«¡Tengo sed!»

Me dirijo por la tarde con prisas a una reunión. Frente a un supermercado una mujer anciana, encorvada y sufriente, me pide que le compre una botella de agua. «Por favor —gime suplicante—: ¡Tengo mucha sed!». ¡Qué congoja! ¡Qué tristeza! Le compro lo que me pide y observo como se aleja aliviada.
Tras la reunión asisto a la Eucaristía. Y me viene a la mente esa mujer sedienta. E imagino el grito angustiado de Cristo agonizante en la Cruz, solo y privado de consuelo, exclamando por esa garganta seca y magullada y esos labios prietos y ensangrentados: «¡Tengo sed!». Un lamento para que se cumpliese la Escritura en busca de alivio, apenas audible, en el más absoluto de los abandonos.
Impresiona contemplar como Dios, en una señal de su humanidad, pordiosea un pequeño sorbo para saciar su ardiente sed. No es una sed física, es una sed de amor, de sacrificio, de entrega, de fe, de amistad. Solo reclama un sorbo de agua que brote de nuestro corazón. Es un grito que reclama cercanía. Y yo, cuando miro hacia otro lado y no comprendo que Dios está sediento para saciarme a mi imposibilito que se materialice en mi el don de la bondad. La sed de Cristo es la puerta que abre en el corazón humano el misterio de Dios, la máxima expresión del amor, la caridad y la bondad.
Con frecuencia los seres humanos no comprendemos que el dejarse ayudar es intrínseco con un corazón sereno. Un corazón duro y egoísta, soberbio y autosuficiente, rechaza el favor del amigo, impide la ayuda misericordiosa, aparta la mano generosa porque lo considera una humillación. Pero Dios nos demuestra que el hombre es verdaderamente hombre en la desnudez de su pobreza.
«¡Tengo sed!». ¡Qué expresión tan profunda para revelar los planes de Dios con el ser humano! Dios mendigando un sorbo del hombre creado por Él. Lo medito y mi corazón se desgarra. Aquí radica la unión íntima entre el hombre y Dios. «¡Tengo sed!» es como exclamar: «¡Agárrame de la mano y ven! ¡Despójate de tus sufrimientos, de tus preocupaciones, de tus dolores, de estos anhelos que provocan turbación y ven!» «¡Ven a mi y descubre la misericordia y la serenidad!».
Un hombre con el corazón sereno es aquel que se entrega a los demás, se abandona a sus necesidades, se vuelca en sus sufrimientos, escucha sus lamentos. Un hombre siempre en vela, preocupado por los más cercanos. ¿Soy yo así? ¿O paso por la vida sin ser capaz de dar a ese Cristo un sorbo de agua fresca cuando me lo reclama anhelante desde la Cruz porque tengo prisa, porque mi tiempo es más valioso, porque ya hago demasiado por los demás, porque mi vida ya está llena de problemas, porque mi yo es de champions league…?
Por muchas excusas que presente el corazón, aunque las circunstancias no lo permitan, no nos damos cuenta que es hasta suficiente el anhelo de ayudar. Basta con que en el corazón exista el deseo de arrimar el hombro, de echar una mano, de socorrer al que lo necesita, de auxiliar al que sufre, de asistir al desfavorecido. Y cuando eso no sea posible, acompañar a esa persona con la oración —la oración desde el corazón conmueve a Dios y cambia todas las cosas—, una oración de intercesión que surja desde los más profundo, con los deseos más fervorosos hacia aquel ser que exclama: «¡Tengo sed!». Es como llevarle el espíritu de Cristo a su corazón obsequiándole con nuestro propio ser. Esa es la entrega más grande de un hombre: realizar una unión silenciosa con el Amor, engrandeciendo y dándole una nueva dimensión la idea de serenidad.

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¡Aquí estoy, Señor, postrado ante Ti que llamas a los que tenemos sed! ¡Señor, tengo sed! ¡Tengo sed de Ti! ¡Tengo sed de ti, Señor, como la tierra reseca tiene sed de lluvia! ¡Y necesito que me sacies de Ti! ¡Porque mi sed es una sed de amor, para darme a los demás, para desprenderme de mi yo, de mi egoísmo y mi soberbia! ¡Tengo sed de Ti, de tu amor, de tu verdad, de tu paz! ¡Pero también tengo sed de dejar de lado mi amargura, mis sentimientos de tristeza, mis rencores, mis odios, los recuerdos de mis fracasos, de mi agresividad, de las injusticias recibidas! ¡Tengo sed, Señor, de llevar una vida más auténtica, más comprometida, más llena de Ti, más de verdad! ¡Tengo sed de tu Espíritu, Señor! ¡Quiero encontrarte a Ti, Jesús sediento de amor, en la Eucaristía de cada día para adorarte y bendecirte! ¡Y en los que me rodean, en los más pobres y los más necesitados! ¡María, Madre Santísima, modelo de entrega, Tu que nos llevas al pie de la Cruz, sacia también mi sed con tu ejemplo y generosidad! ¡Me basta con un pequeño sorbo, Señor, para saciar mi sed, fortalecer mi corazón y empezar de nuevo mi caminar!

Nach dir, Herr, verlanget mich (De Ti, Señor, tiene sed mi alma) titula J. S. Bach su cantata 150:

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2 comentarios en “«¡Tengo sed!»

  1. Hola:
    Me encantan sus oraciones. ¡Qué bonito trabajo: transformar TODO en oración!. Recuerdo mis tiempos de universitaria, que tomaba mis apuntes en una oración con mi Jesús. (Naturalmente no podía prestarlos porque no entenderían qué era mío y qué eran ideas del profesor) Pero fueron dos años que me ayudaron mucho.
    Sus oraciones son a todo dar. Sólo les encuentro un PERO…. Algunas son muy LARGAS.
    Yo las conocí de que el facebook de la Biblia para Jóvenes comparten con frecuencia sus oraciones, pero cuando son muy largas pienso que los JÓVENES se las saltan. ¿Por algún motivo son tan largas? ya que tienen un blog exclusivamente para orar y aprender a orar, han de tener un secreto pedagógico para esto. ¿Me pueden orientar?

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    • Gracias, de corazón por sus palabras. En la meditación diaria las oraciones son fruto de la oración diaria. En facebook hay todo tipo de oraciones, algunas más que otras. Pero tomamos nota de lo que nos dice y trateramos de abreviar algunas para llegar al corazón de los jóvenes. Le escribimos también a través de su correo privado.

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