Palabras

Me desplazo en autobús por una de las principales arterias de mi ciudad. En los asientos de delante, dos jóvenes adolescentes conversan y juzgan a terceras personas utilizando palabras despreciativas y faltas de caridad y amor. Me produce perplejidad y sonrojo pues hablan de sus amigos. ¡Qué importante es cuidar nuestro lenguaje! La manera con la que nos dirigimos a nuestros conyuges, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo…, la forma como decimos las cosas; las palabras que empleamos, el tono que utilizamos, y fundamentalmente, el modo como nos referimos a quienes nos rodean en nuestras conversaciones, estén o no presentes en ellas.
El lenguaje, patrimonio exclusivo del ser humano, es un obsequio que hemos recibido de Dios. Como regalo preciado hay que preservarlo y emplearlo adecuadamente, de modo que se convierta en un instrumento de humanización y belleza no de oprobio y degradación.
A través del lenguaje Dios nos da la facultad de comunicar nuestros sentimientos, experiencias, pensamientos y emociones; nos permite establecer relaciones afectuosas entre nosotros. Cuando el lenguaje se convierte en una herramienta de agresividad y mal gusto impide que ejerza el fin para el que ha sido creado.
Hay palabras que construyen, hay palabras que motivan, hay palabras que fortalecen, hay palabras que consuelan, hay palabras que vivifican, hay palabras que alimentan la esperanza, hay palabras que comunican fortaleza y decisión, hay palabras que transmiten amistad, aprecio y ternura. Pero también hay palabras que destruyen, que no son más que señales de desconcierto, dolor, intimidación y desconfianza.
Hay palabras sanadoras, palabras que alivian el dolor y que tienen la fuerza de calmar las heridas del alma. Hay palabras que rebosan amor y confianza, que llenan el corazón de esperanza, alegría, paz y serenidad. Pero también hay palabras que causan desesperanza, ofensa, calumnia, escarnio y humillación. Palabras que, por su dureza, provocan daños irreparables.
Escuchando a estos jóvenes pienso en cómo hablaría Jesús. Palabras directas al corazón del hombre, llenas de humanidad, mansedumbre y amor. Dios nos ha dado libertad. Cada uno de nosotros puede elegir la forma como hablar a los demás y a través de las palabras cómo juzgar a quienes nos rodean. De nuestra forma de hablar dirá mucho lo que hay en nuestro corazón.

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Hoy, miércoles de ceniza, comienza la Cuaresma, el tiempo litúrgico de conversión, que nos marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para el arrepentimiento de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y vivir más cerca de Cristo. Es el tiempo para optar por Él sin miedos ni cobardías. Implica un cambio de mente, de criterios y actitudes que tiene como primer paso la humildad.
¡Señor, soy polvo y en polvo me convertiré! ¡Por este motivo, Padre, al comenzar este tiempo favorable de Cuaresma te pido que tu Palabra no caiga en mi en saco roto! ¡Dame el don de rezar con un corazón nuevo, infude en él los mismos sentimientos que tenía tu amado Hijo Jesús! ¡Padre todopoderoso y bueno, crea en mi un corazón nuevo que reconozca mi miseria y mi pequeñez para obtener de Ti el perdón y la misericordia! ¡Señor, que en estos cuarenta días que ahora empiezan hasta la Pascua me encuentre verdaderamente contigo, quiero darme cuenta de que me esperas a la puerta de casa! ¡Ayúdame a ayunar de tantas cosas que sobran en mi vida y otros necesitan más que yo! ¡Que estos cuarenta días esté atento a Tu Palabra y déjame que sea tu Pan el que sacie mi hambre de Ti!

En esta entrada a la Cuaresma te ofrezco este bellísimo responsorio de Thomas Talis In ieiunio et fletu (“Ayunando y llorando”) a cinco voces compuesto para los maitines del primer domingo de Cuaresma.

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Amar con un corazón de niño

El domingo por la mañana subo a mi hijo pequeño en el coche. Vamos a disfrutar, padre e hijo, de una mañana dominical en el zoológico. Saliendo del parking rezamos una oración para ofrecer la jornada. Unos cientos de metros más tarde, detenidos en el primer semáforo, el pequeño exclama con una voz apenas audible: “Jesús, te quiero mucho y quiero pasármelo muy bien contigo en el zoo”. Lo miro de reojo a través del retrovisor, sentado en su silla. Su rostro sonriente tiene fijada la mirada en el exterior, absorto en sus pensamientos.
Y pienso: “Ya me gustaría a mí tener un corazón de niño, llamar así a Jesús desde el fondo de mi corazón”. Cuando la chispa divina penetra en el corazón de las personas, la oración de Jesús sopla sobre ella y facilita que surja la llama de la oración espontánea, sencilla y amorosa. La oración no genera la chispa de por si, ayuda a recibirla recogiendo nuestros pensamientos y permitiendo que nuestra alma sea capaz de permanecer en el Señor y de dirigirse hacia su presencia. Eso es lo más importante: llamar a Dios desde el fondo del corazón.
Hay que decirle muchas veces al Señor que verdaderamente le amas. Que le amas con un amor desmedido, con un amor loco, con un amor inmenso; que anhelas morir de amor por él. Y que confías en Él, en su amor y su misericordia. Se ha de repetir infinidad de veces, hasta el desaliento. Aunque no lo sientas, aunque te cueste de verdad creerlo, aunque no lo tengas interiorizado, aunque te parezca algo superfluo y ñoño. Recitando estas palabras, con sentimiento y desde el corazón, aunque sea desde un corazón de piedra, de tanto repetir lo acabarás sintiendo. Es el fuego de la gracia que enciende nuestro corazón.

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¿Y yo por qué te quiero Señor? ¿Y por qué confío en ti, Señor? Porque tú y sólo tu eres digno de fiar. Porque tu eres la misericordia infinita. El compañero fiel. Porque sin esa misericordia y bondad sin medida, sería un ser inseguro. Porque me llenas de confianza. Porque todo me lo perdonas, a pesar de mi miseria y mi iniquidad. Porque a tu lado, no cabe la desesperanza, ni el miedo, ni los agobios. Porque me evitas las preocupaciones y las angustias. Porque siempre eres fiel a tus promesas. Porque puedo reposar mis problemas en Ti. Porque en tus manos está mi futuro que me conducen por el camino de la vida. Porque me das la gracia de la fe. Porque me has regalado la vida. Porque me has dado a los míos, a los que tanto quiero y tan poco soy capaz de dar. Porque a tu lado me siento feliz. Porque, porque, porque… Por eso te quiero tanto, Señor, aunque no lo sepa expresar con un corazón de niño.

Te invito a disfrutar con la música del italiano Evaristo Felice Dall’Abaco y su Concerto a più Istrumenti op. 5 nº 3. Feliz jornada:

Elegir bien

En la vida, la experiencia no radica en lo que nos sucede sino lo que hacemos con lo que nos sucede. Con el tiempo he ido aprendiendo, aunque no siempre lo consigo porque mi humanidad me vence, que no debo reaccionar de la misma manera previsible cuando me suceden cosas negativas. No soy un ratón de laboratorio y, por tanto, no tengo por qué echarme a temblar cuando me alzan la voz o me reprenden sin razón ni tengo que salivar cuando se me achaca algo injusto. Hoy, por fortuna, tengo la capacidad de elegir.
Cuando sufro una experiencia negativa tengo la capacidad para reaccionar como he reaccionado siempre: sintiendo lástima de mi propia humanidad. O puedo tomar una opción mucho mejor y más optimista: tratando de aprender de la experiencia, aplicando sus enseñanzas en mi vida y mis acciones futuras. Con esta actitud puedo llegar a mitigar el dolor y el desconcierto, moderar mi reacción y controlar mi ánimo si se produce algún acontecimiento negativo. Incluso con lo aprendido podré ayudarme a impedir a que se repitan sucesos similares en mi vida.
Cuando soy capaz de elegir bien parece increíble observar cuántas cosas soy capaz de aprender y cómo puedo obtener beneficios de esas experiencias que en apariencia parecen adversas.
Es fácil decirlo. Cierto. Otra cosa es ponerlo en práctica. Pero se puede lograr siempre que esté dispuesto a aprender de la experiencia. Siento que lo que más me ayuda a afrontar las adversidades de la vida es ponerlo todo en oración, confiar en el Señor, abandonarse a Su voluntad, tener predisposición a cambiar y aceptar la vida como viene y tratar de encontrar soluciones en lugar de enterrarme en las dificultades y los problemas.
Y una gran enseñanza: se adquiere humildad buscando y cumpliendo siempre la voluntad del Señor. Difícil porque mi corazón es soberbio y altanero, pero hay que pedirle al Señor la gracia de la humildad.

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¡Dame, Padre, paz y serenidad de corazón! ¡Líbrame, Padre de bondad, de todas mis preocupaciones para vaciarme de todos los sufrimientos que tengo en mi corazón, tantas veces provocados por mi mal proceder, con el fin de entregarme por completo a Ti! ¡Conviértete, Madre, en el ejemplo a seguir para vivir siempre en la humildad! ¡Que sienta, Señor, que cuando me acerco a ti no soy nada, y que cuando todo lo dejo en tus manos siento que ando con paso firme y decidido! ¡Que no olvide, María, que alejándome de Tu Hijo, me vuelvo soberbio, siento que hago las cosas bien por mi mismo, reclamo aplausos y halagos inmerecidos, soy incapaz de aceptar mis errores y mis limitaciones, trato de disimular mis faltas y me cuesta pedir perdón y perdonar!

Nos alegramos la mañana de este lunes con la música de Benedetto Marcello y su Concierto en re menor para oboe y arco:

Amistad

Me vienen a la memoria de manera recurrente en la oración aquellas personas que considero mis amigas. Pasan lentamente como cuando te deleitas con la lectura de un libro, saboreando las palabras, disfrutando de las imágenes que transmiten. Y doy gracias de corazón. Gracias porque Dios los ha puesto en mi camino. Y pido por ellos. Y por sus intenciones. Y para que sea digno de su amistad.
Recuerdo a ese funcionario de justicia de una ciudad del interior, padre de familia, siempre pendiente de cómo me encuentro. O de ese notario, joven pero delicado de salud, a punto de perder la vista, predispuesto a echar una mano. O de ese hombre sencillo y de oración, cuyo rostro es la bondad personificada, que de vez en cuando me envía mensajes que rompen el corazón. O de ese otro que siempre sonríe, que vive en la capital, que lleva el mismo nombre que el patrón de España, y que un día inesperadamente marcó el teléfono para preguntar: «¿qué necesitas?».
El amigo de verdad es aquel que está a tu lado cuando tal vez escogería estar en otro lugar. Cuando uno se pregunta con honestidad qué persona en nuestras vidas tiene más valor para nosotros, con certeza sabemos que son aquellos quienes, en lugar de reírte las gracias, sermonearte, darte grandes consejos u ofrecerte maravillosas soluciones, han decidido compartir tu dolor y tu sufrimiento y acariciar las magulladuras de tu corazón con ternura y suavidad.
El amigo que es capaz de permanecer a tu lado en silencio en un momento de desesperanza, de impotencia, de desesperación, de duda, de desengaño o de confusión; que puede mantenerse fiel a ti en una hora de dolor y aflicción; que tolera cristianamente el no saber, el no calmar, el no aquietar, el no aliviar y acompañar la realidad de tu inutilidad; que quiere ser tu fortaleza en la debilidad; que es un pilar en la oración… a ese se le puede considerar un amigo de verdad.
Hay algo común en esos amigos que me vienen a la mente. Son todos ellos gente de oración. Y la oración es trato de amistad. De amistad con Dios. Tal vez por ello el Señor los ha puesto en mi camino porque ante mis impotencias y debilidades ha querido dirigirse a mi y preguntar: “¿Para que te aquietas si a través de ellos yo también llevo tu cruz?”.

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¡Gracias, Señor, en primer lugar por tu amistad incondicional cuando tantas veces te traiciono y me olvido de ti! ¡Gracias, Padre, por estos amigos que has puesto en mi camino, seres repletos de luz y de amor, que tantas cosas comparten en mi vida! ¡Son un tesoro para mí, Señor! ¡Gracias por el milagro de la amistad, milagro que me has concedido Tu, Señor, el milagro de gozar de cada uno de ellos! ¡Gracias, Señor, porque no los he ido yo a buscar sino que Tu has querido que las sendas de nuestra vida se cruzaran y has realizado para nosotros el milagro de la amistad! ¡Te doy gracias por ellos, Señor! ¡Bendícelos, Señor, cólmales de gracias a ellos y a sus familias! ¡Hoy Señor, te doy gracias por darme esperanza cuando se cansa mi ser de anhelar; por mostrar tu rostro en mi prójimo, por darme tu aliento, gracias, Señor!

 

Según el orden del catálogo BWV, de Johann Sebastian Bach (1685-1750), escuchamos hoy su cantata Gott, man lobet dich in der Stille, BWV 120, que podría traducirse como “Se te alaba, oh Dios, en el silencio”. Compuesta el Leipzig, probablemente en 1742, como inauguración de un nuevo consejo local, fiesta que conocía como “Ratswechsel”. Feliz jornada a todos en el día del Señor:

 

Vivir en la preocupación

Segundo sábado de febrero con María en nuestro corazón.
Me gusta fijarme en mi hijo pequeño. Frágil en su enfermedad, fuerte en su autoestima. Él se considera un campeón y no lo oculta aunque mirado desde los ojos adultos provoque sonrisa. Es así porque se siente arropado por sus padres y hermanas, por sus profesores del colegio, por sus amigos y por la infinidad de personas que le quieren y le tratan con afecto. Cuando algo le preocupa lo comenta conmigo. Cuando la preocupación es de calado, acude a los brazos de su madre. Durante los primeros meses de vida, cuando la fragilidad hacía mella en su cuerpo, ella la arropó durante horas con sus brazos y ese vínculo es difícil romperlo. Es amor y es confianza.
Meditaba hoy sobre las preocupaciones de mi vida. La preocupación se alimenta de la certeza de que las cosas sólo dependen de lo que hagamos, como si el control nos correspondiera a nosotros y no a Dios, el Padre que acoge y abraza. Y me comparaba con esa seguridad de mi hijo sabedor de que en sus padres está el consuelo y la paz. Creemos que viviendo tensionados, adheridos a nuestros deseos, conseguiremos obtener aquello por lo que luchamos. El tiempo me ha enseñado, y me todavía me falta camino por recorrer, que ninguno de los dos pasos es el correcto. Aquello que hago y la manera cómo lo hago sólo incide parcialmente en lo que me sucede. Tengo que poner, sí, lo mejor de mi parte, hacerlo del mejor modo posible porque el resto no depende de nuestra voluntad. Existen las circunstancias de lo que nos sucede y, por supuesto, y por encima de todo, está la acción de la Providencia, ese plan de la creación que sostiene todo lo que sucede en el mundo con nosotros adheridos en él.
Vivir en la preocupación elimina de las acciones de mi vida calidad, esperanza y, sobre todo, virtud. El actuar de manera sosegada es el signo más preclaro de la confianza en Dios y me inserta en ese plan que tiene pensado para mi.
Pienso en mi hijo y contemplo a la Madre, María. ¿Cuántas veces en esa vida oculta hizo Jesús como mi hijo acudiendo a los brazos protectoras de la Virgen? ¿Y cuantas veces ella, que meditaba desde el corazón, le daría luz? Eso me hace entender que tengo que dirigir mis preocupaciones en la oración a ese Jesús y a esa Madre que descansan en mi mente y en mi corazón. Y es en esta oración franca y sincera donde emergerá luz y claridad donde antes había inquietud y desasosiego.
La oración facilita al hombre racional no dejarse llevar por las preocupaciones. La mente es una herramienta verdaderamente útil cuando el corazón tiene paz interior, un lugar donde anida la confianza y en él habita Aquel que nos da la paz. Sin vida interior, toda preocupación se convierte en desesperación, desasosiego y tribulación.

Virgen con el Niño

¡Quisiera ser como Tu, María, corazón de fuego con alma de niña! ¡Quisiera ser como Tu, Madre, para en el gozo y en el dolor decir cada día sí a Tu hijo! ¡Te ofrezco, María, mi debilidad para que la transformes en algo que agrade a Dios! ¡Te pido, Señor, me llenes de serenidad y valentía cristiana para huir del pesimismo cuando me lleguen las preocupaciones y no acobardarme ante las dificultades! ¡Gracias, señor, porque caminas a mi lado y anidas en mi corazón! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de fortaleza para levantarme ante los problemas y el don de intelgencia para comprender que todo lo que me sucede es obra de Dios! ¡Señor, quiero apoyarme siempre en Ti más que en mis propias capacidades! ¡Ayúdame a ser siempre fiel a mis compromisos y dejarme moldear por Ti! ¡En ti confío, Señor! ¡En ti confío, María!

En este sábado mariano cantamos a la Virgen con este bellísimo Ave Maria de Giulio Caccini:

La meta de la santidad

Hemos de vivir tratando de mejorar siempre, tender a la perfección no dejándose vencer por la tibieza: cuando dejo de progresar, de cultivar mis virtudes, dejo de vivir. Todos estamos invitados a la plenitud de la vida cristiana. La santidad es una conquista personal pero también un regalo de Dios, por eso hay que pedirla diariamente. Para poder llegar a ser santos –en la medida humana– el primer paso indispensable es aceptarse uno como es. Santidad y conocimiento de uno mismo no son dos conceptos antagónicos: uno debe ser consciente de cuáles son sus limitaciones, sus imperfecciones y sus manchas de pecado intentando no aceptar la mediocridad en su vida personal; el deseo de mejorar, de cambiar, de alcanzar la perfección debe ser el ideal aceptándose como uno es y conociendo la propia debilidad.
Como cristiano no puedo dejar de ser más que un signo de contradicción, una antorcha luminosa y resplendenciente en la ferocidad de este mundo. Mi vida, desde que me levanto hasta que me acuesto, ha de convertirse en un silente reproche para los pecadores, una luz de esperanza para los que sufren, una fuente de alegría para los que están abatidos, una faro ético en el campo profesional, un rayo de sol de generosidad y de amor hacia los semejantes y, sobre todo, un signo visible de la realidad invisible de la gracia. Dios me quiere santo, quiere lo mejor para mi y desea que cumpla mi misión con las cualidades que Él me ha otorgado. ¿Estoy dispuesto a defraudar esos planes maravillosos que ha ideado para mí?

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¡Señor, te pido tener la sencillez de corazón y la humildad para reconocer que con mis propias fuerzas no podré cambiar! ¡Envuélveme con tu misericordia, Señor, y penetra en la profundidad de mi alma para renovarme, cambiarme, transformarme y construirme! ¡Señor, Tu que deseas en mi corazón una profunda humildad, el conocimiento de mi mismo y el esfuerzo de mi voluntad, ayúdame a crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, ayúdame a comprender que toda mejora personal, todo triunfo sobre mi mismo, todo camino hacia la perfección es una gracia que recibo de Ti! ¡Señor, no tengo nada más que ofrecerte que mi pecado y mi debilidad, por eso en este día y en todos los días de mi vida quiero entregarte el ciento por uno de los frutos de mi vida! ¡No quiero poner mis ojos más que en Ti, Señor, aceptar mi pequeñez, luchar por convertirme en un ser cada día mejor, entregarme a Tu voluntad y unir mi corazón a Tu corazón! ¡Espíritu Santo, dame el don para entender que la gracia divina sólo se obtiene con un deseo profundo, con el esfuerzo cotidiano, con la oración, con la transformación de mis voluntades y con la aceptación de lo que soy! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, hazme conocer tu voluntad, ilumíname, guíame, consuélame, fortaléceme! ¡Espíritu de amor, que eres santuario de mi alma, concédeme la ayuda para dominar mis instintos y fomentar mi vida de gracia! ¡Concédeme, Espíritu de fortaleza, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar todas mis virtudes que son un don de Dios! ¡Espíritu de bondad, ilumina mi entendimiento, purifica mi corazón y haz que busque siempre el bien! ¡Espíritu de sabiduría, dame la gracia para amar más al Señor, ser solícito con quienes me rodean y generoso para los que me quieren mal!

Con toda probabilidad el Espíritu inspiraría este bellísimo Agnus Dei (Adagio para cuerdas) al británico Samuel Barber:

 

La modestia, complemento de la sabiduría

La modestia contenida es digna de admiración. Sin embargo, la modestia extrema, esa actitud arrogante de uno mismo, es un obstáculo aterrador para la autoestima. La propensión a agrandar los talentos, aptitudes y habilidades de otros, a idealizar sus profesiones y a realzar sus vidas personales, puede llegar a degradar nuestros propias capacidades, nuestros talentos y estilos de vida personales. Como esos a los que ensalzamos tienen o hacen tanto, lo normal es que lo que nosotros hagamos o tengamos sea poco, limitado e, incluso, insignificante.
La mayoría de las ocasiones, escondida en la máscara de la modestia extrema, existe una actitud disfrazada que obedece a que creemos que las personas a las que respetamos tienen derecho a valorarse más que nosotros, o que nosotros somos tan poco que sería ridículo considerarnos semejantes a otros que, en realidad, son verdaderamente talentosos.
En la vida todo el que aporta algo, por muy insignificante y poco valorado que parezca, es importante. Regresaba ayer por la noche por una calle de mi ciudad y me fijé como unos basureros recogían la basura. “Nos previenen de las epidemias y la enfermedad”, pensé. Y unos minutos más tarde unos operarios cambiaban las bombillas de un semáforo. “De no estar iluminado el rojo, no estaríamos protegidos”, me dije. La cocinera que cocina a nuestros hijos en el colegio no es más importante que las más importantes de las chefs con sus tres estrellas Michelin. Todos tenemos el derecho y la obligación de sentirnos orgullosos y satisfechos de lo que somos y lo que hacemos por muy insignificante que pueda parecer a los demás. Y estamos obligados a dar gracias al Señor por nuestra aportación y bendecirle porque nos da la oportunidad de santificarnos en nuestro trabajo diario.
En mi caso concreto, que he recibido a lo largo de mi vida profesional muchos halagos y cuando las cosas han ido mal dadas las palmadas en la espalda desaparecieron como el humo del tabaco, he entendido que tanto la modestia excesiva como la soberbia desmedida nos despojan de nuestra dignidad. Todo lo que se haga con sencillez de corazón tiene un gran valor. No en vano, la modestia es el verdadero complemento de la sabiduría. ¡Mejor persona sería si me aplicara siempre este principio!

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¡Espíritu Santo, tú que estás lleno de sabiduría, y conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón, que conoces mis pensamientos más íntimos y mis deseos, buenos y malos, ilumíname siempre y hazme capaz de actuar con una actitud sencilla y dame la capacidad para conocer lo bueno para obrarlo y lo malo para detestarlo! ¡Tú, Espíritu Santo, que eres el espíritu de modestia, enséñame a ser recatado conmigo mismo, a fin de no servir nunca de tentación a los demás! ¡Bendice, Señor, mis proyectos, mis tareas y mis ideas y todo aquello que rezlice, para que aún mis más pequeños logros sean testimonio de tu gloria! ¡Te pido, Señor, que en este día de trabajo todo lo que haga y la manera cómo lo haga, esté de acuerdo con Tu palabras y Tus mandamientos! ¡Señor, ayúdame a ser una persona modesta, que favorezca que otros se destaquen por encima de mí, que no busque los triunfos pomposos, que prefiera el segundo plano para que otros sobresalgan y triunfen por encima de mí! ¡Dame, Espíritu Santo, el deseo de anhelarlo!

Sencilla y hermosa es esta música que te presento. Un canto de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Aprovechamos con esta música para pedir por la paz en Ucrania, para que los corazones de piedra de los dirigentes dejen paso a la caridad y el amor y sea posible alcanzar un acuerdo en esta guerra entre cristianos:

 

El consuelo de la Madre

Hoy se celebra la “Festividad de Nuestra Señora de Lourdes”, el día de la primera aparición, es decir, el 11 de febrero. Un día muy especial en nuestra casa. Quienes tenemos alguien enfermo en casa sabemos del consuelo que produce esta Madre que sonríe en la entrada de la gruta en este pequeño pueblo de los pirineos franceses. En la sonrisa y la mirada de la más sobresaliente de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que no descuida a quienes padecen cualquier tipo de enfermedad. Esta sonrisa, muestra auténtica de la ternura y el afecto de Dios, es fuente de confianza y esperanza indestructible. Todos somos conscientes de que el sufrimiento desgarra incluso los equilibrios más estables de una vida, quebranta los cimientos en principio inalterables de la confianza, provocando incluso a veces la desesperanza y el no encontrar de la vida. Es una lucha que el hombre no puede afrontar en soledad, necesita la fuerza de la gracia divina. Cuando la palabra imposibilita encontrar los vocablos más propicios, se hace imprescindible una presencia amorosa; tratamos de encontrar entonces no sólo la cercanía de los parientes o amigos, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quiénes más íntimos que el mismo Cristo y su Madre, María, la Inmaculada, la dadora de gracia y misericordia? Ellos son los únicos capaces de comprendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento.
Lo he experimentado en lo más profundo de mi alma: del corazón de la Virgen emerge un amor gratuito que origina un amor filial, que se acrisola de manera permanente en nuestra vida. María es la educadora del amor. Cuando nació mi hijo asumimos humildemente el sufrimiento de tener una personita enferma en casa. Fue difícil, pero ahí estaba María. La Madre, la amiga, la confidente, la Señora de la esperanza que nos dio no solo el consuelo sino la fuerza. Una recomendación: ¡No dejad de acudir siempre a la Virgen! En su sonrisa reposa la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad, los sufrimientos, los miedos, las inseguridades y a favor de la vida. Y con Ella se recibe la gracia de aceptar sin miedo ni amargura la preparación para el tránsito a la eternidad, en la hora y el tiempo que Dios tenga pensado para cada uno.

Lourdes
¡Gracias, María, por tantos dones que he recibido de tu generosa mano! ¡Gracias María por tu amor gratuito de madre! ¡Gracias María por tu constante sonrisa de consuelo, de amor y de paz! ¡Virgen de Lourdes, en las horas amargas de la enfermedad, derrama el tesoro de tu gracia sobre los que padecen enfermedades! ¡Sostén con tu infinito amor a los que sufren dolor, a los que no tienen esperanza en su curación, a los que la enfermedad ha frustrado su vida y sus proyectos, a los que desesperan y han perdido la fe por esta causa! ¡Ponte junto a su lecho, Madre de bondad, tómalos de la mano y conduce a Dios a los que más lo necesitan! ¡Y no te olvides de las personas, familiares y amigos que asisten a los enfermos en su transitar cotidiano!

Ave Maria, exclama el himno de la Virgen de Lourdes que hoy escuchamos:

Creo en los milagros

Alguien me pregunta si creo en los milagros. Sí, creo. La nuestra es la religión del milagro, de la presencia del Espíritu Santo, que imprimió vigor a la actividad de Jesús en su vida pública y más tarde a los apóstoles cuando son llamados a difundir la verdad de lo que han visto. Y ese Espíritu Santo irrumpe en nuestra vida de manera asombrosa, transformándolo todo, trascendiendo incluso las leyes de la vida y de la muerte.
Basta con leer el Nuevo Testamento. Allí se observa el poder de Dios transfigurándolo todo. Allí se ve la figura de Cristo, sanando enfermos y limpiándoles sus pecados. ¡Cómo olvidar que la enfermedad corporal está unida al pecado del alma!
Sin la figura del Espíritu Santo no hubiera habido expansión del cristianismo. El Espíritu divino dotó a los apóstoles de sus extraordinarios carismas, convirtiéndolos en médicos de cuerpos y almas. El tiempo, sin embargo, fue apagando la figura del Espíritu Santo en la Iglesia y sus múltiples acciones en nuestra vida. Ahora, en tiempos de turbulencia, surge de nuevo.
Sí, creo en los milagros. Los he visto en mi vida porque el soplo del Espíritu inunda a todo aquel que está presto a recibirlo con una preparación previa. Pentecostés no tuvo lugar de manera inmediata. Fue necesario el silencio de la oración continua, la comunión entre los hermanos, la identificación con la figura de Cristo y la esperanza de la alegría cristiana.
Yo creo en los milagros. Los he visto en gente que me rodea. He visto conversiones de amigos por la acción del Espíritu Santo. He comprobado como transformaba sus vidas. He visto como penetraba en sus corazones. He visto sus signos extraordinarios en mi propia vida.
¿Qué sucede cuando el ser humano deja de guiarse por la inspiración del Espíritu y su vida no se adecua a las enseñanzas de Cristo? El Espíritu de Dios comienza a declinar su presencia en ellos.
Creo en los milagros. Pero no son posibles cuando hay laxitud de vida, dejadez en la vida espiritual, cuando el alma se corrompe, cuando la oscuridad y el pecado degradan el comportamiento del hombre.
Y en este tiempo turbulento, nihilista, incrédulo, impío y consumista donde cada vez más la tibieza espiritual nos invade, ¿cómo puede el Espíritu Santo volver a penetrar en nuestra alma? ¿Puede vivir en la Iglesia de Cristo ese Espíritu Santo que la cohesionó y la permitió en sus orígenes expandirse si los propios cristianos nos olvidamos de su fuerza?. Y, si esto es posible, ¿qué debemos hacer nosotros para que lo sea? Provocando un nuevo Pentecostés en nuestra vida. Pidiendo al Espíritu Santo que habite de nuevo en nuestra alma. Rogándole que cure nuestra alma y nuestro cuerpo. Mendigándole la experiencia de lo divino en nuestra vida.
Creo en los milagros del Espíritu Santo. Pero es necesario un camino de santificación interior, que exige lucha y compromiso, oración y Eucaristía. Y yo… ¡me apunto a ello!

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¡Oh Señor, envía tu Espíritu!» ¡Ven Espíritu Santo, inflama mi corazón y enciende en él el fuego de tu Amor! ¡Espíritu de Verdad, lléname del don de entendimiento para aumentar mi fe y distinguir siempre lo bueno y lo malo! ¡Espíritu sempiterno, inúndame del don de Ciencia, para valorar las cosas terrenas y aumentar mi esperanza viviendo para los valores eternos! ¡Espíritu de Amor, lléname del don de Sabiduría, para deleitarme con qué infinito Amor soy amado y aumentar mi caridad a Dios y al prójimo! ¡Espíritu Santificador, cólmame del don de Consejo, para siempre con prudencia escogiendo acertadamente las palabras y obrando para mi santificación! ¡Espíritu de Bondad, inúndame del don de Piedad, para dar gracias a Dios, tener una oración pura, obedecer a Dios y ser generoso y servicial con los demás! ¡Espíritu Omnipotente, lléname del don de Fortaleza, para perseverar con en el camino de la perfección cristiana y saber resistir a las adversidades! ¡Espíritu de Majestad, cólmame del don de Temor de Dios para no permitir que las tentaciones de los sentidos llenen mi alma! ¡Gracias, Padre, por enviarnos tu Espíritu Santo!

 Ven, Espíritu de Dios, cantamos hoy:

Todo se resume en vivir en la confianza en Dios

Ayer en la oración me rondaba una idea. ¿Cuántas veces a lo largo del día no reparo más que en mi tratando de analizar lo que me ocurre? ¿Qué sentido tiene estar todo el día dando vueltas a mi propio yo? Eso, sólo consigue desperezar el amor propio. Cuando únicamente pienso en mi mismo, mi imagen imperfecta reemplaza, en el espejo de mi alma, la belleza inmaculada de Dios.
Tres aspectos distorsionan la claridad del alma: lamentarse por las dificultades, sopesar mis penas y mis sacrificios y tratar de guiar el camino de mi vida.
La vida no deja de ser un combate que exige, como aquel afortunado cirineo, tomar la Cruz y seguir a Cristo camino del Calvario. Un tortuoso camino en el que no está exento ni el sufrimiento, ni el dolor, ni la amargura, ni la lucha constante. Las dificultades surgen en el seno de la propia familia, en el entorno social o profesional, en la no aceptación de las propias miserias morales y físicas o, incluso, de todos estos factores a la vez. Mi alma no puede vivir sometida a los sobresaltos de mi impaciencia sino a la misericordia de Dios porque sólo Él sabe de mis necesidades y puede reconducirlas. Este es el verdadero sentido del abandono y la confianza. Si el Señor es mi pastor, ¿qué me puede faltar?
Y si realmente creo, ¿no aparece Cristo como víctima inmaculada, santa y gloriosa en la Eucaristía diaria? ¿No se comprende a través del misterio de la Cruz el sentido de mi vida cristiana? ¿Para qué sufrir y compadecerme de mi mismo si ya Cristo sufre por mi? Basta mirar su rostro, allí, colgado del madero, lacerado y sufriente, doloroso y amoroso, que dirige su mirada ante mi humilde persona. Y es ante esa Cruz gloriosa donde puedo ofrecerle, en el fragilidad de mi nada, la vulnerabilidad de mi alma.
Y entregándole todo, no puedo más que aceptar la voluntad de Dios, con las gracias y la fuerza que me da la entrega de su Hijo. Dios sólo pide que le otorgue mi confianza. Dios no quiere que ahonde en el por qué de sus designios a veces inexplicables para mi. Dios busca que acepte con humilde actitud la grandeza de mis límites. Que no rehúse nada de lo que Él me ofrece. Que no me desespere por mis impotencias. Que me revista de humildad y no de orgullo y de soberbia. Que no negocie complaciente con el mal. Que me deje llevar por las gracias que gratuitamente ortoga el Espíritu Santo. Que evite compararme con mis semejantes, especialmente en el terreno espiritual, porque sólo así me hundiré en la mediocridad de este mundo. Que no crea en la debilidad de mi perfección como cristiano, porque la única perfección está en Dios.
Todo se resume en vivir en la confianza en Dios, la que nunca falla; y dejarse envolver por sus manos protectoras.

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¡Hoy me pongo en tus manos como nunca, Dios mío, para en mi mediocridad entregarme a Ti! ¡Unido a Ti no tengo miedo! ¡Te ofrezco en mi vida el Cuerpo Místico de Cristo, haciendolo mío para mi propia santificación! ¡Ruega por mí, Madre de la esperanza, que soy un pobre pecador y necesito de tu maternal protección! ¡Fundo mi vida en tu bondad y en tu poder, Padre mío, y en toda circunstancia de mi vida confío y creo en Ti! ¡Quiero en este día, darte gracias Señor, porque me siento fortalecido  en Ti, experimento la alegría, la confianza  y la paz,  de alguien que se sabe amado y bendecido por Ti! ¡Qué gozo es estar a tu lado, Señor, que tranquilidad es estar cerca de Ti mi Dios porque Tu eres grande, eres misericordioso, eres poderoso, eres mi Dios y mi rey!

Cantamos hoy a la confianza e Dios: