Renovar cada día mi bautismo

Hace unos días fui con mi hijo pequeño a la iglesia donde fue bautizado para recoger su partida de bautismo. Se trata de un monasterio románico fundado en el siglo X por la orden benedictina de gran belleza, con un recoleto claustro y una iglesia de nave única con planta de cruz griega, ábside y cimborrio. Pero no es de arquitectura de lo que quiero hablar sino de lo bonito que fue explicarle a solas cómo tuvo lugar su bautismo y la experiencia de amor de los que participamos aquel día: los familiares, amigos y el sacerdote al que tanto queremos.
El bautismo, el sello con que el Espíritu Santo nos marca para el día de la redención, es un hecho fundamental en nuestra vida que tenemos la obligación de recordar, valorar y llevar íntimamente unido en el corazón. Aquella tarde me permitió reflexionar que cada aniversario de nuestro bautismo puede ser también una ocasión para tomar conciencia de cómo está la dimensión interior de nuestra alma. De cómo está el estado de nuestro corazón. Cuál es el estado de nuestra relación con Dios y con los demás. El gran riesgo que tenemos los hombres es que llegamos a vivir de manera superficial. Nuestras vidas penden siempre de un hilo, de la mediocridad de la conciencia, de ese actuar en el que el pecado se adentra en nuestro corazón y nos destruye por dentro.
El bautismo, que nos limpió del pecado, que es fundamento de toda vida cristiana y pórtico de la vida en el espíritu, nos hace ver las riquezas que Dios ha colocado de manera gratuita en nuestro interior: esa capacidad de lucha, de resistencia, de perdón, de entrega, el deseo de progresar, de amar, de ser generosos, de servir, de entregarse a los demás… Estas riquezas que Dios no has regalado hemos de ir puliéndolas cada día. Somos un tesoro escogido por Él y debemos custodiarlo con amor y responsabilidad.
En el bautismo, que abre la puerta a los otros sacramentos, se esconde el misterio de cada ser humano creado por Dios. En el bautismo recibimos la fuerza del Espíritu Santo, que Dios ha vertido a manos llenas sobre cada uno de sus hijos con una generosidad desmedida e intensa. Ese Espíritu no sólo es una fuente de luz, de esperanza y de amor, es también una fuente creadora. Es la misma fuerza que Dios utilizó para crear el mundo de la nada, que permitió a Jesús resucitar de entre los muertos tras su ignominiosa muerte en la Cruz. Una fuerza que provocó en los seguidores de Jesús, especialmente en los primeros discípulos, salir alegres a anunciar a todos los rincones del mundo la Buena Nueva de Jesucristo resucitado. Una fuerza que provocó un cambio radical en sus vidas y la necesidad de explicar a todos cuál es el camino de la verdad y la vida.
Todos los bautizados tenemos la necesidad de comprender cada día que hemos de nacer de nuevo en busca de la esperanza, la alegría y la luz que proviene de Dios. El bautismo impide la tristeza y la desolación en el cristiano. Impide el sufrimiento y la amargura.
Fue una tarde hermosa ir acompañado de mi hijo a este pequeño monasterio porque me hizo revivir no sólo su bautismo sino también ser consciente de la fuerza de mi propio bautismo —¡nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo, hijos adoptivos de Dios, partícipes de la naturaleza divina, templos del Espíritu Santo, coherederos de Cristo!— que llevado a la oración me permite exclamar al Espíritu Santo: «¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven Espíritu Santo y lléname Señor con tu preciosa unción, guía mi corazón y guía mi vida! ¡Purifícame, lávame, renuévame y restáurame, Señor!».

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¡Gracias, Señor, por hacerme hijo tuyo! ¡Gracias, Señor, por hacerme miembro de tu santa Iglesia! ¡Te doy profundas gracias, Dios mío, por ver que mis hijos siguen el camino de la fe y quieren ser cristianos de verdad! ¡Me propongo, Señor, hacer lo posible por acompañarles con mi palabra, con mis gestos y con el ejemplo de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ejercer este trabajo con coherencia y verdad! ¡Quiero hacer profesión de mi fe siempre y en todo lugar, Señor, y renunciar al pecado, y a la pereza y el egoísmo, y a la envidia y a creerme mejor que los demás y a todo lo que me lleve a hacer el mal! ¡Jesús, estoy contigo! ¡Y creo en Ti, Dios Padre, y en Tu Hijo Jesucristo, que vino a nosotros para ser nuestro amigo, y en el Espíritu Santo que es el que nos da la vida! ¡Padre de bondad, Tú que impulsas con tu Espíritu a los que creemos en Ti, fortalece a todos los miembros de mi familia en el propósito de cumplir con constancia las promesas bautismales! ¡Que no me olvide nunca, Dios mío, que la gracia que recibí del bautismo no sólo me hace hijo tuyo y me une a Cristo en la Iglesia, sino que me compromete como testigo y apóstol de tu Reino! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Para esta meditación que tiene como tema el bautismo os presento la cantata del maestro alemán Johann Hermann Schein titulada Christ unser Herr zum Jordan kam (Cristo Nuestro Señor vino al Jordán) que versa sobre el bautismo del Señor.

Dos columnas que sostienen mi fe

San Pedro y San Pablo, el pescador de hombres —confesor de la fe— y el apóstol de los gentiles —propagador de la fe—. Dos columnas. Dos carismas. Dos mártires. Dos sólidas instituciones —la roca y el baluarte— de la Iglesia. Dos piedras angulares sobre las que se edifica mi fe cristiana. Dos fundamentos apostólicos. Dos guías para mi camino en la vida cristiana. Dos maestros de la unidad. Dos misioneros del Evangelio. Dos santos que sustentan mi alegría de cristiano.
Hay una declaración de principios gloriosa que ha tocado mi corazón en tiempos recientes. Es de san Pablo :«Ay de mí si no evangelizara». Y en eso pongo mi empeño con mi fragilidad de hombre y mis múltiples imperfecciones.
Como Pedro también soy un hombre frágil y quebradizo, apasionado y ardiente; pero intento ser amigo verdadero y amoroso de Cristo, al que he negado muchas veces pero al que vuelvo día sí, día también porque en Él está la Verdad y la Vida. Como Pedro me arrepiento de estas negaciones, acepto las dificultades que conlleva el evangelizar, acepto con humildad lo que Dios tiene pensado para mi, me enorgullezco de mi condición de cristiano seguidor de Jesús y me alegro en la medida que puedo compartir los sufrimientos de Cristo. No soy ninguna roca, sino un guijarro que conforma esa sólida institución que es la Iglesia, trato de servirla con fidelidad y amarla con un corazón alegre.
Como Pablo soy fogoso y perseverante en todo lo que hago y, especialmente, en las cosas de Dios, trato de ser un apóstol de la verdad, con mis múltiples caídas y mis errores; intento ser un celoso misionero de la Palabra y del Evangelio y proclamo que Jesús es el único Señor y Salvador del mundo; Cristo es, sin discusión alguna, mi mayor pasión y estoy dispuesto a derramar mi sangre por Él. Me identifico con su proclama de que si no tengo amor y no doy amor, no soy nada y su Himno a la caridad es una de mis banderas. Siento que como a Pablo, Cristo me ha dado la misión de evangelizar, es mi responsabilidad como bautizado y es una empresa que no puedo declinar ni tomarme a la ligera.
San Pedro y san Pablo. Dos columnas que sustentan mi fe y mi pertenencia a la Iglesia. Dos hombres que testimonian la verdad revelada. Me hacen entender que Cristo puso la primera y sólida piedra de su Iglesia —una comunidad basada en el amor fraterno— y que nos convierte a todos en instrumentos útiles —cada uno en su medida— para llevar por todo el mundo su mensaje. Como piedra viva tengo una misión que es ineludible: amar a Dios sobre todas las cosas y mi prójimo como a mi mismo y difundir el Evangelio. Primero en la iglesia doméstica que es mi familia, luego entre mis familiares, después entre mis amigos y conocidos, más adelante entre mis compañeros de trabajo y siempre en el corazón del que se cruce en mi camino. ¡Ingente tarea! ¡Pero qué hermosa y gratificante!

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¡Hoy tengo mucho que pedirte y agradecerte Señor! ¡Te doy gracias por mi fe cristiana, por la Iglesia que has instituido que proclama la fe en Ti! ¡Concédele la luz de tu Espíritu! ¡Te pido por el Santo Padre, al que has escogido como sucesor de Pedro y por todo los sacerdotes! ¡Consérvales en la santidad, fortalece su fe, llena su corazón de amor y esperanza y que tu amor y misericordia les acompañe siempre para que sean verdaderos fundamentos y rocas de tu santa Iglesia! ¡Te pido por la unidad de la Iglesia, por la reconciliación entre los cristianos y la conversión de los alejados y de los que te niegan! ¡Espíritu Santo llena de luz a todos los que profesamos la fe católica, danos la fortaleza para enfrentar con valentía todo lo que se contrapone a las enseñanzas de Cristo! ¡Dame la sabiduría para ser verdadero testimonio del amor de Cristo, de su mensaje de vida y de Salvación, en todas las circunstancias de mi vida! ¡Señor, tu nos has pedido que anunciemos el Evangelio por todo el mundo! ¡Dame la fuerza de tu Espíritu para cumplir con este mandato! ¡Hazme cada día mas consciente de esta misión y de la necesidad que tienen las personas de conocer tu Palabra y tu amor! ¡Espíritu Santo conviérteme en instrumento dócile del Señor para extender la Verdad del Reino entre mi familiares, amigos y compañeros de trabajo! ¡Espíritu Santo dame la fuerza para enfrentarme a las acechanzas del demonio que pondrá todos los obstáculos para cerrar las puertas a nuestra misión! ¡Te ofrezco, Señor, mi vida, lo que tengo y lo poco que soy como ofrenda a Ti! ¡Sin Ti no soy nada, Señor, confirma el don de Tu Espíritu en este pobre instrumentos y ayúdame a anunciarte con alegría cristiana! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

Muy adecuado a la fiesta de hoy es el motete de Giovanni Pierluigi da Palestrina, Tu es Petrus a 6 voces, compuesto en 1572, que se cantaba durante el ofertorio de la fiesta de la cátedra de San Pedro.

Agradecimiento, siempre agradecimiento

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

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¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad!

La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

El silencio de María

Último fin de semana de junio con María en el corazón. Hace unos días alguien hablaba en la radio de la importancia de aprender a escuchar. Teorizaba sobre la cuestión, tan importante en un tiempo en que se habla sin decir nada y pocos escuchan porque tienen la verdad absoluta. ¡Ay, Señor, cuánto tengo todavía que aprender!
¿Quién es el icono de la escucha? María. El silencio de la Virgen es un silencio absolutamente orientado a la “escucha”. Es el silencio de la acogida de la Palabra: María siempre está preparada para poder “escuchar” y atender. Primero, porque atiende a las palabras, de saludo e invitación, del arcángel Gabriel; al saludo profético y la bendición de su querida prima Isabel; al canto de los ángeles en el nacimiento de su Hijo; a la profecía del anciano Simeón; a las palabras de Jesús en el templo, con apenas doce años cumplidos…
La escucha de María es una escucha a las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo. Pero María no solo escuchaba; guardaba con celo para no olvidar fácilmente; conservaba en su corazón para que nada se dispersara; y meditaba en lo más profundo de sí para indagar el significado de la Palabra o el acontecimiento en la vida de Jesús y, en general, en la historia de la salvación. María, meditando, se nos presenta como la mujer sabia, que recuerda y actualiza la palabra y los acontecimientos, y se interroga por el significado de las palabras oscuras sobre las que se proyecta la sombra de la Cruz y acoge los silencios de Dios con su silencio orante.
¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor persona sería!

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¡Qué escuela la tuya, Señora! ¡Dame, Madre, un corazón siliente para acoger con humildad la palabra de tu Hijo! ¡Dame, María, la sencillez de corazón para aceptar la voluntad del Padre y orientar mi vida a la escucha con el fin de estar preparado para apercibir todos los susurros que el Espíritu me regala en la oración diaria! ¡Enséñame, Señora del silencio, a aprender a callar si al hablar voy a dañar la caridad! ¡Enséñame, Señora, a callar lo negativo, lo que avergüence al que está a mi lado, si no defiendo la justicia o la verdad, lo que corrompe mi corazón, lo que comporte sólo crítica destructiva o difamación! ¡Ayúdame a no hablar mal de nadie! ¡Ayúdame, María, a cultivar el silencio en mi corazón para comprenderme primero a mí, para escuchar y atender a mis semejantes, para encontrar y conocer a Dios, para eliminar de mi corazón los pensamientos negativos, las ilusiones imaginarias, los agobios innecesarios, los sufrimientos dañinos! ¡Ayúdame, Madre del amor hermoso, a aprender de tus silencios para aceptar interiormente y con paz en el corazón todo lo que Dios quiere y espera de mi, para aprender a sufrir y amar en la confianza en Dios! ¡Ayúdame, Señora de la oración, a orar en silencio, a vivir con santidad con pureza de corazón! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este último sábado de mayo disfrutemos de este bellísimo Adagio para cuerdas de Samuel Barber, que nos invita a interiorizar y a vivir el silencio en nuestro corazón:

«¡Esta vida es un asco!»

Alguien al que aprecias se sienta contigo a tomar un café, o a disfrutar de un frugal ágape a mediodía o te lo encuentras al salir de la oficina. Y entre conversación y conversación, tratando de solucionar el mundo, compartiendo experiencias, te espeta convencido que «¡Más claro el agua, está vida es un asco! ¡Así, no vamos a ninguna parte!». Y uno se queda perplejo pensando cómo alguien puede pensar así.
Y te pones en su situación porque a veces es difícil entender porque uno se siente una piltrafa y todo lo que sucede a su alrededor puede considerarse como «un asco». Y es complicado identificar los factores que contribuyen a este sentimiento. Porque no es raro que la infelicidad de los que quieres afecten a tu propio ánimo. O la situación política no sea la que deseas. O has sufrido momentos de estrés o de dificultad económica, profesional o de salud. O porque alguien que amas está sufriendo. O porque resulta difícil dominar las emociones. O porque has perdido a ese ser querido. O porque tienes problemas con tus amistades, con tu pareja o con tus hijos…
Nada justifica que la vida sea un asco. Cuando alguien asegure que la vida es un asco rectifícale haciéndole ver que incluso lo peor y lo mejor de uno no es suyo, que su vida y la tuya forman parte de la plenitud de Dios. E invítale a ponerse en oración. A tomar conciencia de que Dios está con uno; que se va a desbordar en el alma a impulsos de esperanza, de amor, de alegría, de fe; y recomiéndale que comience la oración humillándose, siendo consciente de la propia pequeñez, de la propia miseria y del propio pecado. Y lo ofreces a Dios, y le pides su gracia, y dejas que te toque el corazón, lo más profundo del corazón. Y permites que Dios ore en ti y contigo. Le prestas tu mente, tu alma y tu corazón. Le haces partícipe de tus sentimientos y tus emociones. Te pones bajo el influjo de su mirada amorosa y misericordiosa. Y poniendo en consideración todo en los pies de barro de la soberbia uno comprende que la vida no es un asco, sino un don, una gracia; y que todo lo que sucede, mirado con ojos de eternidad, es una bendición que viene de lo alto.

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¡Señor, te doy las gracias desde mi corazón sencillo y agradecido por todas las bendiciones que cada día derramas en mi vida! ¡En tus manos, Señor, está mi vida, mis sueños, mis anhelos, mi esperanza! ¡Moldeálos, Señor, para que seas tu quien los materialices en mi vida! ¡Tengo toda mi esperanza puesta en ti, Señor, por eso no me preocupa el mañana del que siempre te ocupas tú! ¡Gracias, Señor, por el regalo de la vida que con todas las dificultades llenas de luz y de alegría! ¡Mi vida está en tus santas manos, Señor, utilízame como instrumento tuyo! ¡Soy una obra perfecta tuya, Señor, haz que tu Espíritu more en mi para que mi corazón se convierta en un sencillo sagrario que te custodie siempre! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Nada te turbe nos recuerda Santa Teresa de Jesús en esta bella musicalización de Taizé:

Los mandamientos del demonio

Los principios éticos y morales que representan los Diez Mandamientos que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí para ayudar al pueblo escogido al pleno cumplimiento de la ley divina constituyen para todos los cristianos los principios básicos de nuestra vida. Ese Decálogo Cristo lo perfeccionó con su palabra y sus gestos, convirtiendo todo en un mandamiento que se resume en dos ideas: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
No hay nada que pueda hacer enrabietar más al demonio que un cristiano coherente y firme en su fe. Por eso, cuando el hombre padece, sufre, no tiene esperanza o confianza en Dios, ante la precariedad económica, ante la falta de perspectivas profesionales o la carencia de trabajo, ante el abandono de muchos, ante la enfermedad… el demonio juega sus cartas y nos ofrece su propio decálogo de principios en lo que todo es relativo con el fin de empobrecer el alma, alejarla de Dios y debilitar la coherencia cristiana.
Son normas de funcionamiento sin orden porque para el demonio la verdad no existe ni los principios tampoco. El alfa y el omega del príncipe de las tinieblas es destruir y corromper al hombre. Y, para ello, necesita a mi parecer de estos diez mandamientos con los que trata de alejar al hombre de Dios:
1. Evita la oración. El hombre no necesita orar ni dialogar con Dios porque Él ya conoce sus necesidades. Tú puedes con tus propias fuerzas. Confía en el destino y en tu buena suerte.
2. Evita acudir a la iglesia. Como la oración no es necesaria, tampoco es una necesidad adorar a Dios ante el sagrario. Puedes hacerlo cómodamente sentado en el sofá de tu casa, abonado a todas las comodidades. Allí ya se ocupará el demonio de tu distracción.
3. Evita la Eucaristía. El demonio no puede aceptar la Eucaristía como fuente y cúlmen de toda vida cristiana perpetuada por los siglos desde su institución en la Última Cena. Te invita a buscar excusas para que no acudas a la celebración eucarística diaria en la que nos unimos directamente a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna.
4. Evita la lectura de la Biblia. El libro que da respuesta a las preguntas más importantes de la vida. La Palabra de Dios es fuente viva y eficaz y hace nacer de nuevo a las personas que se adentran en ella. La Palabra permite conocer a Dios cada día, alabarle y darle sentido a nuestra vida. Sin este alimento no hay conocimiento de Dios.
5. Evita transmitir valores y principios cristianos a tus hijos. La familia es iglesia doméstica y Cristo se encuentra en el centro. Cuanto más alejado de nuestros corazones más espacio dejamos al ínclito representante del mal para que busque su espacio. A menor santidad mayor destrucción del núcleo esencial de la sociedad.
6. Déjate llevar por la nueva espiritualidad. Libérate a través del yoga, del Reiki, de la meditación trascendental, de la hipnosis, de la astrología, del feng shui, de la física cuántica, de las piedras… con esta nueva era de luz lograrás una expansión cósmica de tu conciencia y de tu ser, un nuevo despertar de búsqueda y avance espiritual. Al demonio no le interesa que la sanación venga de Jesús. Estas corrientes no creen en Dios, es un panteísmo que lleva al hombre a la misma tentación que puso la serpiente en el paraíso.
7. Evita la confesión. Al demonio no le gusta que tengamos un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote. No asume que Jesús dió el poder de perdonar los pecados, que en este acto te encuentras con Cristo y te reconcilias con la Iglesia, que para ser santos hemos de vivir en estado de gracia y que la confesión destierra el mal cometido y nos ayuda a mejorar como personas.
8. Evita decir siempre la verdad. Utilízala solo cuando te convenga. Al demonio le desagrada que Cristo sea la Verdad, algo determinante en la vida. Si Cristo tiene como misión la verdad, el hombre debe sentirse responsable también de ella.
9. La santidad es de débiles. El demonio prefiere que vivamos según sus criterios mundanos alejados de la práctica de la virtud, que exige esfuerzo, sacrificio y renuncia. La santidad es la vocación del cristiano para asemejarse día a día a Jesús lo que nos permite exclamar como el apóstol ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi. El objetivo de una vida virtuosa consiste en ser semejante a Dios, lo que provoca el desaliento de Satanás.
10. Vive tu vida, así serás feliz. No estés a disposición de los demás, no seas constante, no seas perseverante, no seas firme, no seas coherente, no seas justo, ni fuerte, ni puro, ni piadoso… Actúa según tus criterios, el demonio siempre nos hace creer que tenemos su amparo y protección.
¿Voy a rechazar por este decálogo el plan de Dios para el amor, la vida, la familia, la sociedad, la Iglesia… la eternidad?

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¡Enséñame, Señor, a obedecer tus mandamientos! ¡A cumplirlos siempre! ¡Ayúdame a no ofenderte, Señor! ¡Quiero hacer, Señor, todo lo que te agrada! ¡Muéstrame el camino cuando no lo haga! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, cuando tenga la tentación de caer en el pecado y capacítame para actuar siempre con rectitud! ¡Espíritu Santo dame la fortaleza para no caer y enséñame a repugnar el pecado y todo lo que provenga del demonio! ¡Ayúdame a tener siempre un corazón limpio que pueda presentarse alegre ante el sagrario y ante los demás! ¡No quiero, Señor, que nada me separe de ti! ¡Muéstrame todo pecado en mi vida para confesarlo con contrición, arrepentirme y encontrar el consuelo que tienes para mí! ¡Y cuando contemporanice con tus leyes muéstramelo siempre para que pueda reconducir las cosas! ¡Quiero vivir libre, Señor! ¡Quiero alcanzar la santidad! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Del compositor italiano Giovanni Battista Viotti (1755-1824) os presento su melodramática Meditazione in Preghiera compuesta para violín y orquesta en 1793, como melodramático es el intento del demonio de cercenar nuestra vida:

«Venga a nosotros Tu Reino»

«Venga a nosotros Tu Reino» rezamos como segunda petición en el Padre Nuestro. Para mí es como una jaculatoria semejante al «¡Ven, Señor Jesús, a mi vida!». Es un anhelo que puedo repetir con devoción durante el día para permanecer siempre con el corazón abierto, con la mente predispuesta, en actitud vigilante para recibir a Jesús cada día. Todo claro con una pureza de intención que se manifieste en mis acciones, en mis palabras, en mis gestos, en mis actitudes y en mis pensamientos. «Venga a nosotros Tu Reino», ¡que poca importancia damos a un hecho tan extraordinario!
Y es que Jesús vino realmente a predicar el Reino de Dios, el reinado de Dios. La introducción en nuestras vidas del Dios que los profetas habían anunciado. Y ese «Venga a nosotros Tu Reino» que rezamos en el Padrenuestro es el «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Jesús, en toda su acción, intenta hacer que el cielo se encuentre con la tierra. Jesús ha venido a renovarlo todo, no sólo el alma, el cuerpo, la psicología, la familia, la sexualidad, la economía, las relaciones sociales… Todo. Es lo que establece en el discurso programático de la sinagoga de Nazaret. Él ha venido para que los cojos caminen, que los ciegos vean, que los sordos oigan y que los oprimidos sean liberados. Jesús quiere hacerlo a su manera. Esto explica estos signos que recogen los cuatro evangelistas en los que muestran como Jesús curaba, sanaba, acogía a los niños. Jesús no vino a establecer el reino de Dios a los ojos de los judíos, como un mesías político, como un rey David aclamado por sus súbditos. Recordemos que no entró en Jerusalén a los lomos de un caballo imponente sino de un sencillo borrico. Jesús vino a establecer el Reino, realizó estos signos de vida, pero su gran demostración de poderío fue morir en la Cruz. Se demostró un Mesías fracasado y humillado abrazado al dolor y al sufrimiento. Su Padre le resucita, le llena del Espíritu Santo y nos lo transmite a sus seguidores y, a partir de Su resurrección, el Reino de Dios, como camino de vida, se instaurará a través de los corazones de los hombres y mujeres que aceptamos a Jesús, a los seguidores de Jesús que estamos llenos del Espíritu Santo dándonos la fuerza para transformar este mundo. ¿Me lo creo, de verdad? A partir de ahora es a través nuestro, los que rezando mucho, los que viviendo la Eucaristía —aunque sólo sea la dominical—, los que asumimos la Palabra anunciada, que Jesús quiere instaurar el Reino de Dios.
Por eso cuando acudo a la Eucaristía diaria tengo la necesidad de llenarme del Espíritu Santo para que me transforme y con la fuerza de Jesús intentar transformar el mundo que me rodea: mi salud física si es la voluntad de Dios; mi salud psicológica; mi salud espiritual; la salud física, psicológica y espiritual de los que viven conmigo; la salud física, psicológica y espiritual de mis amigos; la salud física, psicológica y espiritual de mis compañeros de trabajo; la salud física, psicológica y espiritual de los que no tienen trabajo; la salud física, psicológica y espiritual de mis enemigos o a los que yo he hecho daño; la salud física, psicológica y espiritual de los que piden caridad; la salud física, psicológica y espiritual de mis hermanos los cristianos perseguidos… La salud física de la hermana tierra, como pregona el Santo Padre en su última encíclica, acogiendo la idea de san Francisco de Asís. Nos toca como cristianos cuidar nuestra tierra. No podemos decir como cristianos que Cristo ha venido sólo a instaurar el Reino en los corazones de los hombres. Jesús ha venido a instaurar el reino de los cielos desde los corazones, sin violencia, respetando cada cristiano desde su propia conciencia y manera de pensar la sociedad, porque todos somos responsables de este planeta.
«Venga a nosotros Tu Reino». ¡Qué inmensa responsabilidad tengo como seguidor de Jesús! ¡Qué enorme alegría el pensar que puedo contribuir con el Señor a instaurar su Reino con la fuerza de su Espíritu para ponerlo todo al servicio del amor a los demás, de la sociedad, de la justicia, de la verdad, de la solidaridad, de la entrega, de la paz…!
¡Qué hermoso sentir que ese Reino puede hacerse presente también en mi propio corazón para que Dios reine cada día en mí interior para transformarme y producir frutos, para experimentar su amor y testimoniar mi compromiso cristiano, para caminar con rectitud y honestidad por este mundo, para hacer mías las Palabras del Evangelio y, sobre todo, para rechazar de mi vida, con el apoyo del Espíritu Santo, todo aquello que me desvía de Jesús!

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¡Venga a nosotros tu Reino, Señor! ¡Y para construir tu Reino, Señor, cuentas con mis humildes manos! ¡Las pongo a tu disposición, Señor! ¡Pongo también mis pies, Señor, para poner en movimiento el amor, la justicia y la paz! ¡Los pongo a tu disposición, Señor! ¡Pongo también mis labios, Señor, para anunciar Tu Palabra! ¡Los pongo a tu disposición, Señor! ¡Destruye de mi corazón la pobreza del pecado para poder testimoniar tu Reino a mis hermanos, Señor! ¡Establece en mi corazón tu Reino de misericordia y amor para transformarlo profundamente! ¡Elimina el orgullo y el egoísmo de mi corazón tan humano y reemplázalo, Señor, con la gracia, el amor y la bondad! ¡Te pido Señor un cambio radical en mi vida que se abra un cielo nuevo y una tierra nueva! ¡Venga a nosotros Tu Reino, Señor! ¡Sí, Señor, ven a mi Jesús!

En la Iglesia celebramos hoy la festividad de san Juan Bautista quien anunció el Reino de Dios antes del inicio de la vida pública de Jesús. El momento en que el Bautista hace su aparición en el valle del Jordán, predicando la «proximidad del reino de Dios» y orientando hacia él los espíritus y preparándoles con un bautismo que era símbolo de la renovación total es lo que nos debe invitar hoy a nosotros a renovarnos interiormente. Os ofrezco una bellísima pieza medieval de Jan Chrzciciel dedicada a él titulada Hymn: Ut Queant Laxis.

Toda vocación nace de la iniciativa de Dios

Uno de los libros que más me han impresionado es Carta a un religioso de Simone Weil, el texto que la autora escribe al dominico Jean Couturier en 1942. Este hombre de bien consagró su vida a la pastoral en el mundo del arte. Es imposible que alguien pueda reunir en el momento de su muerte una suma de elogios más ilustres, numerosos y entrañables como los que le tributaron sus amigos Chagall, Picasso, Braque, Le Corbusier, Rouault, Matisse, Miró… El fraile Coutuirer amaba de una manera obsesiva la libertad y la verdad. En 1925, este monje que había experimentado la vida de una forma diferente, escribió que ese año la libertad y la verdad entraron en su vida en forma de amor. ¿Qué ocurrió en 1925 para que Couturier lo considerara excepcional? Aquel año el padre Couturier profesó como religioso. Me parece tan hermosa la grandeza simple de esta historia que cierro los ojos con el consuelo de saber que Dios es todo amor. Y que en toda vocación, sea laical o religiosa, todo nace de la iniciativa amorosa de Dios, todo es don de la caridad de Dios. El amor de Dios en nuestra vida es un amor sin reservas, que nos sostiene y nos va llamando durante el camino de nuestra vida pues todo cristiano está llamado a hacer de su vida un servicio y una respuesta a Dios consecuencia del bautismo. Y toda respuesta a la vocación implica una orientación profunda de la vida, renunciar a uno mismo, desapegarse de lo cómodo y vivir con coherencia para centrar nuestra vida en Jesús. En definitiva, seguir a Jesús es aceptar que el Espíritu de Dios penetre en nuestra alma, solidifique nuestra coherencia de vida y suscite en nosotros el deseo firme de ser testimonios del Señor.

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¡Gracias, Señor, porque me buscas siempre con amor infinito aunque tantas veces no escuche ni acepte tu invitación! ¡Gracias también por tu comprensión cuando no acudo a tu llamada tan absorto como estoy en mis propios asuntos y tan ajetreado y ensimismado como estoy en buscar las comodidades y lo material de este mundo! ¡Te doy gracias, Señor, por la fe y por el bautismo! ¡Quiero responderte con mi ! ¡Hazme fiel a tu causa, Señor, y renueva cada día mi vocación de cristiano! ¡Renueva con tu espíritu de entusiasmo mi servicio a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a la Iglesia y a la comunidad! ¡Dale a mis hijos el deseo de ser buenos cristianos y si en algún momento alguno de ellos está llamado a la vocación de la vida religiosa bendícelos con tu amor! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón con tu Espíritu de Sabiduría para proclamar el Evangelio y dar testimonio de tu presencia en este mundo! ¡Inspíranos siempre a conocerte mejor y abrir nuestros corazones para escuchar la llamada de Dios! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

“Tu amor infinito, eternamente inmutable, mantienen en mi la alianza primera que llena mi corazón de alegría”. Estas palabras se escuchan en el recitativo de la cantata Ach Gott, wie manches Herzeleid! (¡Ah Dios, con cuántas penas!) BWV 3 de Bach, muy ajustadas al tema de esta meditación. ¡Que la disfrutéis!:

El apego a la vanagloria

r¡Retuiteamos con avidez. Aspiramos por los me gustas de Facebook. Subimos fotografías en Instagram para dejar constancia de lo que hacemos… Las redes sociales son una escuela de egos que alimentan nuestra vanidad. Esperamos que nuestras experiencias personales sean aplaudidas. Que reconozcan nuestros éxitos personales y profesionales. ¡Qué difícil es librarme de no tener siempre la razón! ¡De ser mejor que los demás! ¡De lanzarme a buscar siempre el tener más! ¡De agriar mi carácter por esa necesidad de saciar mi vanidad! ¡O por dedicar tanto tiempo y energía para ganar la fama ante los demás!
Buscar la excelencia personal no es en sí algo negativo. Pero si nadie se enterase, ¿actuaríamos de igual modo?
Enfrentarse al espíritu de la vanagloria es una de las luchas que pasan desapercibidas por la sutilidad con la que se introduce en nuestro corazón. Pasión difícil de reconocer porque es esa forma de soberbia que busca la gloria vana pero llevada a un grado muy superficial, en esa línea tan fina de aparentar lo que no en realidad no se es, en esperar alcanzar los bienes que no se poseen, en asentarse en la dinámica de los actos desviados. Se nos advierte siempre que no hagamos las cosas por egoísmo o vanidad sino con humildad, considerándonos inferiores a los demás. Ni el más sencillo ha dejado nunca de ser tentado por esta actitud que afecta a tantos principios de nuestra vida, en esa necesidad tan humana de recoger aplausos y buscar recompensas mundanas.
Las acometidas de las otras pasiones son más visibles y manifiestas y eso permite enfrentarse a ellas con mayor facilidad porque el alma es consciente de que tiene en frente a un adversario y puede rechazarla con oración, perseverancia y la acción del Espíritu. Sin embargo, por la multiplicidad de formas con que se inocula el veneno de la vanagloria la batalla para derrotarla es siempre más compleja y complicada.
Nos vanagloriamos de nuestro trabajo, de nuestros éxitos, de nuestro apostolado, de nuestra belleza, de nuestras propiedades, de nuestro porte, de nuestro conocimiento, de nuestro yo, de nuestras obras, de nuestros ayunos, de nuestras virtudes, de nuestra oración… Somos tan estupendos que pensamos que todos centran su mirada en nuestro yo. El demonio es tan sibilino que trata de confundir y embrollar nuestros pasos y decisiones en la maraña de la vanagloria.
Así, la vanagloria es como la comida basura que llena nuestro estómago pero lo destruye por dentro. En términos de virtud alimenta nuestra alma pero la empobrece espiritualmente.
Derrotar la vanagloria exige una lucha continúa para erradicar de nuestra vida las cosas vanas que nos llenan, las cosas falsas que nos desvían, las cosas poco sólidas que nos debilitan, las cosas aparentes que potencian nuestra soberbia. Actuar con sencillez de corazón para no destruir el mérito de nuestras acciones. No complacerse en las cosas bien hechas sino ponerlas como agradecimiento de la bondad de Dios. Buscar sólo la merced que procede del Padre. Dejar que sea Él quien conozca nuestros motivos y predisposiciones, porque en definitiva es sólo Dios el testigo de la verdad de nuestros actos… La clave estriba en estar siempre atentos, evitando el naufragio de nuestro yo cuando las alabanzas y recompensas terrenales nos hacen perder de vista lo que realmente importa y nuestra vida parece estar hecha solo para aparentar.
Una vida sin vanagloria es una vida centrada interiormente en el Señor, con una oración humilde y de corazón centrada en un diálogo sincero con Él, unas obras de misericordia amparadas en la realidad del Evangelio y no en el aplauso del teatro del mundo, hacer las cosas para que sólo Dios lo vea pues a nadie más importa. Y, sobre todo, experimentar a Dios en nuestra cotidianeidad. Para que nuestro espíritu crezca para Dios.
Quien tiene un encuentro con el Señor no necesita del envanecimiento ante sus semejantes porque de su corazón desaparece el anhelo de la gloria humana y del deseo de convertirse en alguien importante ante los hombres. Ahí está la verdadera satisfacción: alcanzar la gloria a los ojos de Dios.

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¡Señor, me glorío en Ti y te declaro mi salvador y mi redentor! ¡Sin ti, Señor, no hay vida eterna! ¡Señor, el mundo está infectado por el pecado de la vanidad y la vanagloria que tanto nos aleja de Ti pues pensamos que no te necesitamos para nuestras cosas! ¡Ayúdame, Señor, a ser menos orgulloso, menos prepotente, menos autosuficiente, menos vanidoso! ¡Ayúdame, Señor, a permanecer siempre orante para vivir conforme a tu Palabra y tu ejemplo, para buscar el camino de la santidad! ¡Espíritu Santo, espíritu omnipotente, lléname del don de Temor de Dios para no dejarme llevar por la tentación de la soberbia y para librarme del orgullo, la vanidad, la ambición y la presunción! ¡Ayúdame Espíritu Santo a conocerme de verdad, a compadecerme de mi pequeñez! ¡Líbrame, Señor, de cualquier alabanza sobre mi mismo y saca a la luz todo mi pecado para que sea capaz de verlo claramente y sepa vivir no por recibir el favor de los demás sino tu perdón y misericordia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Lobe den Herrn, meine Seele, BWV 143 (Alaba, alma mía, al Señor) es el título de esta cantata de J. S. Bach que disfrutamos en este inicio de semana:

Pon tus dones al servicio de los demás

La afirmación de que la vida no es algo sencillo es muy común en nuestros pensamientos y en muchas de las conversaciones con familiares, amigos y compañeros de trabajo. ¡Hay tantas evidencias que lo atestiguan!
Sin embargo, vivimos en la sociedad de la abundancia con una multitud de cosas que cubren, de sobras, todas nuestras necesidades más básicas. Existen numerosas organizaciones e instituciones públicas y privadas que ayudan a resolver los problemas de tantos que sufren todo tipo de precariedad. También los vacíos de nuestra existencia se logran llenar con un amplio abanico de propuestas de todo tipo.
Me decía alguien que su vida está muy llena. Su tiempo está repleto de multitud de actividades. «¿Tienes tiempo para la reflexión? ¿Sientes que tienes libertad para llevar una vida serena, con paz interior?», le pregunto. «Vivo el presente a un ritmo frenético. ¡La vida está para disfrutarla!», responde orgulloso. Así es parte de nuestra sociedad.
Pero yo, ¿debo seguir también este camino? ¿Puedo vivir serenamente sin pensar en los angustiados, en los sufrientes, en los desesperados, en los que sufren la injusticia, el deshonor, la marginación social o eclesial, la pobreza…? Es evidente que la vida de los demás no está en nuestras manos pero hay una máxima valiente y decidida que es oponerse al peso predominante de lo que vive el mundo actual y rebelarse contra el egoísmo, comenzando por el de uno mismo que es el más complejo de desmarañar.
Los dones de cada uno hay que ponerlos siempre al servicio de los que nos rodean. Es la manera de que Cristo se manifieste a los demás por medio de nuestro corazón amante.

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¡Señor, te pido de corazón que me ayudes a percibir cada día tu presencia en las cosas cotidianas que me suceden para que pueda convertirme en un verdadero discípulo tuyo! ¡Espíritu Santo, que inundas con tus dones mi inteligencia, ayúdame a no descuidarme y seguir el camino fácil y comodón que ofrece este mundo! ¡María, tu que eres ejemplo de fidelidad y compromiso, guía con tu mirada cada una de las decisiones que van labrando mi vida! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este domingo disfrutamos de la Missa di Gloria del compositor checo Frantisek Xaver Brixi (1732-1771), que en su tiempo fue considerado como “felicissimus ingenii”. ¡Feliz domingo!