¿Cuántas veces esperas que Dios haga un milagro en tu vida?

Una persona muy allegada a mi, tras varias semanas de mucho sufrimiento, porque no ve la luz al final del tunel, recibe dos noticias -en realidad son dos hechos concretos- que suponen una gran tranquilidad en su vida. Es la mano de Dios, suave y amorosa, que actúa según el calendario divino.
¿Cuántas veces te has preocupado o desesperado con los problemas que parecen no tener solución? ¿Cuántas veces esperas que Dios haga un milagro en tu vida? ¿Cuántas veces buscas una salida, una alternativa, una mínima esperanza y no aparece ninguna? ¿No te ha sucedido alguna vez que debido a los problemas personales, a las dificultades económicas, a las contrariedades de la vida, a los problemas profesionales todo se vuelve oscuridad y te dan ganas de desaparecer, de tirar todo por la borda y mudarse a algún lugar donde nadie te pueda encontrar? Hay veces que uno siente esa necesidad pero, ¿es esa la decisión más correcta? ¿Logramos solucionar con esta medida todos nuestros problemas?
Los problemas son copilotos ocasionales de nuestra vida. Cuando nos mostramos infelices es porque nos olvidamos de depositar toda nuestra confianza en Dios. Él es el único que está a nuestro lado a tiempo completo. Él es el único que nos ampara para asistirnos en los momentos de felicidad y de dificultad.
Me decía un amigo que le resultaba difícil entender mi serenidad por los muchos problemas que me rodean. La respuesta es simple: “Confío plenamente en el Señor”. Ya sé que Él no me promete una vida fácil, pero siento que camina a mi lado, que está siempre conmigo en todas las situaciones de la vida, dándome las fuerzas para enfrentar las dificultades. No somos nosotros quienes tenemos el destino en nuestras manos. Es Dios quien lleva la brújula de nuestra vida y toma la iniciativa. Nosotros podemos seguir el rumbo que Él marca o seguir otro camino.
El principal problema del hombre Dios ya lo ha solucionado. Es la condena eterna que fue pagada por Jesús. A partir de su muerte en la Cruz Cristo nos prometió estar a nuestro lado hasta el fin de los tiempos. Por tanto, lo mejor es confiar en Dios porque Él cumple lo que promete. Pídele al Señor con fe que te otorgue su sabiduría y su serenidad para enfrentar los obstáculos que se presentan en tu vida y verás como tu actitud será diferente.

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¡Gracias, Señor, porque estás siempre a mi lado! ¡Ayúdame a acrecentar mi confianza en Ti! ¡Tu sabes que es en Ti donde encuentro la felicidad y la tranquilidad para el día a día! ¡Señor, Tú sabes cuando he sufrido, cuánto he llorado, cuantas veces me he sentido tan pequeño, tan poca cosa, tan inservible! ¡Pero también sé, Señor, que nada de lo que he vivido ha sido ajeno a Ti! ¡Por eso, ahora y siempre, te pido Señor que me ayudes a creer firmemente en tu acción todopoderosa sobre mi, que me ayudes a creer en mis posibilidades, a encontrar un sentido a todo cuanto realice en esta vida! ¡Señor, soy consciente que detrás de cada experiencia negativa que he vivido estabas Tu, bendiciéndome y cuidándome! ¡Gracias, Señor, por Tu amor y misericordia! ¡Por eso te pido también que asistas a todos aquellos que sufren, que no confían, que no te conocen, que tienen miedo, que no saben, que dudan porque una sola mirada bastará para sanarles!

Hoy nos acompaña la música Johannes Brahms y su Salmo 13 Op. 27, Herr, wie lange? (¿Hasta, cuando Señor?). Recomiendo la lectura de este salmo 13 que invita a la confianza:

«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»

