Como un cirio encendido

Me fijaba ayer durante la Eucaristía en el gran Cirio Pascual situado junto al ambón. El cirio, que simboliza la «¡Luz de Cristo!», es un elemento de una gran fuerza para los cristianos con la cruz y el alfa y omega impresos y la vela encendida. Desde el día que empezó a arder, al comenzar la Vigilia Pascual y durante nuestro caminar en la Pascua, contemplamos en esta luz a ese Cristo Resucitado que tanto anhelamos se haga muy presente en nuestro corazón.
El cirio lo encendimos de una pira de fuego nuevo —que destruye nuestro pecado—, una luz de mayor intensidad que la que ilumina la llama —que calienta nuestro corazón— del interior del templo. Así es también nuestra vida de fe, iluminada por la gracia de Dios y, de manera especial, por la luz que llena nuestra vida, la luz de Cristo.
Día a día, a medida que se enciende y da luz, se va consumiendo la cera del cirio. Es un símil de nuestra vida, temporal y efímera, impregnada de oscuridades y miedos, de incertezas y sufrimientos. Con cada paso que damos diariamente se va consumiendo pero en ella puede irradiar la luz de Cristo porque Él nos pidió que sus seguidores fuésemos la luz del mundo, visible para todos, con el esfuerzo de ser coherentes en nuestra vida cristiana. Y nuestra labor es que resplandezca la luz de Cristo en nuestro entorno familiar, social y profesional.
Ser luces que brillan de la mano del Señor resucitado. Luces que nunca se apagan, que centellean, que iluminan los caminos y destruyen la oscuridad que nos envuelve. Si la luz ilumina un simple corazón humano, uno que esté a nuestro alrededor, transformándolo y renovándolo por dentro, allí entrará también Cristo.
Ese Cristo hecho hombre que da sentido a la vida cristiana. De ahí la inscripción de la primera y la última de las letras del alfabeto griego, el Alfa y el Omega, el principio y el fin del plan de Dios. Y, por eso estoy hoy y aquí, en la tierra, como parte de ese plan que el Padre tiene pensado para mi en la sociedad, en la grandeza de la Creación, para dé sentido a mi actuación en este mundo.
Pero la luz ilumina también las cruces del camino que debemos tomar para llegar al Padre, como la Cruz que se ha grabado en el centro de ese cirio para recordarnos que el camino del hombre no es un camino sencillo, que está impregnado de dolor y padecimientos. Es la luminaria que nos indica que para alcanzar la gloria eterna, a la que todos aspiramos, hay que pasar primero por la Cruz del Crucificado, dueño y Señor de nuestra vida, símbolo de la promesa de la salvación y la vida eterna. Con un fin único, alcanzar el ideal de todo hombre: la santidad. La santidad que ilumina la vida de la Iglesia, como aquellos santos, muchos entronizados y otros anónimos, que con sus actos iluminan la inmensidad del cielo.
Y ese cirio me exhorta a que me fortalezca en la vida de gracia, para no acomodarme en la mediocridad de mi vida espiritual y humana, con todas esas limitaciones que me sirven de excusa perfecta. Dios quiere de mi que, bajo la acción del Espíritu Santo, crezca como un ser perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo, la plenitud del amor. Y que sea una persona santa, pues la santidad es el fin único de la vida del cristiano.

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¡Padre, Tu que eres la única luz que no se apaga nunca, ilumina mi camino por medio de la efusión del Espíritu Santo y de la figura de tu Hijo Jesucristo a quien tanto amo! ¡Quisiera, Señor, comprometerme contigo a ser verdadera luz en este mundo! ¡Ayúdame, Padre, a ser un alma que irradie luz y brille con su ejemplo cristiano! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, que me iluminas siempre, disipa las tinieblas de mi corazón e ilumínalo para que lleno del Señor, brille interiormente y me ayude a perseverar a la luz de la fe, del amor y de la caridad! ¡Señor, me presto a ser una pequeña y humilde luz en medio de este mundo! ¡Te presento en este día a todas las personas que quiero y a las almas alejadas de Ti para que sepa iluminar su camino con mi sencillo testimonio!

Escuchamos hoy el anthem del compositor inglés John Blow Behold O God Our Defender (“He aquí, Oh Dios, nuestro defensor“):

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