Como un cirio encendido

Me fijaba ayer durante la Eucaristía en el gran Cirio Pascual situado junto al ambón. El cirio, que simboliza la «¡Luz de Cristo!», es un elemento de una gran fuerza para los cristianos con la cruz y el alfa y omega impresos y la vela encendida. Desde el día que empezó a arder, al comenzar la Vigilia Pascual y durante nuestro caminar en la Pascua, contemplamos en esta luz a ese Cristo Resucitado que tanto anhelamos se haga muy presente en nuestro corazón.
El cirio lo encendimos de una pira de fuego nuevo —que destruye nuestro pecado—, una luz de mayor intensidad que la que ilumina la llama —que calienta nuestro corazón— del interior del templo. Así es también nuestra vida de fe, iluminada por la gracia de Dios y, de manera especial, por la luz que llena nuestra vida, la luz de Cristo.
Día a día, a medida que se enciende y da luz, se va consumiendo la cera del cirio. Es un símil de nuestra vida, temporal y efímera, impregnada de oscuridades y miedos, de incertezas y sufrimientos. Con cada paso que damos diariamente se va consumiendo pero en ella puede irradiar la luz de Cristo porque Él nos pidió que sus seguidores fuésemos la luz del mundo, visible para todos, con el esfuerzo de ser coherentes en nuestra vida cristiana. Y nuestra labor es que resplandezca la luz de Cristo en nuestro entorno familiar, social y profesional.
Ser luces que brillan de la mano del Señor resucitado. Luces que nunca se apagan, que centellean, que iluminan los caminos y destruyen la oscuridad que nos envuelve. Si la luz ilumina un simple corazón humano, uno que esté a nuestro alrededor, transformándolo y renovándolo por dentro, allí entrará también Cristo.
Ese Cristo hecho hombre que da sentido a la vida cristiana. De ahí la inscripción de la primera y la última de las letras del alfabeto griego, el Alfa y el Omega, el principio y el fin del plan de Dios. Y, por eso estoy hoy y aquí, en la tierra, como parte de ese plan que el Padre tiene pensado para mi en la sociedad, en la grandeza de la Creación, para dé sentido a mi actuación en este mundo.
Pero la luz ilumina también las cruces del camino que debemos tomar para llegar al Padre, como la Cruz que se ha grabado en el centro de ese cirio para recordarnos que el camino del hombre no es un camino sencillo, que está impregnado de dolor y padecimientos. Es la luminaria que nos indica que para alcanzar la gloria eterna, a la que todos aspiramos, hay que pasar primero por la Cruz del Crucificado, dueño y Señor de nuestra vida, símbolo de la promesa de la salvación y la vida eterna. Con un fin único, alcanzar el ideal de todo hombre: la santidad. La santidad que ilumina la vida de la Iglesia, como aquellos santos, muchos entronizados y otros anónimos, que con sus actos iluminan la inmensidad del cielo.
Y ese cirio me exhorta a que me fortalezca en la vida de gracia, para no acomodarme en la mediocridad de mi vida espiritual y humana, con todas esas limitaciones que me sirven de excusa perfecta. Dios quiere de mi que, bajo la acción del Espíritu Santo, crezca como un ser perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo, la plenitud del amor. Y que sea una persona santa, pues la santidad es el fin único de la vida del cristiano.

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¡Padre, Tu que eres la única luz que no se apaga nunca, ilumina mi camino por medio de la efusión del Espíritu Santo y de la figura de tu Hijo Jesucristo a quien tanto amo! ¡Quisiera, Señor, comprometerme contigo a ser verdadera luz en este mundo! ¡Ayúdame, Padre, a ser un alma que irradie luz y brille con su ejemplo cristiano! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, que me iluminas siempre, disipa las tinieblas de mi corazón e ilumínalo para que lleno del Señor, brille interiormente y me ayude a perseverar a la luz de la fe, del amor y de la caridad! ¡Señor, me presto a ser una pequeña y humilde luz en medio de este mundo! ¡Te presento en este día a todas las personas que quiero y a las almas alejadas de Ti para que sepa iluminar su camino con mi sencillo testimonio!

