Mi yo, mi me, conmigo

El diablo no se anda con tonterías. Cuando tienta, cuando riega el orgullo, cuando martiriza los pensamientos, cuando idealiza los logros, cuando incita a que impongamos nuestro criterio, cuando permite que la ira se enraice en el corazón… no luches contra él. Tienes todas las de perder. Ridiculízalo. Menosprecia su poder. Búrlate de él por medio del humor cristiano. Cuando uno desaira los ataques del demonio, logrando contrarrestrar sus desenfrenadas acometidas, asestas un golpe mortal a su arrogancia de príncipe de las tinieblas. El demonio se tiene en alta estima pero es sensible al desprecio.
El mejor aliado del diablo es el propio egoísmo, el hacer valer por encima de todo el yo. Mi yo idealizado hasta extremo de ídolo respetado. Mi yo que nadie cuestione. Mi yo que nadie ponga en tela de juicio. Porque mi yo tiene siempre la verdad absoluta y no puede verse ofendido jamás.
Para vencer este yo que nadie puede discutir obsérvate con humor cristiano. ¿Quién soy yo en realidad? Mirado desde la fe, «nada». Una insignificancia. Sentado siempre en un trono con pies de barro. Tratando de que todo gire en torno a mi porque todo lo mío sí que es importante, sí que vale la pena, sí que merece la atención de los demás. Porque nunca fracaso, son los otros los que se equivocan. Porque siempre tengo la razón, son los otros los que no me comprenden. Porque siempre todo recae sobre mí, el problema es que los demás no lo ven.
Lo cierto es que esta es una situación cómica. Siendo indulgentes, un gag sin gracia. ¿Pero si lo observamos desde un punto de vista cristiano? Lo hilarante de la situación es verse sentado en un pedastal de barro, con el cetro del orgullo en la mano, con la corona de la soberbia sobre la cabeza, con la capa de la vanidad cubriendo el cuerpo, con el anillo de la inmodestia como símbolo. ¿No es cómica esta situación?
Con humor cristiano se le puede decir al príncipe de las tinieblas que solo se pretende ser un humilde súbdito de Cristo; que no buscas más oropel que la santidad cotidiana; que polvo eres y en polvo te convertirás; que sólo Dios basta; que la vida sólo la quieres contemplar a los ojos de la fe no con una dimensión humana; que el heroísmo por ser mejor quiere ser una constante en tu vida; que la realidad del mundo te exige ser discípulo de Cristo no de la vanidad del hombre; que en tu nada, Dios te acoge; que tu libertad te permite elegir lo mejor para tu vida, y esa vida tiene a Dios en el centro y en la Eucaristía tu alimento; que tu mandamiento es amar a Dios y al prójimo como a ti mismo no a tu yo para ti mismo…
Riéndote de ti mismo, de tus debilidades y de tus miserias alejas el compadreo con el demonio -el mi yo, mi me, conmigo– que corroe el corazón y dejándoselas a Cristo debilitas sus armas contra sus acechanzas. Y así surge la mayor libertad del hombre, gestionar la propia vida a la luz de la fe y de la esperanza, encumbrando los valores cristianos y desenmascarando la mentira y las máscaras de la falsedad que ese cómico del pecado pretende imponer en nuestro corazón siempre tan voluble y tan humano.

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¡Señor mío y Dios mío, que ante la realidad de la vida, te ponga siempre por delante y aparte esa voluntad tan mía de buscar componendas humanas a lo que Tu tienes preparado para mi! ¡Señor, que en mi pequeñez sea capaz de ver la grandeza de tus obras en mi vida! ¡Me pliego a tu divina voluntad, Padre de bondad, una voluntad que nadie ha burlado nunca! ¡Confío en Ti, Padre bueno! ¡Espíritu Santo dame el don de luchar contra mi voluntad, mis intereres, mi soberbia, mi falta de sentido crítico, mi incapacidad para verme en el espejo de la fe, para reconocer mis debilidades y defectos, para evitar que me sienta alguien importante, un creído de si mismo, impide esa tendencia a esquivar la voluntad de Dios para imponer mis criterios, para no tener una actitud farisaica, para desapegarme de lo material, para ser libre en todos mis actos, para deshacerme de esa piel tan sensible y susceptible que todo le ofende! ¡Dame la gracia, Espíritu Santo, para contemplar mi vida con humor cristiano y despreciar las insidias del demonio! ¡María, Madre de la divina gracia, que como Tu sepa vivir siempre los valores del Evangelio, que sea coherente con ellos y sepa transmitirlos a quienes me rodean! ¡María, Madre del amor hermoso, que sepa vislumbrar el amor de Dios en mi vida, que sepa comprender que la única realidad es Cristo y que como tu sonría siempre porque la sonrisa es el regalo de Dios en el rostro de los hombres!

Os ofrezco una hermosa pieza de la Iglesia Ortodoxa rusa preparatoria para el día de Pentescostés que ahora se avecina:

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