«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» ¿Has pronunciado alguna vez estas palabras? ¿Te has lamentado con amargura por tu situación? Yo sí, en muchas ocasiones en el pasado. Estaba cegado por mi yo, incapaz de comprender de qué manera Dios estaba presente en mi vida, torpe para asumir que siempre hay esperanza contra toda esperanza. Relamiéndome en el dolor por esa noche oscura que invadía mi vida.
Pero el Señor hace las cosas bien hechas. Obsequia a todos los hombres con su cercanía, carga con la cruz y asume por si mismo la soledad más absoluta. Y, allí, en Getsemaní, ese Cristo doliente, en la noche oscura de su espíritu, exclama estas palabras porque se siente abandonado por el Padre, al que está unido en una misma alma. Lo impresionante es que lo hace para unirse de manera personal con cada uno de nosotros. Contigo y conmigo, en un solo yo, en nuestro dolor y aparente abandono. Con estas palabras, Cristo se adentra en el corazón del ser humano y asume su dolor y su tristeza. Y en este trance, Dios acoge al que ya no le queda ninguna esperanza porque se siente solo, negado y abandonado. Es un tiempo en que no sabemos si nos encontramos en el camino correcto, nos planteamos si Dios de verdad existe, si somos unos muertos con vida. El dolor nos abate y el sufrimiento nos hace creer que el mundo se cierne sobre nosotros, aplastándonos ante tanta congoja. Incluso no nos sirve el consuelo ajeno, y nos convertimos en prisioneros de nuestro propio yo. Ahí surge la queja constante, el mal humor, el desprecio, la falta de caridad, la incapacidad para amar incluso a los más cercanos.
Es sorprendente. Algo verdaderamente asombroso. El abandono, que tanto daña el corazón del hombre, es imprescindible para comprender al ser humano. Quien se siente solo, dejado de la mano de Dios, no es capaz de entender hasta que punto vive lo mismo que Cristo padeció en la Cruz.
El gran mensaje de Cristo en la Cruz es precisamente entender que sentirse solos y abandonados no es algo malo en si mismo. Porque allí está su mano providente asiendo nuestra cruz. Allí se hace presente su cercanía. Su divina cercanía. Comprender esto —«a pesar de todo lo que estoy sufriendo», «a pesar de mis problemas económicos, profesionales, familiares…», «a pesar de que nadie me entiende», «a pesar de esto y lo otro que me hacen sentirme infeliz…», «a pesar de…»— hace que surja de la desesperación la esperanza, del pesimismo el consuelo y del agobio la confianza.
En el abandono es donde más se ha de experimentar ese Dios cercano, tan próximo que es imposible verlo. Y no como uno es capaz de imaginarlo, sino todavía mucho más bello, más intenso, más penetrante. Porque ahí es donde surge el Dios de la serenidad, el que no nos da la paz del corazón que es el que brota después de destruir nuestra propia miseria.
Y en tu oscuridad, en tu sufrimiento y en tu dolor, siempre puedes exclamar con serena tranquilidad: «Señor mío y Dios mío, nada soy, nada merezco, pero en esta oscura soledad que ahora siento, vierte un poco de consuelo a mi corazón y a mi alma, haz de mi lo que Tu quieras. Y llena mi corazón del mismo sufrimiento de tu corazón para saciarme de Ti y comprender que desde el pozo de mi alma surgirá la paz y la alegría porque en definitiva todo lo que vivo es voluntad tuya».

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¡Dios mío, Dios mío, creo en Ti, aunque mis dudas tantas veces delatan mi insignificancia! ¡Dios mío, Dios mío, espero en Ti, aunque tantas veces el dolor me provoque desconfianza! ¡Dios mío, Dios mío, te amo, aunque mi amor sea a veces interesado! ¡Dios mío, Dios mío, sé que no guardas silencio como el día que Tu Hijo murió, y que parecía que dabas razón a sus verdugos! ¡Pero con certeza soy consciente de que no has callado porque me acompañas, me sostienes y me cuidas cada minuto de mi vida! ¡Dios mío, Dios mío, no me abandones cuando me vea desbordado por los problemas, los sufrimientos o las angustias de mi vida! ¡Dios mío, Dios mío, acuérdate siempre de los que a mi alrededor sufren dolor, de los cristianos perseguidos, de los que te niegan o no te conocen, de los sacerdotes, consagrados y consagradas! ¡Dios mío, Dios mío, quiero serte fiel hasta el final como lo has sido Tu desde el principio! ¡Dios mío, Dios mío, gracias por tu amor y misericordia!

