¿Es mi oración fruto de la necesidad?

Mi hotel se encuentra a unos cientos de metros de la catedral de la capital de un país africano donde me encuentro. Es una catedral pequeña, sencilla, pobre. La Eucaristía de ayer a las siete de la mañana, dedicada a la solemnidad de la Anunciación, está a rebosar. Y terminada ésta, festiva, emotiva y alegre, repleta de cantos a María, varias decenas de personas permanecen en sus desgastados bancos orando con profunda fe. A la salida converso con una monja francesa y un cooperante belga. Les comento la emoción que produce sentir tanta fe. “Rezan desde el amor del corazón”, responde ella. Su respuesta me conmueve porque tantas veces mi oración es fruto de la necesidad y la conveniencia más que del amor.
Pensamos con frecuencia que la oración consiste en recitar monótonamente padrenuestros, avemarías o glorias. Olvidamos que la oración es, en realidad, una necesidad del amor ya que en el momento que uno gusta la intimidad de Dios lo que necesita es permanecer junto a Él. Quien no gusta de la oración poco sabe del verdadero amor. En la oración está el amor a Dios. Al Señor se le conoce si se le trata a solas, en la intimidad del silencio interior. Cuando uno no se dirige a diario a Dios acaba convirtiéndolo en una idea, cada vez más lejana y ajena a su vida.
No siempre es fácil. Trato de reservar cada día un tiempo para estar a solas con el Señor y rezar con Él. Trato de ser fiel a esa cita diaria, a pesar de mi cansancio, aunque me venza la desgana y ese día no me apetezca, a pesar de las muchas cosas urgentes que debo terminar, a pesar de mis distracciones, pese a que no tenga nada que ofrecerle al Señor. Soy consciente que de ese agua de la que bebo cada día en la fuente de mi oración depende la fecundidad o la esterilidad de mi alma, que cada día siembro con tanto dinámico activismo y diligente dispersión. Y me apena profundamente cuando mi oración se convierte en un mero cumplimiento voluntarista o interesado porque tengo necesidad de pedir, o es una ocasión manifiesta para engrandecer mi soberbia espiritual. Me siento mal cuando en la oración tiendo a creer que ya soy bueno porque rezo. Mi oración solo es fecunda cuando me mueve a cambiar de vida y me exige mucha renuncia, de lo contrario no es más que un engaño espiritual. El amor exige ser orado siempre y en todo, porque no se puede dejar de amar siempre y en todo.

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¡María, ayúdame a ser persistente y fiel en mi oración diaria! ¡Guía, Señor, en la oración mi corazón y mis sentimientos, mis palabras y mis acciones! ¡Enséñame a conducirme con sabiduría y firmeza sin causar amarguras a mi alrededor! ¡Dame fuerza para soportar las fatigas del día a día, quiero orar, pero sobre todo quiero que tú ores dentro de mi!

Comparto hoy el madrigal “Sing We at Pleasure” del compositor y organista inglés Thomas Weelkes:

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