Cultivar la constancia

Último sábado de febrero con María en nuestro corazón. Las enseñanzas de la Madre son una escuela para cada uno de nosotros. Se habla mucho de la humildad y la obediencia de la Virgen pero se olvida esa característica tan suya que fue la constancia.
María, mujer de oración, fue constante en su vida espiritual. En la constancia reside toda clave del éxito espiritual. Un alma timorata, amedrentada o pusilánime poco acrecienta su cercanía con el Señor. Se trata de que el propio espíritu no decaiga y que los avatares de nuestra vida no mermen nuestra paz interior y la confianza en Dios. Es la mejor manera de sentir que Dios nos acompaña y que lo hace en la alegría y en el dolor, en la salud y la enfermedad, en la serenidad y la tribulación.
Como María hay que trabajar por la gloria de Dios y la salvación de nuestros hermanos sin componendas humanas, sin preocuparse si al esfuerzo no le sobreviene el éxito que de forma habitual no va ligado con el esfuerzo porque si dependiera de él en nuestros apostolados no encontraríamos tanto desánimo. La obra de la gracia actúa en el corazón del hombre a través del camino de la constancia. El Señor nos puede colmar de dones pero si no ponemos de nuestra parte no puede obrar en nuestro corazón. Dios busca la tierra fértil para sembrar en nuestro interior, una tierra que se abra al don de la gracia. Y esa gracia hay que cultivarla, como el sembrador constante en el día a día de su vida para recoger los frutos, por medio del encuentro diario con Cristo en la oración, la meditación y la práctica sacramental. A la santidad no se llega de golpe, es preciso caminar de manera constante con mirada de eternidad.

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¡En este sábado, María, quiero seguir tu ejemplo de constancia porque Tu te me presentas como la persona que, habiendo recibido de Dios una vocación, sigues con fidelidad y constancia lo que el Padre te reclama, y en colaboración con Cristo, ofreces toda tu vida, tu corazón y tu mente, para realizar tu misión de Madre y Virgen; me enseñas que la paciencia y la constancia son los elementos que sintetizan el compromiso humano y el confiarse en Dios; y me ayudas a potenciar mi pobre tenacidad interior, esa resistencia del ánimo que me permiten no desesperar en la espera de una petición al Padre que tarda en llegar, sino de aguardarla en mi corazón con esperanzada confianza! ¡Concédeme, Señor, la paciencia necesarias para soportar las largas esperas, para asumir los desafíos de cada día, para adaptarme a los imprevistos que surgen en mi vida, para apreciar la belleza de las cosas sencillas, para soportar aquello que me provoca incomodidad y aceptar vivir con mis propios límites! ¡Totus tuus, María!

Celebramos el día de la Virgen con un música de los siglos XIII-XIV obtenida del Códice de Las Huelgas. Esta pequeña joya medieval es la prosa a dos voces Maria Virgo Virginum:

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La lavadora espiritual

Coincido en la calle con un amigo. Nos detenemos a conversar pero lo digo que tengo prisa, que voy a confesarme. “¿Confesarte? Yo no tengo tiempo para esto. Además, la confesión es puro moralismo”. “La penitencia —me atrevo a decirle—, no es una invención del hombre, es el medio que Cristo te ofrece para perdonarte los pecados. No la menosprecies. No es el sacerdote quien te perdona, es Dios quien lo hace. Es un acto de absoluta libertad… y de fe”. Pienso que un alma que rehúsa la confesión es un alma que se aleja de Dios. Me da una palmada en la espalda, quedamos para vernos otro día y proseguimos nuestro camino.
El sacramento de la reconciliación es el sacramento olvidado. Personalmente, me alivia de mis caídas y me ayuda a recuperar el ánimo frente a Dios. Después de cada confesión salgo fortalecido espiritual y humanamente, con una gran paz interior y una enorme alegría en el corazón. Siento que es un regalo que no merezco pero que el Señor me entrega con gozo infinito.
En este tiempo de Cuaresma, de limpieza interior y de educación de la conciencia, se abre la oportunidad de cuidar de una manera especial y delicada el sacramento de la Penitencia, ese encuentro especial con Cristo, en cada ocasión tan único, tan especial y tan diferente. La confesión es como una lavadora espiritual. Se introducen los trapos sucios de nuestra vida y se programa para que sea clara, concreta, concisa, íntegra y dispuesta. Con este programa la miseria de nuestra alma sale limpia por la misericordia de Dios y purificada por el suavizante de su amor. ¿Qué hay más grande que el saberse curado, limpio y fortalecido?
Cada confesión de corazón nos acerca a la santidad de Dios, nos renueva interiormente y cimenta la alegría que se apaga en el corazón.

