«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»

«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» ¿Has pronunciado alguna vez estas palabras? ¿Te has lamentado con amargura por tu situación? Yo sí, en muchas ocasiones en el pasado. Estaba cegado por mi yo, incapaz de comprender de qué manera Dios estaba presente en mi vida, torpe para asumir que siempre hay esperanza contra toda esperanza. Relamiéndome en el dolor por esa noche oscura que invadía mi vida.
Pero el Señor hace las cosas bien hechas. Obsequia a todos los hombres con su cercanía, carga con la cruz y asume por si mismo la soledad más absoluta. Y, allí, en Getsemaní, ese Cristo doliente, en la noche oscura de su espíritu, exclama estas palabras porque se siente abandonado por el Padre, al que está unido en una misma alma. Lo impresionante es que lo hace para unirse de manera personal con cada uno de nosotros. Contigo y conmigo, en un solo yo, en nuestro dolor y aparente abandono. Con estas palabras, Cristo se adentra en el corazón del ser humano y asume su dolor y su tristeza. Y en este trance, Dios acoge al que ya no le queda ninguna esperanza porque se siente solo, negado y abandonado. Es un tiempo en que no sabemos si nos encontramos en el camino correcto, nos planteamos si Dios de verdad existe, si somos unos muertos con vida. El dolor nos abate y el sufrimiento nos hace creer que el mundo se cierne sobre nosotros, aplastándonos ante tanta congoja. Incluso no nos sirve el consuelo ajeno, y nos convertimos en prisioneros de nuestro propio yo. Ahí surge la queja constante, el mal humor, el desprecio, la falta de caridad, la incapacidad para amar incluso a los más cercanos.
Es sorprendente. Algo verdaderamente asombroso. El abandono, que tanto daña el corazón del hombre, es imprescindible para comprender al ser humano. Quien se siente solo, dejado de la mano de Dios, no es capaz de entender hasta que punto vive lo mismo que Cristo padeció en la Cruz.
El gran mensaje de Cristo en la Cruz es precisamente entender que sentirse solos y abandonados no es algo malo en si mismo. Porque allí está su mano providente asiendo nuestra cruz. Allí se hace presente su cercanía. Su divina cercanía. Comprender esto —«a pesar de todo lo que estoy sufriendo», «a pesar de mis problemas económicos, profesionales, familiares…», «a pesar de que nadie me entiende», «a pesar de esto y lo otro que me hacen sentirme infeliz…», «a pesar de…»— hace que surja de la desesperación la esperanza, del pesimismo el consuelo y del agobio la confianza.
En el abandono es donde más se ha de experimentar ese Dios cercano, tan próximo que es imposible verlo. Y no como uno es capaz de imaginarlo, sino todavía mucho más bello, más intenso, más penetrante. Porque ahí es donde surge el Dios de la serenidad, el que no nos da la paz del corazón que es el que brota después de destruir nuestra propia miseria.
Y en tu oscuridad, en tu sufrimiento y en tu dolor, siempre puedes exclamar con serena tranquilidad: «Señor mío y Dios mío, nada soy, nada merezco, pero en esta oscura soledad que ahora siento, vierte un poco de consuelo a mi corazón y a mi alma, haz de mi lo que Tu quieras. Y llena mi corazón del mismo sufrimiento de tu corazón para saciarme de Ti y comprender que desde el pozo de mi alma surgirá la paz y la alegría porque en definitiva todo lo que vivo es voluntad tuya».

Captura de panta04-28 a las 08.41.20

¡Dios mío, Dios mío, creo en Ti, aunque mis dudas tantas veces delatan mi insignificancia! ¡Dios mío, Dios mío, espero en Ti, aunque tantas veces el dolor me provoque desconfianza! ¡Dios mío, Dios mío, te amo, aunque mi amor sea a veces interesado! ¡Dios mío, Dios mío, sé que no guardas silencio como el día que Tu Hijo murió, y que parecía que dabas razón a sus verdugos! ¡Pero con certeza soy consciente de que no has callado porque me acompañas, me sostienes y me cuidas cada minuto de mi vida! ¡Dios mío, Dios mío, no me abandones cuando me vea desbordado por los problemas, los sufrimientos o las angustias de mi vida! ¡Dios mío, Dios mío, acuérdate siempre de los que a mi alrededor sufren dolor, de los cristianos perseguidos, de los que te niegan o no te conocen, de los sacerdotes, consagrados y consagradas! ¡Dios mío, Dios mío, quiero serte fiel hasta el final como lo has sido Tu desde el principio! ¡Dios mío, Dios mío, gracias por tu amor y misericordia!

Bellísima es esta breve pieza compuesta en 1712 por el músico alemán Christoph Graupner titulada precisamente Mein Gott, warum hast du mich verlassen? (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) tan acorde con nuestra meditación de hoy:

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