El arte de amargarse la vida

Cuarto sábado de enero con María en nuestro corazón. María, la mujer que no se quejaba nunca. Y yo me asombro por la cantidad de veces que vive instalada la queja en la comisura de los labios. Me quejo por cómo me han cambiado los planes mi mujer y mis hijos; por cómo se ha truncado una idea que había planeado con tiempo; me quejo por el cansancio, por los problemas del trabajo; me quejo por las actitudes de los demás; me quejo por tener que hacer lo que no me apetece para contentar a los demás; me quejo porque no encuentro aparcamiento un día que tengo prisa; me quejo del dolor de cabeza inoportuno; me quejo porque el Señor no me ha dado lo que le pedía…
El problema no es que me queje, qué también. El problema está en que tiendo a dar mayor preponderancia a lo negativo que a lo positivo de las cosas y las personas. Más tarde me arrepiento, es cierto, pero ahí ha salido ya mi egoísmo y mi soberbia. Con frecuencia la queja no es más que un desahogo demasiado espontáneo del que luego suelo arrepentirme por la ligereza con que me abandono a la quejumbre.
¿Qué consigo con una queja? Endurecer mi corazón. Eliminar la paz de mi corazón. Amargarme la vida y la de los que me rodean. La queja constante no alivia ni mi sufrimiento ni mi desasiego. Lo único que consigue es ofrecer a los demás una imagen pesimista de la vida. De la vida y de Dios. Cada una de mis quejas nada tienen que ver con la aceptación de mi mismo y del modo de actuar de Dios porque en el fondo, bajo la apariencia de bien, sumerge mi soberbia humana y es la peor manera de echarle en cara a Dios mis insatisfacciones.
¿Acaso Cristo no se enfrentó a la Cruz, no aceptó sin lastimera actitud la voluntad de Su Padre, pronunció acaso una palabra que pusiera en entredicho los planes de Dios? ¿No aceptó María, nuestra Madre, con silencio y con amor, los designios de Dios aún sabiendo el sufrimiento que eso comportaba? Por muy difíciles, molestas, complicadas, absurdas, paradójicas e ilógicas que sean nuestras circunstancias, soy consciente de que sólo debo elevar mis quejas a Dios. Con una única finalidad: que Él las convierta en un acto de amor.

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¡Señor, te pido ser dócil al Espíritu Santo, para parecerme más a Ti y, por tanto, ser mejor hijo de Dios! ¡Te pido me des esa docilidad de los niños pequeños, que sólo tratan de hacer la voluntad de sus padres, para darles alegrías! ¡Ayúdame a tener un corazón dócil, amable y generoso en el que no esté instalada la insatisfacción y la queja! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón docil para conocer los planes y los proyectos que Dios tiene en mi y conducirme conforme a ellos! ¡Dame, Señor, un corazón dócil para tener voluntad para ejercer un servicio hacia los demás sin quejarme nunca! ¡Espíritu Santo, rige mi vida, mis acciones y mi compromiso cristiano! ¡Haz que mi corazón sea semejante al tuyo, ayúdame a amar como tú sabes amar! ¡Gracias, Señor Jesús, por la luz de tu Espíritu Santo que trasforma mi vida día a día! ¡Ayúdame también a nacer de nuevo una y otra vez!

En este sábado mariano, cantamos a Nuestra Señora, “María mírame”…

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