En el corazón del que sufre

Ayer la Iglesia en España celebraba el día del enfermo, festividad que coincidía con la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia. Tuve la ocasión de asistir a la Eucaristía en el Cottolengo del Padre Alegre, el centro donde los enfermos que no pueden ser atendidos por otras instituciones, con preferencia aquellos por quienes no vela ninguna providencia humana, es decir los pobres entre los pobres, los más enfermos, los más necesitados son atendidos por las religiosas de la Congregación de Servidoras de Jesús del Cottolengo del P. Alegre que se proponen vivir con radicalidad, como dones del Espíritu y con su fuerza, la característica de su vocación, que es la entrega propia al servicio de Jesús en la persona de los pobres y enfermos más necesitados, con una actitud de abandono total y confiado en la amorosa Providencia de Dios Padre y en adoración constante a Cristo Señor en el misterio de la Eucaristía. Ayer uno de los residentes celebraba su Primera Comunión. Fue un acto hermoso porque el Evangelio coincidía con las palabras de Cristo sobre la entrega a los demás y las otras lecturas nos hablaban de que Dios es amor. ¡Dios es amor! Y ese amor se manifiesta también en los más necesitados, a los que nunca hemos de olvidar porque la paternidad de Dios, su presencia y su misericordia se hace imagen en los más pobres. Allí reside su grandeza. En cada menesteroso, en cada enfermo, en cada ser sufriente, allí está Jesús en persona haciéndose presente en é. Y con el mismo amor que se sirve a Cristo hay que servir al necesitado, especialmente al abandonado y marginado. El amor es caridad. El amor es entrega. El amor es servicio. Por eso es nuestro deber hacerse partícipe de los sufrimientos humanos, darles calor, cercanía afectiva y espiritual, amistad desinteresada, respeto moral.
¿Qué se vislumbra detrás de un enfermo? Un ser humano unido a Jesucristo crucificado y resucitado porque aunque parezca sorprendente en la enfermedad uno participa en el misterio redentor del Cristo sufriente. Y si uno es capaz de ofrecer su dolor y su sufrimiento por la salvación del mundo, como hizo el mismo Cristo, realiza el mayor amor que puede presentar un ser humano.
El Cottolengo es una gran familia integrada por residentes, hermanas y voluntarios y tiene las puertas abiertas a Dios. Él es el centro de su vida. Entender esto es un canto de fe y de amor. De esperanza y verdad. De humildad y sencillez. Cuando Dios pensó en el hogar de José y María su idea era crear una familia donde creciera el amor para que Él pudiera atravesar el umbral de aquel hogar y ponerse en medio, sembrando la semilla de la luz esperada durante siglos. ¿Dónde entra Dios? En los corazones que no le ponen resistencia. En los hogares que tienen sus puertas siempre abiertas de par en par. En las familias donde sus miembros le bendicen, le glorifican, le alaban, le dan gracias y se entregan a Él con un corazón sencillo. ¿No era así el hogar de María y José, un semillero de fe y de amor a Dios? ¿Es, así, mi familia? Y si no lo es ¿qué grado de responsabilidad tengo yo para que así sea?

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¡Señor, quiero hoy presentarte todas las enfermedades de mis familiares, amigos y conocidos! ¡Señor, Tu que eres la plenitud de la vida, ten compasión de aquellos que sufren impedimentos físicos, heridas emocionales o cualquier enfermedad del alma! ¡Haz, Señor, que mi fe crezca y mi corazón se abra a las maravillas de tu amor! ¡Gracias, Señor, por disculpar y perdonar esos labios míos que no supieron sonreír en la dificultad, por esa palabra que callé y no supo dar consuelo, por esas manos que no tendí para abrazar al que sufría, por esa mirada que desvié para no compadecerme del que reclamaba mi auxilio, por esos oídos que no prestaron atención al grito de dolor, esa verdad que omití y ese corazón al que no amé por mi egoísmo, mi rencor, mi envidia y mi vanidad! ¡Gracias, Señor, por perdonar los prejuicios que durante tanto tiempo he tenido sobre tanta gente, producto de un corazón que no amaba, soberbio y cobarde, y temeroso al compromiso y al amor! ¡María, Madre de los sufrientes, pon tus manos sobre ellos para que no decaigan nunca en la tristeza y la desesperación!

Del franco-flamenco Jean de Ockeghem (c1410-1497), disfrutamos en este inicio de semana, en este mes de mayo dedicado a la Virgen de su motete Alma Redemptoris Mater, a 4 voces.

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