El tesoro de la integridad

Hay una imagen que me conmueve en este tiempo de Semana Santa. Es la figura de la viuda pobre, que hoy se presenta. La mujer sencilla dio como limosna todo cuanto poseía, todo aquello que necesitaba para su subsistencia. Todo vertido en el arca del Tesoro del templo.
Me estremezco con este pasaje del Evangelio ante la figura de esta gran mujer que, en el juicio divino, con toda seguridad, habrá pasado por delante de todos. No es por la dadivosidad de lo que entrega, es por su fe inquebrantable. Limosna que engarza la fe con la misericordia.
Cada vez que releo este pasaje dejo constancia de mi pequeñez como hombre. Esta mujer viuda no entrega en realidad a Dios todo lo que posee de material, le entrega todo su ser. Lo mismo que Cristo hará en su pasión y muerte con el fin de enriquecernos con su pobreza. Y me surge siempre la misma pregunta: ¿imito yo a Cristo dándome a mi mismo a los demás con generosidad, amor y entrega infinita?
El tesoro de esta viuda es su integridad humana. ¿Y el mío? ¿De qué se conforma mi tesoro? ¿De la generosidad? ¿De la integridad? ¿Del buen discernimiento? ¿De la humildad? ¿De la justicia? ¿De la castidad? ¿Del amor? ¿De la misericordia? ¿De la caridad? ¿De… de… de…?
Cada uno tiene un tesoro en su interior. Cada uno es una piedra viva que puede entregarse completamente con un radical al Señor y a los demás. Puede dar lo mejor de si mismo y ponerse en manos de Dios por amor a Él y a los demás. Pero… ¿hago realmente de mi vida un don absoluto? ¿Brilla en mi interior este tesoro escondido? Esto es lo que debo cambiar en este tiempo de pasión, muerte y resurrección.

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¡Padre bueno, no mires mis pecados, ten piedad de mi con tu siempre dulce y tierna compasión! ¡Padre, en este día, recibe la ofrenda de mi vida como el óbolo de esta viuda pobre! ¡Virgen María, tu que eres el ejemplo de entrega confiada a Dios, ayúdame en este tiempo a reforzar mi confianza en Él y en su Palabra! ¡Dame, Señor, la gracia para ir transformando mi corazón y mi espíritu, para desapegarme de lo material, para entregarme de verdad a los demás con generosidad y amor, para preocuparme por sus necesidades e intereses sin buscar ventajas personales, honores y reconocimientos y para creer de verdad en Dios!

Del maestro italiano Tiburtio Massaino (1550-1608) escuchamos hoy su sobria lamentación renacentista titulada Musica super Threnos Ieremiae prophete in maiori hebdomada decantandas a 5 voces compuesta en 1599 para el Monasterio del Monte de los Olivos de Piacenza:

Toda amistad se pone a prueba en la dificultad

Bellísima ceremonia la que viví ayer celebrando una Misa de la Pasión en el marco del oficio del Domingo de Ramos. Manducamos los salmos, leímos varias lecturas de diversos profetas y desgranamos completa la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.
Sentí que acompañaba a Cristo en cada uno de los momentos de su camino hacia el Calvario. La razón de la Pasión de Cristo es que Él ha querido que conozcamos el amor de Dios por el hombre, porque Dios ha querido ser amado. Es una vivencia espiritual que llena el corazón y engrandece el alma.
Y surge la pregunta del por qué se permite a un Hijo sucumbir bajo una Pasión tan brutal y ultrajante. Y te cuestionas por qué el Espíritu Santo permite que Cristo, que reina con Él en una sola divinidad, alcance a un humillación de la carne tan profunda. Y la respuesta es que nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Y el cuestionamiento va más allá. ¿En qué medida un rey puede ser considerado glorioso? ¿En la opulencia de sus vestimentas, en la elevación de su trono, en el cortejo que le vierte alabanzas? La realeza reside en santificar la vida ordinaria; saber ponerse siempre en un segundo lugar en vez de buscar los honores mundanos; poner buena cara ante las dificultades y los problemas de cada día; arrinconar con alegría las circunstancias críticas; ser generoso cuando más cuesta; entregarse a los sufrimientos con amor; hacer propias las adversidades ajenas… amar sin medida y sin pedir nada a cambio.
Toda amistad se pone a prueba en los reveses, en la adversidad, en los peligros y en el sufrimiento. La soberanía auténtica es la que manda por amor. Por eso Cristo, amando el corazón del hombre, prepara en este tiempo de pasión servidores que no le siguen a disgusto sin con esa libertad que da el amor y la entrega sin medidas.

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¡Señor, quiero acompañarte en esta Semana Santa y quiero impregnarme de tu gran lección de amor! ¡Quiero, Señor, prepararme bien, con alegría y con recogimiento, para llegar al culmen de la Pascua que es Tu Resurrección! ¡Espíritu Santo ayúdame a que en estos días mi vida sea verdaderamente una vida cristiana y no una vida vacía sin Dios, una vida que sea consecuente con mis palabras y con mis obras, con la entrega y con el amor! ¡Permíteme, Señor, que te acompañe a la ciudad santa, seguirte en el camino del Calvario, para revestirme de tu humildad y desprenderme de mis apegos, de mi soberbia y mi incapacidad de amar! ¡Señor, Tu eres mi Rey, y aunque ayer te bendije y tal vez hoy te niegue, sabes que te amo, Señor!

Hoy escuchamos la cantata 182 Himmelskönig, sei willkommen de J.S. Bach, escrita para el Domingo de Ramos que celebramos ayer:

Como ese pollino que condujo a Cristo a Jerusalén

El rito del domingo de Ramos, con independencia de la alegría de bendecir los palmones, me impresiona siempre como liturgia “de pasión” en su sentido más amplio. Particularmente vivo este domingo desde la perspectiva del drama ya inminente de la pasión y muerte del Señor con la contraposición de dos palabras que la resumen muy bien: Exaltación y humillación.
Cuando tienes éxito en la vida profesional y personal existe la tendencia a creer que andas entre los vítores de los que te aclaman a tu alrededor. Es todo un espejismo de la vanidad. Nos contagian los criterios con que el mundo computa la eficacia y la valía de las personas y los acontecimientos de la vida. Valoramos a las personas por su rango social, por los éxitos que han cosechado en la vida, por el trabajo que tienen, por el nivel económico que atesoran, por su popularidad, por los favores que en algún momento pueden beneficiarnos. Si la vida de Jesús fuese evaluada por una escala de eficacia según criterios mundanos con toda probabilidad descartaríamos como un sinsentido la mayoría de años que vivió trabajando en el humilde hogar de Nazareth, junto a María y José, o adjetivaríamos como un rotundo y estrepitoso fracaso su muerte en la Cruz, momento clave de su obra redentora.
Caemos con demasiada frecuencia en la tentación y el espejismo de la fama, buscamos el renombre y el reconocimiento de los demás, nos encantan los halagos, incluso aquellos que provienen por nuestro servicio a la Iglesia. Nunca hemos de menospreciar esas otras tareas menos vistosas, que nadie valorará o reconocerá y por las que, muy probablemente, lo único que recojamos sean desavenencias, críticas, incomprensiones o divergencias. Lo importante es que nuestras obras las conozca Dios y que cara a Él actuemos con autenticidad. Es la única manera de conservar esa libertad real de quien sólo pretende la eficacia según los criterios de Dios y no los humanos. Basta recordar a ese granito de trigo de la parábola, que para dar frutos se esconde bajo tierra, o la semilla de mostaza que, desde su pequeñez e insignificancia, acabará convirtiéndose en un árbol que permitirá obtener grandes frutos.
Y en este domingo de Ramos debería convertirme en ese pollino sobre el que iba montado Cristo, callado y silencioso, mientras la algarabía aclamaba al Señor en el momento que traspasaba las puertas de Jerusalén. Aquel asno pasó desapercibido a los ojos de todos y nadie le aclamó ni mereció atención alguna. En su sencillez desempeñó su papel y nunca consideró que le aclamaban a él.

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¡Señor, quiero proclamarte mi rey y el centro de mi vida, quiero seguirte de manera fiel! ¡Quiero que seas el rey de mi vida, de mi familia, de mi patria y del mundo entero! ¡Quiero ser tu amigo en todos los momentos de mi vida! ¡No quiero ser un mero espectador, insensible y pasivo, que te vea pasar a mi lado mientras exclamo ¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! para olvidarme de ti unos días o, incluso, unas horas más tarde! ¡Quiero ser consciente, Señor, de que tu no te vas de vacaciones esta Semana Santa porque de nuevo más a padecer por mi y morir en la Cruz! ¡Y que tu muerte es por mi orgullo, por mi soberbia, por mi prepotencia, por mi egoísmo, por mi doblez, por mis ambiciones, por mi sensualidad, por mi falta de capacidad de amar, por mi testarudez, por mi falta de compromiso hacia los demás, por mi insensibilidad ante el dolor ajeno, por desconfianza ante la grandeza de Dios…! ¡Dame la fortaleza para seguirte y entregarme de verdad a los que me rodean! ¡Que mi vocación cristiana sea un verdadero testimonio de amor! ¡Espíritu Santo, ilumina en este día mi mente y mi corazón para comprender lo que de verdad implica la Pasión de Jesús!

Pueri Hebraeórum, portantes ramos olivárum, obviavérunt Domino, clamántes et dicéntes: “Hosanna in excélsis” (Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, gritando y diciendo: “Hosanna en el cielo”) es el canto que la liturgia establece para la procesión de este día. Os la ofrezco en la versión de Palestrina:

En el padecimiento surge el amor

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Un día para tener muy presente a la Virgen que con tanto sufrimiento acompañará a su amado Hijo en el camino de su Pasión. Y en este caminar hacia la Semana Santa aprendemos de Ella esa lealtad, ese amor incondicional y ese cariño de Madre cuando todos han abandonado a Cristo, como hago yo tantas veces vencido por la comodidad y el desánimo de cada día.
En esta semana de Pasión que se inicia mañana quiero ir de la mano de María en esas horas amargas de profundo e intenso dolor por ese Hijo que morirá para redimirnos del pecado.
Estos últimos días he mucho observado mucho sufrimiento humano en diversas circunstancias y en ambientes diferentes. Pero esas vivencias me han permitido entender también que la Cruz de Cristo entra en el orden humano de la cosas y que el sufrimiento, como el que padeció María, y como el que sufrimos todos, tiene un elemento maravilloso de corredención porque proviene de Cristo mismo y porque, aunque sea difícil de entender, permite colaborar con Él en la redención del mundo.
Cualquier historia humana es una historia de dolores, de sufrimientos, de aflicciones. Pero eso no le da un cariz negativo a la vida. En el padecimiento también surge el amor. Y ahí está el ejemplo de la Virgen. Sufre por Cristo porque lo ama. Trata de consolarle porque lo ama. Padece con Él porque lo ama. Obedece la voluntad del Padre porque ama. Ese es el amor sin medida. Y donde todo se hace por amor está la plenitud, sentido final de la creación del mundo.

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¡María, Señora de los dolores y del amor hermoso, en este sábado que nos coloca a las puertas del inicio de la Pasión de tu Hijo, dame la fortaleza para aceptar todos los sufrimientos de mi vida! ¡Y cuando me embargue el cansancio, o el dolor, o la tristeza, o la indiferencia de la gente, o la amargura por mis fracasos, o el sufrimiento por la enfermedad, o la incertidumbre por la carestía económica, o el abandono de los que pensaba eran mis amigos… ayúdame a postrarme a los pies de la Cruz como hiciste Tu Madre, y que siga tu ejemplo de amor en la dudas que me atenazan! ¡Que mi amor a los demás sea un amor sincero y desmedido! ¡Y al igual que hiciste Tu, María, ayúdame a apartar mis yos, a olvidarme de mi mismo para poner por delante a Dios y todos los que me rodean por amor a Tu Hijo! ¡Quiero acogerte, María, en mi corazón de piedra; necesito de tu presencia porque en mi pequeñez, contando con tu ayuda, podré tener una relación más estrecha con Cristo y comprender que todo dolor en mi vida, si lo sé llevar con ánimo cristiano, es un acto verdadero de amor!

De la mano de Gioacchino Rossini, un fragmento de su Stabat mater dolorosa, una música intensa y profunda, repleta de sentimientos para este sábado:

Hacer de la vida una conversación con Dios

A primera hora de la mañana me dirijo a la Iglesia. Una niña que aparenta nueve años, acompañada de un hermano más pequeño, ataviados con ropa desaliñada, se detienen ante la puerta del templo, abierta de par en par, desde la que se observa el altar preparado para la Eucaristía. Ella se persigna, y con una sonrisa musita algo en su dialecto. Le pregunto que ha dicho: “¡Hola, Jesús! Vamos al colegio”, responde en un francés primario. Tan sencillo, tan directo y tan familiar. Dicho esto, prosiguen su camino cogidos de la mano.
Hacer de la vida una conversación con Dios. Aprender a charlar con Dios con la sencillez de un niño. Pelando una manzana, tomándose el primer café de la mañana, cocinando un estofado, afeitándose al levantarse, maquillándose antes de salir de casa, tatareando esa canción que marcó nuestros tiempos mozos, contemplando un paisaje, visitando un museo, disfrutando de una conversación con nuestros hijos, conduciendo un día de mucho tráfico… se le puede decir a Dios que se le ama. Explicarse a sí mismo, cantando, la propia vida pasada y los sueños e ideales que acariciamos para el futuro es también una manera de hablar con Dios. Se le puede hablar, incluso, paseando por el campo, subiendo una montaña o saltando felizmente en la playa junto a las olas del mar.
De lo que se trata es de tener a Dios siempre cerca, como a ese amigo al que acudimos día sí, día también porque podemos fiarnos de él. Basta, a veces, con una simple jaculatoria que salga del corazón.
Un amigo que busca, pero no encuentra, según sus propias palabras me dijo que a él le resultaba imposible rezar. Le resumí lo que dice Santa Teresa: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”. “¿De qué conversas con tu mujer?”, le pregunto. “De todo, no le escondo nada. No hay secretos entre nosotros”, responde. Pues la oración es dialogar con Dios sin secretos, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que conversaríamos con el que tenemos una confianza infinita. La oración no exige muchas palabras porque Dios sabe lo que necesitamos antes de que abramos los labios.
Es el Señor el que nos transforma y nos cambia en la oración. ¿De qué manera? Aclarando nuestro entendimiento, enseñándonos a amar e inclinando el corazón tratando de comprender y de gustar las cosas de Dios.

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¡Señor, dame la gracia de vivir cada día en la alegría de tu presencia! ¡Nada me impide estar contigo, Señor, amarte, quererte, entregarme a Ti! ¡Ten piedad, Señor, de mis trabajos y de mis esfuerzos, de mis obras y de mis bríos, para llegar a Ti porque sin Ti nada puedo! ¡Enséñame, Señor, a buscarte incluso en lo más pequeño de esta vida! ¡Señor, concédeme el don de la oración, el don de organizar mi tiempo para poder rezar, el don del silencio y la soledad necesaria para buscarte! ¡Dame, Padre bueno, la sencillez de espíritu, la del alma dormida en Tu silencio, abierta a todo con grandes ojos de niño! ¡Hazme, Padre de bondad, un pobre hombre sorprendido por cada detalle de la vida, por cada mano abierta, por cada sonrisa en un rostro o de una mirada compasiva! ¡Que te sepa junto a mi, Señor, para darle a mi corazón gran alegría con Tu presencia!

Danket dem Herrn (Dad gracias al Señor) es una cantata del músico barroco alemán Johann Andreas Herbst, que habla precisamente, de agradecer a Dios a través de la oración:

¿Es mi oración fruto de la necesidad?

Mi hotel se encuentra a unos cientos de metros de la catedral de la capital de un país africano donde me encuentro. Es una catedral pequeña, sencilla, pobre. La Eucaristía de ayer a las siete de la mañana, dedicada a la solemnidad de la Anunciación, está a rebosar. Y terminada ésta, festiva, emotiva y alegre, repleta de cantos a María, varias decenas de personas permanecen en sus desgastados bancos orando con profunda fe. A la salida converso con una monja francesa y un cooperante belga. Les comento la emoción que produce sentir tanta fe. “Rezan desde el amor del corazón”, responde ella. Su respuesta me conmueve porque tantas veces mi oración es fruto de la necesidad y la conveniencia más que del amor.
Pensamos con frecuencia que la oración consiste en recitar monótonamente padrenuestros, avemarías o glorias. Olvidamos que la oración es, en realidad, una necesidad del amor ya que en el momento que uno gusta la intimidad de Dios lo que necesita es permanecer junto a Él. Quien no gusta de la oración poco sabe del verdadero amor. En la oración está el amor a Dios. Al Señor se le conoce si se le trata a solas, en la intimidad del silencio interior. Cuando uno no se dirige a diario a Dios acaba convirtiéndolo en una idea, cada vez más lejana y ajena a su vida.
No siempre es fácil. Trato de reservar cada día un tiempo para estar a solas con el Señor y rezar con Él. Trato de ser fiel a esa cita diaria, a pesar de mi cansancio, aunque me venza la desgana y ese día no me apetezca, a pesar de las muchas cosas urgentes que debo terminar, a pesar de mis distracciones, pese a que no tenga nada que ofrecerle al Señor. Soy consciente que de ese agua de la que bebo cada día en la fuente de mi oración depende la fecundidad o la esterilidad de mi alma, que cada día siembro con tanto dinámico activismo y diligente dispersión. Y me apena profundamente cuando mi oración se convierte en un mero cumplimiento voluntarista o interesado porque tengo necesidad de pedir, o es una ocasión manifiesta para engrandecer mi soberbia espiritual. Me siento mal cuando en la oración tiendo a creer que ya soy bueno porque rezo. Mi oración solo es fecunda cuando me mueve a cambiar de vida y me exige mucha renuncia, de lo contrario no es más que un engaño espiritual. El amor exige ser orado siempre y en todo, porque no se puede dejar de amar siempre y en todo.

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¡María, ayúdame a ser persistente y fiel en mi oración diaria! ¡Guía, Señor, en la oración mi corazón y mis sentimientos, mis palabras y mis acciones! ¡Enséñame a conducirme con sabiduría y firmeza sin causar amarguras a mi alrededor! ¡Dame fuerza para soportar las fatigas del día a día, quiero orar, pero sobre todo quiero que tú ores dentro de mi!

Comparto hoy el madrigal “Sing We at Pleasure” del compositor y organista inglés Thomas Weelkes:

¿De quién es el mérito de mis éxitos?

Los viajes largos en avión te permiten tiempos de silencio y mucha meditación. Ayer de nuevo en un viaje interminable, entre lectura y cabezada, meditaba que durante mucho tiempo creí que mis triunfos profesionales eran exclusivamente fruto de mi talento y mis habilidades propias. Si había que atribuir el mérito a alguien, ese alguien era yo. Cuando obtenía algún éxito, por pequeño que fuese, nadie aplaudía durante más tiempo y más sonoramente que yo mismo.
Cuando era joven -todavía lo soy, pero pintan canas- daba por sentado que siempre me resultaría fácil triunfar. En el colegio, en la universidad y en los comienzos de mi vida profesional, por ejemplo, tenía la tendencia a darme palmadas en la espalda. Hizo falta una caída en picado y muchos sufrimientos antes de que fuera capaz de reconocer la derrota y mostrarme dispuesto a experimentar un camino nuevo.
Cuando empecé a llevar una vida espiritual coherente -no meramente cumplidora, el “hacer por el deber”-, aprendí algunas lecciones importantes relativas a la gratitud. Por medio de la milagrosa experiencia de la recuperación comencé a comprender que cualquier éxito que obtenga es un dones de Dios, como lo son también mi talento y mi capacidad.
Hoy procuro atribuir el mérito a quien se lo haya ganado. Y he comprobado que cuando me siento lleno de gratitud por las bendiciones divinas, en lugar de sentirme lleno de adulación dirigida a mi mismo, soy más propenso a ser consciente de la presencia del Señor en mi vida. Es más fácil decirlo que experimentarlo. En el presente lo sé con creces: todos los méritos de mi vida son un regalo que Dios ha querido hacerme aunque a veces su consecución comporte sacrificio y renuncia. No hay que tener miedo a quedarse con las manos vacías sino que hemos de tener la valentía de poner todos nuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios. Ser ermitaños de honores y triunfos para abrazar con sencillez la humildad sincera.

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¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para ser consciente de las grandes oportunidades que Dios me otorga cada día para colaborar con Él en la difusión de su Reino! ¡Gracias, Señor, por los talentos que me has dado y la confianza que has otorgado en mi para entregármelos! ¡Sabes, Señor, que intentaré con todo mi celo hacer que fructifiquen! ¡Espíritu Santo, ayúdame a conseguirlo sin angustias ni celo excesivo sino con amor a Dios y a los demás y con esfuerzo basado en la generosidad y el cariño!

Os presento hoy el lieder Der Einsiedler (El Ermitaño), op. 83 nº 3 de Robert Schumann en la voz de Fischer-Dieskau:

Luz frente al Santísimo

Un amigo converso con un pasado con múltiples heridas se ha establecido en Madrid. Tenía dudas y desazón al tomar la decisión. Venía de un lugar protegido, donde podía vivir recogidamente su fe cristiana. Los primeros días en la capital le provocaron incertidumbre. No sabía que era exactamente lo que le había llevado allí. El viernes me llama. Y me cuenta algo extraordinario. “En el silencio de la adoración, frente a la Custodia, he visto por fin la luz. El Señor me ha hecho entender ¡cuál es el camino que debo seguir!”. Y sus palabras resuenan de emoción en mi corazón al escuchar su testimonio y el qué de su explicación. Y me lleno de regocijo. Y de esperanza.
Lo dice san Mateo y no nos lo creemos: “Hemos venido a adorarlo”. En la Eucaristía, el culto espiritual por excelencia, y en la Adoración ante el Santísimo, el Señor obra milagros en el corazón del hombre. Por encima de cualquier actividad la adoración ejerce un poder sanador. Allí el Señor habla amorosamente en el silencio.
Vivimos un tiempo en que los hombres corremos el riesgo de seguir nuestro propio camino, dejarnos inspirar por nuestros propios criterios y seguir la orientación de nuestro yo. Pero ante ese Cristo expuesto, en toda su humanidad y divinidad esplendorosa, la razón deja paso a la fe, y la fe a la esperanza.
Conmueve cuando un amigo se sincera y se muestra alegre por la belleza de adorar la Santísima Eucaristía y de reconocer los frutos que esa adoración eucarística ha reportado en su vida. En la adoración, este acto tan personal e íntimo con el Señor, el acogimiento es profundo y verdadero. Y da sus frutos.
Y en este tiempo de preparación a la Pascua, tengo la certeza de que contemplando y adorando esa Hostia consagrada en el Tabernáculo apreciaremos con mayor intensidad el don del amor de Dios y la fuerza de la Pasión y el camino de Cruz que recorrió Jesús. Y, a través de esa mirada suya de misericordia y amor, el Señor nos irá atrayendo hacia Él, penetrando en la verdad de su misterio, para ir transformándonos interiormente como hizo Él aquel jueves santo en que el pan y el vino se transfiguraron en su cuerpo y sangre gloriosa.

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¡Señor te doy gracias porque tu mirada me consuela, me llena de paz y me colma de esperanza! ¡Déjame ver tu grandeza, Señor, desde esa humildad desbordante que todo lo llena, desde esa espera eterna que acoge a los corazones arrepentidos o que buscan tu consuelo! ¡Inunda mi alma con tu Espíritu, Señor, y haz que mi vida sea un resplandor de la Tuya! ¡Señor, tu que estás presente en el Santísimo Sacramento penetra espiritualmente mi corazón, renuévalo y llénalo de tu amor! ¡Señor, siento que me amas y mi alma recobra la paz y la esperanza! ¡Quiero prometerte que mi corazón sea una custodia que te guarde donde quiera que vaya para mirar el mundo como lo miras Tu!

Una música de intensa espiritualidad este De profundis de Christoph Willibald Gluck, compuesto para cuatro voces y que musica las palabras del salmo 129 cuya primera estrofa clama Desde lo hondo, a tí grito, Señor y que perfectamente podemos declamar al iniciar nuestra Adoración.

¿Estoy dispuesto a tomar mi cruz y seguir a Cristo?

“Toma tu Cruz y sígueme”. Esta frase siempre me provoca un vuelco en el corazón. Pensamos que llevar la cruz quiere decir portarla en nuestra vida cotidiana, con la enfermedad, con las críticas, con los problemas económicos, con las dificultades en el matrimonio, con los sufrimientos por los hijos, con las diferencias con las personas con las que convivimos… Diría que esta frase implica estar predispuesto a morir para seguir a Cristo, implica morir a sí mismo. Es la llamada a la entrega más radical y absoluta. Seguir a Cristo es sencillo cuando en la vida los problemas no aparecen, el compromiso verdadero con el Señor se manifiesta ante las pruebas de la vida.
Y, en este lunes que avanza hacia la Pascua, me pregunto si estoy dispuesto a tomar mi cruz y seguir a Cristo. ¿Estoy listo para seguir a Cristo si esto implica el quebranto de mi reputación? ¿Estoy dispuesto a seguir a Cristo si esto supone perder a mis amigos más cercanos? ¿Estoy dispuesto a seguir a Jesús si me implica alejarme de mi familia? ¿Estoy dispuesto a seguir a Cristo si eso supone perder mi trabajo o no ascender laboralmente? ¿Estoy dispuesto a seguir a Jesús si esto supone que se me aparte de los círculos sociales en los que me muevo? ¿Estoy dispuesto a seguir al Señor si eso supone, incluso, perder la vida?
Hay muchos cristianos en el mundo que sí están dispuestos a hacerlo. Pero yo, ¿estoy dispuesto? Seguir a Cristo no implica forzosamente que me tenga que suceder todo esto, pero si me llegara a suceder alguno de estos supuestos ¿estoy dispuesto a tomar mi cruz y seguirle? Porque en la vida siempre hay que tomar una decisión: o seguir a Jesús o las comodidades de la vida. Y yo, ¿qué elijo?
El compromiso con el Señor implica tomar nuestra cruz de cada día, abandonando nuestras propias esperanzas, nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestros bienes materiales, incluso nuestra propia vida. Cuando uno toma voluntariamente la Cruz se convierte en verdadero discípulo de Cristo. Creo que merece la pena la recompensa.

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¡Señor, gracias porque Tu me enseñas que el verdadero itinerario que me lleva a la santidad pasa por la cruz y desde la cruz! ¡Te pido, Señor, que sea capaz de comenzar esta semana con la firme decisión de cargar mi cruz, con valentía, con decisión, con convicción y, fundamentalmente, con gran amor, ya que tengo la firme certeza de que todo lo que sucede en mi vida es consecuencia de tu amor y predilección por mi! ¡Señor, creo firmemente en Ti, espero firmemente en Ti y la consecuencia de mi amor es que necesito buscarte en este momento de oración!

Antes de tu Cruz es un bellísimo canto cuaresmal de la Iglesia ortodoxa rusa que comparto en este inicio de semana:

Comenzar a avanzar hacia el Gólgota

De manera recurrente nuestro corazón necesita hacer memoria, acercar las vivencias más significativas de lo que experimentamos. Regresar al Gólgota. Volver a la Cruz. Ponerse frente al Acontecimiento más extraordinario de la Historia, la raíz de todo: la Resurrección.
Comienzo en este domingo un libro que recorre toda la Pasión de Cristo, para ir entrando en situación y meditar esa entrega generosa que nos devuelve a la vida y nos da esperanza. Es crucial en este tiempo. Escarnio, bofetadas, burlas. Sangre, corona de espinas, latigazos con saña y odio. Golpes de martillo sobre unos clavos oxidados que debieron provocar un dolor inaguantable. Silencio, abandono y negación tres veces. Soldadesca salvaje cosiendo las manos santas de Cristo. Legionarios romanos que cumplen órdenes sin tener en cuenta su conciencia. Hombres de Iglesia que acusan y calumnian por envidia. Todos en la escena de la Pasión se desempeñan en el sometimiento irracional. Lo que cuenta es que a cualquier precio se cumpla el orden establecido.
Todos maltratan y golpean al Hijo de Dios. Lo hacen sin corazón, sin medir las consecuencias porque un Sumo Sacerdote así lo establece. No sienten dolor y no tienen escrúpulos por averiguar la verdad. Así es el mundo de ayer y de hoy, una sociedad muda y encogida, que no arriesga por Cristo. A Él lo matan y sólo unos pocos se atreven a dar la cara en el momento de llevar la verdad ante la justicia. Falta fe, valentía y compromiso. Falta coraje para decir que sí, para abrir las puertas de par en par a Cristo y dejar que se meta en nuestro respirar y en toda nuestra vida.
Pero hay esperanza, porque con la muerte de Cristo Dios ha querido librarnos de todas las penalidades de esta vida, para que aceptándolas nos identifiquemos con su Hijo, nos vaciemos del pecado, nuestros corazones se abran a la santidad y la justicia y cooperemos en la tarea de llevar a los demás los frutos de la Redención.

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¡En esta día tan consagrado a Ti, Señor, dame una fe fuerte, profunda y enraizada que se haga presente en mi corazón! ¡Deseo, Espíritu Santo, una fe que me permita vivir como vivió Cristo, enraizada en los valores del Evangelio! ¡Necesito que impregnes tu estilo de vida, Señor, en mi estilo de vida! ¡No permitas, Señor, que me deje arrastrar y me acobarde por el qué dirán sino por la verdad del Evangelio! ¡Espíritu Santo, que con el don del entendimiento, sea capaz de ver la importancia de transmitir la fe y la belleza de la verdad cristiana! ¡Dame el don de la fortaleza, Espíritu de bondad, para vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe, la difusión del Evangelio y la búsqueda del camino de la salvación! ¡Que mi compromiso en esta vida, Señor, es que todos conozcan las maravillas que Tu obras en nuestro corazón! ¡Dame a entender, Señor, que tu sangre en realidad no era para maldecir ni condenar, sino al contrario, para perdonar todos mis pecados!

Disfrutamos este domingo con el coro Selig sind, die da Leid tragen del Requiem alemán de Johannes Brahms. ¡Feliz domingo a todos!