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¡Señor, en esta Cuaresma quiero mirarte más a tí que a mi mismo, contemplar más tu bondad y misericordia que mis miserias! ¡Deseo que mi vida interior sea un diálogo de amor contigo! ¡Señor, Tu que eres justo y clemente con quien te invoca, Tú que conoces mi pecado y mi injusticia pero también de mis buenos deseos, escucha siempre mis oraciones y dame la gracia de volver a ti por una conversión y reconciliación sinceras! ¡Ayúdame a comportarme con sinceridad en el camino del amor, y a crecer contigo a través de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Me duele, Señor, ofendenderte por mi dureza de corazón; concédeme una sincera conversión y suscita en mí el amor a ti y al prójimo!

Siguiendo con la música cuaresmal disfrutamos de esta música profunda e intensa, el motete Timor et tremor, a 6 voces de Giovanni Gabrieli de su colección Reliquiae Sacrorum Concentuum.

Comprender y amar

Lo habitual es organizar nuestra actividad diaria sin tener en cuenta que puede acontecer un hecho imprevisto. Comprensible. Pero siempre existen circunstancias, acontecimientos o situaciones, ajenos a nuestra voluntad, que pueden surgir de manera inesperada, que trastocan nuestra vida, nos hacen perder la paz, provocan un cambio brusco en nuestro estado de ánimo e, incluso, generan ansiedad y desconcierto incontrolado. Son las contradicciones de nuestra vida. La solución es contemplar a Cristo.
Leyendo los textos evangélicos comprendemos que los imprevistos forman parte de nuestra vida, como lo fueron en la vida del Señor, algunos de ellos incluso rozando el desatino y el absurdo. En el caso de Jesús las embestidas dialécticas de los fariseos, la torpeza de sus discípulos, el agotamiento físico, la incredulidad de sus conciudadanos de Nazareth, las tentaciones del demonio, los lamentos de los que se acercaban a Él buscando curación o milagros, los reproches de tantos y la incomprensión de la mayoría.
La respuesta del Señor fue siempre la misma, actuar con serenidad, sosiego y magnanimidad. Intentando comprender… y amar. Es cierto que no siempre lo hizo de manera pausada y comedida como el día que expulsó a los comerciantes del Templo porque profanaban la casa del Padre, de su Padre o cuando algunos —muchos— acudían a él con torticera intención.
Pero Cristo nunca se quejó. Calló, rezó y amó. Examino ahora mi alma. ¿Me influyen, por ejemplo, los dimes y diretes que se dicen de mí; la opinión de la gente; los comentarios críticos a mi trabajo; las comidillas sobre mi situación profesional, personal o social; las risas cuando me caigo subiendo unas escaleras y en apariencia hago el ridículo; la forma como visto; cuando alguien se aprovecha de mi; cuando sufro una traición o un engaño de alguien cercano que no te esperas, la evidencia de que he tomado una decisión errónea y no me queda más remedido que aceptar que me he equivocado; cuando estoy de mal humor y reacciono mal con los que me rodean…?

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Esas son las contradicciones de mi vida. ¡Te las ofrezco, Señor! ¡Te ofrezco todas las contradicciones para que con Tu ayuda fortalezcas mi carácter y hagas de mi una persona que no se vea condicionada por la mundanidad de lo humano sino que sepa tener una actitud trascendente! ¡Me uno a Ti, Señor, me uno a tus sufrimientos para ir llenando lo que aún falta por cubrir de Tu Pasión! ¡Señor, que en mi amistad contigo no busque sólo la perfección, sino la veracidad, porque en nuestra relación el protagonista eres Tu y no yo! ¡Dame un corazón, Señor, para aceptar todo lo que me suceda y aceptarlo con amor!