Bellísima es esta breve pieza compuesta en 1712 por el músico alemán Christoph Graupner titulada precisamente Mein Gott, warum hast du mich verlassen? (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) tan acorde con nuestra meditación de hoy:

Contemplativos en la vida cotidiana

La vida ordinaria, esa que vivimos cotidianamente, la que nos acompaña en el descanso y en el trabajo, en la familia y con los amigos, en el tiempo de oración, en las pequeñas tareas del día a día, es una aventura maravillosa. Una vida donde reina la discreción, la prudencia y la tranquilidad, esa que se vive pasando sin hacer demasiado ruido y sin llamar la atención de los que nos rodean. Los detalles monótonos del día a día, incluso aquellos con momentos difíciles, deben estar impregnados de santidad y de grandeza.
La vida ordinaria es también tiempo de renuncias, de abandono de lo mundano, de relativizar las cosas y darle a cada cosa y momento su verdadero valor y significado. Es en la grandeza de las pequeñas cosas, en lo ordinario de la vida, donde Dios se hace presente. Aunque no lo percibamos allí está. Depende de nosotros sentir su Presencia. Día a día. Minuto a minuto.
Pero en todo ese palpitar hay algo impresionante que a nadie se le escapa, escondido en el corazón de todo hombre. El Amor con mayúsculas con la que se hacen las cosas. Y eso hace que la vida ordinaria nada tenga de ordinaria. Porque entre las mil pequeñas discusiones diarias, el trabajo en la casa o en la oficina, los problemas que agobian, el estrés, las dificultades económicas, el malestar por una situación… surge una cascada de amor que hace maravilloso el día a día.
Y entonces uno entiende que la vida ordinaria es extraordinaria, sí, que incluso agota porque hasta los pequeños detalles y los más nimios deberes se conviertan en un esfuerzo. Pero entonces piensas en la vida de esa familia de carpinteros de Nazaret, hace más de dos mil años, con una imponente proyección contemplativa. Y entiendes que entre tanto lío allí está Jesús en el centro. Y descubres que para que Dios se haga presente en nuestra vida es necesario transformar la superficialidad de nuestra mirada hacia una más profunda que nos permita observar la historia —nuestra historia— con los mismos ojos con los que Cristo lo mira todo y descubrir entonces su Presencia escondida. Y pides al Espíritu Santo que se haga presente porque con tus solas fuerzas y esfuerzos no puedes. Y descubres que la presencia escondida de Cristo en la cotidianidad de nuestra vida es la gran obra de Dios en cada uno de nosotros. Y Cristo te permite mirar tu entorno con una mirada nueva, con un corazón expansivo. Así es más fácil encontrar a Dios en la vida ordinaria. Vivir desde la fe lo pequeño como un regalo, que en absoluto no es ajeno. Y, así, sin pretenderlo, recuperas poco a poco la alegría escondida en las pequeñas cosas que a uno le van surgiendo. Todo encuentro con Dios une lo espiritual con lo cotidiano. ¡Qué maravilla!

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¡Señor, quisiera mirar mi vida sencilla con ojos nuevos, con un corazón abierto a tu llamada! ¡Quisiera vivirlo todo como un regalo que me haces no como un motivo para la queja! ¡Señor, quisiera aprender de Ti que la santidad que Tu viviste durante aquellos años en Nazaret sea una santidad basada en las actividades más sencillas, impregnadas de trabajo y de vida familiar! ¡Padre, Tu estás presente en todas mis tareas diarias, ayúdame a llenarlas de Tu amor y de tu santidad para irradiar a todos los que me rodean! ¡Espíritu Santo, no permitas que los acontecimientos controlen mi vida sino que sea yo con mi actitud positiva impregnada de Dios el que sea dueño de mi vida! ¡María, quiero que seas espejo de mi alma para que cada una de mis acciones, mis pensamientos y mis deseos estén revestidos de amor, caridad y servicio! ¡Señor, que mi servicio y entrega a los demás no sea para ensalzarme y mostrar mis capacidades sino que tengan la humildad y sencillez como ideal, desposeyéndome a mi mismo para despojarme de mi amor propio y de mi interés!

Erforsche mich, Gott, und erfahre mein Herz, BWV 136 (Examíname, oh Dios, y escudriña mi corazón) titula J. S. Bach esta cantata que nos invita a tener un corazón sencillo para ver las cosas de Dios en los detalles de nuestra vida y que tan acertada es para esta meditación:

Soy un afortunado: ¡Cristo ha fijado su mirada en mi!

Soy una persona muy afortunada. No me refiero en lo material. Un signo es que el director del banco nunca sale de su despacho para saludarme cuando entro en la sucursal. Pero puedo afirmar que soy ser un afortunado con mayúsculas. Y lo soy, porque sin merecerlo Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

Del brasileño José Maurício Nunes (1767-1830) propongo escuchar este bellísimo gradual para la Semana Santa titulado Christus factus est de profunda serenidad y que permite mirar a Cristo con ojos de amor.

La felicidad no depende del destino

Equivocadamente se cree que la felicidad depende de la suerte o del destino; algunas personas la tienen, pero la gran mayoría carece de ella. No es erróneo afirmar que muchos consideran que serán felices si encuentran a su media naranja, si tienen un trabajo maravilloso, si les toca la lotería, si se encuentran en el lugar adecuado en el momento oportuno, si su cuenta bancaria está repleta, si son admirados por lo que hacen y obtienen el reconocimiento social y, así, sucesivamente.
A medida que pasan los años uno comprende que nada de esto está más lejos de la verdad. Aunque es posible que la suerte ejerza una mínima influencia cuando encuentras a esa persona que te gusta, cuando obtienes el éxito económico, te ofrecen un trabajo atractivo y bien remunerado… nada de todo esto garantiza la felicidad. La persona perfecta se puede convertir de inmediato en una persona “gafe”. Si uno no está preparado para ese trabajo perfecto, si la persona que le gusta no reúne las condiciones que uno espera… es posible que esa persona se sienta desdichada. Y la fortuna económica nos puede causar tantas alegrías como problemas.
Es verdad que la felicidad auténtica se logra en gran medida por nuestra disposición a trabajar en pos de ella. Surge de un trabajo bien hecho, de nuestro compromiso con el prójimo y de hacer las cosas que nos empujan a sentirnos a gusto con nosotros mismos. Cada uno es el autor de su propia felicidad, con un elemento esencial: si Cristo está en el centro de nuestro corazón. Fundamentalmente porque la felicidad es un trabajo que surge desde dentro. Es difícil conseguirla cuando todo se mide desde la vara de lo humano; uno se siente derrotado, desalentado y desgraciado.
Además, nuestra felicidad o infelicidad están sujestas en cierta modo de la calidad de nuestras relaciones. El Señor nos desvela cuál es el principio para conservar unas relaciones bonitas. Lo que convierte una relación en algo bello y satisfactorio marcado por la libertad es cómo se manifiesta el amor. Aquí se observa la importancia de contemplar a Dios como la máxima expresión del amor, no como instrumento de poder. El amor es, ante todo, un acto de donación; el poder representa dominación. Una relación queda contaminada en el momento que uno pretende dominar al otro, manipulándolo e instrumentalizándolo, en lugar de darse y acogerle con el corazón.
Cuando las cosas se miran desde el prisma de Dios, reconociendo su carácter maravilloso y teniendo presente como su mano actúa en todas las circunstancias de nuestra vida es más fácil conocer la paz, la felicidad y el gozo verdadero. En esta sencilla lección reside uno de los secretos del cristiano para ser feliz.

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Por eso Espíritu Santo ¡expulsa de mi corazón todo pensamiento negativo o triste! ¡Ayúdame a no lamentarme y a no quejarme por las pequeñas tonterías de cada día! ¡Señor, te agradezco la alegría y la felicidad que me regalas en este día que ahora comienza! ¡Ayúdame a comprender el mundo como es y tratar de encajar bien en él! ¡Y cuando haya algo que no me agrade que mi lamento se convierta en agradecimiento a tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a dominar mis nervios, mis impulsos y mis sentimientos! ¡Ayúdame a trabajar con alegría y entusiasmo, disfrutando de los pequeños triunfos y aprendiendo de los fracasos! ¡Hoy quiero, Padre, tener plena confianza en Ti y hacer frente a todos los problemas con decisión y valentía!

