Corroído por la envidia

Me pedía ayer un lector incondicional de las meditaciones que reflexionara, además de la soberbia, sobre otros pecados capitales. Y, de manera casual, converso con una persona que está corroída por la envidia. Carcomido por dentro, no soporta el éxito ajeno y eso le incapacita para actuar con caridad y amor. La envidia es la religión del mediocre. ¡Cuánto cuesta alegrarse del éxito o del bien ajeno, de las virtudes y cualidades que otros poseen y que destacan por encima de las nuestras!
Conozco personas envidiosas, incluso entre hombres de Dios. Cuando la vida no sigue el camino que tenemos trazado y somos incapaces de contemplar la belleza de nuestra propia realidad, cuando caemos de manera reiterada sin poder avanzar y no alcanzamos el ideal que tanto anhelamos, el sufrimiento se apodera de nuestro corazón. Así, mirando las vidas en apariencia más exitosas que le nuestra, surge la envidia. Percibiendo los triunfos ajenos nuestra mediocridad palidece y surgen los complejos.
Nuestra vida nos es el fruto de la mera casualidad. Es un camino de libertad y no siempre los demás son los responsables de lo que nos sucede. Ni tienen la culpa de todo lo que vivimos. Toda cruz o conquista, crisis o triunfo, éxito o fracaso, oportunidad y aprendizaje, dolor y alegría, caída y enderezamiento… supone un camino de conversión y crecimiento interior.
En otros tiempos, cuando mi corazón estaba muy alejado de Dios, mi actitud envidiosa ponía en evidencia mi pobreza de espíritu. Mi alma ladraba de dolor. La oración, el sufrimiento, el camino de Cruz, la magnanimidad, la vida sacramental, la bendita confesión me ha permitido enderezar ese camino tortuoso de mi vida y entender que la mezquindad del alma te aparta de Dios. Y, sobre todo, desde hace varios años, el rezar al levantarme las Letanías de la humildad. Eso me ha permitido alegrarme por el bien ajeno y entristecerme y orar por el sufrimiento o el fracaso de los demás.
Por naturaleza el envidioso no reconoce la envidia. Si hay algo que le produzca más dolor y le descalifique con mayor vehemencia es comprender que la envidia le inocula el alma. La persona envidiosa lo es por su incapacidad para reconocer sus limitaciones, por un cierto sentimiento de inseguridad personal, por su falta de compromiso con la propia vida, por su inhabilidad para asumir la propia y estar más pendiente de la ajena, por la falta de aprecio de lo que posee anhelando lo que otros tienen.
Oración, Eucaristía, pureza de alma, magnanimidad, benevolencia, amor sin límites… Recetas infalibles para luchar contra el envidia que destroza el alma y conduce a la infelicidad.

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¡Padre bueno, tu que otorgas la gracia haz que Tu luz brille en mi corazón para aceptar todo lo que procede de Ti y tantas veces no comprendo! ¡Dame, Espíritu Santo, una mirada limpia para apreciar mis dones y talentos y sacarles partido sin envidiar los de los demás! ¡Y en los momentos de tribulación, tristeza o desánimo, no permitas que me deje guiar por la envidia que amarga mi alma y endurece mi corazón! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón dócil para eliminar la queja de mi vida o esa forma negativa que tantas veces tengo de mirar lo que acontece a mi alrededor! ¡Padre bueno, Dios de misericordia, Tu sabes que tantas veces me apego a lo terrenal desconfiando de tu poder! ¡Dame un corazón sencillo para aceptar lo que soy y Tu tienes previsto en mi vida!

Del joven compositor británico Paul Mealor os presento esta bellísima y serena obra polifónica para el tiempo de Cuaresma: Salvator Mundi: Greater Love. El amor sereno es la contraposición a la envidia. Disfrutémosla en este miércoles que marca el centro de la semana.

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