La camisa holgada

Último sábado de enero con María en nuestro corazón.
Es verdad que hay días que es más sencillo sentirse pesaroso porque las cosas tienen visos de ir mal, días en que la vida parece comportarse de manera injusta con nosotros. En estas circunstancias sería muy beneficioso recordar que podemos llevar el mundo como una de esas camisas que nos van grandes después de una dieta de adelgazamiento. Esto implica abordar el día con la certeza de que Dios tiene un propósito y un fin para el mundo y para cada uno de nosotros y que, por lo tanto, todo está fundamentadamente bien.
Cuando llevamos nuestra vida como esa camisa que nos va holgada la serenidad y la tranquilidad nos envuelven porque, en definitiva, confiamos en Dios. Nos permite dejar de lado nuestras preocupaciones y problemas y comprender que todo irá bien mientras tratamos de buscar y cumplir la voluntad de Dios.
Cuando se ha comprendido esta idea es sencillo ponerla en práctica. Mejorarán en todos los sentidos nuestras relaciones personales con la gente si las llevamos como una camisa que nos va dos tallas grandes. En nuestro hogar y en nuestro trabajo nos mostraremos más sensibles y menos intransigentes. Nos resultará mucho más sencillo aceptar a los que nos rodean tal como son. Trataremos de mejorar conscientes de nuestras caídas. Cuando tenemos el convencimiento de que todo va bien hay menos probabilidades que nos tomemos las cosas insignificantes de manera personal o todas las eventualidades demasiado en serio.
Feliz fin de semana a todos. Totus tuus, María!
Captura de pantalla 2015-01-30 a las 22.25.57
¡Señor, en este sábado que cierra el mes, te pido que me ayudes a descubrir la gratuidad de tu amor, tu entrega generosa, don de vida que se regala! ¡En este sábado, siguiendo el ejemplo de tu Madre, Señor, ha llegado hasta mi corazón tu llamada a seguirte! ¡Quiero hacerlo de una manera decidida, Señor, porque tu Palabra es Buena Noticia, tu yugo suave y tu carga ligera! ¡Qué libertad me da el seguirte, Señor, y qué felicidad a pesar de las dificultades y los problemas de mi vida! ¡Gracias, Señor, por susurrar mi nombre del mismo modo que un día llamaste así a tus apóstoles a seguirte! ¡Desde la debilidad de mi palabra prometo seguirte sin desfallecer y seguir siempre el ejemplo de nuestra Madre!

Ave Virgo gloriosa, cantamos en este sábado en esta composición a cinco voces de Richard Deering. Tal vez no lo conozcáis pero su música es… gloriosa:

Anuncios

El alma serena

Cierro la última página de un breve texto, profundo y maravilloso. Se trata de Las confesiones de un alma bella, de Goethe. Nos dice el filósofo alemán que un alma bella es aquella que tiende al bien por sí misma, por su naturaleza y sin un esfuerzo aparente ni contradicción consigo misma. Es un recorrido por la historia del concepto del alma desde Platón hasta la mística alemana de la baja Edad Media envuelto en un transfondo literario como es característico en este autor alemán.
Al terminar la lectura, con esta sensación de satisfacción todavía presente, pienso que aquello de lo que está repleto mi alma habla mi vida. Si mi alma respira gracia divina yo seré capaz de irradiar, aunque no me lo proponga, esa alegría serena que transmiten los hijos de Dios. Así, una actitud despreciativa, una palabra altisonante, una mirada de desprecio, un comentario hiriente, una opinión soberbia, una actitud insolente, un grito injustificado, una sonrisa de desdén, una coletilla negativa a una frase, un gesto rudo…, todas estas actitudes que son consecuencia de la soberbia y la vanidad me alejan de Dios y de los que me rodean.
Mi alegría tiene que ser serena, discreta, silenciosa y pacífica. En lo ruidoso, en lo escandaloso, en lo llamativo no pude asentarse el amor de Dios.
Por otro lado, el alma serena es aquella que vive confiada en la mano providente del Padre. Es aquella que confía ciegamente en su amor incondicional y eterno. Es esa que permite vivir con serena confianza de que ninguna circunstancia, por compleja que sea, ni ninguna persona por mucho daño que haga, determina el sentir de su vida.
Lograr esto es siempre difícil. Exige mucha renuncia y mucha santidad. Pero hay algo que es evidente: sólo un alma alegre es capaz de transmitir amor, fidelidad y optimismo. Que un alma triste es inservible para llevar a cabo una vida apostólica coherente porque vive en el círculo vicioso de retroalimentarse, contemplarse y centrarse en si misma. Un alma en la que ha penetrado la carcoma hace inútil cualquier lucha que lleve a la vida eterna.

