Perseverancia en cumplir la voluntad de Dios

Me encuentro con amigos que te demuestran como la coherencia de vida te lleva a ser testimonio de fe. Les escucho hablar de entrega, de perdón, de compasión, de serenidad, de valor, de entereza, de servicio, de confianza, de amor a los demás. Y, sobre todo, de sencillez para liberar el orgullo de sus corazones. Cada una de estas virtudes, el mundo actual las entiende de una forma muy diferente porque la escala de valores no es la misma si se mira todo desde un prisma cristiano. Cuando nos alejamos de la única verdad de nuestra vida que es Jesucristo todo se reduce a una proyección humana, no sobrenatural. Y tratar de comprender la perspectiva de la vida con ojos humanos lleva a la infelicidad.
La perseverancia en cumplir la voluntad de Dios nos ayuda a cumplir cada uno de nuestros propósitos, a enfrentarse a nuestros defectos, a tolerar el sufrimiento que nos aflige, a aceptar los tropiezos y las caídas de cada día. Y, además, mitiga el desaliento cuando perseguimos un objetivo o esperamos un bien que se demora en el tiempo sin explicación alguna. La vida requiere paciencia; la paciencia provoca el dominio de uno mismo; y el dominio lleva a la serenidad; y la serenidad es el camino para alcanzar la paz interior. Entonces el Espíritu Santo vive en nosotros y nos permite actuar de manera ordenada para alcanzar el fin debido. Así, se hace más sencillo calibrar el alcance de cada uno de nuestros actos que, por muy insignificantes que parezcan, alcanzan un valor que trasciende lo meramente accidental.

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¡Ven Espíritu Santo, ayúdame a ser constante y paciente en todos mis actos! ¡Ayúdame a comprender los acontecimientos de mi vida y aceptarlos con humildad, generosidad y entrega! ¡Dame fuerza para ser constante en mi vida de oración, coherente en mi vida familiar, social y profesional, tenaz y perseverante en mi lucha diaria, ejemplar en mi vida profesional! ¡Hazme comprender la necesidad de frecuentar los sacramentos para vivir con coherencia mi vida cristiana! ¡Y ayúdame a no caer en tentación!

Como es domingo os presento la Misa en re mayor de Josep Mir i Llussà, compositor de música sacra del siglo XVIII y que desarrolló su carrera musical en Segovia, Valladolid y Madrid.

Pruebas de fe

Último sábado del mes de mayo, dedicado a la Virgen María, a la que llevamos en nuestro corazón. Peregrinamos con ella en nuestra fe, avanzamos junto a ella en el camino de la vida y la reconocemos en los pequeños detalles de nuestras experiencias.
De ella decimos maravillas en las letanías del Rosario, en las oraciones que le dedicamos, en el Regina Coeli que hemos rezado en este tiempo pascual, en la veneración que le profesamos, pero eso no es lo que más le satisface a María. A la Virgen le maravilla sentirse Madre siguiendo los pasos de nuestra vida que son los pasos de la fe, con Cristo, su Hijo, en el centro de nuestro corazón. Es así, porque María es el verdadero camino, la que marca la ruta, la brújula de nuestra fe, el compás de nuestra esperanza porque todo lo que nosotros podamos experimentar ella ya lo vivió en carne propia en el pasado.
Nuestra Señora no espera el oropel del aplauso ni la suntuosidad de las vestimentas con la que la ornamentamos. Ella, humilde entre las humildes, sólo espera que imitemos la humildad de sus gestos, de su mirada, de su silencio, de sus palabras… y, sobre todo, la firmeza de su fe para entender lo que Dios quiere y espera de nosotros.
¿Acaso Dios no trastocó todos sus planes? A la Virgen le ocurrió lo que a nosotros nos sucede con frecuencia. El Señor nos lleva por derroteros no explorados, por caminos imprevistos. Pero María es nuestro espejo. La joven de Nazaret tenía previsto un camino, una misión; tenía unas esperanzas y un compromiso. Pero Dios tenía ideado para ella un plan maravilloso: ser Madre de Dios. Y la llamada del Ángel, aquel «Ave María, llena de gracia» trastocó toda su existencia. Y sus planes de vida dieron un giro radical. Pero María dio un «sí» sin contemplaciones aún no siendo realmente consciente de la decisión que había tomado. Pero Dios, que había mirado «la humildad de su esclava», sonrió desde el cielo. Dios siempre sonríe cuando alguien dice «sí» a sus planes divinos. Y María, la escogida de Dios, fue fiel a aquel «sí» prematuro para dar un «sí» a lo largo de toda su vida. Un «sí» que comportaron también muchos sufrimientos. La prueba es la pincelada que asemeja al hombre a la imagen de Jesús.
Las borrascas de la vida de María asentaron su fe. La anunciación, el anuncio del matrimonio con José, el alumbramiento en Belén, la persecución a los niños recién nacidos, la huida a Egipto, el niño perdido en el templo, las bodas de Caná, la Pasión, la Crucifixión… La fe no oscure las penumbras de la vida sino que da sentido a los tiempos de dificultad. En cada situación de prueba, la Virgen fortaleció esa fe sometida a contradicción. Pero la Virgen supo, a la luz de la fe, interpretar espiritualmente cada uno de aquellos sucesos.
Esa es nuestra enseñanza, aceptar el sacrificio y la prueba, el sufrimiento y el desconsuelo, dar el «sí» a Dios sin condiciones.
Ante una situación de dificultad de cualquier tipo, María está cerca nuestro pero también el amor de ese Padre que tanto nos ama como amaba a María. Porque esta es la forma con que Dios demuestra su amor a los hombres.¡Qué no olvide nunca acudir a María para llegar al Padre!

