en mi interior las gracias de tu Santo Espíritu! ¡Señor, quiero decir que «sí» a imitación de María para que se cumpla siempre en mi tu santa voluntad! ¡Que desde este «hágase» nada tema ni nada me preocupe! ¡María, ayúdame a decir siempre que «sí» al Padre, aunque a veces me resulte tan difícil pronunciar esta palabra llena de amor! ¡No permitas, María, que me desvíe del camino y haga siempre mi voluntad que no me lleva por los caminos de la entrega ni de la generosidad! ¡Intercede, María, para que tu Hijo sane mi corazón, lo transforme y lo cambie para aprender a vivir acorde con sus mensaje de amor! ¡Y a ti, Jesús, te pido que al igual que por la voluntad de Dios permaneciste en el interior de tu Madre, llenes con tu presencia mi tantas veces endurecido corazón!

Dixit María, dedicado a la Virgen, Señora del fiat:

La experiencia de Dios

Me pregunto cómo será el rostro de Dios. Pero es imposible definir cómo es Su rostro. No podemos definir sus maneras. Cuesta imaginarse como es. Por eso la experiencia de Dios se adquiere diariamente en la comunión afectiva con Él, en el sí de la realidad de la vida y través de las cosas que nos suceden. Es en esta realidad donde nos envuelve su mirada, su amor, su ternura, sus susurros e, incluso, su propio misterio.
Experimentar a Dios en lo cotidiano de la vida es sentir su llamada. Es peregrinar buscando la belleza de su rostro aún sabiendo que no lo veremos. Es descubrir que la fe nos mueve a creer. Es comprender la necesidad de abandonarse a su confianza dejando de lado los espacios de seguridad de nuestra propia existencia y nuestros criterios para vivir el proyecto que Él ha ideado desde que pensó en nosotros con todo lo que implica de alegría y tristeza, vida y muerte, fortaleza y debilidad, éxito y fracaso, esperanza y desesperanza, gozo y sufrimiento. Es dejar atrás todo aquello que nos envuelve y nos da seguridad y a lo que nos aferramos para evitar que no se nos escape —la felicidad personal, la seguridad económica, el futuro siempre incierto, el realizarse personalmente… — y ponerlo en la balanza de la fe y la confianza en la providencia. Implica poner todos nuestros sentidos en ese Padre que dan sentido a la existencia humana.
Lo cierto es que Dios se muestra en cada suceso que acontece en nuestra vida. En aquello que no cabe en la lógica humana, que es sorprendente desde la perspectiva humana y que tanto tiene que ver con la luz de la fe que ilumina toda oscuridad y que facilita el compromiso que, de manera habitual, lleva implícito la carga de la cruz. Aquí es donde Dios manifiesta la grandeza de su amor y de su poder. ¡Y aunque no lo vea, lo quiero experimentar!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por tu bondad, porque tu amor por mi es eterno pese a mis abandonos! ¡Te doy gracias, Señor, porque intervienes en cada uno de los pasos de mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, por la grandeza de tu amor, por las grandes maravillas que obras en mi, por la fuerza de tu amor que me fortalece, por el misterio de la vida que me engrandece como hijo Tuyo, por tu misericordia que me conforta y por tu bondad que me transforma! ¡Te doy gracias, Señor, porque aunque no puedo verte siento tu presencia constante; cuando me fallan las fuerzas tu me asistes; cuando caigo me levantas; cuando desfallezco tu me sostienes! ¡Te doy gracias, Señor, porque me abres los caminos y allanas las sendas de mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, porque cuando me llevas al desierto Tu me acompañas y no voy solo! ¡Te doy gracias, Señor, porque me liberas de las cadenas que me esclavizan! ¡Te doy gracias, Señor, porque me concedes aquello que necesito y me niegas lo que no me conviene! ¡Te doy gracias, Señor, porque me otorgas el pan cotidiano! ¡Te doy gracias, Señor, porque meditando tu historia me permites visualizar la mía propia y ser consciente de lo que tiene que ser cambiado! ¡Te doy gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia!

