Imaginando a María

Primer sábado de marzo con María en nuestro corazón. Me imagino en este tiempo de Cuaresma la vida de la Virgen. Debió ser un periodo a rebosar de penas y alegrías, de lágrimas y sonrisas…; también es cierto que por su vida de oración la de la Virgen fue más de las segundas.
Imagino también los confortantes alivios en su alma cuando tenía conocimiento de los prodigios que obraba su Hijo; cuando Ella veía con sus propios ojos cómo le seguían muchedumbres de gentes sedientas de amor; cómo le escuchan esas palabras de esperanza y misericordia; cómo le aclamaban cuando curaba enfermos; la alegría que supondría para ella conocer a aquellos rudos apóstoles y discípulos que seguían a su Hijo; cómo se le llenaría el corazón de alegría al saber de tantas almas convertidas por la acción de Jesús, su Hijo amado…
Imagino también en este tiempo de Cuaresma la alegría de María cuando Jesús pasaba por Nazareth y entraba en casa de su Madre para descansar; cómo ella le lavaría la ropa; le secaría las gotas de sudor de ese rostro amoroso; cómo le serviría sus mejores platos preparados con amor maternal; cómo conversarían de las cosas del Padre, en un diálogo profundamente espiritual.
Imagino también a María sufriendo por las envidias que corroían a tantos, por la doblez de algunos vecinos, por las preguntas insidiosas que lanzaban a Jesús, por los intentos de matarle como cuando trataron de lanzarle piedras para lapidarle, por el desprecio de los jefes de las sinagogas…
Imagino a María sufriendo por aquellas almas pecaminosas, como la mía, por la dureza de esos corazones soberbios como el mío, por la torpeza de aquellas vidas como la mía, por la falta de compromiso de tantos como el mío…
¿Pero que aprendo en estos días de María? Que la Madre cumplió fielmente la voluntad de Dios. Sin este requisito fundamental no hay santidad posible. Nunca nadie podrá imitar a la Virgen en ser la Madre de Dios, pero nos cabe la esperanza de poder imitarla en todo y seguir fielmente la voluntad del Padre.

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¡María, Madre de gracia, en este tiempo de cuaresma te pido que me concedas esta gracia; que me otorgues la luz y la clarividencia para hacer siempre la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu Santo conviértete Tu en mi director, mi guía, mi luz, mi fuerza en todos los instantes de mi vida! ¡Me abandono a Ti, Espíritu de gracia, porque quiero ser dócil a tus divinas inspiraciones!

En esta meditación sabatina escuchamos de Joseph Reinberger este precioso Ave María dedicado a la Virgen.

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