Luz frente al Santísimo

Un amigo converso con un pasado con múltiples heridas se ha establecido en Madrid. Tenía dudas y desazón al tomar la decisión. Venía de un lugar protegido, donde podía vivir recogidamente su fe cristiana. Los primeros días en la capital le provocaron incertidumbre. No sabía que era exactamente lo que le había llevado allí. El viernes me llama. Y me cuenta algo extraordinario. “En el silencio de la adoración, frente a la Custodia, he visto por fin la luz. El Señor me ha hecho entender ¡cuál es el camino que debo seguir!”. Y sus palabras resuenan de emoción en mi corazón al escuchar su testimonio y el qué de su explicación. Y me lleno de regocijo. Y de esperanza.
Lo dice san Mateo y no nos lo creemos: “Hemos venido a adorarlo”. En la Eucaristía, el culto espiritual por excelencia, y en la Adoración ante el Santísimo, el Señor obra milagros en el corazón del hombre. Por encima de cualquier actividad la adoración ejerce un poder sanador. Allí el Señor habla amorosamente en el silencio.
Vivimos un tiempo en que los hombres corremos el riesgo de seguir nuestro propio camino, dejarnos inspirar por nuestros propios criterios y seguir la orientación de nuestro yo. Pero ante ese Cristo expuesto, en toda su humanidad y divinidad esplendorosa, la razón deja paso a la fe, y la fe a la esperanza.
Conmueve cuando un amigo se sincera y se muestra alegre por la belleza de adorar la Santísima Eucaristía y de reconocer los frutos que esa adoración eucarística ha reportado en su vida. En la adoración, este acto tan personal e íntimo con el Señor, el acogimiento es profundo y verdadero. Y da sus frutos.
Y en este tiempo de preparación a la Pascua, tengo la certeza de que contemplando y adorando esa Hostia consagrada en el Tabernáculo apreciaremos con mayor intensidad el don del amor de Dios y la fuerza de la Pasión y el camino de Cruz que recorrió Jesús. Y, a través de esa mirada suya de misericordia y amor, el Señor nos irá atrayendo hacia Él, penetrando en la verdad de su misterio, para ir transformándonos interiormente como hizo Él aquel jueves santo en que el pan y el vino se transfiguraron en su cuerpo y sangre gloriosa.

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¡Señor te doy gracias porque tu mirada me consuela, me llena de paz y me colma de esperanza! ¡Déjame ver tu grandeza, Señor, desde esa humildad desbordante que todo lo llena, desde esa espera eterna que acoge a los corazones arrepentidos o que buscan tu consuelo! ¡Inunda mi alma con tu Espíritu, Señor, y haz que mi vida sea un resplandor de la Tuya! ¡Señor, tu que estás presente en el Santísimo Sacramento penetra espiritualmente mi corazón, renuévalo y llénalo de tu amor! ¡Señor, siento que me amas y mi alma recobra la paz y la esperanza! ¡Quiero prometerte que mi corazón sea una custodia que te guarde donde quiera que vaya para mirar el mundo como lo miras Tu!

Una música de intensa espiritualidad este De profundis de Christoph Willibald Gluck, compuesto para cuatro voces y que musica las palabras del salmo 129 cuya primera estrofa clama Desde lo hondo, a tí grito, Señor y que perfectamente podemos declamar al iniciar nuestra Adoración.

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