Escuchamos hoy el anthem del compositor inglés John Blow Behold O God Our Defender (“He aquí, Oh Dios, nuestro defensor“):

El amigo Jesús que contemplo

Cada día mi hijo pequeño concluye sus oraciones de la mañana y de la noche con estas dos jaculatorias: «Jesús, eres mi mejor amigo», «Virgen María, eres mi mamá en el cielo». Jesús, el amigo.
Mucha gente pasa por nuestra vida a lo largo de los años, pero el verdadero amigo es aquel que deja una huella en el corazón. Y, entonces, contemplo a Jesús y me planteo también porque es mi mejor amigo.
Lo es porque trasmite alegría y felicidad. ¡Cómo no lo va a ser si Jesús irrumpe en la historia con el «¡Alégrate!» con el que el Ángel del Señor anuncia a María! Jesús es el hombre de la mirada serena y sonrisa templada. El que nunca se queja. El que alegra los momentos con su familia, con sus amigos, con sus discípulos. El que trabaja sonriente en su taller santificando sus tareas. El que tiene sentido del humor. Él que nos entrega su alegría, la alegría de la paz interior. ¿Es así mi alegría para con los demás?
Lo es porque es un ser profundamente humano. ¡Cómo no lo va a ser si el «¡Verbo se hizo carne!»! Jesús es el que comprende mis sufrimientos, mis anhelos, mis caídas, mis desalientos. El que conoce la limitación de mi naturaleza humana, con mis miserías y mis pecados. El que conoce mis circunstancias. Él mismo experimentó la más profunda desazón e hizo suyas todas mis tribulaciones, el que me entiende y me acompaña. Y nunca me abandona. ¿Es así mi comportamiento con los demás?
Lo es porque ejemplifica el modelo de la compasión. Es el que se detiene a curar al que sufre, el que consuela al que está triste, el que acoge al que está marginado, el que se preocupa por el desvalido, el que atiende al enfermo, el que se apropia del dolor ajeno. Y ante cualquier ser sufriente, hace acto de presencia. Y lo acoge en lo más profundo de su corazón. Y no prosigue su camino como si nada sucediera. ¿Soy así de compasivo con los demás?
Lo es porque representa la verdadera bondad. ¡Como no va a ser así si yas nos dijo que «Quien me ve a mí, está viendo al Padre»! y es la imagen de Dios que es la bondad infinita. Porque Jesús todo lo que hace es sin malicia sino por amor. Porque sólo sabe transmitir el bien. Porque sus gestos, sus palabras, su mirada, sus acciones están impregnadas de paz, serenidad, alegría y… amor. Porque perdona las flaquezas y las faltas ajenas. ¿Es así mi actitud hacia los demás?
Lo es porque es la misericordia infinita. Acoge en su Corazón misericordioso a quien busca su consuelo y su refugio. Es quien, postrado ante el Padre, intercede por cada uno de nosotros pidiéndole que nos perdone tanta limitación, tanta soberbia, tanto creernos pequeños reyes sin cetro. Es el amor infinito que se desvive por aliviar nuestras miserias, y que derrama su amor para sanarnos, consolarnos, confortarnos, perdonarnos y aliviarnos el sufrimiento. Es el amor que Dios nos ofrece, pero ¿es así el amor que siento hacia los demás?
Jesús, amigo. Asi te contemplo yo. Pero ¿me ven mis amigos con los mismos ojos con los que te veo yo?

