La chispa de la fe

Con un colega de trabajo acudo a un reunión en un hotel para mantener un encuentro con unos posibles clientes que han venido del extranjero para entrevistarse con nosotros. Terminada la reunión, invito a este compañero de vida espiritual con muchos altibajos a hacer una breve visita a Jesús en una iglesia. En la penumbra del templo, rezamos brevemente. Él fija la mirada en la cruz que preside el templo. Yo lo hago por él, por su perseverancia, por sus dificultades que conozco y por su familia. Al salir me comenta satisfecho: “He notado mucha paz, he sentido como Jesús estaba presente”, al tiempo que coloca sus brazos sobre su corazón. Es la sencillez de la fe. Basta una pequeña chispa para que se vuelva a encender.
Si nuestra vida en todos los grandes y pequeños acontecimientos la supiésemos impregnar de esa maravillosa virtud de la fe, se terminarían para siempre las dudas y los temores, los escrúpulos y las dificultades, las inseguridades y los miedos; todo serían magníficos actos para fundarnos más en la fe, para robustecerla, para comprender el sentido de la Cruz, puesto que todo es permitido por Dios, hasta las cosas más incomprensibles que contrarían nuestra naturaleza humana, para mostrarnos su divina Providencia.
Es el paso de Dios que anda muy cerca. El secreto consiste en saber descubrirle a través de esas cosas que nos torturan, para amarle más por medio de una fe sin límites.


¡Señor, te suplico desde lo más profundo de mi corazón, que no se extinga esta luz brillante de mi fe que tu me has regalado y que no se apague en los corazones de mis amigos y mis familiares! ¡Señor, no permitas que los problemas, las tribulaciones y los infortunios me aparten de Ti por falta de fe! ¡Dame, Señor, la gracia de la fe para vivir siempre en Ti! ¡Espíritu Santo, tu que eres Dios de amor y de bondad, mírame en todas las circunstancias de mi vida y ayúdame a llevar con entereza los reveses del día a día! ¡Dame una fe fuerte y firme para aceptar tus insondables designios aunque no los comprenda!

Continúa J. S. Bach adornando con su música las meditaciones, esta vez con su Cantata BWV 102 que versa sobre la fe: Herr, deine Augen sehen nach dem Glauben (Señor, tus ojos ven por la fe):

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