Llenar de colores alegres la realidad de mi vida

Sentado cómodamente en el bus me encuentro dispuesto a disfrutar de la lectura. Dos señoras de media edad se sientan en los asientos delante de mí. Conversan —vociferan, es la palabra exacta— sobre unas amigas sin dejar títere con cabeza. En los primeros diez minutos de trayecto escrutan su vida y milagros sin destacar absolutamente nada positivo. ¡Qué amargura la de estas dos damas, por utilizar una expresión amable sobre ellas! Una persona amargada es alguien incapaz de sacar un resquicio de alegría de su propia vida y la de los demás. Quien no tiene serenidad interior no puede obtener nada positivo de la vida y ver con buenos ojos a los que le rodean.
Me duele esa época de mi vida en que todo lo veía profundamente negativo. Me quejaba por todo y mi vida no era más que una oficina comercial del infierno en mi mundo personal. Me convertí en el comercial más cualificado. Era, lógicamente, una elección personal que provocaba dolor y frustración en mi corazón y en los demás. Sólo en el momento en que he sido capaz de poner en oración esa negatividad, entregársela al Señor y pedir al Espíritu Santo la purificación de mi corazón he podido ver el lado amable de la vida y llenar de colores alegres la realidad de mi entorno. Con Cristo en el centro las personas y las situaciones positivas se imantan en el hombre.
No es la vida la que nos enseña sino la lectura que nosotros hacemos de ella la que nos ofrece enseñanzas. No basta con prestar atención a los acontecimientos de nuestra vida, se trata de observarlas bien para descubrir ese algo diferente que siempre llevan consigo. Para ello es imprescindible contar con una predisposición a encontrar la bondad y una sensibilidad lo suficientemente moldeada como para ser receptivos a esos guiños con que la vida nos sorprende en cada momento. Saber vivir es básicamente simplificar nuestra existencia, desechar lo que nos sobra, vivir sobriamente, aceptar nuestras circunstancias y sacar enseñanzas positivas de nuestro caminar diario.
Pero saber vivir es también cultivar la admiración por las personas que nos rodean. Hacerles la vida más agradable —o intentar lograrlo porque no siempre consigue, al menos en mi caso—. Se trata, simplemente, de mirarlas con buenos ojos. Es cuestión de buscar lo positivo de cada persona; sólo con esto se abre un mundo a nuestro alrededor. Tenemos la tendencia a prejuzgar y a infravalorar a las personas. A escrutar su vida y minusvalorar sus cosas positivas. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Es más fácil fijarse en los aspectos negativos que en los positivos de las personas. Uno sólo puede juzgar a los demás si se conoce bien a si mismo. ¿Quién de entre nosotros es culpable y quién inocente? Prefiero cerrar los ojos y meditarlo antes de contestar.

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¡Señor, Tu eres el único juez, el juez justo y misericordioso, mi abogado e intercesor ante Dios, ten piedad de mí! ¡Te pido no me juzgues con la misma medida que juzgo yo a los demás!¡Señor, ayúdame a ver siempre el lado positivo de las cosas y de las personas! ¡No permitas, Señor, que critique a los demás porque no piensan como yo! ¡Que mi vida no se limite a ver los errores ajenos y que sepa ver en ellos una barrera para caminar con cautela! ¡Espíritu Santo dame el don de la santa humildad para no presuponer los motivos por los que los demás actúan de una determinada manera! ¡Dame un corazón dócil que no sea crítico y que tenga siempre una actitud amorosa e indulgente! ¡No permitas, Señor, que sea esclavo de las opiniones ajenas y no depender de la mirada del otro o del qué dirán! ¡María, que te dejaste guiar en toda su existencia por la acción interior por el Espíritu Santo, y eres contemplada sobre todo como la mujer dócil a la voz del Espíritu, mujer del silencio y de la escucha, mujer de esperanza, sírveme como modelo para amar a los demás y buscar siempre lo mejor de cada uno!

Albinoni es famoso por su Adagio, pero tiene una importante obra musical. A destacar este Concierto para trompeta, cuerdas y continuo en re menor:

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