No te puedes permitir bajar los brazos

Me comentaba hace unos días un amigo que son tantas las dificultades por las que atraviesa que se le ha agotado ya la poca paciencia que le quedaba: consigo mismo, con su mujer, con sus hijos, con sus empleados, con sus amigos… A la mínima, su furia se desboca. Los problemas le ahogan de tal manera que tiene la sensación de ser un fracasado. “Me gustaría no bajar los brazos. Pero no puedo, todo me desborda”, me dice. En todo corazón sereno hay algo que no es humano. La paciencia nace de la fuerza de Dios, y se obtiene fundamentalmente en la oración y en la Eucaristía diaria. Un corazón paciente es un corazón que sabe sufrir en paz. Cuando a uno le sobreviene el desaliento no puede ni debe bajar los brazos. Debe poner ese problema en manos de Dios: “Aquí lo tienes, Señor. Yo sólo no puedo. Ocúpate tu”. Eso y poniendo los medios humanos para solventarlo, actuar para intentar resolver, pero sabiendo que esa situación está en manos de la voluntad del Señor.
Nunca es fácil cuando sobrevienen las dificultades y cuando los problemas hieren al corazón y al alma. El corazón paciente debe aprender a vivir en el recogimiento interior. Sin exigir explicaciones, sin querer comprender el por qué de los acontecimientos y las cosas, sin protestar airadamente, sin rebelarse, sin desear que la prueba pase, sin aceptar ni amar nada excepto que se cumpla la voluntad del Señor. La verdadera paciencia nace de la oración, de la contemplación misma de la serenidad divina. ¿No has experimentado nunca esa paciencia de Dios que te perdona siempre las mismas faltas, que sale a tu encuentro diariamente cada vez que vuelves cansado y desengañado de las cargas de tantas alforjas tramposas y pasajeras que jalonan tu vida?
Y cuando parece que esa mano de Dios no te alcanza o se esfuma difuminada en el profundo misterio del dolor y de la prueba, contamos con esa otra mano intocable e intangible de la fe, a la que nos podemos asir con fuerza y nos lleva al amor del Padre. En la Cruz está la paciencia. A los pies de ese madero nuestro dolor se mitiga y empequeñece al tiempo que nuestro amor se acrecienta y se hace más magnánimo. Y, entonces, uno aprende a tener paciencia consigo mismo, con su mujer, con sus hijos, con sus empleados, con sus amigos… pero no con una dimensión humana sino según los designios de Dios. Y así, en lugar de bajar los brazos uno los eleva al cielo para exclamar: “Abba, Padre. Que se haga tu voluntad y no la mía”.

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¡Señor, Tu nos dijiste que aprendamos de Ti que eres paciente y humilde de corazón! ¡Eso es lo que quiero hacer! ¡Por eso, Señor, te pido de corazón que me concedas la paciencia para soportar las largas esperas, para aceptar los problemas que surgen cada día, para adaptarme a los imprevistos, para superar las pruebas, para tolerar las incomprensiones o para aceptar las críticas! ¡Ayúdame, Señor, a perseverar en mi vida de fe para afrontar todas las adversidades con otra mirada! ¡Tu mirada! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de fortaleza y de sabiduría para asumir los desafíos de mi camino cotidiano y para confiar ciegamente en la providencia divina! ¡Ayúdame, Espíritu de Verdad, para no desfallecer nunca! ¡María, Señora de la paciencia, dame esa serenidad tan tuya para aceptar las situaciones de mi vida con una mirada sobrenatural!

Comparto en este martes esta serena pieza de Pierre Bonhomme titulada In nomine Jesu, el nombre de Jesús que siempre tiene que brotar de nuestros labios para orar y dar gracias:

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