No busco la gloria de los quince minutos

Dentro de unos días la atención mundial recaerá en la gala cinematográfica de los Oscar. Vivimos en la cultura de la fama. Días de gloria, popularidad, aplausos y alfombra roja. Esta ceremonia, como tantas otras de entrega de premios de renombre universal, son los complementos perfectos sin los cuales las celebrities no dejan de ser más que personas corrientes. Dinero, premios, elogios… son formas absurdas de medir el éxito. Son flor de un día y con tanta frecuencia las celebridades son sustituidas por otras tan innecesarias como ellas. En este club de hombres con pies de barro los nombres de sus miembros no aparecen escritos con letras doradas en el libro de la vida o en el de la ciencia sino en las de las esquinas de la ciudad secular.
En el fondo, todos llevamos dentro un héroe y todos en algún momento hemos querido tener ese minuto de gloria, y convertirnos si no estrellas del firmamento, al menos en mini celebridades de nuestro entorno familiar, social o profesional.
Pero frente a esa gloria terrenal, la gloria de los quince minutos, la Iglesia nos ofrece algo más atractivo: la gloria eterna, que da el acceso al club de los hombres santos.
Dios es el poseedor de la llave que da entrada a este club selecto, al que todos estamos llamados. Porque es la santidad lo que Él más desea de nosotros.
Ser santo implica buscar la amistad con Dios, cultivarla, imitar de Él sus conductas y reflejarlas en nuestra vida, responder a su amor para cortar los apegos, y todo lo inútil y superfluo, todo aquello que dificulta nuestra vida de gracia. Es aceptar con alegría y esperanza la Voluntad de Dios. Es iluminar de forma inequívoca el camino de la Iglesia y ser testigos del amor de Dios ante el mundo. Poner toda esperanza en Dios y no en la fama, el dinero o el éxito mundano.
La santidad no sólo es beneficiosa para quien la vive, sino que también es semilla de bienes para todo el mundo. Por eso hemos de ser testimonios de vida en la familia, en nuestras relaciones sociales, profesionales, laborales o de comunidad para ayudar a otros a encontrarse con Dios. Dar fruto abundante. Trasmitir la belleza y la alegría de la vida de hijo de Dios. Cuando Dios es prioridad en nuestra vida, nuevos gustos nos invaden. Pero… ¿confiamos verdaderamente en la Providencia de Dios? Lo cierto es que sobrecoge descansar nuestra alma en Ella de ahí que con tanta frecuencia evitamos dejar nuestra voluntad a un lado, porque desconfiamos del mismo Dios. Este es el principal escollo para alcanzar la santidad, anteponer nuestra voluntad y poner toda nuestra esperanza en nuestros propios medios.

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¡Señor, quiero ser santo con mis obras, mis palabras y mis actos! ¡Con tu ayuda y tus consejos, Señor, sé que lo conseguiré! ¡Quiero ser santo, Señor, iluminado por la Espíritu Santo, con la esperanza de tu palabra, con el ejemplo de tus padres, con la alegría del Evangelio y con la fuerza de la Eucaristía! ¡Señor quiero ser santo para llevar felicidad a la gente que me rodea, para amar dejándome amar, para perdonar de corazón y aceptar con humildad el perdón y para rezar siempre poniéndome a mi en el último lugar! ¡Ayúdame, Señor, a amar el cielo con un corazón cálido y siempre abierto, a considerar cada día, como la última oportunidad por agradarte, y caminar hacia el cielo, guiado y cogido de tu mano! ¡Espíritu Santo, dame una fe fuerte y valiente que aparte de mi vida mis voluntades y mi esperanza en mis propias capacidades!

En este último domingo de mes nos deleitamos con la Missa Sapientiae de Antonio Lotti, una pequeña obra maestra del barroco:

 

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