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¡Jesús, amigo, gracias por tu amistad! ¡Gracias, Señor, porque siempre me esperas, confias en mi y crees en mi a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Gracias, Señor, por tu amistad! ¡Porque sabes que con cada caída me quiero volver a levantar para acercarme más a tí y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por tu amistad! ¡Porque cogido de tu mano puedo iniciar cada día el camino del amor! ¡Gracias, Padre, por tu amistad! ¡Porque cada día es una oportunidad para refugiarme en Ti, Tu que eres la comprensión infinita y el verdadero amor! ¡De Ti todo lo espero, Padre de bondad! ¡Y cuando me fe se tambalee, cuando pida y espere y mi petición no sea en apariencia contestada, entonces, Padre, hazme creer que nada hay imposible para Dios y que estaré seguro de que la amistad de Jesús será el refugio para mi consolación!

De Johann Sebastian Bach propongo disfrutar la cantata Bereitet die Wege, bereitet die Bahn! (“¡Preparad los caminos, preparad los senderos!”) BWV 132 compuesta para el tercer domingo de la octava de Pascua:

Cinco minutos para dejarse sorprender por Dios

Tercer sábado de abril con María, Reina de la Paz, en nuestro corazón. Me cuenta un amigo una experiencia en un taxi de Nueva York. Es un ejecutivo estresado que se dirige desde el aeropuerto a la ciudad de los rascacielos. Conduce el vehículo un taxista hindú, con su turbante naranja que le cubre su pelo canoso. A mitad de camino, le pregunta a mi amigo cuál es su profesión. «Trabajo para cambiar las organizaciones y favorecer el cambio personal en las empresas», resume. El taxista calla y, a los tres minutos, mirándole fijamente por el retrovisor exclama: «Yo hago lo mismo que usted, amigo». Este ejecutivo le mira con incredulidad. «¡Ah, sí», balbucea. «Si, mi amigo. Trato de que durante el viaje en mi taxi las personas estresadas como usted cambien. Trato de darles cinco minutos de paz».
Esta breve historia me invita a meditar en qué escojo mi tiempo para encontrar la paz y cuántas veces lo dilapido en banalidades sin sentido. El tiempo es el único bien con el que contamos. Si permanentemente estoy sometido a la dictadura de la tecnología, esclavizado por las noticias, gastando horas leyendo la prensa o buscando información tantas veces intrascendente, mi mente se agita por la negatividad de lo que encuentro a diario. Para alcanzar la paz interior es imprescindible desapegarse de la prisa, del estrés, del ruido exterior, del qué dirán o pensarán de mi y, sobre todo, de toda forma de negatividad.
En el tiempo libre no hay correr a conectarse a Internet, a encender el televisor, a ensimismarte por el yo. Hay que aprender a descansar, a admirar, a pensar. Nos sentimos inseguros si no estamos haciendo algo de manera constante. Pero cuando tenemos esos minutos de paz es cuando surge la oportunidad de darse cuenta de la verdad de nuestra vida y en ese momento podrá surgir el agradecimiento a Dios, ese Dios que nos ha dado la vida, nuestros talentos, nuestra capacidad de amar, las personas con las que compartimos el tiempo…
Cinco minutos para dejarse sorprender por Dios, para inspirarse en Él y que surja espontáneamente la oración. Cinco minutos para ver la realidad del mundo con los ojos de Dios, para fijar nuestra mirada en Él, para poner nuestra realidad sobre las cosas con el mismo sentimiento de amor que lo hizo Cristo. Cinco minutos para entender que Dios siempre permanece fiel a nuestro lado. Cinco minutos para comprender que en Dios se asientan las razones de nuestra acción de gracias y toda nuestra esperanza. Cinco minutos diarios para dejarse imbuir del Espíritu y la voz de Dios en nuestro corazón. Cinco minutos para testimoniar nuestra fe en Él. Cinco minutos para disfrutar de cinco minutos de felicidad con Su compañía. Cinco minutos para, en definitiva, ser más feliz.

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¡María, Reina de la Paz, Tu que dedicaste todo tu tiempo a Jesús, ayúdame a imitarte siempre en el amor a Tu Hijo, a alabarle y darle gracias! ¡Espíritu Santo, te pido me ayudes a desechar la tibieza que tantas veces embarga en mi vida de oración, esa tacañería de espíritu en todo lo concerniente a las cosas de Dios y hazme entender el fundamento de ese primer Mandamiento que es amar a Dios sobre todas las cosas! ¡Señor, aquí estoy para decirte que te amo aunque tantas veces menosprecio tu compañía desperdiciando los minutos y las horas en pequeñeces sin sentido! ¡Con qué mezquindad, Señor, te doy el tiempo que me sobra porque siempre tengo algo más importante que resolver o que disfrutar!

En este sábado te presento la Litania Deiparae Virginis Mariae, a 6 voces una obra alegre y jubilosa del maestro franco-flamenco Jacob Regnart (1540–1599) dedicada a la Madre de Dios [Deiparae]:

Somos como los guijarros de un río

No siempre estamos de acuerdo con las personas que nos rodean. No siempre estamos de buen humor para tratar a los demás. No siempre respetamos al que tenemos al lado. No siempre asentimos las decisiones que otros toman. No siempre dejamos que el Espíritu Santo fluya. No siempre actuamos con humildad en nuestras relaciones con los demás. En todo lo dicho… yo en ocasiones el primero.
Discutíamos un grupo sobre cómo deben hacerse bien las cosas. Mi conclusión es que fluya el Espíritu, en las decisiones y en las personas. Dondequiera que se encuentre la impronta del Espíritu, ahí está el camino de Dios.
Los hombres somos como los guijarros de un río. La obra del Espíritu Santo en nosotros es la de convertirnos en los guijarros en las cuales se apoye el Espíritu. Esta es nuestra mayor gloria. Si se le impide forjar un camino con nosotros, elegirá otra piedra para detenerse en ella. Si le impedimos actuar, sufriremos una gran pérdida. El sello del Espíritu Santo puede estar en un lugar concreto hoy y ahora, pero nadie puede certificar dónde estará en un año, una década o en tres. Cada día el Espíritu Santo desecha hombres e iniciativas y los aparta, un grupo tras otro. Por eso debemos intentar andar en el camino del Espíritu Santo, pedirle sus dones y sus gracias porque si el Espíritu no puede realizar nada con nosotros dificilmente disfrutaremos del primer don de Dios, el Amor, será difícil que acreciente y despierta en nosotros la fe y no podremos disfrutar de un estado de gracia santificante.

19 febrero

¡Ven, Espíritu Santo, y lléname con el fuego de tu amor! ¡Necesito que me hagas ver en mi vida todos tus dones, te lo pido para hacer más fructífera mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu Santo! ¡Derríteme, moldéame, lléname, úsame! ¡Dame las oportunidades para utilizar bien tus dones, para revelar tu amor y misericordia! ¡Gracias, Espíritu Santo, por tu presencia, fluyendo libremente en mi, a través de mí! ¡Gracias por ser mi amigo, mi confidente, mi consejero, mi maestro, mi intercesor y el dador de dones extraordinarios!

En este día os presento el gran himno Jesu Dulcis Memoria de San Bernardo de Claraval:

