Todos necesitamos unos hombros que nos ayuden a llevar nuestras cargas

Esta Navidad que termina me ha servido para profundizar de manera especial en la figura de María, nuestra Madre. Cuántas veces, agobiados por los problemas y dificultades de la vida, desanimados y vencidos por el cansancio espiritual y la debilidad de nuestra vida de fe, hemos buscado a alguien en quien desahogar nuestro pesar y dolor. Todos necesitamos unos hombros que nos ayuden a llevar nuestras cargas, un bastón que podamos apretar fuertemente al caminar, un lazarillo que nos guíe en nuestras oscuridades, alguien que nos escuche cuando ya no podemos más y que seque tantas lágrimas que, a veces, nadie ve.

María, acostumbrada a su oficio de Madre con Cristo, sabe muy bien de dolores y necesidades, de oscuridades y apoyos. Ella siempre estuvo ahí, al pie de la Cruz de su Hijo, y sigue estando ahí, al pie de las cruces de todos y cada uno de nosotros. Ella, que supo acoger tantos deseos del Padre, que supo ser regazo y descanso de san José, que escuchó y cumplió tantos ruegos de su Hijo, ¿cómo no va a inclinarse hacia nuestra miseria y necesidad, como se inclinó tantas veces ante la debilidad del pequeño Jesús? María, Nuestra Madre, no se desentiende nunca de nuestro caminar por esta vida al igual que supo acompañar los pasos y balbuceos del Niño Dios de Belén. ¿Puede haber zozobras y pesares de un hijo que no sean zozobras y pesares de una madre?

7 enero

No hay duda: quiero poner ante ti, Madre todo aquello, grande o pequeño, que es fuente de inseguridad, preocupación o angustia en el día a día de mi vida. Haciéndolo así nunca me faltará esa suave y recia mano de Madre, que tantas veces busco agarrar. De ti quiero aprender también a inclinarme y acoger en tu seno las luchas y afanes de tanta gente a mi alrededor, que no saben a quién acudir, porque viven sin saber de su Padre Dios. No quiero cansarme de aliviar los ruegos y súplicas de ese Cristo, que me mira necesitado en el rostro de personas que están a mi lado y que me miran reclamando mi atención. ¡Hoy te ofrezco mis afanes y alegrías por todos ellos, María! ¡Bendícelos con tu corazón de Madre!

Del Oratorio de Navidad BWV 248 de J. S. Bach, escuchamos hoy el primer movimiento de la parte IV, “Para la Fiesta de la Epifanía”, que terminamos ayer Sir con John Eliot Gardiner dirigiendo al Monteverdi Choir y al English Baroque Soloists:

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