La pobreza como don

Conversaba ayer con la directora de una fundación benéfica que ayuda a familias sin recursos, casi en la exclusión social. Estaba preocupada porque percibe en la sociedad cada vez mayores desigualdades. Paseamos por las calles de las ciudades, de los pueblos y las aldeas de nuestros países y observamos a personas durmiendo en las calles, padres de familia con rostros desencajados haciendo cola en las oficinas de empleo, marginados que pasan frío a la espera de recibir un plato caliente en los comedores de beneficencia, jóvenes que deambulan sin rumbo por los barrios más humildes, ancianos que viven solos sin el afecto de aquellos a los que tanto dieron… ¿Son éstos los más pobres entre los pobres de la sociedad? Estos son los pobres que conforman el corazón de la Iglesia, de los que habla el Señor en el Evangelio. Son los pobres que carecen de lo esencial. Pero los pobres verdaderos, los pobres silenciosos, los que pasan inadvertidos, son los pobres de corazón. Y pueden estar más cerca nuestro de lo que pensamos. Podemos ser, incluso, nosotros mismos representantes de esa pobreza cuando somos incapaces de dar amor y ser amados, de entregarnos a los demás de manera desinteresada, cuando somos ignorados o ignoramos a aquellos con los que compartimos el día a día de nuestra vida. Pobres ante esa falta de confianza en la providencia divina. Pobres por el temor ante las dificultades y el horror ante el dolor y el sufrimiento. Por el desánimo frente a la propia mediocridad. Por la dificultad de controlar los propios sentimientos. Con heridas profundas por esa incapacidad para perdonar un agravio recibido. Apegados a lo material, que es lo que de verdad da seguridad a nuestra vida. Esa es la verdadera pobreza que anida en el corazón del hombre.
Sólo desde la pobreza sencilla y humilde de un corazón abierto y vulnerable, con la valentía que da saberse en la presencia de un Padre de misericordia, podemos reconocer a Cristo, que se hizo pobre como regalo para la humanidad. El desprendimiento cristiano implica no tratar de buscar respuestas ni hacer promesas sino ser sinceros con uno mismo, confiando sólo en nuestro Padre Dios. Y, entonces, comprenderemos donde radica nuestra riqueza: entender que somos pobres porque todo es un don gratuito que hemos recibido de Dios.

pobreza de corazón

¡Aquí me tienes, Señor, buscando libertad, pero esclavo de mis cosas; creyéndome lleno, pero vacío de ti; escuchando tu llamada, pero haciéndome el sordo! ¡Son muchas las cosas que me alejan de Ti, que me seducen y me apartan de la Verdad y yo, Señor, te digo “que no” porque no me acabo de convencer de que sólo Tú das la verdadera felicidad! ¡Señor, quiero tener un corazón grande para comprender mi pequeñez! ¡Espíritu Santo, quiero mendigarte un corazón sencillo que sea capaz de darse cada día un poco más a los demás! ¡Que sea capaz, Señor, de arrancar de este corazón de piedra mi mediocre debilidad, para llenarlo de Ti! ¡Quiero, Señor, llenarme de tu amor! ¡Quiero ser pobre de espíritu para albergar en lo más profundo de mi corazón Tu reino, Señor, e irradiar a los demás esa luz que brilla de Ti! ¡Dame esa paz tuya que escapa a toda comprensión humana, esa paz que serena mi alma y que me hace sentir que Tú estás conmigo y que habitando en mi corazón nada malo me puede suceder!

 

Lilly Goodman a dueto con Jesús Adrián Romero cantan Ven, te necesito más. Necesitamos a Cristo para que de sentido a nuestro corazón que no encuentra reposo sino es con Él:

 

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