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¡María, hoy quiero dar un fiat como el tuyo: auténtico, sincero, comprometido y lleno de fe! ¡Que nada ni nadie me aparte de la senda de tu Hijo! ¡Quiero amar a Dios por encima de todo, María, para demostrarle mi fidelidad! ¡Quiero amar de verdad, María, como amas Tu, poniendo el pensamiento en los demás y no en mi mismo! ¡Quiero confiar en tu Hijo como lo hiciste Tú, Madre, con esa confianza suprema para aceptar culaquier prueba o contrariedad! ¡No quiero defraudar a Tu Hijo, María, ni abandonarle cuando me sobrevenga la prueba y decir siempre «si»! ¡Que en el silencio, sepa escuchar los sururros de Dios que me habla! ¡Y en los momentos de soledad, de despojamiento, de tristeza, de agobio… pueda acudir a Ti para a través tuyo llegar a Jesús! ¡María, Señora del Abandono, no quiero defraudar a Dios y me quiero abandonar a Él con una fe ciega! ¡Ayúdame a escoger siempre el camino de la aceptación! ¡María, Señora del Sí, que de mi corazón surja siempre la frase «Hágase tu voluntad»! ¡Y ayúdame a no ser mediocre, ni tibio, ni perezoso en las cosas de Dios!

Del joven compositor londinense Philip Stopford (1977) te ofrezco en este último sábado de mayo su bellísima meditación del Ave María:

Victimismo de mártir

Todos conocemos personas que se las dan de mártires; «¡No hay derecho!», «¡Qué desastre, siempre me pasa a mi!», «¡Qué mala suerte!», «¡Otra vez, esto no hay quien lo aguante!», «¡No puede ser!», son las expresiones favoritas. Actores oscarizados del gimoteo. La obra preferida que representan es Ir de mártir. El lamento es la única música desafinada que sus palabras pronuncian. Con esta actitud —no hay que olvidar que el mundo se ha confabulado contra ellos— reclaman la atención y están convencidos de que serán más felices, más prósperos, mejores en todos los sentidos, si no se les hubiese tratado mal o no se hubiesen visto obstaculizados por las circunstancias.
¿Cuál es la consecuencia de echar la culpa de lo que acontece en nuestra vida a los demás? Ante todo, al no valorarnos a nosotros mismos, nos absolvemos de responsabilidad en lo que se refiere a nuestros problemas y nuestro estado anímico. Nos damos a nosotros mismos permiso para no buscar soluciones, para no actuar, para no cambiar. Hacemos las cosas por deber pero sin ponerle ilusión ni alegría. Nos corroe la envidia y surgen los recelos. El resultado final es que la situación sigue encallada, con cambios de humor tendentes a la tristeza, con mayor propensión al egoísmo y con incapacidad para sentir paz y serenidad interior.
El martirio es un acto heroico si está basado en la genuina fe en Cristo y su amistad con Él. De lo contrario nada tiene de positivo. Es un viaje agitado y convulso marcado por las dificultades del principio al final. Es por ello, que para vivir felices hay formas de liberarnos de esta forma paralizante y desgarradora de egocentrismo.
En lugar de concentrarnos en nosotros mismos como víctimas inmoladas, existe la posibilidad de dirigir la atención hacia las soluciones. Se trata de aceptar en el día a día todo lo que nos sucede, tratando de no darle trascendencia a lo que sintamos a causa de ello. Averiguar que nos sucede. Lo más importante es que podamos pedirle a Dios que nos indique el camino cuando empezamos a asumir la responsabilidad de nuestra vida.
Un mártir que no se entregue a Cristo es más víctima de si mismo que de las otras personas.
El martirio es un signo, una expresión de honestidad de la persona y nada ni nadie está legitimado a desvirtuarlo. El mártir del siglo XXI, además del que perseguido derrama su sangre por Cristo —y lamentablemente esta situación es cada vez más frecuente—, es aquel que en su día a día entrega su yo por quienes le rodean en honor al Evangelio. Y, eso, no permite la queja, el lamento ni el gimoteo.

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¡Señor, mi egoísmo y mi soberbia me impiden muchas veces ver tu rostro! ¡Y me convierto en víctima, Señor; y cuando te veo en la Cruz me derrumbo por mi impotencia! ¡Señor, cuántas veces intento rezar y no me salen las palabras! ¡En cuántas ocasiones mi oración es gélida y silenciosa! ¡Pero sé que Tu estás ahí, sintiendo y haciendo tuyo mi silencio! ¡Aquí tienes, Señor, mis sufrimientos, mis anhelos, mis miedos, mis incertezas, mis pesares, mi presente y futuro que me convierten en un mediocre por tanta queja! ¡No quiero ser ni parecer un mártir pero a veces la vida me ahoga y necesito que Tu te hagas cargo de mis asuntos! ¡Sin tu presencia en mi vida, Señor, todo es más difícil de asumir y aceptar! ¡Aún así te doy gracias por todo, mi Señor! ¡Espíritu Santo, dame el don de fortaleza para superar las situaciones complicadas, el don de consejo para aceptar el querer de Dios en mi vida, el don de piedad para tratar a Dios con confianza y el don de sabiduría para saber encontrarle en cada una de las cosas que me suceden! ¡María, Señora de la alegría, concédeme el don de la alegría para vencer las angustias y los pesares! ¡Que se haga siempre tu voluntad, Señor, porque yo sólo deseo en mi vida aquello que Tu quieres para mi! ¡Y finalmente, Señor, te pido por los cristianos mártires perseguidos para que, con tu fuerza, permanezcan fieles a Ti en su testimonio, y su sangre derramada sea semilla de esperanza para nuevos cristianos!

Hoy comparto el Concierto para dos violines BWV 1043 de Juan Sebastián Bach:

Llenar de colores alegres la realidad de mi vida

Sentado cómodamente en el bus me encuentro dispuesto a disfrutar de la lectura. Dos señoras de media edad se sientan en los asientos delante de mí. Conversan —vociferan, es la palabra exacta— sobre unas amigas sin dejar títere con cabeza. En los primeros diez minutos de trayecto escrutan su vida y milagros sin destacar absolutamente nada positivo. ¡Qué amargura la de estas dos damas, por utilizar una expresión amable sobre ellas! Una persona amargada es alguien incapaz de sacar un resquicio de alegría de su propia vida y la de los demás. Quien no tiene serenidad interior no puede obtener nada positivo de la vida y ver con buenos ojos a los que le rodean.
Me duele esa época de mi vida en que todo lo veía profundamente negativo. Me quejaba por todo y mi vida no era más que una oficina comercial del infierno en mi mundo personal. Me convertí en el comercial más cualificado. Era, lógicamente, una elección personal que provocaba dolor y frustración en mi corazón y en los demás. Sólo en el momento en que he sido capaz de poner en oración esa negatividad, entregársela al Señor y pedir al Espíritu Santo la purificación de mi corazón he podido ver el lado amable de la vida y llenar de colores alegres la realidad de mi entorno. Con Cristo en el centro las personas y las situaciones positivas se imantan en el hombre.
No es la vida la que nos enseña sino la lectura que nosotros hacemos de ella la que nos ofrece enseñanzas. No basta con prestar atención a los acontecimientos de nuestra vida, se trata de observarlas bien para descubrir ese algo diferente que siempre llevan consigo. Para ello es imprescindible contar con una predisposición a encontrar la bondad y una sensibilidad lo suficientemente moldeada como para ser receptivos a esos guiños con que la vida nos sorprende en cada momento. Saber vivir es básicamente simplificar nuestra existencia, desechar lo que nos sobra, vivir sobriamente, aceptar nuestras circunstancias y sacar enseñanzas positivas de nuestro caminar diario.
Pero saber vivir es también cultivar la admiración por las personas que nos rodean. Hacerles la vida más agradable —o intentar lograrlo porque no siempre consigue, al menos en mi caso—. Se trata, simplemente, de mirarlas con buenos ojos. Es cuestión de buscar lo positivo de cada persona; sólo con esto se abre un mundo a nuestro alrededor. Tenemos la tendencia a prejuzgar y a infravalorar a las personas. A escrutar su vida y minusvalorar sus cosas positivas. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Es más fácil fijarse en los aspectos negativos que en los positivos de las personas. Uno sólo puede juzgar a los demás si se conoce bien a si mismo. ¿Quién de entre nosotros es culpable y quién inocente? Prefiero cerrar los ojos y meditarlo antes de contestar.

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¡Señor, Tu eres el único juez, el juez justo y misericordioso, mi abogado e intercesor ante Dios, ten piedad de mí! ¡Te pido no me juzgues con la misma medida que juzgo yo a los demás!¡Señor, ayúdame a ver siempre el lado positivo de las cosas y de las personas! ¡No permitas, Señor, que critique a los demás porque no piensan como yo! ¡Que mi vida no se limite a ver los errores ajenos y que sepa ver en ellos una barrera para caminar con cautela! ¡Espíritu Santo dame el don de la santa humildad para no presuponer los motivos por los que los demás actúan de una determinada manera! ¡Dame un corazón dócil que no sea crítico y que tenga siempre una actitud amorosa e indulgente! ¡No permitas, Señor, que sea esclavo de las opiniones ajenas y no depender de la mirada del otro o del qué dirán! ¡María, que te dejaste guiar en toda su existencia por la acción interior por el Espíritu Santo, y eres contemplada sobre todo como la mujer dócil a la voz del Espíritu, mujer del silencio y de la escucha, mujer de esperanza, sírveme como modelo para amar a los demás y buscar siempre lo mejor de cada uno!

Albinoni es famoso por su Adagio, pero tiene una importante obra musical. A destacar este Concierto para trompeta, cuerdas y continuo en re menor:

«¡Tengo sed!»

Me dirijo por la tarde con prisas a una reunión. Frente a un supermercado una mujer anciana, encorvada y sufriente, me pide que le compre una botella de agua. «Por favor —gime suplicante—: ¡Tengo mucha sed!». ¡Qué congoja! ¡Qué tristeza! Le compro lo que me pide y observo como se aleja aliviada.
Tras la reunión asisto a la Eucaristía. Y me viene a la mente esa mujer sedienta. E imagino el grito angustiado de Cristo agonizante en la Cruz, solo y privado de consuelo, exclamando por esa garganta seca y magullada y esos labios prietos y ensangrentados: «¡Tengo sed!». Un lamento para que se cumpliese la Escritura en busca de alivio, apenas audible, en el más absoluto de los abandonos.
Impresiona contemplar como Dios, en una señal de su humanidad, pordiosea un pequeño sorbo para saciar su ardiente sed. No es una sed física, es una sed de amor, de sacrificio, de entrega, de fe, de amistad. Solo reclama un sorbo de agua que brote de nuestro corazón. Es un grito que reclama cercanía. Y yo, cuando miro hacia otro lado y no comprendo que Dios está sediento para saciarme a mi imposibilito que se materialice en mi el don de la bondad. La sed de Cristo es la puerta que abre en el corazón humano el misterio de Dios, la máxima expresión del amor, la caridad y la bondad.
Con frecuencia los seres humanos no comprendemos que el dejarse ayudar es intrínseco con un corazón sereno. Un corazón duro y egoísta, soberbio y autosuficiente, rechaza el favor del amigo, impide la ayuda misericordiosa, aparta la mano generosa porque lo considera una humillación. Pero Dios nos demuestra que el hombre es verdaderamente hombre en la desnudez de su pobreza.
«¡Tengo sed!». ¡Qué expresión tan profunda para revelar los planes de Dios con el ser humano! Dios mendigando un sorbo del hombre creado por Él. Lo medito y mi corazón se desgarra. Aquí radica la unión íntima entre el hombre y Dios. «¡Tengo sed!» es como exclamar: «¡Agárrame de la mano y ven! ¡Despójate de tus sufrimientos, de tus preocupaciones, de tus dolores, de estos anhelos que provocan turbación y ven!» «¡Ven a mi y descubre la misericordia y la serenidad!».
Un hombre con el corazón sereno es aquel que se entrega a los demás, se abandona a sus necesidades, se vuelca en sus sufrimientos, escucha sus lamentos. Un hombre siempre en vela, preocupado por los más cercanos. ¿Soy yo así? ¿O paso por la vida sin ser capaz de dar a ese Cristo un sorbo de agua fresca cuando me lo reclama anhelante desde la Cruz porque tengo prisa, porque mi tiempo es más valioso, porque ya hago demasiado por los demás, porque mi vida ya está llena de problemas, porque mi yo es de champions league…?
Por muchas excusas que presente el corazón, aunque las circunstancias no lo permitan, no nos damos cuenta que es hasta suficiente el anhelo de ayudar. Basta con que en el corazón exista el deseo de arrimar el hombro, de echar una mano, de socorrer al que lo necesita, de auxiliar al que sufre, de asistir al desfavorecido. Y cuando eso no sea posible, acompañar a esa persona con la oración —la oración desde el corazón conmueve a Dios y cambia todas las cosas—, una oración de intercesión que surja desde los más profundo, con los deseos más fervorosos hacia aquel ser que exclama: «¡Tengo sed!». Es como llevarle el espíritu de Cristo a su corazón obsequiándole con nuestro propio ser. Esa es la entrega más grande de un hombre: realizar una unión silenciosa con el Amor, engrandeciendo y dándole una nueva dimensión la idea de serenidad.

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¡Aquí estoy, Señor, postrado ante Ti que llamas a los que tenemos sed! ¡Señor, tengo sed! ¡Tengo sed de Ti! ¡Tengo sed de ti, Señor, como la tierra reseca tiene sed de lluvia! ¡Y necesito que me sacies de Ti! ¡Porque mi sed es una sed de amor, para darme a los demás, para desprenderme de mi yo, de mi egoísmo y mi soberbia! ¡Tengo sed de Ti, de tu amor, de tu verdad, de tu paz! ¡Pero también tengo sed de dejar de lado mi amargura, mis sentimientos de tristeza, mis rencores, mis odios, los recuerdos de mis fracasos, de mi agresividad, de las injusticias recibidas! ¡Tengo sed, Señor, de llevar una vida más auténtica, más comprometida, más llena de Ti, más de verdad! ¡Tengo sed de tu Espíritu, Señor! ¡Quiero encontrarte a Ti, Jesús sediento de amor, en la Eucaristía de cada día para adorarte y bendecirte! ¡Y en los que me rodean, en los más pobres y los más necesitados! ¡María, Madre Santísima, modelo de entrega, Tu que nos llevas al pie de la Cruz, sacia también mi sed con tu ejemplo y generosidad! ¡Me basta con un pequeño sorbo, Señor, para saciar mi sed, fortalecer mi corazón y empezar de nuevo mi caminar!

Nach dir, Herr, verlanget mich (De Ti, Señor, tiene sed mi alma) titula J. S. Bach su cantata 150:

No te puedes permitir bajar los brazos

Me comentaba hace unos días un amigo que son tantas las dificultades por las que atraviesa que se le ha agotado ya la poca paciencia que le quedaba: consigo mismo, con su mujer, con sus hijos, con sus empleados, con sus amigos… A la mínima, su furia se desboca. Los problemas le ahogan de tal manera que tiene la sensación de ser un fracasado. “Me gustaría no bajar los brazos. Pero no puedo, todo me desborda”, me dice. En todo corazón sereno hay algo que no es humano. La paciencia nace de la fuerza de Dios, y se obtiene fundamentalmente en la oración y en la Eucaristía diaria. Un corazón paciente es un corazón que sabe sufrir en paz. Cuando a uno le sobreviene el desaliento no puede ni debe bajar los brazos. Debe poner ese problema en manos de Dios: “Aquí lo tienes, Señor. Yo sólo no puedo. Ocúpate tu”. Eso y poniendo los medios humanos para solventarlo, actuar para intentar resolver, pero sabiendo que esa situación está en manos de la voluntad del Señor.
Nunca es fácil cuando sobrevienen las dificultades y cuando los problemas hieren al corazón y al alma. El corazón paciente debe aprender a vivir en el recogimiento interior. Sin exigir explicaciones, sin querer comprender el por qué de los acontecimientos y las cosas, sin protestar airadamente, sin rebelarse, sin desear que la prueba pase, sin aceptar ni amar nada excepto que se cumpla la voluntad del Señor. La verdadera paciencia nace de la oración, de la contemplación misma de la serenidad divina. ¿No has experimentado nunca esa paciencia de Dios que te perdona siempre las mismas faltas, que sale a tu encuentro diariamente cada vez que vuelves cansado y desengañado de las cargas de tantas alforjas tramposas y pasajeras que jalonan tu vida?
Y cuando parece que esa mano de Dios no te alcanza o se esfuma difuminada en el profundo misterio del dolor y de la prueba, contamos con esa otra mano intocable e intangible de la fe, a la que nos podemos asir con fuerza y nos lleva al amor del Padre. En la Cruz está la paciencia. A los pies de ese madero nuestro dolor se mitiga y empequeñece al tiempo que nuestro amor se acrecienta y se hace más magnánimo. Y, entonces, uno aprende a tener paciencia consigo mismo, con su mujer, con sus hijos, con sus empleados, con sus amigos… pero no con una dimensión humana sino según los designios de Dios. Y así, en lugar de bajar los brazos uno los eleva al cielo para exclamar: “Abba, Padre. Que se haga tu voluntad y no la mía”.

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¡Señor, Tu nos dijiste que aprendamos de Ti que eres paciente y humilde de corazón! ¡Eso es lo que quiero hacer! ¡Por eso, Señor, te pido de corazón que me concedas la paciencia para soportar las largas esperas, para aceptar los problemas que surgen cada día, para adaptarme a los imprevistos, para superar las pruebas, para tolerar las incomprensiones o para aceptar las críticas! ¡Ayúdame, Señor, a perseverar en mi vida de fe para afrontar todas las adversidades con otra mirada! ¡Tu mirada! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de fortaleza y de sabiduría para asumir los desafíos de mi camino cotidiano y para confiar ciegamente en la providencia divina! ¡Ayúdame, Espíritu de Verdad, para no desfallecer nunca! ¡María, Señora de la paciencia, dame esa serenidad tan tuya para aceptar las situaciones de mi vida con una mirada sobrenatural!

Comparto en este martes esta serena pieza de Pierre Bonhomme titulada In nomine Jesu, el nombre de Jesús que siempre tiene que brotar de nuestros labios para orar y dar gracias:

Aprender de los fracasos

Celebramos ayer la jornada de Pentescotés y vivimos una experiencia de fe extraordinaria que es recibir la efusión del Espíritu Santo sobre nuestras almas. La efusión en el Espíritu no es mas que un rito antiguo de la Iglesia primitiva y supone una doble puesta en marcha, personal y comunitaria, para que el Espíritu actúe libremente en nosotros, renovando, profundizando y actualizando de nuevo la gracia del Bautismo y la Confirmación. Rezamos unidos unos por otros, en una comunidad de amor fraternal impresionante.
Disfruto de la tarde en una jornada de adoración y alabanza, de efusión del Espíritu. Siento el gran amor de Cristo, como la mayoría de los presentes. Es algo indescriptible. La Resurrección de Cristo marca un antes y un después en nuestra vida. Y la venida del Espíritu Santo supone un paso adelante en nuestro camino de fe. Desde el día en que Cristo fue alzado en la Cruz, que parece ser el signo del abandono, de la soledad, del fracaso, todo se ha convertido en un nuevo inicio.
Mientras rezamos unos por otros, mientras cantamos, en el momento de reclamar la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios me permite comprender que cuando más sufriente es el dolor del corazón, cuando más grandes son los fracasos, más cerca está Dios del hombre. Vencer el fracaso de mi egoísmo, de mi soberbia, de los excesos de mi personalidad, de mi relación con los demás, de mis rencores, de mi falta de caridad… esta idea del fracaso resuena varias veces en el interior de mi alma. Comprendo también que triunfar es aprender a fracasar. El éxito de nuestra vida tiene como punto de partida el saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta paradoja estriba, en gran parte, el acierto en el vivir. Cada desengaño, cada revés, cada decepción, cada contrariedad, cada frustración, cada desilusión lleva consigo el cimiento de una serie de capacidades humanas inexploradas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han edificado lo mejor de sus vidas.
Todos estamos expuestos, de una manera u otra, al fracaso; esa es la realidad. Pensar que uno está exento de él es una insensatez. Si asumimos el fracaso con una actitud positiva podremos incluso fortalecernos y abrir nuevos horizontes en nuestra vida. No tenemos en cuenta que del fracaso subyacen lecciones esenciales para la vida. Las dificultades de la vida juegan a nuestro favor. El problema principal de los fracasos radica en que no estamos acostumbrados a abordarlos sino que vivimos atemorizados por el riesgo a fallar, perseguidos por la sombra de la crítica o de la humillación. Pero Dios escribe derecho en los renglones torcidos de nuestro propio caminar. Dios nos deja libertad y sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor.
Lo más impresionante de la vigilia de ayer: el Señor se hizo presente con la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se puso en nuestras manos. Nos pidió nuestro amor. Nos invitó a hacernos pequeños, a descender de nuestros tronos de barro y aprender a ser niños ante Él. Nos ofreció el Tú. Nos pidió que confiásemos en Él y que aprendiésemos a vivir en la verdad y en el amor. Eso no es fracasar, eso es hacer grande y simple lo esencial: amar a Dios, amarse uno mismo y amar a los demás.

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¡Señor, tu eres mi roca, mi auxilio, mi fuerza! ¡Te dirijo mi súplica, Señor, para que me ayudes a superar las amarguras que me generan mis fracasos! ¡Necesito sentirte cerca, Señor, y ofrecerte mi pobreza y mi nada! ¡Señor, Tu conoces lo que anida en mi corazón y las buenas intenciones! ¡Sabes, Señor, que muchas veces las cosas no salen por mi cabezonería! ¡Ayúdame a comenzar de nuevo cogido de Tu mano, haciendo las cosas con humildad y mayor madurez, para gloria tuya! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar a los demás como a mi mismo y juzgarme como lo haría con los demás! ¡Y cuando me vayan bien las cosas no permitas caer en el orgullo ni en la tristeza cuando fracase! ¡Recuérdame, Espíritu de Dios, que el fracaso es el primer paso hacia el triunfo! ¡Lléname de serenidad, alma de mi alma, para hacer siempre el bien!

Una pequeña joya de Telemann. Su Aleluya del Salmo 117:

¡Ven, Espíritu, ven!

Ayer sábado, en una jornada del Espíritu, vivimos los allí presentes una experiencia profunda de efusión del Espíritu Santo, de conocimiento del Espíritu de Dios, de experiencia del fuego de su amor. Fue un apertivo a la jornada de Pentecostés que viviremos hoy.
Por la noche, en la quietud de la iglesia, en un ejercicio de intensa emoción, acompañado de cantos hermosos que invocaban la venida de quien despierta en nosotros la fe compartimos dos horas de entrega serena al Espíritu, principal artista de nuestra santificación. Una fiesta de la gratuidad del amor. Noche de luz y de fuego.
Esa agua viva que es el Espíritu Santo está presente en nuestra vida como una fuente estancada. Para conseguir que las dificultades que frenan que el agua discurra se hace imprescindible pedir la gracia de la efusión del Espíritu, en el seno de una comunidad de fe, amor y oración. Es lo que sucedió en la tarde noche de ayer sábado.
Un centenar de personas nos reunimos a rezar. Algunas de ellas están alejadas de la vida de la fe, pero han iniciado un camino de acercamiento a Dios. Algunos rezamos e intercedemos por estas almas hijas de Dios, de ese Dios que se hace siempre el encontradizo si se le busca; de ese Dios que nunca abandona, para comprender que es imposible contemplar los frutos en nuestra dedicación apostólica sin la presencia viva del Espíritu Santo en nuestra vida. Es una noche que ayuda a comprender que si uno desea resucitar su fe y su vida mortecina, basta con invocar al que es el alma que da vida a nuestras obras estancadas. Y al clamor del ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo! la presencia del Espíritu de bondad, magnanimidad, misericordia, amor… se hace presente en nuestros corazones.
Invoquemos a diario los siete dones del Espíritu ante cualquier acontecimiento de nuestra vida, para nosotros y para las personas que queremos, sobre los que sufren, sobre aquellos que están en el límite de la desesperación, sobre nuestros enemigos, sobre los que no tienen fe, para que nos ilumine en nuestro caminar, en nuestro matrimonio, en nuestros proyectos, en nuestras anhelos, en nuestra conversión diaria… Cada invocación se traducirá en un bálsamo que permitirá cambiar nuestra vida, abandonando poco a poco esas actitudes y costumbres que no están de acuerdo con el plan de Dios sobre nosotros.
Y, así, al calor de su presencia observaremos que los frutos del Espíritu son el amor, la paz, la paciencia, la alegría, la bondad, la magnanimidad, la generosidad, la dulzura de corazón, la amabilidad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí…
¡Ven Espíritu Santo a mi vida y haz que resurja como un hombre nuevo!

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Hoy mi oración es la sencuencia del Espíritu Santo:

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya

¡Veni Sancti Spiritus! ¡Ven, Espíritu Santo, ven! ¡Hazte muy presente en mi vida! Feliz domingo de Pentescostés a todos.

La complicidad de María

Cuarto fin de semana de mayo con María en nuestro corazón. Imagino la intimidad de María en Nazaret acompañando el corazón de Cristo. Imagino sus noches en el porche de su hogar compartiendo con su Hijo secretos y confidencias. Los imagino sentados en el alféizar, a la luz de la luna, en oración profunda. Imagino los gestos de complicidad entre Madre e Hijo, con José siempre en un segundo plano. Imagino sus miradas amorosas, sus sonrisas cómplices, sus caricias, sus conversaciones tranquilas. Imagino sus actitudes de servicio afectuoso. Y me pregunto: ¿Es así también el día a día con mi mujer, con mis hijos, con mis familiares, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo?
Imagino asimismo cómo custodiaría María en su corazón de Madre la revelación del Padre. Imagino como la Madre salvaguardaría en su alma los secretos de su Hijo amado. Imagino como la Virgen pondría en oración los designios y la voluntad que le vino de lo alto. Y me pregunto: ¿Es así mi oración diaria o mi participación en la Eucaristía?
Imagino como María perdonaría a su Hijo al desaparecer en el templo o las tropelías en la casa de Nazaret. Imagino también cómo perdonaría a los que la juzgaron antes del compromiso con José o a los que murmuraban y rumoreaban sobre su Hijo iniciada su vida pública. Y me pregunto: ¿Soy yo capaz de perdonar y olvidar las ofensas o en mi corazón brota el rencor y la envidia? ¿Hago juicios sobre los demás sin profundizar en mi propia alma?
El corazón materno de María cobijó, acogió y perdonó a quien se dirigió a ella para dar reposo a su alma. Si uno quiere parecerse en algo a Cristo no tiene más que acudir a María porque ningún otro ser en este mundo tuvo el privilegio de modelar, formar, ilustrar y educar el alma humana de su Hijo.

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¡María, Madre mía, permíteme que ponga en tu regazo las confidencias y los secretos de mi pobre alma! ¡No dejes que mi oración sea monótona y mecánica sino que se convierta en una verdadera intimidad con tu Hijo! ¡Enséñame a contemplar, en el silencio de la oración, esos secretos del Padre que sólo un alma sencilla es capaz de acoger con humildad y entrega! ¡Y dame confianza, Madre, para afrontar los desafíos de mi vida! ¡Por eso, en las dificultades, ayúdame María! ¡De los enemigos del alma, sálvame María!
 ¡En los desaciertos, ilumíname María! ¡En mis dudas y penas, confórtame María! ¡En mis soledades, acompáñame María! ¡En mis enfermedades, fortaléceme María! ¡Cuando me desprecien, anímame María! ¡En las tentaciones, defiéndeme María!
 ¡En las horas difíciles: Consuélame María! ¡Con tu corazón maternal: ámame; y con tu inmenso poder: protégeme!

Luigi Cherubini es un compositor eclipsado por sus contemporáneos conocido por su extensa obra lírica que dejó, lamentablemente, en un segundo plano sus bellísimas obras sacras. Comparto su Ave María:

Máscaras que cubren nuestra verdad

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Os regalo este Concierto para trompeta de Hummel para alegrar este día en el que intentaremos desenmascararnos de la falsedad de nuestra vida: