Hoy quiero «renacer» de nuevo mediante la fe, mediante un «sí» profundo y personal

Me impresionó, hace un tiempo, la frase que el padre Antonio Ruiz, un monje franciscano nos dijo a mi mujer y a mi, mientras nos mostraba una tarde de primavera casi a solas la basílica de San Francisco en Asís. En su momento me pareció completamente fuera de la realidad: “Desde el momento mismo que aprendáis a prescindir de la gente, la gente se dará cuenta que no pueden prescindir de vosotros”.
Era un frase en apariencia mera retórica, pura utopía. A ver si la gente corriente capta al místico… Como un género de primera necesidad.
El tiempo ha ido poniendo aquellas palabras sabias, pronunciadas en 2008, en su justo lugar. Para darse a los demás hay que ser auténticos. Ser capaces de amar, incluso a aquellos que nos separan tantas cosas. El primer servicio de cualquier persona habría de consistir en ser uno mismo. No se puede entregar uno a los demás si se cultiva una personalidad prestada, llena de máscaras, donde lo de uno prima sobre lo de los demás.
Mejor equivocarse siendo uno mismo que pretender contentar a los demás con comportamientos y gestos “ejemplares”.
No nos acercaremos a las personas si nos alejamos de nosotros mismos, sin vivir de manera auténtica, sin tratar de mejorar cada día un poco más.
Cuando nuestra alma esté limpia, nuestro corazón ame de verdad, cuando nuestros actos estén presididos por el amor y la generosidad la gente se acercará a nosotros. Le ocurrió al Señor. La gente vio en Él un alma pura, un ser con el que estar y disfrutar, un hombre en el que poder confiar.

11 enero

¡Feliz domingo en el que celebramos el bautismo del Señor y que pone fin a la Navidad y nos anuncia la vida adulta del Señor, tan ejemplar, tan de verdad, tan de confiar! La fiesta de hoy nos brinda la oportunidad de ir, como peregrinos en espíritu, a las orillas del Jordán, para participar en un acontecimiento misterioso:  el bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista. ¡Por eso Señor quiero hoy «renacer», llegar a ser lo que soy a través tuyo, mediante la fe, mediante un «sí» profundo y personal al Padre como origen y fundamento de mi existencia! ¡Con este «sí» quiero acoger de verdad la vida como don del Padre que está en el cielo, un Padre a quien no veo, pero en el cual creo y a quien siento en lo más profundo del corazón! ¡Quiero en este día hacer memoria en que fui iluminado sacramentalmente en Cristo y comencé mi existencia como hijo de Dios! ¡Que el compromiso manifestado entonces y la fe que proclamo, no deje de resonar en mi corazón y mi voz!

Para celebrarlo, que mejor que escuchar la obra de Johann Hermann Schein, “Christ unser Herr zum Jordan kam” (Cristo Nuestro Señor hacia el Jordán):

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