¡Ven y déjate sorprender!

Jesús era un peregrino que anunciaba la Buena Nueva. Siempre en camino, dispuesto a todo. Siempre en movimiento, en busca de la gente. Predicó el evangelio del Reino en las sinagogas. Caminó por los caminos llenos de polvo para encontrarse con los enfermos. Se adentró a rezar en la inmensidad del desierto donde fue tentado. Caminó por las orillas de los ríos y los lagos de Galilea. Se adentró en el lago Tiberiades, navegó junto a los apóstoles y apaciguó las aguas. Cruzó de una orilla a otra para salvar a las almas perdidas. Subió a los montes, unas veces con los discípulos y otras en soledad para orar a Dios. Buscó lugares solitarios donde retirarse a rezar. Peregrinó de ciudad en ciudad para transmitir la Verdad, curar enfermos y sanar corazones heridos. Atravesó los huertos fértiles de Galilea y los campos de Samaria. Y cargó la pesada Cruz camino del Calvario.
Le seguían multitudes, dicen los Evangelios. Una vida dinámica, intensa, activa marcada siempre por el tiempo de serenidad dedicada a la oración.
Con todos los que se encontraba había un mensaje de esperanza. A unos les decía: “Conviértete”. A otros, “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. O “Levántate y anda”. O, simplemente: “Ven”. Una llamada ésta tan escueta y tan radical a la vez.
A cada uno nos los dice cada día: “¡Ven y verás!”. Ven a caminar en mi compañía y déjate sorprender. Ven a experimentar mi forma de ver la vida. Ven a tener una experiencia viva de fe. Ven a agarrarte a la alegría. Ven a compartir conmigo la Eucaristía. Ven a hacer felices a los que te rodean. Ven a construir conmigo una relación personal de amistad y confianza que tenga como pilar la oración. Ven a descargar en mi tus preocupaciones. Ven a aminorar tus sufrimientos. Ven para que a través de tus palabras llegue a los demás la esperanza. Ven para que cogidos de la mano creemos un mundo más humano donde reine el amor y la paz. Ven y asume el riesgo de confiar en Mi. Ven y déjame que sea yo quien te guíe por el camino de la vida. Ven y ayúdame a invitar a otros a conocerme. Ven libremente, confía y verás como te compensará recorrer junto a Mí el camino de la vida.
¡Qué sugerente es esta llamada de Cristo! Sin embargo, aunque sé que Él es el camino ¡cómo me cuesta aceptar su invitación y ser peregrino como Él en esta aventura que nos lleva a la eternidad! ¿Qué tiene que cambiar en mi vida para decirte “Sí, señor, ahora voy”?

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¡Señor, Tú que eres el Camino, indícame tus caminos! ¡Señor, estoy en camino, reconozco tu presencia en mi vida, pero sabes que me cuesta mucho comprender lo que quieres de mi, discernir tu plan y seguir con confianza la senda que has pensado para mi salvación! ¡Señor, Tú lo sabes todo! ¡Tu sabes, Señor, que me canso de caminar pero quiero ponerme de nuevo en camino para vivir una vida verdadera, llena de Ti! ¡Señor, soy un humilde peregrino por eso te pido que dirijas mis pasos con tu gracia para que seas mi compañero infatigable en mi caminar diario! ¡Hazme andar siempre por el sendero de la verdad, tú que eres la única Verdad del hombre!

Muy adecuada a esta meditación es la Canción del peregrino pubicada en el Llibre Vermell de la abadía de Montserrat en el siglo XIV, una joya de la música medieval catalana:

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