Pruebas de fe

Último sábado del mes de mayo, dedicado a la Virgen María, a la que llevamos en nuestro corazón. Peregrinamos con ella en nuestra fe, avanzamos junto a ella en el camino de la vida y la reconocemos en los pequeños detalles de nuestras experiencias.
De ella decimos maravillas en las letanías del Rosario, en las oraciones que le dedicamos, en el Regina Coeli que hemos rezado en este tiempo pascual, en la veneración que le profesamos, pero eso no es lo que más le satisface a María. A la Virgen le maravilla sentirse Madre siguiendo los pasos de nuestra vida que son los pasos de la fe, con Cristo, su Hijo, en el centro de nuestro corazón. Es así, porque María es el verdadero camino, la que marca la ruta, la brújula de nuestra fe, el compás de nuestra esperanza porque todo lo que nosotros podamos experimentar ella ya lo vivió en carne propia en el pasado.
Nuestra Señora no espera el oropel del aplauso ni la suntuosidad de las vestimentas con la que la ornamentamos. Ella, humilde entre las humildes, sólo espera que imitemos la humildad de sus gestos, de su mirada, de su silencio, de sus palabras… y, sobre todo, la firmeza de su fe para entender lo que Dios quiere y espera de nosotros.
¿Acaso Dios no trastocó todos sus planes? A la Virgen le ocurrió lo que a nosotros nos sucede con frecuencia. El Señor nos lleva por derroteros no explorados, por caminos imprevistos. Pero María es nuestro espejo. La joven de Nazaret tenía previsto un camino, una misión; tenía unas esperanzas y un compromiso. Pero Dios tenía ideado para ella un plan maravilloso: ser Madre de Dios. Y la llamada del Ángel, aquel «Ave María, llena de gracia» trastocó toda su existencia. Y sus planes de vida dieron un giro radical. Pero María dio un «sí» sin contemplaciones aún no siendo realmente consciente de la decisión que había tomado. Pero Dios, que había mirado «la humildad de su esclava», sonrió desde el cielo. Dios siempre sonríe cuando alguien dice «sí» a sus planes divinos. Y María, la escogida de Dios, fue fiel a aquel «sí» prematuro para dar un «sí» a lo largo de toda su vida. Un «sí» que comportaron también muchos sufrimientos. La prueba es la pincelada que asemeja al hombre a la imagen de Jesús.
Las borrascas de la vida de María asentaron su fe. La anunciación, el anuncio del matrimonio con José, el alumbramiento en Belén, la persecución a los niños recién nacidos, la huida a Egipto, el niño perdido en el templo, las bodas de Caná, la Pasión, la Crucifixión… La fe no oscure las penumbras de la vida sino que da sentido a los tiempos de dificultad. En cada situación de prueba, la Virgen fortaleció esa fe sometida a contradicción. Pero la Virgen supo, a la luz de la fe, interpretar espiritualmente cada uno de aquellos sucesos.
Esa es nuestra enseñanza, aceptar el sacrificio y la prueba, el sufrimiento y el desconsuelo, dar el «sí» a Dios sin condiciones.
Ante una situación de dificultad de cualquier tipo, María está cerca nuestro pero también el amor de ese Padre que tanto nos ama como amaba a María. Porque esta es la forma con que Dios demuestra su amor a los hombres.¡Qué no olvide nunca acudir a María para llegar al Padre!

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¡María, hoy quiero dar un fiat como el tuyo: auténtico, sincero, comprometido y lleno de fe! ¡Que nada ni nadie me aparte de la senda de tu Hijo! ¡Quiero amar a Dios por encima de todo, María, para demostrarle mi fidelidad! ¡Quiero amar de verdad, María, como amas Tu, poniendo el pensamiento en los demás y no en mi mismo! ¡Quiero confiar en tu Hijo como lo hiciste Tú, Madre, con esa confianza suprema para aceptar culaquier prueba o contrariedad! ¡No quiero defraudar a Tu Hijo, María, ni abandonarle cuando me sobrevenga la prueba y decir siempre «si»! ¡Que en el silencio, sepa escuchar los sururros de Dios que me habla! ¡Y en los momentos de soledad, de despojamiento, de tristeza, de agobio… pueda acudir a Ti para a través tuyo llegar a Jesús! ¡María, Señora del Abandono, no quiero defraudar a Dios y me quiero abandonar a Él con una fe ciega! ¡Ayúdame a escoger siempre el camino de la aceptación! ¡María, Señora del Sí, que de mi corazón surja siempre la frase «Hágase tu voluntad»! ¡Y ayúdame a no ser mediocre, ni tibio, ni perezoso en las cosas de Dios!

Del joven compositor londinense Philip Stopford (1977) te ofrezco en este último sábado de mayo su bellísima meditación del Ave María:

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