¿Podría afirmar que tengo pureza de corazón?

Y me formulo esta pregunta porque es un anhelo para mi tener un corazón puro. Y se lo pido al Espíritu Santo, que pronto vendrá en Pentecostés, para renovar mi corazón tantas veces poco cristalino y trasparente.
Sí, quisiera tener un corazón puro. Un corazón que permita ver con claridad a las personas que tengo delante. Para amarlas por lo que son con sus virtudes y con sus defectos. Que corrija en la soledad y no en público.
Un corazón puro que no juzgue, que no mire las apariencias, que no alimente críticas ni murmuraciones ni comentarios que dañen la reputación de un semejante. Un corazón cristalino que, por el contrario, busca la verdad de las cosas y de las personas y que cuando no está capacitado para opinar guarde silencio cristiano.
Un corazón puro que haga el bien por amor a Dios y no para recibir los elogios de la gente. Un corazón que no busca el aplauso ni la recompensa para no falsear la bondad. Un corazón para el que la generosidad no es una consecuencia sino un valor esencial. Un corazón que dirija su mirada a Dios a quien verdaderamente desea complacer. Un corazón que acepte no ser nada y que en la pequeñez de la vida sienta su grandeza.
Un corazón puro que pone todos los asuntos en manos de la Providencia, que escucha la Palabra y se deja aconsejar por Dios.
Quisiera tener un corazón puro que haga siempre el bien a los demás. Un corazón reparador, renovador, sanador. Que transmita afecto, generosidad, amor, paz, serenidad. Un corazón que derroche cordialidad para acoger al que sufre y necesita consuelo.
Un corazón que rechaza la vanidad, la soberbia y el orgullo, el creer que siempre tiene la razón, que no acepta consejos de quienes le rodean… ni de Dios. Un corazón revestido de humildad y que no esté lleno de si mismo para evitar que sus pensamientos se alejen de Dios. Un corazón que abomine de la altanería para acoger la sencillez y que resplandezca porque es coherente con lo que dice y ejerce.
Un corazón cristalino que permita que traspase la Luz reparadora de Dios, que ama la pureza y busca la santidad en lo cotidiano de la vida. Un corazón transparente que rechaza las tinieblas del pecado y las acechanzas del demonio. Un corazón luminoso, lleno de luz y de la alegría, de esperanza y amor, que persigue la verdad por mucho que esta duela y rechaza la mentira, que se desentiende de la impureza y sortea los peligros del camino.
Quisiera tener un corazón inmaculadamente puro porque la contrición detesta el pecado, que se arrepiente con sinceridad de cada falta y tiene el firme propósito de no pecar en adelante. Un corazón quebrantado y un espíritu contrito, dispuesto siempre a cumplir la voluntad de Dios.
Un corazón puro para no distraerme de la misión principal de mi vida que es amar a Dios sobre todas las cosas y a mi prójimo como a mi mismo. Un corazón sin impurezas, limpio y cristalino, con toda la esperanza puesta en la voluntad de Dios y no en las cuestiones terrenas.
Quisiera tener ese corazón puro que Dios ama tanto porque en su interior se siente acogido y amado.
Pero para tener un corazón alegre y desprendido, puro y cristalino, luminoso y transparente, debo poner atención a todos mis pensamientos ya que de ellos surgen mis acciones, mis emociones, mis palabras y mis actitudes. La pureza de corazón no es consustancial al ser humano; hay que trabajarla a través de la oración, de la contemplación de Dios a través de la plegaria; desearla a través de la invocación al Espíritu Santo y perseguirla a través de nuestros actos bondadosos. Eso es lo que Dios anhela y el gran desafío para cada uno es complacer ese querer de Dios.
Tal vez mi corazón pagará un alto precio por alcanzar este logro, pero la dificultad va siempre acompañada de una gran recompensa. No hay que temer el riesgo de asumir la responsabilidad de que el Señor permita la purificación de nuestro corazón y cuando esto suceda y nos muestre la Verdad, hay que aceptarla, afrontarla y permitir el cambio en el corazón para sentirse verdaderamente bendecidos por Dios.

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¡Señor, qué más puedo anhelar que tener un corazón puro que te adore y te alabe! ¡Quisiera, Señor, regalarte mi corazón totalmente disponible para Ti, para desasirme de mi mismo y que nada ni nadie se interponga entre nosotros! ¡Señor, en mi pequeñez, pongo mi corazón en tus manos para que Tu lo bendigas y hagas de Él un corazón puro! ¡María, Señora de la pureza de corazón, que mi corazón sea tan limpio como el tuyo y tan dispuesto a servir, amar, honrar y adorar a Dios!

Del compositor italiano Luigi Rossi os propongo escuchar la cuarta parte del Oratorio della Settimana Santa:

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