Acción, silencio, contemplación

El pasado martes asistí al funeral de un monje benedictino fundador de una comunidad a la que me siento espiritualmente muy unido. Tras el entierro en el cementerio, junto al Santuario, en lo alto de una montaña, sobre el que se divisa un bellísimo paisaje, el prior nos invita a una cincuentena de personas a un ágape sobrio pero exquisito en el refectorio. Compartimos mesa y mantel laicos y consagrados en un ambiente de cálida fraternidad.
En el café me siento a conversar con una pareja a la que quiero pero veo poco y surge en la conversación el tema del silencio, de la contemplación y la acción. Comento que me considero un hombre de acción y que me costaría habituarme a vivir en el silencio, en las celdas de un cenobio, pues mi carácter me lleva a una evangelización más activa. Esta pareja entrañable, sin embargo, realizan un elogio del silencio que me obliga a pensar en mis casi dos horas de regreso a casa. Son personas de oración y en sus miradas y talantes testimonian un espíritu contemplativo. «El silencio puedes encontrarlo siempre, allí donde estés —me dice Él—. E incluso, tu acción puede estar anclada en el silencio de la contemplación». No es un aforismo ni una frase hermosa porque ciertamente el silencio es el camino que cada uno recorre para ir encontrándose a si mismo.
La contemplación, que es la visión de Dios, es asimismo la llamada que Dios hace a la puerta de nuestro corazón; si la escuchas puedes abrirla y Él entra en tu casa. En la contemplación no sólo vemos a Dios, sino que con Dios observamos la vida y todos los acontecimientos de nuestro caminar diario. Con Él vemos con mirada nueva nuestro proyecto vital.
Por eso la contemplación, que exige el silencio de la oración, va íntimamente adherida a la acción, siempre en estrecha comunión con el Padre, y siendo obedientes a sus designios tenemos la posibilidad de discernir las acciones de nuestra vida para configurarlas con la suya y sustentarlas con la fuerza que nos otorga el Espíritu. Si a eso lo unimos con la santificación de nuestras tareas cotidianas todo en nosotros será testimonio de vida y anunciaremos a quienes nos rodean, con nuestra mirada, nuestros gestos, nuestros comportamientos, nuestras palabras, nuestro servicio, nuestra entrega y nuestras decisiones a ese Cristo al que tanto amamos y al que seguimos porque sabemos que verdaderamente ha resucitado en nuestros corazones hace pocos días.

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¡Padre, enséñame a postrarme ante Ti en ese silencio amoroso y humilde que todo lo expresa! ¡Enseña a mi espíritu, encogido por los ruidos exteriores, a permanecer en silencio en Tu presencia para escuchar todo aquello que quieres de mi! ¡Padre, quiero adorarte en las profundidades de mi ser! ¡De Ti, todo lo espero Señor, y no te pido más que se haga Tu voluntad y no la mía! ¡Padre, ora Tú en mi para que los frutos de mi oración sean para darte gloria y alabarte y que mis deseos se atenúen para aceptar tu santa voluntad! ¡Padre mío, fortalece la voz del silencio en mi corazón para que todo mi ser se irradie de Ti!

Os invito a escuchar esta canción de Álex Campos titulada El sonido del silencio que tan bien se ajusta a esta meditación:

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