 serenidad

¡Señor, tu sabes con qué frecuencia me inquieto y cuánto me cuesta confiar en Ti! ¡Doy mil vueltas a las cosas que han salido mal, me hago reproches, me altero con frecuencia, mi impaciento por los problemas y me intranquilizo por lo que no puedo controlar! ¡Concédeme, Señor, la serenidad en mi alma para aparcar esas cosas que me pesan! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no olvidar las afrentas provocadas por otros y no utilizarlas como excusas para mi autocompasión! ¡Te pido, Espíritu Santo, el don de la serenidad, para afrontar las situaciones con entereza, para aceptar a mis semejantes como son y a aceptarme también a mi mismo con mis defectos y mis virtudes! ¡Señor, permíteme dejar de lado todo aquello que no me deja vivir en paz! ¡Y sobre todo, y por encima de todo, Señor, ayúdame a espantar los miedos de mi vida para que Tu imagen resplandezca en mi corazón!

Acorde con el tema de esta meditación escuchamos esta bella aria Auff, meine Seel’ bereite dich [“Auff, mi alma se preparan”] del libro Neues Zehn Geistlicher Arien, del compositor alemán Johann Georg Ahle de 1671:

La pobreza como don

Conversaba ayer con la directora de una fundación benéfica que ayuda a familias sin recursos, casi en la exclusión social. Estaba preocupada porque percibe en la sociedad cada vez mayores desigualdades. Paseamos por las calles de las ciudades, de los pueblos y las aldeas de nuestros países y observamos a personas durmiendo en las calles, padres de familia con rostros desencajados haciendo cola en las oficinas de empleo, marginados que pasan frío a la espera de recibir un plato caliente en los comedores de beneficencia, jóvenes que deambulan sin rumbo por los barrios más humildes, ancianos que viven solos sin el afecto de aquellos a los que tanto dieron… ¿Son éstos los más pobres entre los pobres de la sociedad? Estos son los pobres que conforman el corazón de la Iglesia, de los que habla el Señor en el Evangelio. Son los pobres que carecen de lo esencial. Pero los pobres verdaderos, los pobres silenciosos, los que pasan inadvertidos, son los pobres de corazón. Y pueden estar más cerca nuestro de lo que pensamos. Podemos ser, incluso, nosotros mismos representantes de esa pobreza cuando somos incapaces de dar amor y ser amados, de entregarnos a los demás de manera desinteresada, cuando somos ignorados o ignoramos a aquellos con los que compartimos el día a día de nuestra vida. Pobres ante esa falta de confianza en la providencia divina. Pobres por el temor ante las dificultades y el horror ante el dolor y el sufrimiento. Por el desánimo frente a la propia mediocridad. Por la dificultad de controlar los propios sentimientos. Con heridas profundas por esa incapacidad para perdonar un agravio recibido. Apegados a lo material, que es lo que de verdad da seguridad a nuestra vida. Esa es la verdadera pobreza que anida en el corazón del hombre.
Sólo desde la pobreza sencilla y humilde de un corazón abierto y vulnerable, con la valentía que da saberse en la presencia de un Padre de misericordia, podemos reconocer a Cristo, que se hizo pobre como regalo para la humanidad. El desprendimiento cristiano implica no tratar de buscar respuestas ni hacer promesas sino ser sinceros con uno mismo, confiando sólo en nuestro Padre Dios. Y, entonces, comprenderemos donde radica nuestra riqueza: entender que somos pobres porque todo es un don gratuito que hemos recibido de Dios.

pobreza de corazón

¡Aquí me tienes, Señor, buscando libertad, pero esclavo de mis cosas; creyéndome lleno, pero vacío de ti; escuchando tu llamada, pero haciéndome el sordo! ¡Son muchas las cosas que me alejan de Ti, que me seducen y me apartan de la Verdad y yo, Señor, te digo “que no” porque no me acabo de convencer de que sólo Tú das la verdadera felicidad! ¡Señor, quiero tener un corazón grande para comprender mi pequeñez! ¡Espíritu Santo, quiero mendigarte un corazón sencillo que sea capaz de darse cada día un poco más a los demás! ¡Que sea capaz, Señor, de arrancar de este corazón de piedra mi mediocre debilidad, para llenarlo de Ti! ¡Quiero, Señor, llenarme de tu amor! ¡Quiero ser pobre de espíritu para albergar en lo más profundo de mi corazón Tu reino, Señor, e irradiar a los demás esa luz que brilla de Ti! ¡Dame esa paz tuya que escapa a toda comprensión humana, esa paz que serena mi alma y que me hace sentir que Tú estás conmigo y que habitando en mi corazón nada malo me puede suceder!

 

Lilly Goodman a dueto con Jesús Adrián Romero cantan Ven, te necesito más. Necesitamos a Cristo para que de sentido a nuestro corazón que no encuentra reposo sino es con Él:

 

El encanto de la sencillez interior

Cuando la tristeza domina nuestro ánimo tendemos a caer en el desencanto por las cosas sencillas. “Alzar las alas y remontar el vuelo” se convierte en un tarea ardua especialmente cuando de lo que se trata es de aceptar el fracaso, el desengaño, la frustración o la contrariedad que tantas veces se cruza en el camino, o la decepción por aquella persona que nunca creímos no nos fallaría porque teníamos puesta en ella toda nuestra confianza. Y, entonces, hemos de actuar cómo si nada hubiera sucedido –sin perdón no hay vida cristiana-, se nos recomienda que al mal tiempo buena cara o que aceptemos con resignación cristiana el estacazo recibido, pero tantas veces la furia y el enojo hacen acto de presencia, tendemos a maldecir la situación o a la persona, nos encerramos en nosotros mismos y caemos en la autocompasión por nuestras mil desgracias.
Olvidamos que la desgracia abre al alma esa luz que la prosperidad no vislumbra. Entonces, ¿cómo empezar de nuevo?
Tratando de recuperar el encanto por esa sencillez que habíamos menospreciado; profundizar en uno mismo, dirigir nuestra mirada hacia nuestro propio interior. Conocerse a uno mismo. Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, se llena de vacío. De lo que se trata es de mirar en el propio corazón. Aprender a aceptarse, a respetarse, a valorarse, a quererse. Nada de esto tiene que ver con el egoísmo porque ya Cristo establece que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos.
La grandeza de cualquier hombre radica en su sencillez. Y la sencillez de vida es reconocerse tal cual uno es, en lo bueno y en lo malo, en las alegrías y en las penas, en el éxito y en el fracaso, en el amor y en la desdicha. Y en todos estos casos siempre estará asiéndonos esa mano amiga y amorosa de Dios; esa mano que nunca se suelta, que no nos abandona, que está dispuesta a iniciar de nuevo el camino a nuestro lado, tantas veces como sea necesario. El aguante de Dios es infinito y nunca se cansa de empezar de nuevo. Porque Él “sólo” nos ama por lo que somos, hijos hechos a semejanza suya. Por eso el hombre sencillo tanto gusta a Dios.

pajaros

¡Señor, cuánto me amas, y con que facilidad lo olvido! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a creer en el amor de Dios, en confiar en sus planes, más que en los míos propios! ¡Quiero experimentar en mi corazón tu amor por mí! ¡Quiero ser sencillo, Señor, sencillo de corazón, en mis actos y en mi vid! ¡Toma mi vida y permíteme vivir serenamente este día! ¡Abre mi mente a pensamientos positivos, elimina de mi corazón todo aquello que me aleje de Ti, sentir de corazón amor hacia los demás, libérame del rencor y de mis temores y ayúdame a aceptar las cosas como son! ¡Olvídate, Señor, de mis tristezas y desánimos, de mis caídas anteriores, de mis sometimientos y entregas al pecado, de mi rendición constante, de mis claudicaciones! ¡Cubre, Señor mío, con el velo de tu misericordia toda mi miseria y cogido de Tu mano ayúdame a recomenzar de nuevo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a remontar el vuelo, a vivir en un estado de adoración y de comunión permanente! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón alegre que no se relama en el desencanto sino en la alegría cristiana!

Gozamos hoy con la cantata 117 Sei Lob und Ehr dem höchsten Gut de J. S. Bach, una obra de alabanza y gloria al bien supremo:

El optimismo cotidiano

El optimismo es la fe que traslada todo al logro. Mientras el pecado coexista con el bien siempre habrá motivos en nuestra vida para quejarnos, lamentarnos y lagrimear. Existe un optimismo rigurosamente humano frente a las cosas, los acontecimientos y las personas que termina por no provocar consuelo, serenidad y esperanza en el ánimo de aquellos que lo pasan mal. Esa esperanza puramente humana termina por marchitarse, como sucede con todo lo que procede de los hombres, asfixiada por el desaliento ante la presencia del mal, el sufrimiento y la injusticia. Por eso es tan importante nuestra fe porque nos permite vivir y experimentar ese otro optimismo humano que surge de la esperanza sobrenatural.
El optimismo es una fuente de riqueza. El optimismo es la base del valor. El optimismo solventa la mitad de cada uno de los problemas. Pero cualquier actitud positiva ante la vida, por muchos sufrimientos, problemas, contrariedades, pruebas, dificultades o inconvenientes que nos encontremos, surge de la confianza ciega en la providencia divina. Y ese optimismo acaba convirtiéndose en un inagotable manantial de firmeza.

optimismo
¡Señor, ayúdame a ser siempre una persona optimista, alegre, vital, que sepa aceptar las contrariedades de la vida con fe ciega en tu voluntad de Padre amoroso! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre optimista cuando juzgue o valore a los que me rodean mirando siempre su lado positivo! ¡María, Madre de la humildad y el recogimiento, contágiame de tu visión positiva de la vida, de tu optimismo silencioso, de tu amor incondicional! ¡Que sepa, María, Madre de bondad, mirar tu rostro sonriente que me recuerda la bondad de Dios y cuando esté desanimado, que nada ni nadie arrugue mi sonrisa ni tuerza mi semblante sereno! ¡San José, tu que acompañas siempre a los padres de familia, que aprendamos siempre de ti el no dejarnos vencer por el desánimo ante las contrariedades o la injusticia, o cuando la mediocridad o el pecado contamine el ambiente que nos rodea! ¡Mirándote con los brazos extendidos en la Cruz, querido Jesús, que piense siempre en la fuerza que da este madero santo para vencer siempre al mal! ¡Espíritu Santo, que iluminas mi entendimiento y mi corazón, que sepa descubrir siempre la inmensidad de esa eternidad que late viva en cada uno de los sucesos de mi vida!

Y, hablando de optimismo, sugerimos cantar alabando: ¡Oh Happy day!

 

Contar con la cercanía del Amigo

Imagino la trascendencia de aquellos días en que Cristo oraba para que el Espíritu Santo le ayudara a elegir a los que serían sus discípulos. Doce hombres rudos, incultos incluso, con poca formación humana y toscos en sus formas. Esos doce le acompañarían a todas partes, y con ellos no sólo comería y dormiría, sino que compartiría experiencias, vivencias y muchas confidencias. Eran sus amigos, por eso en los tiempos de convivencia más privada, el Señor les abrió el corazón dándoles a conocer su propia intimidad. Doce hombres que conocieron al verdadero Jesús, porque en el trato surge el cariño, y en la familiaridad del día a día surge la empatía, la camaradería y la confianza.
Todos necesitamos la cercanía, el cariño, la confianza y la entrega de un amigo. Un amigo de verdad es un tesoro valiosísimo. Un amigo sincero escucha, siente, sufre, ama. Conoce y se entrega. Basta una mirada para que comprenda. Basta una palabra para que consuele. Basta un gesto para que abrace.
Imagino el corazón de Jesús, en toda su humanidad, cómo necesitaba también de esos momentos de intimidad para desahogar sus anhelos. Imagino esas conversaciones y esos diálogos repletos de humanidad en los que entregó su corazón tantas veces dolorido. Y, como, además de revelar la Verdad y la vida, testimoniar el amor del Padre y cuál era el objetivo de su misión, desahogó sus inquietudes pues todo corazón humano necesita consuelo, comprensión, afecto y cariño.
Me imagino ahora en la oración. Tantas veces callado, en silencio, con sombras y desconfianzas hacia el Amigo. Y, mientras, Él, me tiende sus brazos sin nada a cambio. El Señor quiere que le busque, que crezca en nuestra amistad -la suya fiel hasta la muerte de cruz-, que no dude de su presencia, que lo reciba en la Eucaristía, que aprenda a escucharle, que atienda su palabra, que lo reconozca entre los sufrientes…

amistad-de-jesus
¡Señor, que gratificante es ser tu amigo! ¡Cómo compensa seguirte! ¡Qué maravilloso es sentir que la alegría auténtica se encuentra cuando te sigo!
¡Qué seguro me siento al recibir tu amistad desprendida, gratuita y magnánima! ¡María, Tú que eres espejo de Santidad, ayúdame a ser siempre un amigo fiel de tu Hijo y acercarme cada día más al corazón misericordioso del Padre!

En este inicio de semana reafirmo mi fe en ti, Señor, exclamando con la música de este gran compositor italiano que es Baldassare Galuppi, tan olvidado hoy. Disfrutadlo, es un Credo para soprano, coro y orquesta precioso:

¿Hacemos el bien por cálculos humanos?

Hacer el bien cuando tenemos conciencia de que, en el fondo de nuestro corazón, conseguiremos algo a cambio no resulta difícil. Además, esta manera de actuar tiene como fin lograr unas porciones de reconocimiento, de que se nos valore de la mejor manera, de caer bien a los demás o de subir algunos puestos en nuestra escala social o laboral. Los seres humanos somos, lamentablemente, tan volubles en nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo que, al final, ese actuar en principio bueno puede quedar supeditado a la simpatía o antipatía que tengamos hacia los demás. Sin embargo, un bien así no se sostiene cuando se apoya en motivaciones humanas tan frágiles. ¿Qué aprendemos de ello? Que es la gracia la que sostiene, hasta lo inimaginable, esa caridad que debe estar presente en todas nuestras palabras, en nuestros gestos, nuestros comportamientos, nuestras conductas, nuestros pensamientos, nuestras actitudes, en definitiva, en todo el entramado de nuestro caminar cotidiano. La gracia es la única que permite animar infatigablemente ese afán de hacer el bien en el que el alma encuentra su verdadero descanso.
Para buscar el bien y practicarlo sin cálculos ni reservas es imprescindible tener un corazón limpio y desprendido, repleto de amor a Dios sin reparar en dimes y diretes, si aquel me ensalzó o criticó, si me lo hizo una vez o no me lo hizo, si me lo sabrá agradecer o no, si me falló o me dejó de fallar, si me tuvo en cuenta o me ninguneó, si, si, si… ¿Acaso el Señor se dedicó en la noche oscura de Getsemaní a calcular y valorar si le era conveniente o no, o si le compensaba o no abrazar la Cruz? ¿Se dejó el Señor crucificar porque le caímos bien, porque tenía una deuda con nosotros o íbamos a corresponder a su entrega?

Compassion-1
¡Señor, que no me canse de hacer el bien a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Ayúdame, Señor, a repartirlo a manos llenas, aunque caiga a lo largo del camino en terreno pedregoso y en apariencia no ofrezca frutos! ¡Dame la gracia, Señor, de ser auténtico en mi comportamiento cotidiano conmigo mismo y con los demás! ¡Dame a conocer, Señor, la fragilidad de lo terrenal, la grandeza de lo divino, la brevedad de lo temporal y lo duradero de lo eterno! ¡Dame un corazón nuevo, Señor, para estar lleno de Ti y sepa entregarme a los demás con amor y generosidad!

Hoy acompañamos nuestra meditación con esta bellísima obra de Piotr Illitch Tchakiovsky, El himno de los querubines:


El arte de amargarse la vida

Cuarto sábado de enero con María en nuestro corazón. María, la mujer que no se quejaba nunca. Y yo me asombro por la cantidad de veces que vive instalada la queja en la comisura de los labios. Me quejo por cómo me han cambiado los planes mi mujer y mis hijos; por cómo se ha truncado una idea que había planeado con tiempo; me quejo por el cansancio, por los problemas del trabajo; me quejo por las actitudes de los demás; me quejo por tener que hacer lo que no me apetece para contentar a los demás; me quejo porque no encuentro aparcamiento un día que tengo prisa; me quejo del dolor de cabeza inoportuno; me quejo porque el Señor no me ha dado lo que le pedía…
El problema no es que me queje, qué también. El problema está en que tiendo a dar mayor preponderancia a lo negativo que a lo positivo de las cosas y las personas. Más tarde me arrepiento, es cierto, pero ahí ha salido ya mi egoísmo y mi soberbia. Con frecuencia la queja no es más que un desahogo demasiado espontáneo del que luego suelo arrepentirme por la ligereza con que me abandono a la quejumbre.
¿Qué consigo con una queja? Endurecer mi corazón. Eliminar la paz de mi corazón. Amargarme la vida y la de los que me rodean. La queja constante no alivia ni mi sufrimiento ni mi desasiego. Lo único que consigue es ofrecer a los demás una imagen pesimista de la vida. De la vida y de Dios. Cada una de mis quejas nada tienen que ver con la aceptación de mi mismo y del modo de actuar de Dios porque en el fondo, bajo la apariencia de bien, sumerge mi soberbia humana y es la peor manera de echarle en cara a Dios mis insatisfacciones.
¿Acaso Cristo no se enfrentó a la Cruz, no aceptó sin lastimera actitud la voluntad de Su Padre, pronunció acaso una palabra que pusiera en entredicho los planes de Dios? ¿No aceptó María, nuestra Madre, con silencio y con amor, los designios de Dios aún sabiendo el sufrimiento que eso comportaba? Por muy difíciles, molestas, complicadas, absurdas, paradójicas e ilógicas que sean nuestras circunstancias, soy consciente de que sólo debo elevar mis quejas a Dios. Con una única finalidad: que Él las convierta en un acto de amor.

7a347375a9298f9f8871735f87c3849a

¡Señor, te pido ser dócil al Espíritu Santo, para parecerme más a Ti y, por tanto, ser mejor hijo de Dios! ¡Te pido me des esa docilidad de los niños pequeños, que sólo tratan de hacer la voluntad de sus padres, para darles alegrías! ¡Ayúdame a tener un corazón dócil, amable y generoso en el que no esté instalada la insatisfacción y la queja! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón docil para conocer los planes y los proyectos que Dios tiene en mi y conducirme conforme a ellos! ¡Dame, Señor, un corazón dócil para tener voluntad para ejercer un servicio hacia los demás sin quejarme nunca! ¡Espíritu Santo, rige mi vida, mis acciones y mi compromiso cristiano! ¡Haz que mi corazón sea semejante al tuyo, ayúdame a amar como tú sabes amar! ¡Gracias, Señor Jesús, por la luz de tu Espíritu Santo que trasforma mi vida día a día! ¡Ayúdame también a nacer de nuevo una y otra vez!

En este sábado mariano, cantamos a Nuestra Señora, “María mírame”…

Esa mano providencial que nos lleva

Durante mucho tiempo he luchado y peleado denodadamente por conseguir aquello que consideraba era beneficioso para mí y para los míos. De un tiempo a esta parte, he tomado un camino diferente. Permito que discurran los acontecimientos según dicta la Providencia. Observo, contemplo y miro cómo todo va desarrollándose. Y cuando sucede, después de haber puesto los medios adecuados y todo mi empeño, si las cosas no han salido como tenía previsto, siento que hay una mano que ha preferido cambiar las tornas. Pero no me inquieto aunque a veces lo que ocurra no era lo que consideraba mejor para mis intereses. Hay que dejarse llevar por la providencia divina. ¡Porque existe!
El Señor tiene un camino perfectamente ideado para cada uno de nosotros. Es un camino que puede llegar a sorprender. Y cuando las cosas fluyen, cuando no se intenta interferir en su voluntad, y todo sale como el Señor tenía previsto, se obtiene una sensación de paz profunda, intensa, maravillosa.
Hay que ver en todos los acontecimientos de nuestra vida la mano providencial del Señor porque, analizado en su justa medida, cuando se intentan hacer bien las cosas, lo que no teníamos previsto es lo mejor. No hay mejor solución que la que está iluminada desde arriba. ¡Siempre que lo hayamos puesto en manos del Señor!

camino-baldosa-amarllas-21
¡Espíritu Santo que seas tu el que me ilumine, dejándome llevar por esas manos amorosas del Padre, que siempre sorprende y hace fácil lo difícil! ¡Señor, como cantamos en el Salmo, enséñame tu camino, quiero vivir según tus enseñanzas. Haz que me consagre a ti de todo corazón, para que te pueda honrar como es debido! ¡Señor, en tus manos pongo todas mis luchas, mis anhelos, mis problemas, mis necesidades, mis alegrías, mis deseos y mis esperanzas! ¡Toma mi vida, Señor, y que se haga siempre tu voluntad y no la mía! ¡Se que nos soy perfecto, Señor, me quieres como soy y te doy gracias por ello!

Acompañamos esta meditación con una canción muy adecuada para honrar al Señor: Dios haz tu obra en mi, de Danilo Montero.

¡Qué difícil es callar y no tener siempre la razón!

Hay días que el corazón late a mil. La impaciencia, ese vicio depredador contra la paciencia, brota en lo más íntimo del corazón. Y, aunque se intenta, resulta difícil dominarla. Para ahogar la impaciencia, lo útil es emplear la fuerza de la mansedumbre, poniendo cuanto está de nuestra parte para impedir que adquiera fuerza en nuestra alma, para que no salga fuera de nosotros, sino que se corte el mismo brote en el interior del corazón. Es fácil decirlo, difícil ponerlo en práctica.
Un medio sublime e infalible es el silencio, porque su aplicación aquieta la tormenta que bulle amenazando escaparse en erupción volcánica, devastadora, destructora. ¡Qué difícil es callar y no tener siempre la razón! Conviene sentirse envuelto en el silencio exterior para no destruir la paz interior, puesto que ¿cuántas veces nos tenemos que arrepentir de cuanto decimos en momentos de ausencia total de paciencia y de bondad?

images-1

¡Señor, dame sencillez y humildad en el trato con los demás! ¡Dame también inocencia e ingenuidad en mi oración, en mi alegría, en mi saber estar! ¡Dame fuerza, Señor, para tener paciencia en mi quehacer profesional y en mi entrega apostólica! ¡Dame, Señor, sobre todo, simplicidad en mis relaciones con los demás, en mi vida espiritual y en mi relación contigo! ¡Señor, en la sencillez de lo ordinario, dame la capacidad para traspasar los pequeños límites de cada acontecimiento para hacer de lo aparentemente ineficaz algo grande por amor a Ti! ¡Hazme entender, Señor, que solo con el lenguaje de la sencillez, ese lenguaje que tanto te caracteriza, llegaré a comprender que la paciencia es una virtud que me acerca más a Ti, me lleno de paz y soy capaz de amar más a los demás!

Hoy el Andante del opus 97 de Chopin. La música del piano de este compositor polaco es una auténtica medicina contra la impaciencia: