Escuela de confianza

Como la vida del principal personaje cervantino, un conocido ve siempre enemigos en cualquier parte. Es un Quijote del siglo XXI. Se ve en todo momento excluido, repudiado, con enemigos y competidores desleales que le amargan la existencia. Cuando me cuenta sus andanzas caballerescas pienso que, en realidad, tiene una gran desconfianza en Dios y en sí mismo y, por añadidura, en los demás. Tiene poca fe en lo que respecta a sus propios recursos y a los dones que ha recibido. No es fácil separar la confianza en Dios y la confianza en los hombres. Quien confía en el Señor tiene la mejor escuela para confiar en los hermanos, por muchas decepciones que acarreen.
Dios, de manera ordinaria, llega a nosotros a través de nuestra propia vida y de las vidas de quienes nos rodean. Aquel que desconfía de sí mismo y de los demás es incapaz de amar. Y amar, en todas sus expresiones, es una forma muy hermosa de confiar. A mí me maravilla cuando observo a mi hijo pequeño abalanzándose confiadamente en los brazos de mi mujer, de sus hermanas o de los míos. Es la confianza ciega del que siente la cercanía del amor y la protección ante el peligro. La mayor tragedia que puede sentir un niño es no recibir un ápice de amor, ese amor paternal que le inculca una confianza instintiva, fundamento de una vida adulta basada en el amor.
Desconfiar de Dios es olvidar que Él nos ama, cerrarse a sus sorpresas y atrincherarse en nuestras estructuras mundanas. Para fiarse de los demás y dejar que Dios actúe hay que tener un espíritu un poco infantil. Ya nos dice el apóstol Pablo que la infancia espiritual radica en poseer el Espíritu de Cristo o lo que es lo mismo, sentir la alegría y la paz de sentirse amado por un Padre bueno y misericordioso. Sintiéndose así, todo lo demás es relativo y desaparecen de la conciencia esos pensamientos descabellados que sumergen en un sueño que casi siempre acaba en pesadilla.

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¡Señor deseo centrar mi mirada en Ti y contemplar tu supremo testimonio de amor! ¡Regálame en este día el deseo de hacer oración. A mayor oración, más vida, más amor, más unión con Dios, más santidad, más felicidad y estaré más preparado para afrontar las tentaciones! ¡Que mi oración no sea un momento esporádico. Deseo hablar contigo más tiempo Señor!

Feliz inicio de semana. Lo podemos comenzar escuchando este magnífico motete de Ralph Vaugham Williams, Lord thou hast been our refuge:

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