Reconocer al niño que llevo dentro

Paseo cogido de la mano con mi hijo pequeño. Cada vez que me suelto por descuido o porque atiendo una llamada de teléfono, inmediatamente él acude raudo a agarrarse de nuevo de la mano, especialmente cuando atisba un peligro cercano —el cruce de una calle, la cercanía de un perro, una bicicleta a velocidad de vértigo por la acera—. Este es el mayor icono de la confianza, de la seguridad y de la certidumbre: un niño cogido de la mano de su padre.
Es un paseo largo, entre miradas cómplices, conversaciones divertidas y compadreo alegre. Le miro con cariño y me viene a la mente una idea. Si uno no se atreve a fiarse nunca podrá experimentar que está sostenido.
Y, más tarde, en la oración, me surge otra idea. En mi vida cristiana he de aprender de mi hijo, abandonado tranquilamente en las manos del Padre, mostrándome sin máscaras reconociendo mi fragilidad, sin necesidad de disimular mis miedos porque confiando en Él mi vida no corre peligro.
Pero para aprender a ser como un niño he de reconocer en primer lugar, con humildad y valentía, al niño que llevo dentro. Y eso implica dejar un espacio y un tiempo a todo aquello que me permita avanzar; aprender para mejorar; ser lo suficiente valiente para manifestar mis penurias; no dejarme vencer por mis debilidades. Eso me permitirá acoger con seguridad y alegría, con mirada cómplice y compadreo alegre, a ese Padre Dios que camina conmigo cogiéndome de la mano; un Padre que no impone, sino que ama; un Padre que no es rígido, sino amoroso; un Padre que no se presenta mirando desde lo alto sino que ha nacido como un niño humilde en un pobre portal de una aldea sencilla. Y es ahí, en la sencillez de la vida, en el amor más puro, en la entrega generosa y en la confianza ciega, en la oración y en el testimonio de vida, donde ese Padre me invita a descubrirlo.
Y entonces, digo «¡Amén, Señor, Dios del Amén!». Porque «amén» significa «estar sostenido». «Amén» porque mi relación no es sólo un acto de fe, es un acto de fidelidad y confianza. «Amén» porque creo con firmeza que Dios es mi Padre y me sostiene. «Amén» porque sin ir de su mano no soy nada y nada puedo.
Y, al terminar, pienso cuando mi experiencia de vida ha sido más verdadera y más auténtica, cuando he sido más feliz, cuando me he sentido más pleno y lleno de esperanza, aunque en el camino las caídas y los peligros se hayan hecho presentes. Y evoco personas, circunstancias, sucesos y situaciones, empobrecimientos personales, pérdidas de prestigio o de fama, oscuridades del alma, suficiencias que no llevan a nada, euforias desmedidas, soberbias repletas de vacío. Y concluyo que la mejor época de mi vida ha sido aquella que estando alejado del Padre he sido como el hijo pródigo retornando a su casa, cuando le he tomado de la mano, me he dejado moldear por sus manos y he seguido su camino con humildad y empobrecimiento.
Y como mi propio hijo alzo los ojos hacia arriba, sonrío y siento que estoy sostenido de la mano de ese Padre que me permite vivir en la confianza.

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¡Señor, quisiera ser como un niño porque Tu dijiste dejad que los niños se acerquen a Mi! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a parecerme más a Jesús y tener la docilidad de un niño para acoger en mi corazón aquello que desea de mi! ¡Quisiera, Señor, ser como un niño para hacer la voluntad del Padre con alegría y amor! ¡Quisiera pedirte, Padre, con toda mi confianza que me ayudes en esta Pascua a nacer de nuevo para ser testimonio de la Verdad! ¡Deseo, Padre, cumplir siempre tu voluntad! ¡Sacar todo el tiempo para alabarte, darte gracias, bendecirte y glorificarte pero el tiempo que me cuesta no el tiempo que me sobra! ¡Quisiera sentarme en tu regazo, Señor, para abandonarme a Ti y dejarte todos mis sufrimientos, mis penas, mis miedos y mis excusas pero también para contarte que es de mi vida y cuan agradecido estoy por todo lo que me has dado! ¡Capacítame, Padre, para ser como un niño sencillo que ha dejado fuera de si su egoísmo, su soberbia y su dureza de corazón! ¡María, Madre del amor hermoso, acoge también a este hijo tuyo para llenarlo de tu amor y humildad!

Escuchamos hoy domingo el Gloria de la Misa Dictes moy toutes voz pensées (Misa Dime todos tus pensamientos) a 5 voces del compositor frances Jean Mouton. Y he elegido este título porque ¿quién no confía al Padre todos sus pensamientos?

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