La lavadora espiritual

Coincido en la calle con un amigo. Nos detenemos a conversar pero lo digo que tengo prisa, que voy a confesarme. “¿Confesarte? Yo no tengo tiempo para esto. Además, la confesión es puro moralismo”. “La penitencia —me atrevo a decirle—, no es una invención del hombre, es el medio que Cristo te ofrece para perdonarte los pecados. No la menosprecies. No es el sacerdote quien te perdona, es Dios quien lo hace. Es un acto de absoluta libertad… y de fe”. Pienso que un alma que rehúsa la confesión es un alma que se aleja de Dios. Me da una palmada en la espalda, quedamos para vernos otro día y proseguimos nuestro camino.
El sacramento de la reconciliación es el sacramento olvidado. Personalmente, me alivia de mis caídas y me ayuda a recuperar el ánimo frente a Dios. Después de cada confesión salgo fortalecido espiritual y humanamente, con una gran paz interior y una enorme alegría en el corazón. Siento que es un regalo que no merezco pero que el Señor me entrega con gozo infinito.
En este tiempo de Cuaresma, de limpieza interior y de educación de la conciencia, se abre la oportunidad de cuidar de una manera especial y delicada el sacramento de la Penitencia, ese encuentro especial con Cristo, en cada ocasión tan único, tan especial y tan diferente. La confesión es como una lavadora espiritual. Se introducen los trapos sucios de nuestra vida y se programa para que sea clara, concreta, concisa, íntegra y dispuesta. Con este programa la miseria de nuestra alma sale limpia por la misericordia de Dios y purificada por el suavizante de su amor. ¿Qué hay más grande que el saberse curado, limpio y fortalecido?
Cada confesión de corazón nos acerca a la santidad de Dios, nos renueva interiormente y cimenta la alegría que se apaga en el corazón.

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¡Señor, en esta Cuaresma quiero mirarte más a tí que a mi mismo, contemplar más tu bondad y misericordia que mis miserias! ¡Deseo que mi vida interior sea un diálogo de amor contigo! ¡Señor, Tu que eres justo y clemente con quien te invoca, Tú que conoces mi pecado y mi injusticia pero también de mis buenos deseos, escucha siempre mis oraciones y dame la gracia de volver a ti por una conversión y reconciliación sinceras! ¡Ayúdame a comportarme con sinceridad en el camino del amor, y a crecer contigo a través de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Me duele, Señor, ofendenderte por mi dureza de corazón; concédeme una sincera conversión y suscita en mí el amor a ti y al prójimo!

Siguiendo con la música cuaresmal disfrutamos de esta música profunda e intensa, el motete Timor et tremor, a 6 voces de Giovanni Gabrieli de su colección Reliquiae Sacrorum Concentuum.

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