Todo se resume en vivir en la confianza en Dios

Ayer en la oración me rondaba una idea. ¿Cuántas veces a lo largo del día no reparo más que en mi tratando de analizar lo que me ocurre? ¿Qué sentido tiene estar todo el día dando vueltas a mi propio yo? Eso, sólo consigue desperezar el amor propio. Cuando únicamente pienso en mi mismo, mi imagen imperfecta reemplaza, en el espejo de mi alma, la belleza inmaculada de Dios.
Tres aspectos distorsionan la claridad del alma: lamentarse por las dificultades, sopesar mis penas y mis sacrificios y tratar de guiar el camino de mi vida.
La vida no deja de ser un combate que exige, como aquel afortunado cirineo, tomar la Cruz y seguir a Cristo camino del Calvario. Un tortuoso camino en el que no está exento ni el sufrimiento, ni el dolor, ni la amargura, ni la lucha constante. Las dificultades surgen en el seno de la propia familia, en el entorno social o profesional, en la no aceptación de las propias miserias morales y físicas o, incluso, de todos estos factores a la vez. Mi alma no puede vivir sometida a los sobresaltos de mi impaciencia sino a la misericordia de Dios porque sólo Él sabe de mis necesidades y puede reconducirlas. Este es el verdadero sentido del abandono y la confianza. Si el Señor es mi pastor, ¿qué me puede faltar?
Y si realmente creo, ¿no aparece Cristo como víctima inmaculada, santa y gloriosa en la Eucaristía diaria? ¿No se comprende a través del misterio de la Cruz el sentido de mi vida cristiana? ¿Para qué sufrir y compadecerme de mi mismo si ya Cristo sufre por mi? Basta mirar su rostro, allí, colgado del madero, lacerado y sufriente, doloroso y amoroso, que dirige su mirada ante mi humilde persona. Y es ante esa Cruz gloriosa donde puedo ofrecerle, en el fragilidad de mi nada, la vulnerabilidad de mi alma.
Y entregándole todo, no puedo más que aceptar la voluntad de Dios, con las gracias y la fuerza que me da la entrega de su Hijo. Dios sólo pide que le otorgue mi confianza. Dios no quiere que ahonde en el por qué de sus designios a veces inexplicables para mi. Dios busca que acepte con humilde actitud la grandeza de mis límites. Que no rehúse nada de lo que Él me ofrece. Que no me desespere por mis impotencias. Que me revista de humildad y no de orgullo y de soberbia. Que no negocie complaciente con el mal. Que me deje llevar por las gracias que gratuitamente ortoga el Espíritu Santo. Que evite compararme con mis semejantes, especialmente en el terreno espiritual, porque sólo así me hundiré en la mediocridad de este mundo. Que no crea en la debilidad de mi perfección como cristiano, porque la única perfección está en Dios.
Todo se resume en vivir en la confianza en Dios, la que nunca falla; y dejarse envolver por sus manos protectoras.

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¡Hoy me pongo en tus manos como nunca, Dios mío, para en mi mediocridad entregarme a Ti! ¡Unido a Ti no tengo miedo! ¡Te ofrezco en mi vida el Cuerpo Místico de Cristo, haciendolo mío para mi propia santificación! ¡Ruega por mí, Madre de la esperanza, que soy un pobre pecador y necesito de tu maternal protección! ¡Fundo mi vida en tu bondad y en tu poder, Padre mío, y en toda circunstancia de mi vida confío y creo en Ti! ¡Quiero en este día, darte gracias Señor, porque me siento fortalecido  en Ti, experimento la alegría, la confianza  y la paz,  de alguien que se sabe amado y bendecido por Ti! ¡Qué gozo es estar a tu lado, Señor, que tranquilidad es estar cerca de Ti mi Dios porque Tu eres grande, eres misericordioso, eres poderoso, eres mi Dios y mi rey!

Cantamos hoy a la confianza e Dios:

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