La modestia, virtud que hunde sus raíces en Dios

Tercer sábado de enero con María en nuestro corazón.
Ayer viernes cené en casa de un amigo de cierta edad, muy culto, con grandes experiencias de vida. Una persona de porte elegante, mirada serena, profundidad interior. Su bagaje personal le podría permitir alardear de ese mundo lleno de vida que le rodea, de sus riquezas, de su mundo de relaciones, de sus obras de caridad anónimas pero su característica principal es la modestia. Grandeza interior, sencillez exterior. Porque le conozco y aprecio, procura mi respeto.
La modestia en un hombre es una virtud derivada de la templanza. Esta nos inclina a permanecer en el debido decoro de gestos y movimientos. No es triste ni de cara hosca; al contrario, es serena y repleta de armonía. Su dignidad atrae con simpatía.
La modestia sincera, no fingida, como la de este hombre generoso, conquista el corazón, porque tiene la mirada de Cristo clara y limpia, luminosa y refulgente. La modestia pone freno al orgullo necio, a las manifestaciones de la lengua, de los ojos.
La modestia hunde sus raíces en Dios; es como un reflejo de vida de la Santísima Virgen para enseñarnos como hemos de comportarnos imitándole a Ella.
He salido de este cena con este amigo lleno de alegría interior. Nos vemos con cierta frecuencia porque su compañía es siempre muy gratificante. Siempre que cierro la puerta de su casa pienso lo mismo: en todo lo que uno haga, por muy aplaudido que sea, hay que ser modesto. La gloria verdadera huye desaforada de quien la persigue y, por norma, persigue a quien la huye.

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¡Señor ayúdame a ocupar siempre el último lugar en todo, tratando de contentarte más a Ti que los que me rodean! ¡Cuando me aplaudan, me feliciten o ensalcen mis méritos ayúdame a ser modesto y no vanidoso! ¡Espíritu Santo, Tu que eres modelo de modestia, infunde en mi alma la capacidad de sencillez y sobriedad! ¡Dame, Santo Espíritu, tu que habitas en mi corazón, la ilusión de vivir siempre en la verdad buscando la perfección del alma! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser consecuente con mi vida y ayúdame a admitir mis debilidades para vivir en humildad, que en definitiva es vivir en la verdad! ¡Ayúdame, Señor, a ser modesto como lo eres Tu, para amar como amaste tu! ¡Deseo, Padre bueno, que penetres de verdad en mi vida; quiero dejarme querer por Ti, quiero que me transformes, me cambies, me guíes, me formes, y para ello dame el coraje para deshacerme en tus manos amorosas para que modelen mi alma a tu imagen y semejanza!

Siendo sábado, dediquémosle a la Virgen una obra musical. Seguramente Nuestra Madre se deleitará con esta Alma Redemptoris Mater, H21 de Charpentier. Feliz sábado.

https://www.youtube.com/watch?v=AuavBzelhuQ

 

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