Toda amistad se pone a prueba en la dificultad

Bellísima ceremonia la que viví ayer celebrando una Misa de la Pasión en el marco del oficio del Domingo de Ramos. Manducamos los salmos, leímos varias lecturas de diversos profetas y desgranamos completa la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.
Sentí que acompañaba a Cristo en cada uno de los momentos de su camino hacia el Calvario. La razón de la Pasión de Cristo es que Él ha querido que conozcamos el amor de Dios por el hombre, porque Dios ha querido ser amado. Es una vivencia espiritual que llena el corazón y engrandece el alma.
Y surge la pregunta del por qué se permite a un Hijo sucumbir bajo una Pasión tan brutal y ultrajante. Y te cuestionas por qué el Espíritu Santo permite que Cristo, que reina con Él en una sola divinidad, alcance a un humillación de la carne tan profunda. Y la respuesta es que nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Y el cuestionamiento va más allá. ¿En qué medida un rey puede ser considerado glorioso? ¿En la opulencia de sus vestimentas, en la elevación de su trono, en el cortejo que le vierte alabanzas? La realeza reside en santificar la vida ordinaria; saber ponerse siempre en un segundo lugar en vez de buscar los honores mundanos; poner buena cara ante las dificultades y los problemas de cada día; arrinconar con alegría las circunstancias críticas; ser generoso cuando más cuesta; entregarse a los sufrimientos con amor; hacer propias las adversidades ajenas… amar sin medida y sin pedir nada a cambio.
Toda amistad se pone a prueba en los reveses, en la adversidad, en los peligros y en el sufrimiento. La soberanía auténtica es la que manda por amor. Por eso Cristo, amando el corazón del hombre, prepara en este tiempo de pasión servidores que no le siguen a disgusto sin con esa libertad que da el amor y la entrega sin medidas.

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¡Señor, quiero acompañarte en esta Semana Santa y quiero impregnarme de tu gran lección de amor! ¡Quiero, Señor, prepararme bien, con alegría y con recogimiento, para llegar al culmen de la Pascua que es Tu Resurrección! ¡Espíritu Santo ayúdame a que en estos días mi vida sea verdaderamente una vida cristiana y no una vida vacía sin Dios, una vida que sea consecuente con mis palabras y con mis obras, con la entrega y con el amor! ¡Permíteme, Señor, que te acompañe a la ciudad santa, seguirte en el camino del Calvario, para revestirme de tu humildad y desprenderme de mis apegos, de mi soberbia y mi incapacidad de amar! ¡Señor, Tu eres mi Rey, y aunque ayer te bendije y tal vez hoy te niegue, sabes que te amo, Señor!

Hoy escuchamos la cantata 182 Himmelskönig, sei willkommen de J.S. Bach, escrita para el Domingo de Ramos que celebramos ayer:

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