El alma serena

Cierro la última página de un breve texto, profundo y maravilloso. Se trata de Las confesiones de un alma bella, de Goethe. Nos dice el filósofo alemán que un alma bella es aquella que tiende al bien por sí misma, por su naturaleza y sin un esfuerzo aparente ni contradicción consigo misma. Es un recorrido por la historia del concepto del alma desde Platón hasta la mística alemana de la baja Edad Media envuelto en un transfondo literario como es característico en este autor alemán.
Al terminar la lectura, con esta sensación de satisfacción todavía presente, pienso que aquello de lo que está repleto mi alma habla mi vida. Si mi alma respira gracia divina yo seré capaz de irradiar, aunque no me lo proponga, esa alegría serena que transmiten los hijos de Dios. Así, una actitud despreciativa, una palabra altisonante, una mirada de desprecio, un comentario hiriente, una opinión soberbia, una actitud insolente, un grito injustificado, una sonrisa de desdén, una coletilla negativa a una frase, un gesto rudo…, todas estas actitudes que son consecuencia de la soberbia y la vanidad me alejan de Dios y de los que me rodean.
Mi alegría tiene que ser serena, discreta, silenciosa y pacífica. En lo ruidoso, en lo escandaloso, en lo llamativo no pude asentarse el amor de Dios.
Por otro lado, el alma serena es aquella que vive confiada en la mano providente del Padre. Es aquella que confía ciegamente en su amor incondicional y eterno. Es esa que permite vivir con serena confianza de que ninguna circunstancia, por compleja que sea, ni ninguna persona por mucho daño que haga, determina el sentir de su vida.
Lograr esto es siempre difícil. Exige mucha renuncia y mucha santidad. Pero hay algo que es evidente: sólo un alma alegre es capaz de transmitir amor, fidelidad y optimismo. Que un alma triste es inservible para llevar a cabo una vida apostólica coherente porque vive en el círculo vicioso de retroalimentarse, contemplarse y centrarse en si misma. Un alma en la que ha penetrado la carcoma hace inútil cualquier lucha que lleve a la vida eterna.

 serenidad

¡Señor, tu sabes con qué frecuencia me inquieto y cuánto me cuesta confiar en Ti! ¡Doy mil vueltas a las cosas que han salido mal, me hago reproches, me altero con frecuencia, mi impaciento por los problemas y me intranquilizo por lo que no puedo controlar! ¡Concédeme, Señor, la serenidad en mi alma para aparcar esas cosas que me pesan! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no olvidar las afrentas provocadas por otros y no utilizarlas como excusas para mi autocompasión! ¡Te pido, Espíritu Santo, el don de la serenidad, para afrontar las situaciones con entereza, para aceptar a mis semejantes como son y a aceptarme también a mi mismo con mis defectos y mis virtudes! ¡Señor, permíteme dejar de lado todo aquello que no me deja vivir en paz! ¡Y sobre todo, y por encima de todo, Señor, ayúdame a espantar los miedos de mi vida para que Tu imagen resplandezca en mi corazón!

Acorde con el tema de esta meditación escuchamos esta bella aria Auff, meine Seel’ bereite dich [“Auff, mi alma se preparan”] del libro Neues Zehn Geistlicher Arien, del compositor alemán Johann Georg Ahle de 1671:

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