Hacer de la vida una conversación con Dios

A primera hora de la mañana me dirijo a la Iglesia. Una niña que aparenta nueve años, acompañada de un hermano más pequeño, ataviados con ropa desaliñada, se detienen ante la puerta del templo, abierta de par en par, desde la que se observa el altar preparado para la Eucaristía. Ella se persigna, y con una sonrisa musita algo en su dialecto. Le pregunto que ha dicho: “¡Hola, Jesús! Vamos al colegio”, responde en un francés primario. Tan sencillo, tan directo y tan familiar. Dicho esto, prosiguen su camino cogidos de la mano.
Hacer de la vida una conversación con Dios. Aprender a charlar con Dios con la sencillez de un niño. Pelando una manzana, tomándose el primer café de la mañana, cocinando un estofado, afeitándose al levantarse, maquillándose antes de salir de casa, tatareando esa canción que marcó nuestros tiempos mozos, contemplando un paisaje, visitando un museo, disfrutando de una conversación con nuestros hijos, conduciendo un día de mucho tráfico… se le puede decir a Dios que se le ama. Explicarse a sí mismo, cantando, la propia vida pasada y los sueños e ideales que acariciamos para el futuro es también una manera de hablar con Dios. Se le puede hablar, incluso, paseando por el campo, subiendo una montaña o saltando felizmente en la playa junto a las olas del mar.
De lo que se trata es de tener a Dios siempre cerca, como a ese amigo al que acudimos día sí, día también porque podemos fiarnos de él. Basta, a veces, con una simple jaculatoria que salga del corazón.
Un amigo que busca, pero no encuentra, según sus propias palabras me dijo que a él le resultaba imposible rezar. Le resumí lo que dice Santa Teresa: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”. “¿De qué conversas con tu mujer?”, le pregunto. “De todo, no le escondo nada. No hay secretos entre nosotros”, responde. Pues la oración es dialogar con Dios sin secretos, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que conversaríamos con el que tenemos una confianza infinita. La oración no exige muchas palabras porque Dios sabe lo que necesitamos antes de que abramos los labios.
Es el Señor el que nos transforma y nos cambia en la oración. ¿De qué manera? Aclarando nuestro entendimiento, enseñándonos a amar e inclinando el corazón tratando de comprender y de gustar las cosas de Dios.

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¡Señor, dame la gracia de vivir cada día en la alegría de tu presencia! ¡Nada me impide estar contigo, Señor, amarte, quererte, entregarme a Ti! ¡Ten piedad, Señor, de mis trabajos y de mis esfuerzos, de mis obras y de mis bríos, para llegar a Ti porque sin Ti nada puedo! ¡Enséñame, Señor, a buscarte incluso en lo más pequeño de esta vida! ¡Señor, concédeme el don de la oración, el don de organizar mi tiempo para poder rezar, el don del silencio y la soledad necesaria para buscarte! ¡Dame, Padre bueno, la sencillez de espíritu, la del alma dormida en Tu silencio, abierta a todo con grandes ojos de niño! ¡Hazme, Padre de bondad, un pobre hombre sorprendido por cada detalle de la vida, por cada mano abierta, por cada sonrisa en un rostro o de una mirada compasiva! ¡Que te sepa junto a mi, Señor, para darle a mi corazón gran alegría con Tu presencia!

Danket dem Herrn (Dad gracias al Señor) es una cantata del músico barroco alemán Johann Andreas Herbst, que habla precisamente, de agradecer a Dios a través de la oración:

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