¿De quién es el mérito de mis éxitos?

Los viajes largos en avión te permiten tiempos de silencio y mucha meditación. Ayer de nuevo en un viaje interminable, entre lectura y cabezada, meditaba que durante mucho tiempo creí que mis triunfos profesionales eran exclusivamente fruto de mi talento y mis habilidades propias. Si había que atribuir el mérito a alguien, ese alguien era yo. Cuando obtenía algún éxito, por pequeño que fuese, nadie aplaudía durante más tiempo y más sonoramente que yo mismo.
Cuando era joven -todavía lo soy, pero pintan canas- daba por sentado que siempre me resultaría fácil triunfar. En el colegio, en la universidad y en los comienzos de mi vida profesional, por ejemplo, tenía la tendencia a darme palmadas en la espalda. Hizo falta una caída en picado y muchos sufrimientos antes de que fuera capaz de reconocer la derrota y mostrarme dispuesto a experimentar un camino nuevo.
Cuando empecé a llevar una vida espiritual coherente -no meramente cumplidora, el “hacer por el deber”-, aprendí algunas lecciones importantes relativas a la gratitud. Por medio de la milagrosa experiencia de la recuperación comencé a comprender que cualquier éxito que obtenga es un dones de Dios, como lo son también mi talento y mi capacidad.
Hoy procuro atribuir el mérito a quien se lo haya ganado. Y he comprobado que cuando me siento lleno de gratitud por las bendiciones divinas, en lugar de sentirme lleno de adulación dirigida a mi mismo, soy más propenso a ser consciente de la presencia del Señor en mi vida. Es más fácil decirlo que experimentarlo. En el presente lo sé con creces: todos los méritos de mi vida son un regalo que Dios ha querido hacerme aunque a veces su consecución comporte sacrificio y renuncia. No hay que tener miedo a quedarse con las manos vacías sino que hemos de tener la valentía de poner todos nuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios. Ser ermitaños de honores y triunfos para abrazar con sencillez la humildad sincera.

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¡Espíritu Santo, concédeme el don de la sabiduría para ser consciente de las grandes oportunidades que Dios me otorga cada día para colaborar con Él en la difusión de su Reino! ¡Gracias, Señor, por los talentos que me has dado y la confianza que has otorgado en mi para entregármelos! ¡Sabes, Señor, que intentaré con todo mi celo hacer que fructifiquen! ¡Espíritu Santo, ayúdame a conseguirlo sin angustias ni celo excesivo sino con amor a Dios y a los demás y con esfuerzo basado en la generosidad y el cariño!

Os presento hoy el lieder Der Einsiedler (El Ermitaño), op. 83 nº 3 de Robert Schumann en la voz de Fischer-Dieskau:

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