Hoy, un delicioso canapé músical de Giacomo Antonio Petri, uno de los grandes músicos barrocos italianos, y su Sinfonia & Kyrie I de su Misa a 12 voces:

Cuatro pilares fundamentales para afrontar los problemas de la vida

Hace hoy un año que fallecía en Londres, a la edad de 110 años, la pianista de origen checo Alice Herz-Sommer, superviviente del holocausto nazi. Esta concertista de sensibilidad exquisita pasó dos años que marcaron su vida en el campo de concentración de Terezín, en la República Checa.
La conocí en Viena y durante un tiempo tuvimos bastante relación. Años más tarde se estableció en Londres y aprovechando una estancia en la capital británica me obsequió su libro de memorias A Century of Wisdom: Lessons from the Life of Alice Herz-Sommer, the World’s Oldest Living Holocaust Survivor escrito en colaboración con la también pianista y escritora Caroline Stoessinger. En esta obra, esta mujer culta y delicada, que perdió a un hijo y a su marido en el campo de concentración de Auschwitz, decía que había logrado superar su reclusión en aquel centro del horror a base de optimismo, valentía, temperamento y disciplina. Cuatro pilares fundamentales para afrontar los problemas de la vida. Alice nunca sintió miedo, sino incertidumbre por lo que le podría sobrevenir. El miedo nunca es un mal en sí mismo. De manera frecuente es la oportunidad para revelar un valor y sacar fuerzas de dónde no las haya. Únicamente quien conoce el temor puede saber qué es el valor. Se convierte en un mal que ahoga e impide vivir cuando, en vez de incitación a la reacción y pilar para la acción, se convierte en argumento para la inacción, algo que impide avanzar.
Tendemos a vivir en la angustia. La ansiedad es el miedo irracional a algo que nos sobreviene. Sufrimos por las situaciones, esperamos de manera constante lo peor y vivimos palpitando de angustia. Si el peligro no es real, el ansia lo crea; si existe, lo hace mayor. Quien teme sufre en la previsión y también en la realidad. El remedio se resume en una frase simple: confianza en Dios; confiar de manera decidida en la providencia divina; no tener miedo a ser abandonados por el Señor porque aunque nos encontremos solos en lo humano, Su amor es más fuerte que todo. Y la gran medicina es la oración. En mis momentos de gran incertidumbre pienso en Cristo en el huerto de los Olivos. ¿No sintió Él una soledad profunda? Pero desde ese día aprendemos que hay que vivir unidos a Él, en oración con Él, con la fuerza para levantarnos en lugar de deprimirnos. Utilizando como base la oración no sirven también los cuatro pilares de Alice: optimismo, valentía, temperamento y disciplina. Además de la fe.

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¡Señor, en este tiempo de Cuaresma quiero tener una disposición absoluta al cambio de actitudes de mi corazón que es lo que más te agrada! ¡Tú, Señor, conoces hasta lo más recóndito y secreto de mi alma, por lo que nada tengo que aparentar delante de Ti! ¡Que todas mis obras sean por amor a Ti y para darte mayor gloria y alabanza! ¡Cuando haga oración, o dé limosna o practique el bien que sea siempre un acto silencioso de amor y por amor para no recibir parabienes sino para darte gloria! ¡Enséñame a edificar mi vida pisando las huellas que tus dejaste y me coja de tu Mano lo que implicará que mi mayor anhelo será construir sobre un fundamento que se llama amor crucificado! ¡Gracias, Señor, por todo lo que recibo de tu mano!

Del maestro Pau Casals (1876-1973), compositor y violonchelista español nacido en El Vendrell (Tarragona), os presento una breve obra coral sacra titulada O vos omnes, muy adecuada a este tiempo de Cuaresma.

¿Qué espacio ocupa Dios en mi vida?

En ocasiones nos aferramos tanto a las responsabilidades y actividades del día a día que perdemos de vista el infinito poder que Dios ejerce en nuestra vida. Nos circunscribimos a nosotros mismos al consagrar la mayor parte del tiempo, el esfuerzo y la energía a nuestros trabajos y acrecentar nuestros bienes. Hay días que Dios ocupa un mínimo espacio en nuestra vida.
En ello no hay nada de malo y menos cuando tratamos de hacer nuestro trabajo lo mejor posible y en sentirnos orgullosos de las cosas que poseemos por el esfuerzo de nuestro trabajo. Pero no debemos consentir que estas cosas se conviertan en barreras que nos impidan ver el mundo de manera más amplia, la del mundo del Espíritu.
Cuando Dios se introduce en las actividades de nuestra vida éstas se vuelven más agradables, significativas y satisfactorias. Con asiduidad en el trabajo y en nuestras relaciones sociales o personales nos sentimos mejor. Conseguimos más de la vida porque la afrontamos con un sentido auténtico, más espiritual y con serenidad interior. Cuando tenemos una visión amplia de la vida podemos ser más conscientes del poder de Dios y de su deseo de obrar milagros en nuestra vida. Somos capaces de agradecer y reconocer sus obras, en lugar de aceptar nuestras bendiciones como algo natural o distinguirlas como fruto de la simple casualidad.
Cuando reconocemos que los logros y los éxitos cotidianos son más de Dios que de nosotros mismos, somos capaces de apreciar estos dones de forma totalmente nueva.

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¡Señor, gracias, por tantos dones que he recibido de Ti, ayúdame a utilizarlos bien y darte gracias siempre por ellos! ¡Señor, quiere reconocer que, sin tu gracia, nada puedo y de nada me sirven los dones terrenales que disponga! ¡Gracias, Señor, porque cada día obras un milagro en mi vida, porque me regalas la vida! ¡Gracias, Señor, por el perdón que tantas veces he omitido por negligencia o por orgullo y que no tienes en cuenta porque tu bondad es infinita! ¡Gracias, Señor, porque perdonas mis omisiones, descuidos y olvidos, mi orgullo y vanidad, mi necesidad y mis caprichos, mi silencio y mi excesiva locuacidad! ¡Padre bueno gracias por la oportunidad de conocerte y de tenerte cerca! ¡Te pido encarecidamente, Padre de bondad, que me hagas sobrepasar cualquier decisión que haya elegido equivocadamente y me mantiene alejado de ti!

Hoy la música de uno de mis compositores barrocos ingleses favoritos, eclipsado por la grandeza de Haendel, el mayúsculo Thomas Arne:

Escuela de confianza

Como la vida del principal personaje cervantino, un conocido ve siempre enemigos en cualquier parte. Es un Quijote del siglo XXI. Se ve en todo momento excluido, repudiado, con enemigos y competidores desleales que le amargan la existencia. Cuando me cuenta sus andanzas caballerescas pienso que, en realidad, tiene una gran desconfianza en Dios y en sí mismo y, por añadidura, en los demás. Tiene poca fe en lo que respecta a sus propios recursos y a los dones que ha recibido. No es fácil separar la confianza en Dios y la confianza en los hombres. Quien confía en el Señor tiene la mejor escuela para confiar en los hermanos, por muchas decepciones que acarreen.
Dios, de manera ordinaria, llega a nosotros a través de nuestra propia vida y de las vidas de quienes nos rodean. Aquel que desconfía de sí mismo y de los demás es incapaz de amar. Y amar, en todas sus expresiones, es una forma muy hermosa de confiar. A mí me maravilla cuando observo a mi hijo pequeño abalanzándose confiadamente en los brazos de mi mujer, de sus hermanas o de los míos. Es la confianza ciega del que siente la cercanía del amor y la protección ante el peligro. La mayor tragedia que puede sentir un niño es no recibir un ápice de amor, ese amor paternal que le inculca una confianza instintiva, fundamento de una vida adulta basada en el amor.
Desconfiar de Dios es olvidar que Él nos ama, cerrarse a sus sorpresas y atrincherarse en nuestras estructuras mundanas. Para fiarse de los demás y dejar que Dios actúe hay que tener un espíritu un poco infantil. Ya nos dice el apóstol Pablo que la infancia espiritual radica en poseer el Espíritu de Cristo o lo que es lo mismo, sentir la alegría y la paz de sentirse amado por un Padre bueno y misericordioso. Sintiéndose así, todo lo demás es relativo y desaparecen de la conciencia esos pensamientos descabellados que sumergen en un sueño que casi siempre acaba en pesadilla.

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¡Señor deseo centrar mi mirada en Ti y contemplar tu supremo testimonio de amor! ¡Regálame en este día el deseo de hacer oración. A mayor oración, más vida, más amor, más unión con Dios, más santidad, más felicidad y estaré más preparado para afrontar las tentaciones! ¡Que mi oración no sea un momento esporádico. Deseo hablar contigo más tiempo Señor!

Feliz inicio de semana. Lo podemos comenzar escuchando este magnífico motete de Ralph Vaugham Williams, Lord thou hast been our refuge:

Mirar la vida a través de la fe

Concluyo meditabundo el libro de C. S. Lewis El problema del dolor. Y una idea resuena en mi interior, subrayada con mi lápiz de punta fina: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”. Y me pregunto si conozco lo que piensa Dios de todas las cosas. Si soy capaz de pensar como Él. Si mi mirada interior es capaz de tener a Dios presente en todo lo que hago. Si soy capaz de discernir la dimensión divina de las personas con las que comparto mi vida.
Se me ocurre pensar en esa pareja de jóvenes que tenía sentados hace unos días frente a mí en el autobús, con esa mirada sombría y agobiada. ¿Les he mirado con los ojos de Cristo?; O ese mendigo que pedía a la salida del supermercado, ¿Surge en mi corazón la misma piedad que tiene Cristo por él?; O cuando hablo con ese amigo enfermo, ¿le doy de corazón el consuelo que merece?; O cuando contemplo dormido a mi hijo de siete años, ¿soy capaz de percibir la Santísima Trinidad anidando en su alma?; O en los acontecimientos del día a día que se tuercen de manera imprevista, ¿siento que la mano de Dios también está detrás de ellos?; O cuando leo en la prensa ese desastre natural, o esa guerra descarnada contra mis hermanos cristianos ¿mi fe es capaz de entender que todo está conducido por la mano de Dios, el vencedor de la vida, y que ningún hombre puede frustrar ese amor irreprochable sobre lo que Él ha creado?

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Sólo quiero mirar la vida a través de la fe. Que las reacciones que acompañan mis actos se vean a través de la fe. Hoy, mañana, siempre, ¡te pido, Señor, que todos los acontecimientos y las personas que se crucen en mi vida los vea con los ojos de la fe! ¡Pon, Señor, tu mirada en mi corazón para que así mi vida cambie de manera radical!

Feliz día del Señor. Hoy la Sinfonía Melódica de Telemann, a petición de un buen lector de estas meditaciones.

¿Y cómo dar testimonio de la alegría?

Tercer sábado de febrero con María en el corazón. Circulo con el coche y me deleito escuchando el Magnificat de Vivaldi. Algunos conductores se giran pensando que lo hago con Miley Cirus. Pero no, es la alegría de la música celestial. ¡Omnes generationes, quia fecit mihi magna!. Me invade una profunda alegría. Es una alegría sincera, gozosa, la alegría que surge del corazón de un cristiano. Canto y me lleno de gozo. Pienso que el mundo necesita y trata de encontrar la alegría. Todos buscamos y queremos ser felices. Si todos deseamos la alegría es debido a que la hemos sentido alguna vez; si no la hubiésemos conocido no la buscaríamos con tanto ahínco.
¿Y cómo damos los cristianos testimonio de la alegría? Cuando somos capaces de dar sentido a nuestra vida; cuando, frente a las dificultades propias de nuestro caminar, sabemos irradiar confianza, imitando así a Dios.
Et exaltavit humiles, prosigue la música de Vivaldi. La persona feliz no tiene amargura en el corazón, no impone siempre su voluntad, no tiene esa soberbia de puntualizarlo todo y siempre; es capaz de relativizar todos los acontecimientos de su vida, se entrega a los demás sin esperar nada a cambio; y lo hace así porque conoce de algo que es aún más grande. Dejándose llenar del Espíritu Santo la felicidad es todavía más intensa.

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¡Dame, Espíritu Santo, una visión positiva sobre las personas y sobre las cosas! ¡Que sea capaz de irradiar alegría y felicidad en mi entorno! ¡Ayúdame a no quejarme por tonterías y a no ser puntilloso con banalidades sin importancia que me amargan a mi y a los que me rodean! ¡Que Tu alegría, Señor, sea realmente mi fuerza y la fuerza de Tu Iglesia! ¡Que mis sufrimientos y mis pesares, Señor, no cercenen mi alegría porque eso querrá decir que no vivo unido y entregado a Ti sino que pongo todo en manos de mi propia voluntad! ¡María, ayúdame en mi caminar, para que mi alegría no se vea angostada por el egoísmo, por la soberbia, por el olvido de amar a Dios, por mis faltas de caridad con el prójimo! ¡Que no me deje dominar, Señor, por lo banal, por el culto de la buena imagen, por el materialismo, por lo efímero del éxito, por la búsqueda del poder, por el qué dirán porque esto trae tristeza y no alegría! ¡Que mi alegría, Señor, este unida a una vida coherente que tenga como fundamento tenerte a Ti como el centro de todo!
¡Totus tuus, María!

Hoy, en este tercer sábado de febrero, como no podía ser de otra manera con el Magníficat de Vivaldi:

Aprender de los errores

Ayer por la mañana converso con un cliente que tiene un gran poder de convicción en todos sus planteamientos comerciales. Es un vendedor nato. En apariencia un ganador. Su autoestima está por las nubes. Como el negocio le va viento en popa imparte doctrina de cómo hay que hacer las cosas. Tras escucharle, después de más de veinte minutos explicándome el éxito de su negocio, le sugiero una idea para mejorar un aspecto que le daría un plus de calidad a lo que comercializa. Y que, indirectamente, puede beneficiar al mío. Entonces, todo parece tambalearse… No está acostumbrado a recibir consejos porque él es el alma de todo lo que gira a su alrededor.
Su actitud recuerda algo que un gran amigo me decía con insistencia: cada vez que admitas un error serás más sabio de lo que eras ayer.
¿Se basa acaso la autoestima en tener la razón siempre o tratar de demostrar que uno está en lo correcto? Tal vez sí. Con una matización: cuando la equivocación o la opinión errónea te haga sentirte soliviantado o avergonzado. En este caso basta con que un simple cambio de actitud para encarrilarse de nuevo. El único error verdadero es aquel con el que nada se aprende.
Un error puede convertirse en una oportunidad para aprender y para crecer. Algo así como una invitación a la sabiduría. Todos cometemos errores a lo largo del día. El principal problema no es que los cometamos sino cómo somos capaces de manejarlos. Si cada error se plantea como una oportunidad para sentirse mal, para deprimirse, para la queja, de ellos no aprenderemos nada y, en adelante, no nos servirá para aprender. ¡Qué diferente es simplemente reconocer cada uno de nuestros errores, corregir la conducta y perdonarnos! De este modo, sin toda la emoción acumulada, aprendemos de ellos. Y, a pesar de nuestra vergüenza del momento, descubriremos que el traspié ha valido la pena. Equivocarse no nos hace menos valiosos, ni menos dignos porque los errores son parte de la vida y nos brindan la oportunidad para ser mejores, para aprender de la experiencia y aceptar las consecuencias.
Dios no quiere que nos equivoquemos pero como el errar es humano cuando cometo una falta o un traspiés lo más recomendable es clamar a Dios por su perdón, humillarse ante Él y rogar siempre por su benevolencia, examinando nuestro interior y aprender de lo observado. Es la única manera de vencer nuestra soberbia

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¡Señor, te pido la fuerza y la sabiduría para aprender a ver y a reconocer mis errores, que cada día sepa crecer en la mejora personal y elija la acción constructiva en lugar de la queja! ¡Espíritu Santo, dame la sabiduría para evitar la arrogancia al tratar con los demás y evitar cambiarlos! ¡Espíritu de Dios, que iluminas mi entendimiento, ayúdame a no derrochar mi vida fijándome en los errores de los que tengo cerca, culpando a los demás de mis problemas, en vez de enfocarme en reconocer y corregir los míos propios!

Continuamos con la música de Cuaresma. Traemos hoy la música de Orlande de Lassus y su ofertorio Exaltabo te Domine [“Te alabao, Señor], a 4 voces, una de las más bellas obras polifónicas franco-flamencas del siglo XVI:

Desconfiar de todo y de todos

Trato de huir de las personas que, por principio, desconfían de todo y de todos. Tal vez ese haya sido un gran error en mi vida pero yo siempre he pensado que todas las personas tienen buenas intenciones aunque luego se demuestre lo contrario. La desconfianza y el recelo no ayuda a nadie en ninguna situación de la vida. Prefiero desengañarme a la falta de confianza.
Reconozco que durante mucho tiempo mi segunda naturaleza era esperar lo peor. Un corazón que no está en paz tiende a esto. Cuando eso ocurre es fácil esperar motivaciones negativas en los que te rodean. Pero es razonable considerar que otros son tan bien intencionados como nosotros.
Pero con el tiempo he asumido una enseñanza hermosa. La fe en la naturaleza del hombre fomenta mi fe en mis propias posibilidades. La sospecha, el recelo, la duda y la falta de confianza generalizada hacia los demás hace que surjan enemigos donde no los hay y que todo lo ajeno lo veas mal. ¿Por qué, entonces, tenemos que rendirnos ante esta especie de pensamiento defensivo? ¿No es mejor dar a los que nos rodean el beneficio de la duda?
En la película que Steven Spilberg rodó sobre Lincoln hay una escena que llamó especialmente mi atención. Se le inquiere al padre de la patria americana por qué trata de establecer amistad con sus enemigos, cuando lo razonable sería tratar de destruirlos. Lincoln responde hierático que estaba destruyendo a sus enemigos cuando los convertía en sus amigos. Esta es una verdad a tener siempre en cuenta, para aprender a hacer verdadera la amistad con nosotros mismos. Si uno desea encontrar el bien en si mismo no tiene que buscarlo más que en los que tiene a su alrededor, aunque le hayan producido dolor. Aquellos a quienes vemos como enemigos, e incluso llegas a odiarlos, Dios en su infinita misericordia los aprecia como seres que necesitan ser transformados y no abandona su amor hacia ellos. ¡Menuda ironía! Al final, quien se desgasta odiando y manteniendo vivo el resentimiento en su corazón es uno mismo. El amor hacia quienes nos provocan daño, es imperativo no opcional para quienes profesamos la fe en Dios, padre de amor, bondad y misericordia. Es más, Jesús nos invita a orar por ellos. Hay que preocuparse porque las bendiciones lleguen a todos, pese a que ellos estén anhelando para nosotros cualquier mal.

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¡Señor, dame la confianza de tener fe siempre en Ti y en los demás! ¡Dame, Señor, el firme propósito de ser transformador en mis pensamientos y acciones en relación con quienes no me entiendo y me hacen mal en mi vida familiar, social o profesional! ¡Bendice, Señor, a todos aquellos con los que no me entiendo y yo he podido hacer también daño! ¡Yo también los bendigo y no los maldigo, Señor! ¡Espíritu Santo, divino amor, dame el don del entendimiento para comprender que el bien siempre vence! ¡Y en los momentos de duda con los demás, dame la serenidad para pensar siempre lo mejor! ¡Dame también, Señor, la confianza en mi mismo y una fe fuerte para aprender, corregirme y crecer!

Celebramos este jueves hermoso con esta bella adaptación del Adagio de Albinoni: