Perdonar es un acto de amor

Perdonar es un acto de amor, que exige humildad y generosidad. Perdonar es difícil, pero nunca imposible. El verdadero perdón nunca va separado del olvido. Perdonar es no recordar la ofensa, haciendo como si nunca hubiera existido. Así perdona Dios, devolviendo a la nada todo el mal que ponemos en sus manos. De la misma manera que su Palabra creadora y amorosa da el ser a las cosas, sacándolas de la nada y del poder del maligno, así también su Palabra sanadora y misericordiosa hace volver a esa nada, al reino de donde salieron, el mal y el pecado de sus hijos.

Nuestra capacidad de perdón dice mucho de la calidad de nuestra vida cristiana. Si poco perdonamos, poco amamos. Si hemos recibido mucho perdón, somos muy amados. Si queremos  ser perdonados, también hemos de querer perdonar. El perdón cristiano no sabe nada de rencores, de gratificaciones y compensaciones, de exigencias ni de derechos. No es solidaridad ni debe ser un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.

Perdonar es difícil, pero perdonemos, aunque tengamos la razón, aunque nuestro perdón no sea conocido por el otro, aunque nadie nos lo agradezca, aunque nos lo malinterpreten, aunque nos suponga la incomprensión, la crítica o la persecución, aunque nos cueste lo indecible. Nuestro perdón es fuente de alegría y de libertad interior. Pensemos que, antes que nosotros perdonásemos, fuimos también perdonado. Pensemos que el mayor perdón lo recibimos, sin merecerlo ni pedirlo, en la Cruz, allí donde también recibimos el mayor acto de amor. Así ha de ser también nuestro perdón: capaz de llegar siempre hasta el extremo de la cruz y del amor.

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Señor, yo te pido perdón, si he hecho algo que delante de tus ojos no está bien visto. Yo te pido que me perdones si he herido a alguien con mis hechos o palabras. Te pido Padre que me enseñes a perdonar a todo el que me ha hecho algo con lo que yo no he estado de acuerdo y que por favor me des la fuerza para vivir toda la vida rodeado de gente que sabe perdonar. Gracias Señor porque siento tu perdón y ahora me siento dispuesto a perdonarme, a pedir perdón, a perdonar a todas las personas que les he hecho daño y a las que me hayan hecho a mí. Gracias Amado Padre Celestial porque cada día me haces sentirme más en paz conmigo mismo y gracias Padre mío por enseñarme tantas cosas que me hacen sentir totalmente feliz. Te amo, te alabo y te glorifico porque tú eres mi Padre, el Rey de Reyes, Señor de Señores.

 

Hoy, el bellísimo “In dulci jubilo” para cuatro voces de Michael Praetorius (1571-1621) en esta ocasión para ocho voces:

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