En busca de la excelencia

Lo remarca el mismo Cristo: «debemos ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto». La pregunta es cómo se puede lograr la perfección si mi vida está plagada de imperfección, debilidad y pequeñez.
La respuesta a esta pregunta es posible. Y Cristo me invita a buscarla. La condición esencial es contar siempre con Dios, el más perfecto de todos los seres. Para ello son necesarias la totalidad de la virtudes que se resumen en una: la excelencia.
La excelencia es esa virtud íntimamente unida a la entrega, a la perfección, a la rectitud, al orden, a la alegría… La excelencia es un camino; es la senda perfecta para que cada uno de los aspectos de mi vida transcurran por la vía de la perfección. Pero la excelencia sólo la alcanzaré si, en cualquier circunstancia o situación, soy capaz de aparcar mi mediocridad y mi debilidad para ofrecer lo mejor de mi mismo.
La excelencia no me permite abrazar la medianía; me exige acoger el ideal del bien. Tratar de hacer siempre las cosas bien en base a la verdad y a la luz de la autenticidad. El modelo es el Señor, ejemplo de virtud y de perfección.
La excelencia es un acto de la voluntad. ¿Puedo entonces alcanzar la excelencia personal, en la vida de oración, en la vida familiar, en la vida laboral, en la vida social? La alcanzaré en la medida que mis hábitos cotidianos estén basados en la rectitud. Cuando trato de alcanzar la excelencia emergen otras virtudes tan hermosas como la caridad, la diligencia, la afabilidad, la amistad, el esfuerzo, la tenacidad, la laboriosidad, la entrega…
Cuando me empeño en ser excelente rechazo de plano la mediocridad, la comodidad, la tibieza, la indolencia y tantas otras actitudes negativas que me impiden obrar con rectitud y dar los frutos que se espera de mi.
Me cuestionó hoy: ¿vivo como un cristiano estándar o trato de lograr la excelencia personal en todos los ámbitos de mi vida? ¿Qué ven en mi los que me rodean, los de mi familia, mis compañeros de trabajo, mis amigos, los de comunidad parroquial? ¿Ven mis buenas obras que glorifican a Dios o contemplan solo la mundanalidad que transmito? ¡Cuanta responsabilidad en mi haber y cuánto trabajo por delante para producir esos frutos que me exige el compromiso con el Señor!

orar con el corazon abierto

¡Señor, a imitación tuya concédeme la gracia de ser perfecto como nuestro Padre celestial es perfecto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir siempre buscando la perfección en cada instante de mi vida! ¡No permitas que me acomode en la indolencia y concédeme la humildad para que Tu que eres el ejemplo a seguir moldees mi vida! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la fe para que mis proyectos se sustentes en tu voluntad! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para dar frutos, para ser testimonio de verdad, para trabajar en busca del bien y de la perfección! ¡No permitas que la tibieza ni la indolencia me venzan en ningún campo de mi vida y mucho menos en el espiritual que sustenta mi vida de piedad, personal, familiar o profesional! ¡No permitas que las dificultades y la contrariedades me venzan! ¡Que mi relación personal contigo, Señor, me sirva para crecer siempre a mejor, para llenarme continuamente de Ti y poder reflejar tu gloria! ¡Tú, Señor, me revelas cada día tu preciado plan orientado a vivir en la excelencia personal! ¡Que mi búsqueda de la perfección, Señor, sea vivir la plenitud de la vida en Ti! ¡Ayúdame a ser ejemplo de excelencia en mi entorno y no acomodarme en la indolencia! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para obrar y actuar conforme a la verdad y cada vez que me equivoque tómame de la mano para que me vuelva a levantar y no dejar de crecer!

Del compositor inglés William Byrd escuchamos hoy de sus Canciones Sacrae su bellísimo Vigilate, a 5 voces:

El encuentro personal del «Creo en ti»

Hay una frase que repito con frecuencia a mi hijos: «Creo en ti». Este «Creo en ti», o lo que es lo mismo «Confío en ti», quiere ser una frase llena de esperanza y confianza que se adjetiva indirectamente con el «Que Dios esté contigo y el Espíritu te aliente». Porque mi confianza en ellos pasa por que todo lo que hagan se combine con la fortaleza que proviene de Dios por medio de su Santo Espíritu. Es creer en sus valores, en sus certezas, en su autenticidad. La esperanza que se une a la fe en Dios es la gran fortaleza de nuestra vida. En los tiempos que corren creer en uno mismo no es suficiente; es necesario poner toda tu esperanza y confianza en Dios, en su ilimitado poder y en su inmensa fortaleza. Sin el aliento del Espíritu es difícil dar testimonio, tener valor para defender los valores intrínsecos de cada uno, defender la propia fe con palabras honestas y acciones sabias, entregarse al otro sin esperar nada a cambio… Sin la fuerza del Espíritu el corazón no puede abrirse para que la piedad anide en él.
El «Creo en ti» es un acto de fe, pura receptividad, puro dar y recibir. Es decir al otro, aquí tienes tu libertad, utilízala bien; pon todas tus iniciativas personales en el plano de la verdad. No dejes que tus problemas te venzan y te derroten; toma la fuerza para soportar todas las pruebas que se te presentan; ten fe siempre y no te desanimes. Acude al Señor con confianza como puedes acudir a mi como padre, sin dudas, con una fe cierta y plena. No te paralices espiritualmente, trata de crecer cada día en la oración; no te quedes indiferente ante lo que pasa en el mundo, en la sociedad, en tu entorno. Toma partido.
El «Creo en ti» es un encuentro personal con cada uno de ellos. Es sustentar mi relación en el amor, en la comunicación, en el encuentro cotidiano. Es resaltar su individualidad. Y, sobre todo, es conocer al otro por el amor. Es aceptar lo que cada uno de ellos anuncia en su corazón. Y, sobre todo, es aceptar su realidad vital.
Mi «Creo en ti» es también un «Creo en ti, Señor» que me los has dado para cultivar su corazón y, en la medida de lo posible, prepararlos para su sí.

orar con el corazon abierto

¡Señor, gracias por tu invitación permanente a estar contigo y a confiar en ti! ¡Gracias por tu cercanía, gracias porque me ves y me oyes, me escuchas y me acompañas! ¡Gracias, Señor, porque me tocas el corazón y entras en mi interior por medio del amor! ¡Gracias porque quieres que sea semejante a Ti! ¡Creo en Ti, Señor, y pongo a todas las personas que amo en tu presencia! ¡Prepáranos a todos, Señor, para que nuestro corazón esté abierto cada día a tu Palabra, a tus Buena Nueva! ¡Envíanos tu Santo Espíritu, Señor, para que resuene en nuestro interior y nos haga dóciles a tus mandatos! ¡Señor, tu te revelaste a los sencillos, a los mansos y humildes de corazón, danos un corazón abierto y sencillo, sabio y humilde, bueno y generoso para transformar nuestra vida! ¡Confío en ti, Señor, aunque tantas veces pueda no parecerlo; confío en ti, Señor, aunque mis apegos mundanos no te lo demuestren; confío en ti, Señor, aunque busque mis propios caminos! ¡Hoy pongo en tus manos a mi hijos; ayúdame a amarlos siempre; dame la sabiduría para guiarlos; la paciencia para instruirlos; la magnanimidad para corregirlos; el ejemplo para llevarlos por el buen camino; el ejemplo cristiano para formarlos; la generosidad para comprenderlos; la diligencia para conducirlos por sus caminos! ¡Protégelos, Señor, de todo mal!

Antes de ti, con Marcela Gandara

En la escuela del dar

Dar. Verbo de profunda intensidad. Es el verbo de la economía del amor. El verbo que te invita a salirte de ti mismo. El verbo que conjuga a las mil maravillas con tantas palabras en los que impera el lenguaje del corazón: entrega, solidaridad, donación, estima, generosidad, felicidad, perdón, acogida…
En los Evangelios existen varios preceptos que sintetizan el espíritu del verbo dar: «Dad y se os dará» o «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».
Ahora, ¿En qué medida soy yo capaz de dar? ¿Soy generoso y magnánimo en la donación de mi tiempo, de mis bienes, de mi corazón, de mi escucha…? ¿Doy porque espero recibir algo a cambio? ¿Doy para que sepan que doy? ¿Doy desde el compromiso o desde el interés? Como siempre en la vida la naturaleza es sabia. Cuando el dar surge desde el corazón retorna la donación con sobreabundancia de dones.
Lo fundamental es saber dar. Setenta veces dar. Mil veces dar. Y no parar de dar…. porque en definitiva cuando das siempre recibes y aunque a veces lo que esperas es puramente material y humano en realidad lo que te proporciona es gracia en abundancia. ¡Y la gracia es la mayor riqueza que te puede enviar Dios!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender siempre que en mi dar desde la generosidad y la gratuidad recibiré de ti en abundancia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser generoso en todo momento y que la generosidad basada en el amor sea el signo de mi vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser generoso en el dar y hacerlo con amor, afecto, ternura y alegría! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Santo Espíritu, a poner siempre el corazón en cada gesto, en cada palabra, en cada acción! ¡Hazme comprender, Señor, que compartir no es sólo dar lo material sino que es dar mi tiempo, mi amor, mis atenciones, mis sentimientos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dejar de centrarme en mi mismo y aprender a darme a los demás, no dar lo que me sobra sino darme lo que soy aprovechando las cualidades y los dones que he recibido del Padre! ¡Ayúdame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu, a estar atento a las necesidades del prójimo, a reconocer lo que falta y lo que necesita, a abrirme siempre a los demás y ser sensible a sus carencias! ¡Que mi entrega, Señor, esté basada en la solidaridad y no anteponga nunca mi propio beneficio! ¡Concédeme la gracia, Señor, de apartar mis comodidades e intereses personales y ponerme siempre al servicio de la comunidad! ¡Me abandono a Ti, Señor, para que me hagas instrumento de tu amor!

Siervo por amor, cantamos hoy:

Creado para tener una vida de relación con Dios y con el prójimo

El salmo 46 es precioso. Es el que te invita a permanecer en silencio y quietud para permitir que Dios entre en el secreto profundo de tu vida. Dios nos ha regalado la vida para poder bendecirla con multitud de presentes y dádivas y uno de ellos, muy valioso, es tener la conciencia de que Dios es amor. A medida que creces espiritualmente comprendes que el amor que Dios tiene por el hombre es similar al de un padre amoroso. Cuando eres consciente de esta verdad alejas de tu vida ese sentimiento que tienes la necesidad de ganar su amor porque ya es inherente a Él.
Cuando uno ora y medita permite que el amor purifique el propio corazón, la propia mente, los propios sentimientos y las propias emociones. La meditación contemplativa es un auténtico acto de confianza y paciencia. Confianza porque permite tener conciencia de que uno es amado y de que ese amor es un amor verdadero. Y paciencia porque nadie conoce el momento en que va a ser consciente de ese amor puro y gratificante que procede de Dios.
Existen, lógicamente, otras formas de rezar. Pero en la meditación personal, en el encuentro personal con el Señor, los tiempos se paralizan excepto para encontrar la presencia silenciosa de ese Dios que se hace vida en nuestra vida. La realidad que uno trata de encontrar es la absoluta convicción, basada en una fe firme, de que el amor recorre toda nuestra existencia y que ese amor, sustentado en la amistad verdadera, es lo que da sentido a nuestra vida.
Cada vez que en el silencio de la oración entras en contacto personal con Dios penetra a su vez en la profundidad de su amor confiando la propia vida en Él. El hombre ha sido creado para tener una vida de relación con Dios y con el prójimo. Cuando meditas, oras e imploras confías plenamente que Dios obra en ti. Entonces ese corazón duro como la piedra se convierte en un corazón de carne, que se ablanda por el sentimiento del amor, y desde esa pureza que el Espíritu Santo te ofrece puedes alcanzar verdaderamente la unión con Dios.

orar con el corazon abierto

 

¡Señor, te doy gracias porque no solo eres mi refugio y mi fuerza, sino que eres Aquel en quien siempre puedo confiar, El que nunca abandona, El que siempre perdona, El que manifiesta siempre su misericordia y su amor! ¡A tu lado nada temo, Señor, aunque la tierra se mueva y las montañas se hundan en lo profundo de los océanos! ¡No temo, Señor, a tu lado que los océanos se agiten y todo parezca quedar inundado! ¡Yo confío siempre en Ti, Señor mío, porque vivir a tu lado es saber que vives en una fortaleza inexpugnable, una lugar que no se destruirá jamás! ¡Tu, Señor, eres el refugio, el que hace las cosas más increíbles! ¡Concédeme la gracia de volver siempre a Ti, buscarte siempre en todo lo que hago para que mi alma alcance el descanso deseado! ¡A ciencia cierta soy consciente, Señor, de que cuando me llamas tu me escuchas y me respondes! ¡Estando seguro en Ti, Señor, no necesito la seguridad de otras cosas porque Tu eres mi amparo y fortaleza! ¡Dame por medio de tu Santo Espíritu una fe cierta y firme para que entre las incertezas de la vida me mantenga confiado en Ti, que das la paz, la alegría y la esperanza!

Para quien desee rezar el salmo 46 cantado, acompaño esta canción:

¿Hasta cuándo, Dios mío, te insultará el enemigo?

Miras la televisión y todo son desgracias. Lees las noticias y todo son desgracias. Te informas a través del móvil y todo son desgracias. Desastres naturales, tiroteos indiscriminados, guerras, atentados terroristas, manifestaciones violentas, corrupción política, violencia de género, crisis financieras, radicalismo, xenofobia…
El mundo libra constantemente guerras incontroladas que nadie va a ganar porque la codicia humana se impone a la razón. La corrupción destruye conciencias y todo parece perder sentido.
Hay quien opina que todos estos fenómenos desgarradores anuncian que el fin del mundo no está muy lejano. La cuestión es saber cuál será el desencadenante si la guerra armamentística, el cambio climático, la profunda crisis financiera de los mercados o la decadencia moral del ser humano.
Como lo expresa maravillosamente el salmista, yo también me cuestiono eso de «¿Hasta cuándo, Dios mío, te insultará el enemigo? ¿Nunca cesará el adversario de despreciar tu Nombre?». Si miras el mundo desde la perspectiva humana, las desgracias parecen ganar la batalla. Parece que el mundo no tiene solución. Pero si lo miras desde la óptica cristiana uno sabe que Dios te ha creado para vivir en comunión con Él. Hay que tener confianza en la promesa de Cristo aunque muchos a mi alrededor piensan que Dios no va a permitir tanta decadencia moral, tanto pecado, tanta injusticia social o tanta perversión de los valores.
El objetivo es la gloria eterna, ese lugar donde habrá un encuentro personal con el Padre que todo lo ha creado y que el hombre se empecina en destruir. Para mí hay una estrofa del Apocalipsis de san Juan que es reveladora y que me da una gran confianza en el poder de Dios. Es esa que dice confiadamente: «Esta es la morada de Dios entre los hombres; Él habitará con ellos, y ellos serán todas sus lágrimas y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor porque todo lo de antes pasó». Eso me invita a no desviarme del camino y a tener muy claro qué senda me llevará a la gloria celestial.

orar con el corazon abierto

¡Padre, elevo mi mirada al cielo y de doy gracias por el don de la vida! ¡Que nada me turbe y que nada me espante, porque Tú Padre nos acompañas siempre! ¡Dame, Padre, la capacidad de saber escucharte en cada instante de mi vida y predispón mi alma y mi corazón a estar abierto a tus inspiraciones! ¡Dame la humildad necesaria para sentir las manifestaciones de tu amor y ayúdame a estar siempre preparado para cumplir los planes que tienes previstos para mí! ¡No permitas que los acontecimientos sociales me desborden ni me atemoricen sino que sea la fe la que me sostenga! ¡Tu eres el Dios creador que todo lo puede por eso no quiero llevarme por la desconfianza! ¡Seguir a Jesús exige una entrega absoluta y sacrificar muchas cosas, te las entrego todas para que me ayudes a liberarme de mis egoísmos y de mi orgullo y crear un mundo mejor! ¡Todo lo que Tú has creado es bueno, Señor, y los hombres nos empeñamos en destruirlo; ten paciencia con nuestra iniquidad y nuestros egoísmos! ¡Te imploro que apartes el mal del mundo y alejes de nuestros corazones lo destructivo y lo negativo; derrama sobre cada uno de nosotros el don del amor, del perdón, de la reconciliación y de la esperanza! ¡Tú que eres del Dador de la Vida, intercede por este mundo, mueve los corazones de los hombres para que haya paz, respeto y dignidad! ¡Por medio de tu Santo Espíritu cubre este mundo con el manto de la sabiduría para que se imponga la misericordia y el amor! ¡Te suplico por el don de la paz, de la reconciliación y el respeto entre todos los hombres!

Sublime gracia, música instrumental como mensaje de esperanza:

Unido a María en la fe

Segundo sábado de noviembre con María en el corazón. Pienso a veces que me falta fe porque me revelo contra la voluntad de Dios. Entonces, me fijo en María y en su vida de fe. Para la Virgen la fe envolvía su vida. Todo lo que hacía se sustentaba en un profundo espíritu de fe. La fe en María era algo vivo, alegre, firme. Tal vez porque conservándolo todo en el corazón llenaba su vida, sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones. Cada uno de sus actos interiores y exteriores llevaban el signo vivo de la fe. María sabía que sin fe y sin esperanza no podía agradar a Dios.
Cuando uno tiene fe cree con certeza todo lo que Dios nos revela. Por eso para hacer cierta esta fe debe pasar de la razón al corazón. ¡Y eso es lo que hizo María! Y del corazón debe pasar a las propias manos. ¡Y en eso se empeñó María!
¡Qué gran enseñanza la de María que te hace comprender que todo la vida de fe se sustenta en los criterios de Dios y no en los criterios del mundo! ¡Que todo pasa por la luz de Dios y no por los juicios humanos!
Te fijas en el ejemplo admirable de la Virgen y comprendes que en Ella se asientan todos los elementos sustanciales de la vida de fe: el actuar conforme a la voluntad de Dios; el hacerlo siempre con la idea de que te encuentras ante su presencia; el ver en cada acontecimiento de tu propia vida la mano providente del Padre; obrar pensando en Dios y aceptando gustosamente sus planes; sentir su amor infinito incluso en los momentos de dolor, desaliento, cansancio o desilusión. Vivir y obrar para agradar a Dios, buscándolo solo a Él y no gloriarte de tus propios actos.
Pobre es mi vida de fe, porque pobre es también mi vida. Pero soy hijo de María. Y todavía estoy a tiempo de obrar, pensar y sentir como Ella. Vivir como vivió Ella. Serlo todo con Ella. Hacerlo todo con María, por María, en María y para María. Y así, dándome a Ella, me estaré dando también a Dios.

 

orar con el corazon abierto

¡Concédeme la gracia, María, de la fe! ¡Ayúdame a que todo lo que haga en mi vida esté impregnado por tu espíritu de fe! ¡Ayuda mi fe débil e inconstante! ¡Abre los oídos a la Palabra de Jesús, Tu Hijo, para que sea capaz de reconocer en cada instante su Buena Nueva y su llamada! ¡Haz como hiciste Tú, que sea capaz de seguir siempre sus pasos! ¡Concédeme la gracia, María, de seguir siempre la voluntad de Dios sin cuestionarme nada, aceptando sus planes para mí! ¡Permíteme, María, ir de tu mano hacia Jesús saliendo de mi yo y abriéndome a su amor! ¡Ayúdame a fiarme siempre en Él, a creer en las bondades infinitas de su amor, especialmente en aquellos momentos de dificultad y de tribulación o cuando me sea difícil cargar con la cruz! ¡Siembra en mi corazón, María, Madre buena, la alegría de la fe, esa fe que te permitió dar tu confiado «sí» a Dios! ¡Enséñame, María, a saber mirar en cada momento de mi vida a Jesús para que Él se convierta en el guía que ilumine mi vida! ¡Aviva en mi la fortaleza de la fe!

A virgin unspotted (Una virgen, sin mancha) brevísimo pero hermoso motete dedicado a María en este segundo sábado de noviembre:

El sencillo (y difícil) arte de alentar

Una de mis hijas me envió hace unos días un WhatsApp muy escueto pero a la vez muy reconfortante: «Gracias, papá. Sabes lo importante que era para mí. Te quiero (con varios corazones con emoticonos)». Me sentí agradecido… y querido. Ella era consciente del esfuerzo que me había supuesto conseguirle aquello a lo que ella daba importancia… aunque sin su agradecimiento lo hubiera hecho igual. En la vida, todos necesitamos pequeños gestos que nos animen, el aliento que levante el ánimo o que nuestro trabajo sea valorado. Una simple palabra o un simple gesto son suficientes para serenar el corazón y alegrar el alma.
Alentar. Confortar. Reconfortar. Animar. Son palabras que crean una reserva de esperanza. Y no cuestan nada. Forman parte del siempre difícil arte de alentar.
Un frase sencilla, surgida del corazón, en este caso ha sido suficiente. Basta también una llamada de teléfono, una nota, una palabra amable, un saludo espontáneo, la calidez de un abrazo, una apretón de manos sincero, una sonrisa conciliadora, un mirada dulce. No cuesta nada encontrar la oportunidad para agradecer al otro la ayuda prestada. Son los pequeños gestos los que cambian el corazón de la gente.
Actuar así crea un mundo de alegría, de afabilidad, de ternura. Y te permite comprender que es necesario, cada día, apreciar las cualidades innegables de cada persona. Ver su paciencia, su sabiduría, su bondad, su entrega, su honestidad, su magnanimidad, su compasión, su fortaleza… en definitiva, excavar en sus cualidades para darles las magnitud que merecen. Se trata de sacar brillo a los valores de los que te rodean porque con ello no sólo logras reconocer su autenticidad sino que afianzas tu relación con esa persona.
Tal vez no conocemos lo que anida en el corazón de los que tenemos cerca, sus alegrías o sus tristezas, sus fortalezas o sus sufrimientos, pero sí tenemos la oportunidad de tratarlos bien porque con cada palabra amable o con cada gesto de amor espontáneo se pueden aliviar infinidad de corazones humanos.

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me irrite con las personas o las situaciones que vivo cada día sino hazme entender que es mi manera de ver el mundo! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso con las palabras, con los gestos y con las miradas para sacar siempre lo positivo de cada situación y de cada persona! ¡Señor, mueve mi corazón para que siguiendo tu ejemplo se convierta en un corazón rebosante de misericordia, de cordialidad, de alegría, de compasión, de entrega, de generosidad, de comprensión! ¡Que pueda ver a los que me rodean como los ves Tú, Señor; que los pueda amar como los amas Tú; que los pueda abrazar, como lo harías Tú; que les pueda hablar como los hablarías Tú; que los pueda sentir como los sentirías, Tú! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso en las palabras y a crear buen ambiente allí donde vaya! ¡No permitas, Señor, que mi corazón sea altanero, soberbio y discipliente por que eso me aparta de Ti! ¡Ayúdame a ser un cristiano siempre alegre para que mi alegría y mi felicidad sean una bendición para los demás y para mi mismo! ¡Ayúdame a ser, Señor, agradecido con lo demás y no permitas que me acomode sin dar las gracias! ¡Ayúdame a mirar a todos con sencillez! ¡Enséñame a escuchar sin prejuicios! ¡No permitas que me calle lo que me gusta y me alegra de los que me rodean, a resaltar sus éxitos y sus cualidades! ¡Pero sobre todo, Señor, ayúdame a alimentar mi vida de pequeños gestos que se den a los demás para alegrar el entorno en el que me muevo!

¡Cuán grande es Él!, bello coro para el día de hoy: