¡Señor, no te demores demasiado!

Cuando acudes a alguien y responde presto no sólo sientes una gran alegría sino también un enorme agradecimiento. Algo parecido sucede con el Señor. Le pides y te concede mil gracias cuando las peticiones surgen del corazón, se rezan con fe y se acude a Él con un corazón manso y humilde.
Cuando en la vida nos asaltan las incertidumbres y las dudas, nos pesan los fracasos, nos duelen las traiciones, nos distorsionan los desencuentros, nos hieren los engaños y nos cansan las falsas promesas sólo nos queda exclamar un simple favor: ¡Señor, ven a mí, y no te demores demasiado!
Cuando nuestro aparente halo de bondad daña a nuestros más próximos y, herimos, sin premeditación o con ella, a los que nos acompañan en el caminar diario, no nos queda más que exclamar: ¡Señor, te pido el favor de que vengas a mi corazón! ¡No tardes demasiado!
Cuando nuestro orgullo y nuestra soberbia nos puede, sólo nos queda pedirle al Señor que conquiste nuestro corazón con su humildad; que lime nuestro vivir para darle cabida a Él. Por eso sólo nos queda exclamar: ¡Te pido, Señor, el favor que aplaques mi orgullo, allanes mi sendero y te hagas presente en mi vida!
El Señor es un gran amigo, al que le puedes pedir muchos favores con el corazón dócil, abierto y humilde.

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¡Ven, Señor, acelera tu llegada a mi corazón para que penetre en mí tu aliento y tu esperanza y dé siempre testimonio de Ti con mis actos, mis pensamientos y mi actuar! ¡Gracias, Señor, gracias, porque durante tanto tiempo te he cerrado el corazón y una vez abierto me has colmado de gracias! ¡Señor ven a mi, fatigado como estoy por la carga de mis debilidades, y dame tu gracia para tenerte en todo como mi modelo! ¡Señor Jesús, enséñame a someterme siempre a la voluntad del Padre, para encontrar el descanso que me ofreces! ¡Ayúdame a ser manso y humilde de corazón! ¡Señor, qué miserable me siento cuando, a pesar de todos los innumerables dones con los que colmas mi vida, tantas veces me siento cansado y agobiado ante los problemas que atenazan mi vida! ¡Espíritu Santo, ilumina siempre mi oración para experimentar la cercanía del Señor, su fidelidad, su misericordia y su bondad de corazón!

Silencio de amor, entonamos en este canto de Jesed:

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