¿Hacemos el bien por cálculos humanos?

Hacer el bien cuando tenemos conciencia de que, en el fondo de nuestro corazón, conseguiremos algo a cambio no resulta difícil. Además, esta manera de actuar tiene como fin lograr unas porciones de reconocimiento, de que se nos valore de la mejor manera, de caer bien a los demás o de subir algunos puestos en nuestra escala social o laboral. Los seres humanos somos, lamentablemente, tan volubles en nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo que, al final, ese actuar en principio bueno puede quedar supeditado a la simpatía o antipatía que tengamos hacia los demás. Sin embargo, un bien así no se sostiene cuando se apoya en motivaciones humanas tan frágiles. ¿Qué aprendemos de ello? Que es la gracia la que sostiene, hasta lo inimaginable, esa caridad que debe estar presente en todas nuestras palabras, en nuestros gestos, nuestros comportamientos, nuestras conductas, nuestros pensamientos, nuestras actitudes, en definitiva, en todo el entramado de nuestro caminar cotidiano. La gracia es la única que permite animar infatigablemente ese afán de hacer el bien en el que el alma encuentra su verdadero descanso.
Para buscar el bien y practicarlo sin cálculos ni reservas es imprescindible tener un corazón limpio y desprendido, repleto de amor a Dios sin reparar en dimes y diretes, si aquel me ensalzó o criticó, si me lo hizo una vez o no me lo hizo, si me lo sabrá agradecer o no, si me falló o me dejó de fallar, si me tuvo en cuenta o me ninguneó, si, si, si… ¿Acaso el Señor se dedicó en la noche oscura de Getsemaní a calcular y valorar si le era conveniente o no, o si le compensaba o no abrazar la Cruz? ¿Se dejó el Señor crucificar porque le caímos bien, porque tenía una deuda con nosotros o íbamos a corresponder a su entrega?

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¡Señor, que no me canse de hacer el bien a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Ayúdame, Señor, a repartirlo a manos llenas, aunque caiga a lo largo del camino en terreno pedregoso y en apariencia no ofrezca frutos! ¡Dame la gracia, Señor, de ser auténtico en mi comportamiento cotidiano conmigo mismo y con los demás! ¡Dame a conocer, Señor, la fragilidad de lo terrenal, la grandeza de lo divino, la brevedad de lo temporal y lo duradero de lo eterno! ¡Dame un corazón nuevo, Señor, para estar lleno de Ti y sepa entregarme a los demás con amor y generosidad!

Hoy acompañamos nuestra meditación con esta bellísima obra de Piotr Illitch Tchakiovsky, El himno de los querubines:


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