Aprender de los fracasos

Celebramos ayer la jornada de Pentescotés y vivimos una experiencia de fe extraordinaria que es recibir la efusión del Espíritu Santo sobre nuestras almas. La efusión en el Espíritu no es mas que un rito antiguo de la Iglesia primitiva y supone una doble puesta en marcha, personal y comunitaria, para que el Espíritu actúe libremente en nosotros, renovando, profundizando y actualizando de nuevo la gracia del Bautismo y la Confirmación. Rezamos unidos unos por otros, en una comunidad de amor fraternal impresionante.
Disfruto de la tarde en una jornada de adoración y alabanza, de efusión del Espíritu. Siento el gran amor de Cristo, como la mayoría de los presentes. Es algo indescriptible. La Resurrección de Cristo marca un antes y un después en nuestra vida. Y la venida del Espíritu Santo supone un paso adelante en nuestro camino de fe. Desde el día en que Cristo fue alzado en la Cruz, que parece ser el signo del abandono, de la soledad, del fracaso, todo se ha convertido en un nuevo inicio.
Mientras rezamos unos por otros, mientras cantamos, en el momento de reclamar la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios me permite comprender que cuando más sufriente es el dolor del corazón, cuando más grandes son los fracasos, más cerca está Dios del hombre. Vencer el fracaso de mi egoísmo, de mi soberbia, de los excesos de mi personalidad, de mi relación con los demás, de mis rencores, de mi falta de caridad… esta idea del fracaso resuena varias veces en el interior de mi alma. Comprendo también que triunfar es aprender a fracasar. El éxito de nuestra vida tiene como punto de partida el saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta paradoja estriba, en gran parte, el acierto en el vivir. Cada desengaño, cada revés, cada decepción, cada contrariedad, cada frustración, cada desilusión lleva consigo el cimiento de una serie de capacidades humanas inexploradas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han edificado lo mejor de sus vidas.
Todos estamos expuestos, de una manera u otra, al fracaso; esa es la realidad. Pensar que uno está exento de él es una insensatez. Si asumimos el fracaso con una actitud positiva podremos incluso fortalecernos y abrir nuevos horizontes en nuestra vida. No tenemos en cuenta que del fracaso subyacen lecciones esenciales para la vida. Las dificultades de la vida juegan a nuestro favor. El problema principal de los fracasos radica en que no estamos acostumbrados a abordarlos sino que vivimos atemorizados por el riesgo a fallar, perseguidos por la sombra de la crítica o de la humillación. Pero Dios escribe derecho en los renglones torcidos de nuestro propio caminar. Dios nos deja libertad y sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor.
Lo más impresionante de la vigilia de ayer: el Señor se hizo presente con la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se puso en nuestras manos. Nos pidió nuestro amor. Nos invitó a hacernos pequeños, a descender de nuestros tronos de barro y aprender a ser niños ante Él. Nos ofreció el Tú. Nos pidió que confiásemos en Él y que aprendiésemos a vivir en la verdad y en el amor. Eso no es fracasar, eso es hacer grande y simple lo esencial: amar a Dios, amarse uno mismo y amar a los demás.

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¡Señor, tu eres mi roca, mi auxilio, mi fuerza! ¡Te dirijo mi súplica, Señor, para que me ayudes a superar las amarguras que me generan mis fracasos! ¡Necesito sentirte cerca, Señor, y ofrecerte mi pobreza y mi nada! ¡Señor, Tu conoces lo que anida en mi corazón y las buenas intenciones! ¡Sabes, Señor, que muchas veces las cosas no salen por mi cabezonería! ¡Ayúdame a comenzar de nuevo cogido de Tu mano, haciendo las cosas con humildad y mayor madurez, para gloria tuya! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar a los demás como a mi mismo y juzgarme como lo haría con los demás! ¡Y cuando me vayan bien las cosas no permitas caer en el orgullo ni en la tristeza cuando fracase! ¡Recuérdame, Espíritu de Dios, que el fracaso es el primer paso hacia el triunfo! ¡Lléname de serenidad, alma de mi alma, para hacer siempre el bien!

Una pequeña joya de Telemann. Su Aleluya del Salmo 117:

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