Acción, silencio, contemplación

El pasado martes asistí al funeral de un monje benedictino fundador de una comunidad a la que me siento espiritualmente muy unido. Tras el entierro en el cementerio, junto al Santuario, en lo alto de una montaña, sobre el que se divisa un bellísimo paisaje, el prior nos invita a una cincuentena de personas a un ágape sobrio pero exquisito en el refectorio. Compartimos mesa y mantel laicos y consagrados en un ambiente de cálida fraternidad.
En el café me siento a conversar con una pareja a la que quiero pero veo poco y surge en la conversación el tema del silencio, de la contemplación y la acción. Comento que me considero un hombre de acción y que me costaría habituarme a vivir en el silencio, en las celdas de un cenobio, pues mi carácter me lleva a una evangelización más activa. Esta pareja entrañable, sin embargo, realizan un elogio del silencio que me obliga a pensar en mis casi dos horas de regreso a casa. Son personas de oración y en sus miradas y talantes testimonian un espíritu contemplativo. «El silencio puedes encontrarlo siempre, allí donde estés —me dice Él—. E incluso, tu acción puede estar anclada en el silencio de la contemplación». No es un aforismo ni una frase hermosa porque ciertamente el silencio es el camino que cada uno recorre para ir encontrándose a si mismo.
La contemplación, que es la visión de Dios, es asimismo la llamada que Dios hace a la puerta de nuestro corazón; si la escuchas puedes abrirla y Él entra en tu casa. En la contemplación no sólo vemos a Dios, sino que con Dios observamos la vida y todos los acontecimientos de nuestro caminar diario. Con Él vemos con mirada nueva nuestro proyecto vital.
Por eso la contemplación, que exige el silencio de la oración, va íntimamente adherida a la acción, siempre en estrecha comunión con el Padre, y siendo obedientes a sus designios tenemos la posibilidad de discernir las acciones de nuestra vida para configurarlas con la suya y sustentarlas con la fuerza que nos otorga el Espíritu. Si a eso lo unimos con la santificación de nuestras tareas cotidianas todo en nosotros será testimonio de vida y anunciaremos a quienes nos rodean, con nuestra mirada, nuestros gestos, nuestros comportamientos, nuestras palabras, nuestro servicio, nuestra entrega y nuestras decisiones a ese Cristo al que tanto amamos y al que seguimos porque sabemos que verdaderamente ha resucitado en nuestros corazones hace pocos días.

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¡Padre, enséñame a postrarme ante Ti en ese silencio amoroso y humilde que todo lo expresa! ¡Enseña a mi espíritu, encogido por los ruidos exteriores, a permanecer en silencio en Tu presencia para escuchar todo aquello que quieres de mi! ¡Padre, quiero adorarte en las profundidades de mi ser! ¡De Ti, todo lo espero Señor, y no te pido más que se haga Tu voluntad y no la mía! ¡Padre, ora Tú en mi para que los frutos de mi oración sean para darte gloria y alabarte y que mis deseos se atenúen para aceptar tu santa voluntad! ¡Padre mío, fortalece la voz del silencio en mi corazón para que todo mi ser se irradie de Ti!

Os invito a escuchar esta canción de Álex Campos titulada El sonido del silencio que tan bien se ajusta a esta meditación:

Personaje privilegiado del Evangelio

¿No te has planteado en alguna ocasión lo impresionante que hubiese sido haber vivido en los tiempos de Jesús y haber tenido un encuentro personal con Él? Lo puedes hacer de manera cotidiana. La lectura y meditación del Evangelio no sólo permite rememorar determinados hechos que acontecieron hace varios siglos. Es una profunda y maravillosa invitación a entrar en lo más íntimo y profundo del corazón de Cristo.
Profundizando en cada uno de los pasajes del Evangelio uno se convierte en un personaje privilegiado que, de primera mano, participa de los primeros pasos y de los tres años de vida pública de Cristo. Se puede convertir en uno de esos pobres y desconcertados pastores que adoraron con su sencillez en la cueva de Belén o ser un invitado más en las bodas de Caná, siendo testigo de ese primer milagro de Cristo a instancias de María; o de admirarse, sentado en la multitud, ante la multiplicación de los panes y los peces o ser testigo directo de la curación de la hija del centurión; tener la oportunidad de agradecer al Señor por la resurrección de Lázaro o ser uno de esos que huyeron lanzaron la piedra que llevaban en la mano conscientes de nuestro pecado cuando Cristo dibujó con sus dedos en el suelo; o rezar, junto a los apóstoles, el primer Padrenuestro, la oración más poderosa jamás recitada e, incluso, abrazarse temeroso al Maestro durante aquella tempestad en el lago Tiberiades; ser uno de esos miles de seguidores alegres que recibieron con vítores y palmas a Cristo en su entrada de Jerusalén o que le consolaron junto al ángel durante su agonía de Getsemaní; o ser un Cirineo que le acompañó, cargando con la Cruz, camino del Calvario o que abrazaron y lloraron, junto a María, ese cuerpo yacente descendido de la Cruz…
Todas y cada de estas escenas narradas de la vida de Cristo aparecen reflejadas en los Evangelios y yo tengo la oportunidad, durante cinco, diez o quince minutos cada día de actualizarlas, impregnarlas de sencillez, interiorizarlas en mi corazón y asumirlas en mi vida para, en definitiva, “estar” más cerca de Jesús con todo lo que ello implica; para que desde el corazón las ponga en práctica en cada uno de los ambientes en los que me muevo comenzando por mi familia. Tratar al Señor es algo tan sencillo como despertar en nosotros, a través de la lectura y la meditación del Evangelio, ese ansia por peregrinar cada jornada junto a Cristo, convirtiéndome en un personaje más de su misma vida para encontrar así mi ideal de vida y construir puentes de fraternidad en mi familia, en mi ambiente de trabajo y entre mis amigos.

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¡Señor, quiero seguir tus pasos! ¡Dame tu Espíritu para aprender a vivir en la misericordia! ¡Ayúdame a descubrir la gratuidad de tu amor, tu entrega generosa! ¡Quiero, Señor, compartir tu sueño de construir un mundo justo, donde exista igualdad y una fraternidad real y eso sólo lo conseguiré imitando tus gestos, tus palabras y tus acciones! ¡Entrégame, tu Espíritu, Señor, para perseverar en mi búsqueda, para seguir en camino, para animarme a la esperanza activa de hacer un Reino de paz y de bondad para todos con los que convivo cada día!

Hoy le pedimos al Señor que nos renueve el corazón y se lo cantamos con esta bella canción:

La chispa de la fe

Con un colega de trabajo acudo a un reunión en un hotel para mantener un encuentro con unos posibles clientes que han venido del extranjero para entrevistarse con nosotros. Terminada la reunión, invito a este compañero de vida espiritual con muchos altibajos a hacer una breve visita a Jesús en una iglesia. En la penumbra del templo, rezamos brevemente. Él fija la mirada en la cruz que preside el templo. Yo lo hago por él, por su perseverancia, por sus dificultades que conozco y por su familia. Al salir me comenta satisfecho: “He notado mucha paz, he sentido como Jesús estaba presente”, al tiempo que coloca sus brazos sobre su corazón. Es la sencillez de la fe. Basta una pequeña chispa para que se vuelva a encender.
Si nuestra vida en todos los grandes y pequeños acontecimientos la supiésemos impregnar de esa maravillosa virtud de la fe, se terminarían para siempre las dudas y los temores, los escrúpulos y las dificultades, las inseguridades y los miedos; todo serían magníficos actos para fundarnos más en la fe, para robustecerla, para comprender el sentido de la Cruz, puesto que todo es permitido por Dios, hasta las cosas más incomprensibles que contrarían nuestra naturaleza humana, para mostrarnos su divina Providencia.
Es el paso de Dios que anda muy cerca. El secreto consiste en saber descubrirle a través de esas cosas que nos torturan, para amarle más por medio de una fe sin límites.


¡Señor, te suplico desde lo más profundo de mi corazón, que no se extinga esta luz brillante de mi fe que tu me has regalado y que no se apague en los corazones de mis amigos y mis familiares! ¡Señor, no permitas que los problemas, las tribulaciones y los infortunios me aparten de Ti por falta de fe! ¡Dame, Señor, la gracia de la fe para vivir siempre en Ti! ¡Espíritu Santo, tu que eres Dios de amor y de bondad, mírame en todas las circunstancias de mi vida y ayúdame a llevar con entereza los reveses del día a día! ¡Dame una fe fuerte y firme para aceptar tus insondables designios aunque no los comprenda!

Continúa J. S. Bach adornando con su música las meditaciones, esta vez con su Cantata BWV 102 que versa sobre la fe: Herr, deine Augen sehen nach dem Glauben (Señor, tus ojos ven por la fe):

¡Amén, amén, amén!

Al terminar de rezar juntos por la noche un Padrenuestro mi hijo pequeño me pregunta: «¿Qué quiere decir amén, papá?». «Que se cumpla de corazón lo que le has dicho a Dios al terminar tu oración». Normalmente la expresión amén la traducimos como «así sea» aunque también quiere decir «decir la verdad», «sí», «ciertamente», «consolidar» o «palabra de Dios».
Pocas veces damos trascendencia a esta palabra que supone un enorme compromiso, una profesión de fe, un asegurarle a Dios que estamos de acuerdo con lo que le hemos rezado y con todo lo que Él nos dice. Es una palabra que nos compromete en nuestra fidelidad a Dios.
Y, al entornar la puerta de su habitación, me quedo pensando si cumplo en cada oración con este compromiso, si soy capaz de fidelizarme con Dios tras cada amén que he rezado, con cada Palabra de la Biblia que he leído o con cada texto que he meditado. ¿Ese amén me permite creer de verdad en ese Dios que me acompaña en el caminar diario, día y noche, en las luces y en las sombras de mi vida?
La palabra amén, tan sencilla y tan hermosa a la vez, me invita a exclamar con firmeza, fidelidad y esperanza que «sí estoy dispuesto». Y lo estoy porque creo firmemente en ese Dios que es amor y misericordia, que es mi padre fiel. Y porque creo en Jesucristo, su Único Hijo, que nació de María Virgen, y que padeció por la redención de mis pecados. Y porque creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que me da la fuerza para mantener viva mi fe.
Pero este amén también me compromete como cristiano para, como hizo Jesús e hicieron los apóstoles, difundir por el mundo y transmitir a los demás con mi ejemplo y mi palabra ese mensaje de amor que nos enseñó Cristo.
Y al acostarme, repito feliz con alegre convicción: «¡Amén, Amén, Amén!»

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¡Amén, Señor, porque confío plenamente en Ti y quiero glorificarte! ¡Amén, Padre, porque sé que escuchas todas mis oraciones y me respondes en el momento que es más adecuado para mi! ¡Por eso estoy tan seguro de Tu «Sí»! ¡Amén, Padre, porque soy consciente de que Tu controlas mi vida, caminas a mi lado y te haces cargo de mis sufrimientos y mis penas! ¡Amén, Padre, porque siento Tu consuelo de esperanza y Tu fidelidad de amor! ¡Amén, Padre, porque pese a mis negaciones, mis infidelidades y mi abandono Tu me perdonas siempre! ¡Amén, Padre, por Tu Iglesia a la que tanto amo! ¡Amén, Padre, para que me ayudes a perseverar en mi oración personal! ¡Amén, Padre, por todos los que amo y has puesto a mi lado y por todos aquellos a los que he hecho daño con mis actos y mis omisiones! ¡Amén, Padre, por el «sí» de Cristo a nuestra salvación! ¡Amén, amén, amén!

Disfrutamos con el ¡Amén! del coro de la cantata 61 de J. S. Bach:

No nos dejes caer en la tentación

No nos dejes caer en la tentación, rezamos en el Padrenuestro. Esta sociedad hedonista en la que vivimos abre de par en par las puertas a las tentaciones y a las pasiones de todo tipo. Me cuenta mi hija universitaria que en una fiesta oficial de su universidad regalan con cada entrada un preservativo. Tentación en estado puro.
Envidias, gastar por encima de lo que se dispone, adicciones al consumo de contenido sexual, el juego, el desánimo, el chismorreo encarnizado, la esclavitud a la tecnología, el verse víctima de los demás, la intolerancia ante la debilidad ajena, la pérdida de la confianza en Dios ante las dificultades que nos surgen… son algunas de las tentaciones de nuestro tiempo con las que el enemigo nos pone a prueba.
Son frecuentes las referencias en el Evangelio a las tentaciones a Cristo. Saber decir no con coherente valentía a la tentación supone pureza de corazón porque, en definitiva, toda tentación es alimento para un alma decidida y valiente, un verdadero medio para crecer en amor y santidad.
Podemos pensar que cualquier tentación nos aleja de Dios. Sin embargo, la visión es la contraria. Dios permite que los hombres seamos probados pero no que caigamos. Es una prueba de fe. Los hombres necesitamos pruebas para ser purificados. Toda tentación nos une de manera especial a Él porque sin tentaciones en nuestra vida no podemos entender el amor que Dios siente por nosotros. Dios se preocupa por cada uno, nos cuida y nos protege. Sin tentaciones es imposible ejercer la confianza en ese Padre de misericordia, interiorizar y asumir la sabiduría profunda del Espíritu y, por supuesto, alimentar la caridad verdadera del alma.
Ante una tentación, puesta en bandeja por el enemigo para dañar nuestra amistad con Dios, una jaculatoria o ponerse en oración es el mejor antídoto. Vencerla, es un acto de amor a Dios que en su infinita generosidad y fidelidad recompensa ese corazón que no se ha dejado extraviar por lo efímero de lo terrenal. Supone una gran alegría saber que vencer una tentación es regalar a Dios la amistad fiel a través del cumplimiento de su voluntad.

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¡En este domingo de la Divina Misericordia, Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Señor, no me dejes caer en la tentación y líbranos del mal! ¡Señor, tu que fuiste tentado por el demonio como cualquier hombre, dame la fortaleza para rechazar el pecado y la gracia de permanecer puro como eres Tu! ¡Espíritu Santo, dame la gracia de rechazar las cosas negativas de este mundo y aferrarme a todo aquello que me lleva a la santidad! ¡Me arrepiento, Señor, de ofenderte con mis actos! ¡Límpiame del pecado, Señor, y lava mis iniquidades! ¡Espíritu Santo, puríficame, lávame, protégeme, renuévame y sálvame!

Muy adecuada a esta meditación es la cantata BWV 54 de Johann Sebastian Bach titulada Widerstehe doch der Sünde (“Resiste al pecado“) cuya aria inicial presenta la tentación del pecado:

¡Hágase!

Segundo sábado de abril con María de nuevo en nuestro corazón. Propongo asomarnos al corazón de María, admirar su belleza interior y auscultar sus pulsaciones espirituales. Y todo se resume en una palabra que en labios de nuestra Madre suena bellísima: ¡Hágase! Y yo clamo, siguiendo la enseñanza de la Sierva del Señor: ¡Padre mío, hágase! ¡Hágase, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Hágase, Padre, que yo me abandono a Ti! ¡Hágase, Señor, para que mi corazón se llene de calma, serenidad, elegancia, pureza, dignidad y amor!
Y quiero aprender de Ti, María, para que ante los muchos acontecimientos adversos de mi vida no me agite ni me resista sino que me entregue. Que aprenda a aceptar. Como lo hiciste Tu, María, con humildad, servicio y amor.
¡Gracias, María, porque me enseñas que antes de ser Señora nuestra, fuiste Señora de tu Hijo! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡Hágase!

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Durante el tiempo pascual, en la Iglesia nos unimos todos alegres en la oración del Regina Coeli, junto a la Madre de Dios, por la resurrección de su Hijo Jesucristo. Y hoy se lo rezamos con gozo:

Reina del cielo, alégrate, aleluya.
Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.
Ha resucitado según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Y como no podía ser de otra manera, disfrutamos de esta oración en latín en forma de antífona gregoriana: