El encanto de la sencillez interior

Cuando la tristeza domina nuestro ánimo tendemos a caer en el desencanto por las cosas sencillas. “Alzar las alas y remontar el vuelo” se convierte en un tarea ardua especialmente cuando de lo que se trata es de aceptar el fracaso, el desengaño, la frustración o la contrariedad que tantas veces se cruza en el camino, o la decepción por aquella persona que nunca creímos no nos fallaría porque teníamos puesta en ella toda nuestra confianza. Y, entonces, hemos de actuar cómo si nada hubiera sucedido –sin perdón no hay vida cristiana-, se nos recomienda que al mal tiempo buena cara o que aceptemos con resignación cristiana el estacazo recibido, pero tantas veces la furia y el enojo hacen acto de presencia, tendemos a maldecir la situación o a la persona, nos encerramos en nosotros mismos y caemos en la autocompasión por nuestras mil desgracias.
Olvidamos que la desgracia abre al alma esa luz que la prosperidad no vislumbra. Entonces, ¿cómo empezar de nuevo?
Tratando de recuperar el encanto por esa sencillez que habíamos menospreciado; profundizar en uno mismo, dirigir nuestra mirada hacia nuestro propio interior. Conocerse a uno mismo. Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, se llena de vacío. De lo que se trata es de mirar en el propio corazón. Aprender a aceptarse, a respetarse, a valorarse, a quererse. Nada de esto tiene que ver con el egoísmo porque ya Cristo establece que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos.
La grandeza de cualquier hombre radica en su sencillez. Y la sencillez de vida es reconocerse tal cual uno es, en lo bueno y en lo malo, en las alegrías y en las penas, en el éxito y en el fracaso, en el amor y en la desdicha. Y en todos estos casos siempre estará asiéndonos esa mano amiga y amorosa de Dios; esa mano que nunca se suelta, que no nos abandona, que está dispuesta a iniciar de nuevo el camino a nuestro lado, tantas veces como sea necesario. El aguante de Dios es infinito y nunca se cansa de empezar de nuevo. Porque Él “sólo” nos ama por lo que somos, hijos hechos a semejanza suya. Por eso el hombre sencillo tanto gusta a Dios.

pajaros

¡Señor, cuánto me amas, y con que facilidad lo olvido! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a creer en el amor de Dios, en confiar en sus planes, más que en los míos propios! ¡Quiero experimentar en mi corazón tu amor por mí! ¡Quiero ser sencillo, Señor, sencillo de corazón, en mis actos y en mi vid! ¡Toma mi vida y permíteme vivir serenamente este día! ¡Abre mi mente a pensamientos positivos, elimina de mi corazón todo aquello que me aleje de Ti, sentir de corazón amor hacia los demás, libérame del rencor y de mis temores y ayúdame a aceptar las cosas como son! ¡Olvídate, Señor, de mis tristezas y desánimos, de mis caídas anteriores, de mis sometimientos y entregas al pecado, de mi rendición constante, de mis claudicaciones! ¡Cubre, Señor mío, con el velo de tu misericordia toda mi miseria y cogido de Tu mano ayúdame a recomenzar de nuevo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a remontar el vuelo, a vivir en un estado de adoración y de comunión permanente! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón alegre que no se relama en el desencanto sino en la alegría cristiana!

Gozamos hoy con la cantata 117 Sei Lob und Ehr dem höchsten Gut de J. S. Bach, una obra de alabanza y gloria al bien supremo:

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