Merecer el favor del Señor

Con frecuencia, cuando llevamos una vida espiritual sin grandes altibajos, en el sentido de practicar diaria o frecuentemente los sacramentos y vivir de la oración, podemos caer en la tentación de considerarnos especiales y que hemos merecido el favor y la gracia del Señor.
Un corazón debe estar alimentado siempre por el hambre de Dios, sentirse continuamente atraído por su amor, dejarse llenar por el sonido de su voz. Pero el enemigo siempre acecha y, entre sus tácticas sibilinas, está la de permitir que uno se gloríe y se engalane con laureles de gozo. Ante esta asechanza audaz uno debe permanecer alerta. Es una argucia del enemigo hacer creer que uno es mejor persona, más piadoso y más santo porque ha recibido una llamada del Señor o porque ha progresado adecuadamente en la vía singular de la vida. Más bien todo lo contrario, uno no es nada sin la gracia de Dios; nada es propio porque todo es un regalo que viene del Padre. Así, que lejos de ufanarse y ensoberbecerse, hay que dar pasos de gigante hacia la humildad y entregar al Señor toda nuestra pequeñez considerando hasta que punto se ha abajado Dios para llamarnos a nosotros, Él que es el creador del mundo y el Señor que todo lo puede. Nosotros no somos más que una oveja de un gran rebaño que conduce con gran acierto el buen Pastor.
Él es quien se ocupa de guiarnos por nuestra vida, de conducirnos por los pastos verdosos de la fe, de alimentarnos con su Palabra y que nos pide —nos suplica, incluso— que le sigamos para tomar como herencia ese reino que todo humano debe anhelar.
En la vida espiritual el ayer no cuenta. Lo que vale es el hoy y el mañana. Lo que logramos ayer ha sido un paso decisivo en nuestra vida. Pero el objetivo que se ha de conquistar es el mañana porque es lo único que nos permitirá permanecer en la verdad. Llenar continuamente nuestro corazón de la fe, del amor, de la caridad, de la entrega, de la generosidad… en definitiva, del ansia de Dios, de ese Dios vivo —Maestro perfecto del Amor— que espera de cada uno un sí incondicional.
El corazón tiene que estar alimentado día sí, día también del amor de Dios. Lo único que exige el Señor es poner toda su confianza en Él, que le dejemos actuar, que nos dejemos irradiar por su amor. El Señor es un amante celoso que anhela todo nuestro querer. Él sólo espera nuestra colaboración, nuestro compromiso y nuestra reciprocidad. Quiere que busquemos con ahínco la fuerza de su Amor ofreciéndole con humildad nuestra pobreza según el camino que ha trazado para cada uno. Y, a través de esta fragilidad y pequeñez, es donde el Señor más presente se hará en nuestro corazón.

f07 a las 09.03.40

¡Señor, te pertenezco enteramente a Ti, y con toda mi humildad y sencillez de la que soy capaz te pido en este día que concluyas la obra que iniciaste en mi el día que me otorgaste la vida! ¡Dame el don, Padre bueno, de la sencillez espiritual y concédeme un corazón sencillo y lleno de amor para tratar a Tu Hijo! ¡Enséñame a aceptarme cómo soy mientras avanzo en mi crecimiento interior para convertirme en lo que Tu quisiste para mí! ¡Dame, Señor un corazón manso y humilde en el que haya espacio para acoger a todos, un corazón capaz de soñar con la Verdad y que busque la conquista de la eternidad!

En los rescoldos de la Semana Santa que hemos dejado atrás no olvidemos lo que Cristo hizo por nosotros. Sirva el coro Hier liegen wir gerührte Sünder (Aquí estamos conmovidos los pecadores) del oratorio Der Tod Jesus (La muerte de Jesús) del compositor alemán Carl Heinrich Graun para tener presente esa obra de amor por nosotros:

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