En estos días que sabemos que Jesucristo ha resucitado Telemann nos ofrece esta bellacantata titulada Ich weiß, daß mein Erlöser lebt (Yo sé que mi Redentor vive) con la que celebramos este último domingo de abril:

La caridad desde la oración

Último fin de semana de abril con María, Reina de la Caridad, en nuestro corazón. Vivir la caridad en todas sus dimensiones es tarea ardua, lógicamente, porque la carne es débil e inconscientemente buscamos lo cómodo, lo fácil y sin complicaciones; el amor suele infiltrarse muy sutilmente hacia la vida facilona y de poco sacrificio ante la creencia de que ya hacemos bastante por Dios y por las almas; por eso conviene hacer actos de humildad reconociendo nuestras caídas y miserias.
A veces no tenemos ganas de pronunciar ni siquiera una jaculatoria; tampoco es necesario sentir la presencia de Dios, pues las cosas espirituales no son sensibles ni mucho menos, ya que caeríamos en la rutina del sentimentalismo; pero sí es necesario no abandonar la oración y aumentarla en cuanto nos sea posible puesto que la oración es el contacto con Dios, es buscarle a Él, es dejarnos envolver en el silencio sobrenatural y volver rápidamente a la vida de actividad externa.
La caridad –donde hay caridad, hay felicidad– nos obliga a superarnos cada vez más en la oración, ya que de ella saldremos con plenitud de caridad y amor a todas las almas –incluso aquellas que nos provocan daño– y, sobre todo, lograremos poseer esa maravillosa devoción a María, nuestra Madre, que nos enseña el conocimiento del Espíritu Santo para que nos otorgue el Don precioso de esta virtud.

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¡Espíritu Santo, tu que eres fuente de alegría, brisa en angosturas de amor, consuelo de llantos y penas, guía en el caminar diario, llena mi alma de la claridad divina para ser más caritativo con los demás! ¡Ilumina, Espíritu divino, todos los caminos de mi vida para que yo alcance el ideal que el Padre tiene preparado para mi! ¡Gracias, Espíritu de amor, porque me otorgas el don divino del perdón y del olvido del mal recibido! ¡Enséñame, Padre, a ver a tu Hijo Jesús en todas las personas que me rodean, especialmente en los momentos de angustia, enfado y tribulación! ¡Quiero, Señor, recibir todo lo que me regalas y dar todo lo que quiero entregar con una gran sonrisa en el rostro y en el corazón! ¡María, no separes tus dulces ojos de mi hogar y muéstrame tu rostro caritativo para hacer el bien a los demás! ¡María que seas mi dulce consuelo, mi ejemplo a seguir, mi espejo de caridad!

En este sábado, del maestro medieval Magister Leoninus nos deleitamos con su organum a 3 voces Gaude Maria Virgo:

La vocación de los hijos

Todos estamos llamados por el Señor a una vocación concreta. Y llama a todo el mundo. Él nos habla. Realiza una llamada permanente para que nos acerquemos a Él pues no desea que ninguno de sus hijos, fruto de su Creación, se pierda. Todo objeto preciado busca custodiarse. Y así hace Dios. Y así debemos hacer nosotros con nuestros hijos.
Cristo camina a nuestro lado, lleno de amor y de misericordia. Pero también al lado de nuestros hijos. A esos hijos que hemos cambiado pañales, enseñado a montar en bicicleta, leído tantos cuentos antes de acostarse, corregido cuando se volvían insoportables, contestado cuando soltaban preguntas sorprendentes, felicitado por su esfuerzo escolar, aplaudido en el festival de la escuela… No importa que edad tengan. Son nuestros hijos —regalo de Dios— y en nuestro corazón no dejaran de ser unos niños. Un don sagrado que hemos de cuidar con devoción.
Nuestros hijos van creciendo y van haciendo planes de vida. Los estudios universitarios, la formación profesional, el trabajo, el noviazgo vivido desde la fe cristiana, el matrimonio, la llamada a la vida religiosa… A cada uno de ellos Dios les llama a una vocación específica. Por eso, como padres responsables y conscientes de sus limitaciones y sus virtudes, hemos de rezar cada día por la vocación de nuestros hijos, para que sea cual sea, obtengan la gracia para descubrirla y aceptarla no según su voluntad sino según la voluntad de Dios que es quien orienta nuestra —su— vida. Rezar por la madurez de sus decisiones y orar por nuestros comportamientos como padres para convertirnos en modelos ejemplares de sus vidas, no en vano somos nosotros los primeros educadores. Rezar por su santidad, por sus anhelos y sus esperanzas. Pedir por su felicidad. Cada uno según sus capacidades y sus destrezas, no según nuestras esperanzas y nuestro egoísmo. Dios sabe lo que tiene entre manos. Nuestros hijos son también hijos suyos. La diferencia es que Él nos los ha puesto en custodia.

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¡Padre, te damos gracias por los hijos que nos has dado y ayúdanos a respetar los planes que tienes para ellos! ¡Tu sabías de su existencia antes de que llegaran a la vida, danos la sabiduría, la fortaleza, la alegría, el compromiso, la entrega, la generosidad, el cariño, la serenidad y la paciencia para instruirlos, formarlos, guiarlos y corregirlos! ¡Espíritu Santo guía nuestro camino como padres para llevarles por el camino del bien! ¡Fortalece, Espíritu Santo, el amor que tenemos por ellos! ¡Ayúdanos a ser ejemplo de bondad, reciedumbre, ejemplaridad y amor! ¡Espíritu Santo, muéstrales su vocación para que sepan recorrer con fidelidad su camino en la vida! ¡San José, padre adoptivo del Salvador, ayúdanos con tu ejemplo a servirles bien! ¡María, Madre de Dios, mira a tus hijos con amor y con tu predilección de Madre, protégelos y cúbrelos con tu manto!

Del maestro andaluz Alonso Lobo, insigne compositor del siglo XVI, os invito a disfrutar del kyrie de su Misa de María Magdalena. Una pieza de una gran belleza para cerrar la jornada laboral:

Soy un mártir de la fe

Hoy 23 de abril, coincidiendo con el día de San Jorge, se celebra en Cataluña y en algunos otros lugares la fiesta del libro y de la rosa. Desde hace varios años la Unesco instituyó esta jornada como el Día Mundial del Libro y los Derechos de Autor recordando la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Los paseos y las principales calles de Cataluña se visten de rosas y libros que dan un aire festivo y alegre a este día tan señalado.
La rosa es un símbolo para los cristianos desde muy antiguo. En tiempos de la persecución éstos dibujaban en las paredes de las catacumbas rosas que simbolizaban el paraíso, símbolo evidente del martirio que sufrían por su fe en Cristo. Siglos más tarde, a la Virgen se le dará el nombre de «Rosa entre espinas», signo de su pureza y a la fragancia de su gracia. Y en el Rosario veneramos a nuestra Madre como «Rosa Mística» de la cual nacerá Jesucristo.
Por su parte de san Jorge, patrón de muchos lugares, pocos saben que, además de la leyenda que lo presenta matando a un dragón para salvar a un princesa, fue mártir en Capadocia. Su martirio fue consecuencia de su dimensión evangelizadora y ejemplo de una conducta caritativa arraigada en Cristo. Su escudo tiene una cruz roja sobre fondo blanco; la cruz es símbolo de fracaso, de derrota y de muerte, que en el caso de San Jorge representa a Jesucristo como emblema de Resurrección y vida.
Coincide esta festividad con las lecturas de la persecución de los primeros cristianos en la Misa. Por esto, en este día me siento mártir de la fe. Tomo la rosa en mi mano y el escudo de san Jorge para acordarme en mi oración de tantos cristianos perseguidos, asesinados y martirizados en Irak, Libia, Siria, Nigeria, Egipto y en muchos otros países en nombre de Jesucristo. Hermanos nuestros en los cuales la sangre de Cristo está presente en su corazón sufriente y que se hacen presentes cada día en el sacrificio de la Santa Misa, en la comunidad, en la Palabra, al darnos la paz, al recibir la Eucaristía. Ellos están entre nosotros. Todo este sufrimiento sería insoportable si no entendiésemos que Jesús, nuestro Hermano Mayor, el Hijo de Dios, es el primero de los mártires.
En este día festivo y comunitario no olvidemos a estos hermanos sufrientes, y en nuestra Eucaristía celebremos, conmemoremos y actualicemos toda la energía y la fuerza que surge de este martirio. Si tenemos la ocasión de comulgar vayamos al encuentro del Cristo sufriente pero también tengamos presente a estos hermanos en la fe que dan su vida por el ideal del Amor que es Jesucristo. Son el ejemplo de que hay gente que verdaderamente da la vida por Él. En nuestras sociedades acomodadas no damos nuestra vida martirialmente, como estos pobres hermanos, pero si en el sacrificio que es la vida diaria, la vida de convivencia, la vida de hacer nuestras tareas bien hechas, siendo honrados, siendo puntuales… todos tomamos esta fuerza de Jesús. La fuerza que nos tiene que hacer superar las dificultades y tener esperanza. Y no olvidemos nunca a los cristianos perseguidos. Testimonian la viveza de una Iglesia martirial. Hoy, mañana y siempre seré un mártir porque aunque no sufra martirio son mis hermanos en la fe los que han muerto también por dar testimonio de Jesucristo.

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¡Señor, hoy te pido por los cristianos perseguidos! ¡Espíritu Santo dales el don de la fortaleza para que sean verdaderos testimonios del Evangelio! ¡Señor, te pido tengas misericordia de ellos que han sido con su valor fieles a Ti! ¡Dales, Espíritu Santo, el don del perdón, para construir puentes de amor y olvidar las afrentas recibidas! ¡Padre para que, con la fuerza de Tu Amor, sean fieles en su testimonio de fe y que su sangre derramada se convierta en semilla para nuevos cristianos! ¡Te quiero pedir, Padre, por los cristianos que no tienen posibilidad de manifestar abiertamente el nombre de Tu Hijo Jesucristo, para que esta persecución que están viviendo sea también simiente para la santidad para nuestra Iglesia! ¡María, Rosa Mística, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos, Reina de los mártires, que seas Tu el amparo de estos hermanos en la fe, tu que has sufrido el exilio, la persecución y el abandono! ¡María, Madre de bondad, dale a los perseguidores esa luz para descubrir la Verdad y la Justicia y que cesen en tantos delitos!

Nos unimos con los hermanos cristianos de la Iglesia Ortodoxa a este breve canto en honor de San Jorge:

¿Por qué creo?

Alguien me pregunta por qué creo en Dios.
¿Por qué creo? ¿Cómo no voy a creer en Alguien al que quiero y me hace feliz? ¿Cómo no voy a creer si ese Alguien me ha regalado, sin pedirme nada a cambio, el bien más preciado que es la vida? ¿Cómo no voy a creer si se ha hecho hombre para dar su vida por mí, sin contrapartidas? ¿Cómo no voy a creer en ese Padre que me ha dado la gracia de la fe? ¿Cómo no voy a creer en ese Dios que es Padre, me ama, me da esperanza y confianza? ¿Dónde me encontraría sin ese Dios al que tanto amo, que me llena de gozo y siempre me perdona? ¿Cómo no voy a creer en ese Cristo que nos entrega a sí mismo en la Eucaristía la plena realización del amor a Dios y del amor a los hermanos? ¿Cómo no voy a creer si cada día asisto a un milagro en el Sacramento de la Eucaristía donde Dios se hace presente en el altar de la Iglesia y en el altar de mi corazón? ¿Cómo no voy a creer si he sido y soy ese discípulo sin nombre camino de Emaús, que camina cabizbajo, y Cristo se ha hecho el encontradizo y le he reconocido al partir el pan? ¿Cómo no voy a creer si veo a mis hijos que son el mejor regalo que Dios me ha enviado, para que los cuide y los eduque? ¿Cómo no voy a creer si Dios ha puesto en mi camino una mujer extraordinaria? ¿Cómo no voy a creer en Alguien que es el centro de mi familia, que es uno más de los míos, que vive en mi casa, y nos trae la paz? ¿Cómo no voy a creer si cada día cuando me levanto puedo darle gracias a Dios por mi pobreza humana, por mi vida, por mi trabajo, por mis amigos, por mi familia, por mis esperanzas y mis sufrimientos? ¿Cómo no voy a creer si he visto en mi vida y en la de tanta gente un sinfín de milagros y prodigios inesperados? ¿Cómo no voy a creer si he sentido en mi corazón el conocimiento de Dios-amor, en una verdadera experiencia de fe? ¿Cómo no voy a creer en ese Cristo que se ofreció en sacrificio en la Cruz para perdonar mis pecados? ¿Cómo no voy a creer cuando aprecio su mano en ese maravilloso cuadro en el Museo del Prado, al leer ese libro de mi escritor preferido, al disfrutar de ese paseo en el campo, al maravillarme por la salida del sol por la mañana, al deleitarme con una cantata de Bach, al saborear el arroz al horno de mi mujer…? ¿Cómo no voy a creer si veo a Dios en la mirada de un enfermo, de un sacerdote bondadoso, de un niño indefenso, de un anciano lleno de sabiduría? ¿Cómo no voy a creer en Alguien que no tiene en cuenta mis negaciones, que me llama amigo cuando mi beso le traiciona, cuando me adormezco mientras oro, cuando le escatimo mi tiempo por ocupaciones intrascendentes?
Y, creo, fundamentalmente porque me da la realísima gana. Porque creer es un acto de libertad, es vivir en permanente acción de gracias, es confiar en Dios en todas las circunstancias y porque quien a Dios tiene, nada le falta.

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Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres,y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado, en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo bautismo, para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Y damos gloria a Dios deleitándonos con uno de los Credos más bellos de la música clásica, el de la Missa Solemnis de Beethoven:

¡Ven y déjate sorprender!

Jesús era un peregrino que anunciaba la Buena Nueva. Siempre en camino, dispuesto a todo. Siempre en movimiento, en busca de la gente. Predicó el evangelio del Reino en las sinagogas. Caminó por los caminos llenos de polvo para encontrarse con los enfermos. Se adentró a rezar en la inmensidad del desierto donde fue tentado. Caminó por las orillas de los ríos y los lagos de Galilea. Se adentró en el lago Tiberiades, navegó junto a los apóstoles y apaciguó las aguas. Cruzó de una orilla a otra para salvar a las almas perdidas. Subió a los montes, unas veces con los discípulos y otras en soledad para orar a Dios. Buscó lugares solitarios donde retirarse a rezar. Peregrinó de ciudad en ciudad para transmitir la Verdad, curar enfermos y sanar corazones heridos. Atravesó los huertos fértiles de Galilea y los campos de Samaria. Y cargó la pesada Cruz camino del Calvario.
Le seguían multitudes, dicen los Evangelios. Una vida dinámica, intensa, activa marcada siempre por el tiempo de serenidad dedicada a la oración.
Con todos los que se encontraba había un mensaje de esperanza. A unos les decía: “Conviértete”. A otros, “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. O “Levántate y anda”. O, simplemente: “Ven”. Una llamada ésta tan escueta y tan radical a la vez.
A cada uno nos los dice cada día: “¡Ven y verás!”. Ven a caminar en mi compañía y déjate sorprender. Ven a experimentar mi forma de ver la vida. Ven a tener una experiencia viva de fe. Ven a agarrarte a la alegría. Ven a compartir conmigo la Eucaristía. Ven a hacer felices a los que te rodean. Ven a construir conmigo una relación personal de amistad y confianza que tenga como pilar la oración. Ven a descargar en mi tus preocupaciones. Ven a aminorar tus sufrimientos. Ven para que a través de tus palabras llegue a los demás la esperanza. Ven para que cogidos de la mano creemos un mundo más humano donde reine el amor y la paz. Ven y asume el riesgo de confiar en Mi. Ven y déjame que sea yo quien te guíe por el camino de la vida. Ven y ayúdame a invitar a otros a conocerme. Ven libremente, confía y verás como te compensará recorrer junto a Mí el camino de la vida.
¡Qué sugerente es esta llamada de Cristo! Sin embargo, aunque sé que Él es el camino ¡cómo me cuesta aceptar su invitación y ser peregrino como Él en esta aventura que nos lleva a la eternidad! ¿Qué tiene que cambiar en mi vida para decirte “Sí, señor, ahora voy”?

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¡Señor, Tú que eres el Camino, indícame tus caminos! ¡Señor, estoy en camino, reconozco tu presencia en mi vida, pero sabes que me cuesta mucho comprender lo que quieres de mi, discernir tu plan y seguir con confianza la senda que has pensado para mi salvación! ¡Señor, Tú lo sabes todo! ¡Tu sabes, Señor, que me canso de caminar pero quiero ponerme de nuevo en camino para vivir una vida verdadera, llena de Ti! ¡Señor, soy un humilde peregrino por eso te pido que dirijas mis pasos con tu gracia para que seas mi compañero infatigable en mi caminar diario! ¡Hazme andar siempre por el sendero de la verdad, tú que eres la única Verdad del hombre!

Muy adecuada a esta meditación es la Canción del peregrino pubicada en el Llibre Vermell de la abadía de Montserrat en el siglo XIV, una joya de la música medieval catalana: