¿Y cómo dar testimonio de la alegría?

Tercer sábado de febrero con María en el corazón. Circulo con el coche y me deleito escuchando el Magnificat de Vivaldi. Algunos conductores se giran pensando que lo hago con Miley Cirus. Pero no, es la alegría de la música celestial. ¡Omnes generationes, quia fecit mihi magna!. Me invade una profunda alegría. Es una alegría sincera, gozosa, la alegría que surge del corazón de un cristiano. Canto y me lleno de gozo. Pienso que el mundo necesita y trata de encontrar la alegría. Todos buscamos y queremos ser felices. Si todos deseamos la alegría es debido a que la hemos sentido alguna vez; si no la hubiésemos conocido no la buscaríamos con tanto ahínco.
¿Y cómo damos los cristianos testimonio de la alegría? Cuando somos capaces de dar sentido a nuestra vida; cuando, frente a las dificultades propias de nuestro caminar, sabemos irradiar confianza, imitando así a Dios.
Et exaltavit humiles, prosigue la música de Vivaldi. La persona feliz no tiene amargura en el corazón, no impone siempre su voluntad, no tiene esa soberbia de puntualizarlo todo y siempre; es capaz de relativizar todos los acontecimientos de su vida, se entrega a los demás sin esperar nada a cambio; y lo hace así porque conoce de algo que es aún más grande. Dejándose llenar del Espíritu Santo la felicidad es todavía más intensa.

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¡Dame, Espíritu Santo, una visión positiva sobre las personas y sobre las cosas! ¡Que sea capaz de irradiar alegría y felicidad en mi entorno! ¡Ayúdame a no quejarme por tonterías y a no ser puntilloso con banalidades sin importancia que me amargan a mi y a los que me rodean! ¡Que Tu alegría, Señor, sea realmente mi fuerza y la fuerza de Tu Iglesia! ¡Que mis sufrimientos y mis pesares, Señor, no cercenen mi alegría porque eso querrá decir que no vivo unido y entregado a Ti sino que pongo todo en manos de mi propia voluntad! ¡María, ayúdame en mi caminar, para que mi alegría no se vea angostada por el egoísmo, por la soberbia, por el olvido de amar a Dios, por mis faltas de caridad con el prójimo! ¡Que no me deje dominar, Señor, por lo banal, por el culto de la buena imagen, por el materialismo, por lo efímero del éxito, por la búsqueda del poder, por el qué dirán porque esto trae tristeza y no alegría! ¡Que mi alegría, Señor, este unida a una vida coherente que tenga como fundamento tenerte a Ti como el centro de todo!
¡Totus tuus, María!

Hoy, en este tercer sábado de febrero, como no podía ser de otra manera con el Magníficat de Vivaldi:

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