Contemplar la Piedad

Adoro la Cruz, postrado de rodillas y ofreciendo mi vida y la de los míos y mis anhelos al Señor. A continuación disfruto de una extraordinaria vivencia de amor: la adoración a la Piedad. La crucifixión del Señor ha sido el acto más generoso de la vida terrenal de Cristo y nosotros hemos sido crucificados con Él porque con su muerte en el madero nos ha liberado de nuestros sufrimientos, de nuestros pecados y de nuestras miserias humanas. Pero cuando el cuerpo macilento de Cristo es desprendido de la Cruz queda inerte en los brazos de Su Madre. Contemplando y adorando esa imagen comprendo como María nos coge de la mano y, bajo su manto protector, nos coloca al pie de la Cruz y nos muestra el verdadero sentido de la vocación humana: la entrega amorosa y sin contemplaciones.
Cuando María toma a su Hijo yaciente nos coloca a nosotros con Ella; es para que nuestra alma se inquiete, nuestras aspiraciones espirituales se acrecienten, nuestros deseos de búsqueda se aviven y nuestra vocación cristiana se fortalezca. Es en el encuentro con el Hijo yaciente donde María nos dice: “¡Sé valiente, intrépido, arrojado! ¡No tengas miedo! ¡Aspira a una nueva vida! ¡Ponte al servicio de Dios! Con este gesto, visto con ojos humanos, he comprendido que en la vida, incluso lo que en apariencia es más sencillo e intrascendente, todo tiene importancia.
Al adorar a esta Piedad, como si me encontrará al pie de la Cruz, en la cima del monte Calvario, una punzada de dolor… y de amor, atraviesa mi corazón. Siento de una manera extraordinaria la presencia del amor incondicional de María y de Cristo. El amor capaz de superar todos los obstáculos. Y lloro. Y caen lágrimas porque veo la Virgen Santísima de los Dolores mirándome, cargando la cruz de mis sufrimientos; acompañándome como acompañaba a su Hijo en el camino del Calvario; es mi Madre y la necesito ayudándome a sufrir con amor y esperanza para que mi dolor y mis dificultades sean dolores y dificultades redentoras en las manos de Cristo. Y entiendo que debe desaparecer de mi corazón el orgullo, la jactancia, el engreimiento, la envidia, el desaliento, la hipocresía, el rencor, la indiferencia, la falta de caridad, la pereza, la indolencia… Cuando somos capaces de entender que las verdades de la fe deben penetrar con intenso amor en nuestro corazón y en nuestra alma es cuando verdaderamente estamos preparados para cambiar el sentido de nuestra vida.

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¡Señor mío, me postro ante tu cuerpo yacente junto a María y confieso que eres mi Redentor! ¡Contemplo mi pequeñez y reconozco que mi debilidad es grande comparada con la dureza de tu camino hacia la Cruz! ¡Para que mi fe no decaiga tomo la mano de Tu Madre, Señor, y le pido al Espíritu Santo que me llene con sus siete dones! ¡Contemplándote postrado e inerte, Señor, te pido que mi corazón se desprenda de tanta dureza y corresponda a tu amor! ¡Quisiera, Señor, llenarme de esperanza y comprender que en la dificultad y en la alegría siempre caminas junto a mi! ¡No permitas, Señor, que jamás me aleje de Ti!

Os ofrezco hoy el profundo, intenso y emotivo Stabat Mater de Joseph Rheinberger:

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