Deja que Dios haga el resto

Uno de los objetivos de estas meditaciones es invitar a la oración. Una de las formas más hermosas para amar y ser agradecidos es rezar por los que nos rodean. La oración de intercesión se convierte en una herramienta imprescindible si realmente amamos de corazón. El amor hacia las personas presenta numerosos matices —la paciencia, la generosidad, la comprensión, el servicio, la magnanimidad, la entrega, el perdón…— pero la oración se convierte en la llave que abre todas las puertas del corazón. La oración es, en definitiva, el amor que se entrena cada día. Y ese amor no puede quedar circunscrito a ese reducido círculo de personas que conforman nuestro entorno, sean familiares, amigos y compañeros de trabajo. El fruto de nuestra oración debe ser universal, poner la realidad del mundo ante el altar de Dios, colocar el corazón humano cada día, en cada una de nuestras palabras, ante el corazón mismo del Padre creador.
La oración es liberación. Liberación de rencores y miedos, de dolores y resentimientos, de antipatías y aborrecimientos. Reza e implora siempre por aquellos que te han dañado, por aquellos que no te comprenden, por esos que hablan mal de ti. Reza e implora por tus seres queridos para que la unión no se rompa nunca y vuestro corazón esté siempre más unido en lo terrenal y espiritual. Reza e implora para que el Espíritu Santo te otorgue el don del perdón que sana tantos sufrimientos humanos.
Hace poco pude decirle a alguien que me había provocado gran dolor y un enorme quebranto: «¡Estás en mi oración diaria y te llevo en mi corazón!». ¡No lo esperaba! Llevaba rezando por él bastante tiempo. A través de la oración Dios me otorgó la bendición del perdón y la gracia de borrar el resentimiento de mi corazón.
Pensamos que sólo los sacerdotes pueden bendecir. Pero en las Escrituras el Señor nos otorga el poder de Dios para bendecir a los demás, basta con esta frase sencilla, llena de amor y repleta de paz: «¡Qué Dios te bendiga!». Es una oración sencilla, hermosa, directa y profundamente espiritual. La pronuncio interiormente siempre que me encuentro con alguien porque sé que Dios está actuando sobre él en ese mismo instante.
Por eso, bendice siempre sin temor. Ora con profunda intensidad por los que sufren, los que lloran, los que tienen soledad, los enfermos, los que están en la prisión, los sacerdotes, las consagradas, los niños, los profesores de la escuela o la universidad de tus hijos, los jefes, los que piden limosna, los taxistas que te llevan de un lado a otro, la cajera del supermercado. Todos son hijos de Dios, son tus hermanos y todos merecen ser amados en tu oración de cada día.
Y cuando te sientas ofendido, ninguneado, atacado… y la palabra «perdón» no pueda salir de tus labios cerrados, levanta tu mano, dirige tu mirada hacia el cielo y exclama con un corazón contrito: «¡Señor, no puedo perdonarle. Ayúdame Tu, Señor». Y entonces bendice a esa persona diciendo: «¡Yo te bendigo Fulanito, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».
Y lo mismo sucede con los enfermos, con los que en tantas ocasiones las palabras de consuelo no son suficientes. Tratamos de animarles con palabras hermosas, llenas de esperanza. La mejor palabra es la oración con ellos y por ellos. En cualquier visita dales tu bendición y tu oración y no te avergüence, aunque no crean, rezar con ellos. Es la mayor bendición para un corazón sufriente.
Nuestra misión como cristianos es darse amando, entregarse orando. Y por muy pecadores que seamos, que los somos, el Padre de amor y misericordia actuará por medio de nosotros. Reza con amor profundo, con un corazón sencillo y deja que Dios haga el resto.

oracion

¡Señor, toma por completo mi vida: mi presente y mi futuro, mis sueños y mis anhelos, mis planes y mis deseos, mi familia y mis amigos, mis enemigos y aquellos a los que he hecho daño! ¡Toma también, Señor, mi tiempo y mis silencios, mis talentos y mis capacidades, mis virtudes y mis defectos! ¡Me entrego a Ti, Señor, todos los días de mi vida! ¡Señor, de todo corazón, que Tu voluntad y Tus propósitos se cumplan en mi vida como Tu quieres y cuando Tu quieras! ¡Me consagro enteramente a Ti, mi Señor, y decido amarte con todo mi corazón, con todas mis fuerzas y con toda mi alma! ¡Espíritu Santo, sin Ti nada puedo hacer y nada soy! ¡Te suplico tu protección contra los arrebatos y maquinaciones de Satanás que intranquilizan mi alma y corrompen mi corazón! ¡Espíritu Santo, dirígeme en todo, dame discernimiento, sabiduría, inteligencia, fortaleza, paciencia y temor de Dios! ¡Infunde en mi el don de la oración para interceder siempre por los demás, para amarles y entregarme a ellos con vocación cristiana! ¡María, Señora de la esperanza, Refugio de los pecadores, guíame en mi camino hacia la perfección!

Del compositor y organista inglés Samuel Sebastian Wesley (1810-1876), contemporáneo de Mozart, te propongo disfrutar hoy del himno Blessed be the God and Father escrito para el coro de la Catedral de Hereford:

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