¿Qué hago yo, verdaderamente, para alcanzar la santidad?

Primer sábado del mes de mayo con María en lo más profundo de nuestro corazón. Me gustan los sábados por este motivo, porque siento muy cercana la presencia de la Virgen. En el silencio de esta madrugada, mientras comenzaba la meditación, una imagen de María que hay en mi escritorio me invita a meditar sobre cómo habría sido la vida de la Santísima Virgen en sus últimos años. Y no es fácil imaginar que hubiese sido un vida de oración. María no debió perder nunca la presencia de Dios, ni antes ni después de la Encarnación. En los postreros años de su transitar por esta vida, esa oración debió ser más profunda e intensa. Si una madre no olvida, ¿Podría Ella pasar un sólo instante sin recordar a su Hijo amado? ¿No meditaría desde el corazón acordándose de cada palabra, de cada predicación, de cada milagro, de cada azote, de cada caída, de esa muerte redentora, de aquella Resurrección gloriosa y de aquella Ascensión triunfante, en definitiva, de su inmenso amor por los hombres? Una de las frases que más me impresionan del Evangelio es aquella que señala que María lo guardaba todo en el fondo de su corazón y las meditaba en su corazón. Me inclino ante esta oración sencilla que es un ejemplo para mi corazón egoísta. Entregada amorosamente al cuidado de San Juan, María emplearía gran parte de su tiempo en conversar con su nuevo Hijo y con su Dios. Y tal vez acudiría a visitar aquellos lugares que su Hijo santificó con su Pasión.
Le pido a la Santísima Virgen que me permita subir con Ella al Calvario, que me permita acompañarla cogida de la mano en mi Vía Crucis cotidiano, con mis caídas, mis problemas, mi sufrimiento, mi egoísmo, mi falta de humildad, mi mal genio… Y miró a la Virgen y me avergüenzo de mi oración tantas veces tibia, desganada y sin fuerza contemplando lo amorosa que sería la de María; me abochorno por el poco tiempo que dedico a Dios en contraposición a su entrega generosa; me ruborizo por el poco empeño que pongo en servir a Dios y a los demás -sea familia, amigos o compañeros de trabajo- al observar como Ella se esforzaba en servir al Señor como una verdadera esclava; me entristezco ante mi falta de ayunos y penitencias comprendiendo la poca mortificación que hay en mi vida en comparación con la suya; me aflijo cuando me engaño queriendo creer haber hecho mucho en mis pequeños sacrificios; y, sobre todo, me deshonro cuando respondo con sinceridad a lo que se pregunta mi corazón: ¿Qué hago yo, verdaderamente, para alcanzar la santidad?

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¡María, tu sabes que en la vida de perfección, el detenerse es ir hacia atrás. Tu que eres siempre santa, siempre pura, siempre llena de gracia, que nunca dices basta, ayúdame a seguir tu ejemplo y tus virtudes!¡Espíritu Santo, que infundes en mi la luz y la fortaleza para crecer en la humildad, haz mi corazón semejante al de María! ¡Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu! ¡Oh Dios, fuente de toda Santidad, haz que camine dignamente en mi vocación particular hacia la eternidad con mis buenas obras, palabras, hechos y actitudes!

En este primer sábado de mayo os invito a disfrutar de esta preciosa antífona mariana gregoriana, el Regina Caeli:

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