Pies que peregrinan

En la mayoría de las representaciones de la Ascensión del Señor se observa a Cristo con los pies suspendidos en el aire. En la honda emotividad de su despedida para subir al cielo, ponemos todo a los pies de Cristo, sentado a la derecha del Padre. Colocar todo a los pies de Cristo es un hecho trascendente para hacer más auténtica nuestra vida y tarea cristianas en nuestra sociedad.
Mientras Cristo tiene los pies elevados los hombres debemos tener los pies en la tierra, conscientes de nuestra verdad. Los pies de los hombres nos enraízan a la tierra que caminamos, esa tierra que nos ha visto nacer y de la que formamos parte. Los pies dirigen todos nuestros pasos, los anhelos de nuestro vivir, de nuestro sufrir y de nuestro amar.
Los pies tienen como finalidad el caminar siempre hacia delante y jamás hacia atrás. Los pies sanos y los pies enfermos simbolizan el camino de ascensión al que estamos llamados los hombres. Los pies compendian el verdadero misterio de nuestra existencia terrena: un camino de peregrinaje e itinerancia hacia la casa del Padre.
Los pies son la representatividad de nuestra libertad como hombres sobre la tierra. La existencia humana es un camino que hay que aprender a recorrer, en ocasiones solos y, en gran parte, en compañía. Pero el que sabe caminar solo tiene también la capacidad para ayudar a otros a encontrar el suyo. Estar dispuesto a darlo todo, a darse todo… Los pies nos sirven para caminar hacia la eternidad del cielo, ese cielo representado por Cristo resucitado que cada día se nos ofrece en la Eucaristía para renovar sus promesas de amor. Se trata de no detener los pies para caminar hacia adelante y proclamar el Evangelio en todos nuestros ambientes.
Sí, nuestra vida es un continuo peregrinar hacia la casa del Padre, con más o menos equipaje. Cada uno tiene la libertad de escoger lo más conveniente para sus intereses. Para perseverar en este caminar es conveniente creer en la fuerza del Espíritu y disfrutar de la bondad del Señor. El camino aparece en el horizonte de nuestra esperanza.
Hay que poner siempre la mirada en la meta que es la santidad, la forma de caminar con coherencia por los senderos de Dios, sin desalentarse y tomando la cruz del peregrinar de cada día, con paso firme y sereno pues la vida cristiana es una carrera de resistencia que implica multitud de renuncias para alcanzar grandes alegrías con Dios en el corazón porque de Él nos vienen las fuerzas que necesitamos para peregrinar, nos indica la meta y nos alegra el caminar entre dificultades y sufrimientos.
Encontraremos obstáculos y peligros como la pérdida del horizonte, la rutina, el cansancio, el acostumbrarse a hacer las cosas sin meditar su sentido, el aferrarse a lo material sin tener en cuenta el valor de lo eterno, el dejarse llevar por el qué dirán empequeñeciendo nuestra libertad de peregrinos cuyo destino es la eternidad o dejarse vencer por el cansancio y el desaliento para abandonar finalmente porque nos aferramos a nuestras propias fuerzas y nuestra esperanza sin entender que es Dios quien nos sostiene.
Para llegar al destino hay que mantener la mirada bien alta, tener unos ideales firmes. Pero en todo peregrinaje, para apreciar la cercanía de Dios quien con los brazos abiertos nos espera para colmar nuestros anhelos más profundos de amor y plenitud, necesitamos del alimento de la oración con todo nuestro corazón, en todo momento y en todo lugar pues la oración es el alimento del peregrino.
Así es nuestro peregrinaje: no nos podemos permitir quedarnos parados con los pies quietos y mirando al cielo.

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¡Señor, compadécete de mi si no sé caminar hacia la verdad de mi mismo, hacia el encuentro y comunicación sincera con los que me rodean y hacia la confianza y abandono en Ti! ¡Ayúdame, Señor a seguir tus huellas, que mi corazón arda para ser fiel a tu llamada! ¡Que sea, Señor, también diligente en lavar los pies de los que me rodean sea para acoger a mis hermanos, aceptarlos como son, tratarlos con respeto, no juzgarlos ni pretender cambiarlos, no imponer mis ideas, respetar su idiosincrasia, acentuar sus virtudes y tapar sus defectos… ver en ellos, en definitiva, un hijo de Dios antes que ninguna otra circunstancia! ¡Santa María Tu eres el modelo de auténtica peregrina. A pesar de ser la criatura más cercana a Dios, has realizado un peregrinaje de fe, custodiando y meditando constantemente en Tu corazón la Palabra que Dios te ha dirigido, guíame siempre y dame las gracias necesarias para llegar a la patria definitiva: la Roma eterna, la Jerusalén del cielo!

Hoy, festividad de la Ascensión del Señor, comparto con vosotros la cantata BWV 128 Auf Christi Himmelfahrt allein (Por si sola la Ascensión de Cristo) de J. S. Bach, un aperitivo a la jornada que vamos a vivir en nuestro corazón:

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